Aki Kaurismäki
Una mirada fílmica a la riqueza
de la precariedad

Artemisa Vega


La vida de Bohemia (1992)
Un hombre sin pasado (2002)
El Havre (2011)

 

Dentro del arte contemporáneo el conceptualismo afianza, al lado de su apego a utilizar un sin fin de referentes culturales expuestos en lenguajes cifrados, una devoción a la personalidad que obliga con frecuencia a ver más allá del objeto y rastrear en la figura del creador o en su biografía para dar con el corazón de la obra. Sin ciertas pistas culturales y biográficas el público ordinario puede perderse y, sin dejar de disfrutar un filme de autor, quedarse a medio camino de un trayecto que sólo un espectador más enterado podrá recorrer.
Por ello, en los terrenos del cine topar con tres películas de Aki Kaurismäki (Finlandia, 1957) es llegar a un oasis donde, contrario a la tendencia, lo que se encuentra es algo escaso en la filmografía de culto: tres películas de un director a quien importa mucho abordar la condición humana desde una posición clásica, es decir, contando "historias tradicionales a la vieja usanza", sin introducir elementos fantásticos u oníricos ni diálogos que sostengan complejas elucubraciones existenciales.
En la realidad sobria y directa, en la observación detallada de seres vulnerables, sin éxito, desprovistos del tipo de ambición que vemos ensalzada por todos lados como cualidad suprema, están sostenidas estas películas del realizador finés. Predomina en ellas una dramatización casi teatral, carente de prisa y basada en una comunicación esencial de palabras justas, milimétricas. La emotividad es honda pero no surge de aspavientos o discursos sino de los hechos escuetos en que se finca la historia y del acento en la interpretación actoral, pulida, rigurosa, sólida a veces como un puñetazo, confirmada en su particular estilo por la memorable actuación de Katie Outinen en Un hombre sin pasado.
De igual manera, no hallaremos en sus películas el tipo de erotismo explícito y provocador ineludible hoy día en el cine. Por el contrario, en la relación amorosa privan la sutileza, la insinuación y una cortesía inusual en el trato entre hombres y mujeres. Los personajes soberbios que dominan en el cine comercial no interesan dentro de la trilogía que comentamos de Kaurismäki. Las preocupaciones del realizador son otras. Los seres que ha construido en estos tres filmes no son atractivos si los vemos a la luz de los valores con que somos atosigados todo el tiempo a través de la publicidad y los medios de comunicación, pues se trata de individuos que en el mundo real no tendrían ninguna oportunidad mediática. No son bellos, ricos o famosos. No son fuertes ni poderosos. No son geniales ni heroicos. No realizan grandes obras ni hacen importantes descubrimientos. No son terribles ni angelicales. Sin embargo, tras mirarlos actuar dentro de ambientes deteriorados y marginales, una comprensión distinta de lo humano empieza a surgir en el espectador que entra sin preámbulos en los acontecimientos azarosos de sus vidas, contadas por el realizador con impecable precisión a la vez que con cuidado control dramático.
El Havre es el más reciente filme del realizador finés y en él se reúnen varios de sus actores y actrices constantes a lo largo de su trayectoria, intérpretes que convergen en uno o en otro de los dos filmes restantes : André Wilms, Evelyne Didi, Jean- Pierre Léaud y Kati Outinen.
Así, el fracasado escritor Marcel Marx, a quien vemos en La vida de bohemia sortear con astucia, humor negro y, en momentos, no sin amargura, su situación material siempre al límite, aparece de nuevo en El Havre, pero ahora el personaje ha sido suavizado en gestos y actitudes por la edad, y se presenta adoptando la apacible actitud de un hombre despojado de su antigua ambición intelectual pues ha asimilado una vida de reveses. Casi veinte años han pasado y es un individuo rescatado amorosamente por su esposa extranjera. En un papel interpretado de nuevo en forma espléndida por André Wilms, pese a las contrariedades del oficio, el Marcel Marx de El Havre no tiene reparos en ganarse la vida de buen ánimo como lustrador de zapatos y vive ya conforme consigo mismo.
El Havre podría ser vista como la conclusión de un trayecto en el trabajo de Kaurismäki iniciado con La vida de bohemia donde, si bien ha retomado a uno de sus personajes y ha situado otra vez en territorio francés una historia en torno a él, El Havre llega a un final muy distinto al de aquella.
En La vida de bohemia (película que recuerda en su factura en blanco y negro y en su manejo de la ironía, el humor y la transparencia de las emociones las películas mudas de Chaplin), la soledad es el destino último del pintor albanés que vive al día, interpretado por otro actor emblemático de Karusmäki, Matti Pellonpää.
En El Havre aparecerá su retrato fotográfico –– a la manera de un icono que es mirado con reverencia— en un bar de donde es asiduo Marcel Marx, como una cita curiosa del realizador sobre su propia obra.
Pero en El Havre no habrá más esa melancolía y desolación marcada por numerosos primeros planos en La vida de Bohemia a través de las miradas silenciosas y penetrantes de los personajes. En Le Havre el mundo recobra el color, sigue siendo el espacio de la precariedad, pero un vislumbre de franca alegría y esperanza se abre en la historia que plantea. El tema del inmigrante expuesto a la injusticia como resultado de su condición de indocumentado vuelve a la escena, si bien ya no será en la persona de un pintor extranjero tratando de abrirse camino en su arte a fuerza de sobrevivir en la penuria en el París de los años sesenta, sino de un chico africano, originario de una antigua colonia francesa, el Gabón actual.
Si en La Vida de bohemia vemos a la muerte vencer y terminar con la única dicha del desposeído, en El Havre la solidaridad comunitaria trastoca una historia que solo en la ficción puede concluir como lo hace. De modo que algo ha pasado. El proverbial pesimismo de Karusmäki da un giro y nos concede un final feliz. Es posiblemente en este punto donde podemos vincular a El Havre con Un hombre sin pasado .
Este filme galardonado con el gran premio del jurado en Cannes, es el único de la trilogía que se sitúa en Finlandia. Filmada a color como El Havre, en él encontramos algunos elementos constantes en los otros dos filmes: la sobriedad de los ambientes, los escenarios desprovistos, la ubicación de la historia en espacios situados a la orilla de la urbe, en los bajos fondos de la sociedad. Es ahí en donde cae el hombre sin pasado tras ser víctima de la violencia y el abuso policial.
Sin embargo, cuando todo parece propicio para acabar con él, la esperanza lo rescata otra vez, principalmente en la figura de dos mujeres, presencias siempre compasivas y nobles tanto en El Havre como en Un hombre sin pasado. En ambas películas las mujeres ponen orden en la vida de los varones, son una especie de conciencia justa que guía el caos masculino y da sentido a sus propósitos.
Otra afinidad entre los dos filmes son los conciertos de rock. Este género de música es sin duda en Kaurismäki un factor de concordia y reconciliación. La música reconforta, hermana en Un hombre sin pasado y en El Havre, logra conseguir la libertad del chico africano a quien se busca como si fuese un criminal. Los conciertos en estas películas simbolizan la generosidad y la alegría que es capaz de compartir el ser humano en su relación con los otros.
Puestas a convivir de esta manera estas películas de Kaurismäki, podríamos visualizarlas como una síntesis de su trayecto en el que, una vez rebasado el pesimismo a lo poeta maldito de La vida de bohemia, el realizador se acerca a un humanismo raro en estos tiempos, congruente con estas palabras suyas: "…Siempre he tenido la secreta ambición hacer películas en las que el espectador después de salir del cine se sienta un poco más feliz que cuando entró".

 

 

Ciclo Literario.