El viaje y el sueño

Lorenzo León Diez


 

La vida es un entrecruzamiento de azar y voluntad.
Francisco Solano
(Bajo las nubes de México)

Soñé que estaba en alguna de las ciudades que recorrimos Era y yo durante quince días. En los muelles de un río que no podía reconocer. Trataba de recordar el sitio pero era inútil, y escuché esta voz: este lugar solamente existe aquí, en el sueño.
Al despertar pensé: cada una de las ciudades donde estuve habita también en el dormir, por eso el viaje es lo más cercano al sueño. Porque en el sueño siempre están pasando cosas sorpresivas, nuevas, fantásticas. Y en el viaje sucede lo mismo. No sabemos adónde vamos a llegar. Uno se mueve en aviones, trenes, autobuses, tranvías, vagones del metro y está siempre en otra cama, nueva o vieja, en una mesa y otra, siempre cambiando. Disfrutas platillos distintos, bebes siempre cafés diferentes. El mejor de todos lo tomé en una terraza de la "Praza da Quintana", justo detrás de la Catedral, en Santiago de Compostela; era un "largo cortadito". El arte español del café es punto y aparte, y aquí lo encontré en su grado más refinado. La carga fuerte, aromática, espesa, espumosa, mezclada en equilibrio con la leche untuosa, espumada hasta la transparencia. El calor intenso del café hace resplandecer con fuerza curativa la milenaria humedad que mana de los muros de piedra. Como Toledo o Segovia, Santiago de Compostela es un tejido de calles, edificios y templos tallados en roca. La piedra se cubre de moho, de líquenes verdes, de lama… una escala de tonalidades donde los impulsos de nuestro corazón hallan otros latidos, se funden en una suma, cifra que se define en los crucifijos, en las cúpulas: eras de dramática reflexión se dibujan en los perfiles de los conventos. En todos lados asoma una capucha, una capa, un hábito, una casulla. En esas ciudades, como Ávila, como Segovia, como Toledo, como Sevilla y muchísimas más en el territorio hispánico, habita una serenidad que evoca siempre la liturgia. La austeridad de sus muros, la grandiosidad de sus techos, el adusto carácter de sus pórticos, la solemnidad de sus ventanales, la filigrana tallada en los altares… La cristiandad luce plenamente en estas ciudades que la humanidad conserva y cuida celosamente; digo, la humanidad española que al hacerlo es la guardiana del "patrimonio de la humanidad" , como nombra la Unesco estas realizaciones, un collar de testimonios de lo que fue anterior y vive en el

lado interno de la conciencia, como si estos muros fueran un cascarón donde duerme el sueño del tiempo.
Las viejas ciudades de Europa son espacios donde se realiza el sueño del viajante y por eso esa obsesión de los turistas de fijar con sus cámaras lo que saben de antemano escurrirá a los espacios de una memoria insuficiente para albergar tanta información. Un viaje nos colma de sensaciones, de imágenes, de olores, de percepciones que son posibles cuando uno las vive en consonancia, sobre todo, con una mujer a la que ama, porque si uno viaja y se encuentra con una mujer que viaja también, ya está cumplida la mitad de la unión; los encuentros de quienes viajan son promesas amorosas. Porque vivir en compañía la maravilla del viaje nos comprueba que el sueño es carne, que al sueño se le puede enlazar con las piernas, se le puede besar.

Brión

Habíamos estado unos cinco días en Brión, una aldea de Galicia en el municipio de Rianxo, con Roberto, Rafa y Xosé, quienes forman una comunidad de amigos y creadores. Viven en una hermosa casa de piedra que luce en el portal un gran hato de leños para alimentar la estufa de metal y la chimenea. Subiendo una escalera de madera, en el ático, nos esperaba una recámara para huéspedes donde nos recibe, con la dulzura que sólo emana de las abuelas, una cama dispuesta para la paz. Desde una ventana vemos un paisaje de casas en el campo, cada una provista de su horreo, y desde otra ventana, sobre el escritorio, se puede ver el mar. Es un ático muy amplio y cómodo. Su techo bajo, sus vigas expuestas, su piso de madera y su baño con tina hacen de este espacio un sitio de gran intimidad, dispuesto a acunar, a hacer soñar duendes. Es una estancia donde está siempre atisbando el dormir, como sucede a los gatos. En esta casa no hay gatos, pero uno se siente gato. Así me estiro en la blanda cama, y veo en la luz blanca de la ventana llegar flotando sueños de infancia y cruzar la neblina matinal sobre el agua:

Arreiro:
arrastra el alba como un tsunami de pensamientos…
es hombre, es mujer, criatura de la Ríaaaaaaaaaaaaaaaa…
ven a deslizar tus dones entre los que despiertan…

Desde aquí Era y yo hicimos varios paseos por las playas; Das Conchas se llama una de ellas. Nos encontramos ante una Ría (la de Arousa), una suerte de mar-lago cual brazo del océano que se mete profundamente en la tierra y crea paisajes serenos del agua sin oleaje, como si se tratara de una alberca o un estero apacible; el agua color verde llega humildemente al pie de los bosques. En algunas zonas de la playa la arena se puebla densamente por algas; cuando baja la marea y el agua se retira, quedan colchones oscuros de aquella riqueza marina. Formaciones de pequeños nudos sobre la arena señalan que debajo están los berberechos. En un paraje que conecta dos playones, nos encontramos una tarde frente a una reunión de ancianos, mujeres y hombres que conversan animadamente en gallego. Descalzos y sentados teniendo como banca un madero, había un poco de pasto silvestre a su alrededor y los cobijaba un alto pino. Muy cerca de ellos se ocultaba el sol sobre el mar. Parecía que el grupo había tomado desde hacía tiempo este espacio como lugar de enlace, pues todo estaba bien dispuesto. Quizá desde niños jugaban en este mismo sitio y se veían departiendo alegremente. Luego, cuando nos asomamos sobre unos riscos, vimos a lo lejos a una pareja madura; él se bañaba desnudo. Estaba nublado, como es frecuente aquí, y el viento a punto de ser frío. Caminábamos por una carretera estrecha donde circulaban de vez en vez pequeños tractores y autos. En la aldea no se escuchaban ruidos, parecía que las casas estuvieran deshabitadas, pero a lo largo de la estancia uno puede percatarse de que son principalmente personas mayores las que allí viven, y les gusta el silencio; quizá el grosor de los muros de piedra, la densidad de los techos de teja de las casonas, sofocan toda voz.
Enfrente de la casa, en un "cruceiro" – que es un cruce de calle donde se coloca una cruz esculpida en piedra, tradición que viene desde los celtas – hay una fuente de agua que llega de un manantial. Alguna gente la toma directamente para su uso – aunque todas las casas tienen agua corriente – sin embargo, recogerla de allí es una tradición y un homenaje, pues seguramente se trata de una fuente generosa que ha refrescado a miles de familias durante siglos.
Yo escogí sentarme en la base del cruceiro, recargado en la cruz de piedra, para leer una novela. Brión es una aldea construida en el medioevo, lo cual es evidente por la estructura de sus calles. Las ciudades antiguas no tenían esa simetría que luego dominó en las ciudades modernas. Caminar en estas calles

produce una sensación desconocida para el ciudadano común, como nosotros, que nacimos y crecimos entre calles rectas, en disposiciones cuadrangulares. Las calles medievales siguen el curso del andar, del vagabundeo, van de aquí para allá, como quien camina sin rumbo fijo, o como el que sale de una taberna embriagado, o como el que baila, o como el que cavila. Salir y regresar a la casa de Roberto suponía para mí siempre un reto, pues no lograba entender el movimiento que exige este orden curvo, circular, laberíntico, igual que caminar en Toledo, Compostela o Ávila. Conservar estas ciudades ha exigido a sus habitantes respetar la estrechés de sus calles construidas para peatones, porque en el medioevo solo había esta noción, que se opone a la contemporánea de privilegiar al automovilista. Siendo ciudades para caminar, hoy representan una vía para soñar, para ser un espacio-raíz. Y vagabundear por estas ciudades y ver las fachadas de sus casas, sus umbrales, la nobleza de esos signos grabados en roca y la sacralidad de su templos, es lo mismo que soñar bajo cielos, como aquel atardecer crepuscular en Toledo cuando contemplamos el río Tajo en una visión de encendidos dorados, que nos enseñaba una historia soñada por reyes y reinas. Ciudades levantadas para esta precisa contemplación, rindiendo culto así, nuestra mirada, a la constancia, a la voluntad de estos hombres desaparecidos bajo oleajes de días, semanas, meses, años, siglos ... que imaginaron, planearon, trazaron con la energía que sólo propicia la creencia; construyeron un conjunto de formas donde resuena la algarabía, la oración y la guerra entre un haz de figuras y perfiles que hoy nos miran en la mudez de su imagen en la roca, en el metal, en la pintura.
Al recorrer palacios, pagando un ticket, y asomarnos a la huella de respiraciones que son vuelos girando en el paisaje de lo teológico, nos percatamos de la civilizada manera de la interrogación. Porque los turistas son una franja de ciudadanos privilegiados que buscan esos pasajes para soñar en vivo joyas internas.
Uno de los paseos memorables fue la visita al Castro Celta de Baroña. Llegamos en auto cruzando varios pequeños poblados de Galicia. Este lugar es asombroso pues se encuentra en un paraje de cara abierta al Atlántico. Ruinas circulares lo componen; como en un cuento de Borges, nos remonta a una sociedad antiquísima, una sociedad que es el mayor sueño testimoniado por la roca, porque así como en los monumentales templos cristianos de las ciudades medievales se nos instruye, desde los meandros tubulares de los gigantescos órganos, o de la filigrana patinada de sus retablos, de hombres y mujeres decididos en labores que seguían fielmente la pauta de su creencia, aquí, en el Castro Celta ¿qué pauta seguían los seres que se afincaron en este risco donde se estrella el mar y vientos terribles golpean desde la inmensidad azul? Estar aquí es tocar una interrogación, tentar la arqueología del soñar. En nuestra pregunta se despeñan imágenes asombrosas, se presenta el corazón del enigma que Roberto trata de explicar según vagos indicios encontrados en ciertos signos labrados en la roca.
Pero que no, es imposible contestar quiénes eran, qué pensaban, porque vivían aquí estos seres que el viento trae a nosotros, cortando nuestra piel, gritando hasta fragmentarse, como las olas contra las piedras. Queda en la brisa una ausencia que nos abarca a nosotros, a la interrogación, al asombro, al sueño, y queda el enigma flotando en la atmósfera azul. Las turistas rusas que recorren ateridas las ruinas circulares, se percatan de que Roberto trata de explicarnos algunas razones de este sueño, y preguntan, y no hallan respuesta en sus palabras. No sabemos cómo era el sueño de los celtas, por qué estaban aquí. ¿Quizá esperaban a otros soñadores que venían de algún sueño aún más remoto? Sólo quedan las raíces de los muros redondos. Además, algunas rocas tienen formas caprichosas pues están excavadas por el viento, como si el aire fuese el cincel que las modelara. Así uno va recorriendo esta suerte de museo de arte primitivo y arte geológico, instalación que tuvo, nos dice Roberto, madera, pieles y paja en las casas. Los que vienen hasta aquí dejan esculturas como ofrendas, amontonan las rocas, y arman palabras con el vocabulario de una constelación que duerme.
Desde lejos las ruinas circulares son como dibujos en el cuaderno de un niño, así se ven desde la carretera, cuando uno desciende por un arroyo seco entre dos franjas de pinos.
Imagino cómo los cuerpos de estos hombres celtas serían modelados y veo su altura, la contundencia de sus brazos, su pecho, sus piernas subiendo y bajando estas calles en la aldea primitiva.
Nos vamos. Subimos al auto. Nos llevan a un restaurante en la "Prai das Furnas", es decir "Playa de las Cavernas". Allí está el busto de Ramón Sampedro, el hombre que sufrió un accidente en estas aguas, y de quien hizo una película Alejandro Amenábar, Mar adentro, con interpretación de Javier Bardem. Muy dramática, pues quedó parapléjico.
Comida opípara, gallega, comemos "navajas", especie de conchas alargadas con un exquisito molusco adentro. Yo me abalanzo sobre el chorizo. Me encanta la presencia de este manjar en todos los entremeses españoles. Bebo cerveza, los demás, vino albariño de la casa. Vemos la arena de la inmensa playa, dorada, como la del Pacífico mexicano, aunque sin el calor que allá se recibe.
Una tarde escuché a Rafa y Roberto tocar el tambor y la flauta. Ejecutaban una melodía árabe y Roberto cantó unas estrofas en esa extraña lengua. Esta armonía de su enlace sonoro me demostró la afinidad de su temperamento y la fluidez de su amistad, misma que, unida a la de Xóse, hace posible Axóuxere – la editorial surgida de su esfuerzo creador independiente – y las estancias de artistas en su casa. Así llegó Elías Knörr, un día antes de que nosotros nos fuéramos. Es un joven gallego que vive en Islandia. Entusiasta poeta español que escribe en islandés, estupendo artista que nos cantó un poema en esa lengua tan desconocida para nosotros. Al escucharlo, admiramos al ser frente a la inmensidad helada, cantando igual que una luz se mueve en la lámpara de un barco. Gran experiencia sumirnos en su poesía.

Santiago de Compostela

Nos fuimos en autobús a Santiago de Compostela y llegamos al medio día. Aquí nos hospedamos en el pequeño y pulcrísimo "Hotel Real", silencioso, bien iluminado, situado sobre una de las infinitas callejuelas que se tejen como las ideas de un monje, como los caprichos tatuados en un laberinto, la de Calderería. Aunque pequeña, la habitación era muy cómoda y acogedora, lo que nos permitió recorrer la ciudad húmeda y recuperar pronto el calor del cuerpo, pues tienen la virtud sus calles, sus fachadas, su arquitectura que incorpora arcos y columnas, de desnudarnos. La desnudez es un concepto central en la poética de un hombre que vive en una ciudad (Ávila) levantada en la misma época en que fue fundada Compostela, y ahora entiendo a qué se refiere cuando la nombra en su poesía. Toca, creo, a la luz que persiguieron con sus cuerpos desnudos san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. La misma desnudez presente en el poeta José María Muñoz Quirós. Es la que exige el descenso hacia el interior, como un pasaje de roca que de la luz fría llevara a la luz caliente, en el corazón, misticismo germinativo desde la roca.
La catedral de Santiago de Compostela es inexplicable, como los sueños, donde la naturaleza es lo sobrenatural. Ese mundo de roca con los palacios que lo rodean hace que camines pensando siempre en lo impensable. ¿Qué imagen determinaba la conjunción de tantas voluntades durante siglos, juntando, tallando y montando bloques de piedra hasta llegar a la altura que abruma al caminante, quien contempla las torres y las cúpulas y avanza como un insecto luminoso bajo los muros húmedos? En Santiago todo el tiempo dialogas con una entidad o con varias entidades que conforman, precisamente, lo Santo. La experiencia para el religioso católico es, en esta iglesia, muy reveladora, pues uno se da cuenta que una religión, para que sea vigente, para que guíe el sueño de los hombres, debe contar con lo que aquí se manifiesta plenamente: una clase sacerdotal que ha hecho convivir creativamente la religión y el turismo. Porque el sueño que persiguieron los que levantaron este alarde de sacralidad, sigue cayendo y dibujándose como la lama en la roca color sepia, soplando dorados quemados, flameante geolocidad, trazando el perfil de un sueño mayor que vierte su flama por los tubulares de frecuencias artesanas en cada centímetro cuadrado del espacio plano y curvo de este templo. El cristianismo en Santiago tiene una preciada joya en Europa, pues es un reducto que cumple el sueño de los que lo persiguieron hace dos milenios y luego puntualmente, horas y minutos durante días, semanas y meses en un calendario ritual que aquí luce como una relojería impulsada por el compás del botafumeiro, esa enorme máquina de incienso que baña el espacio de un olor que viene de oriente y limpiaba el hedor de los miles de peregrinos que llegaban caminando aquí desde todas las regiones de la tierra.
Tuvimos la suerte de llegar, sin planearlo, antes del medio día y esperar la misa de las doce. Mientras yo ganaba un buen asiento hasta adelante, Era recorría las capillas y los altares. Me dispuse a contemplar el denso movimiento de peregrinos y visitantes en un museo vivo donde se puede admirar el arte sacro pero, sobre todo, el fervor palpitante de los creyentes y la ágil organización de los sacerdotes, las monjas y el personal de orientación y vigilancia, todos ellos abriendo y cerrando pasos con las cintas de tela roja para organizar el flujo de personas; informando por el micrófono que faltaba poco para comenzar liturgia, y los que no participasen, salieran del tempo en el que se debe, en todo tiempo, guardar silencio, regla imposible de cumplir ante la cantidad de personas de todas partes del planeta entrando y caminando y exclamando y tomando fotos. Ya pasan al altar los sacristanes y una monja nos empieza a adiestrar en el canto de una estrofa de Santa Teresa de Jesús:
Nada te turbe
Nada te espante
Quien a Dios tiene
Nada le falta
En Santiago, como en Toledo y Segovia, he aprendido a participar en el rito al que fui arrastrado por mi madre y mis abuelas desde muy pequeño, algo que se convirtió cada domingo en una pesada carga. Tenía que realizar este viaje para saber que en la mayoría de las iglesias lo que funciona es una burocracia rutinaria y nada creativa, pues el cristianismo, al ser una religión forjada suntuosamente en el arte del medioevo, no puede respirar con majestad fuera de sus recintos primigenios. El teatro sacro cristiano sólo se vive en estos templos. Las misas cantadas, la liturgia impartida por un cuerpo sacerdotal integrado por varios sacerdotes, y el tejido que ellos construyen según una disposición de lecturas, admoniciones, oraciones, aplicaciones del cuerpo (las manos) y la voz sobre los objetos, copas, cáliz, obleas, cruces, collares bajo retablos que significan realmente el tiempo, fueron inventados por miles de manos, ejércitos de artesanos que edificaron un cúmulo de sueños que se ven, se dicen, se escuchan, se tocan, se huelen en las iglesias medievales de Europa.
El teatro sacro tiene por fuerza que tener estos escenarios montados por arquitectos, diseñadores, escultores, pintores y músicos girando como nube de langostas sobre imágenes de personajes bíblicos. Los signos en las túnicas de los sacerdotes y su gesto adusto y conventual, lucen en la ceremonia de la luz.
El sacerdote seleccionado en Compostela para oficiar la misa de bienvenida a los peregrinos fue un digno portador del misterio de lo santo. Era el más anciano y habló frente a visitantes de todas latitudes aun enfermo, pues padecía el temblor del mal de Parkinson. Nombró los países de todos los peregrinos. La misa se desarrolló con la participación de sacerdotes de diversas nacionalidades en inglés, francés, italiano y vietnamita. Fue una misa dedicada también a un grupo de prisioneros, cuyos representantes traían conchas de mar de parte de sus compañeros, símbolo y ofrenda a Santiago. No sé aún qué representa la concha en la composición simbólica de su tradición, se lo pregunto a Roberto, quien ya vivió en un monasterio cisterciense, y me explica que la concha de Santiago es una señal iniciática que tomaban los peregrinos cuando llegaban a Compostela. También tiene un sentido de reconocimiento, dado que a muchos criminales de toda Europa en el medioevo les era levantada la pena bajo la aceptación de realizar el Camino de Santiago; es decir, camino de renacimiento y muerte del egoísmo; el testigo que tenían que traer de ese viaje a Galicia es la Concha de la Vieira, que sólo se encuentra en esta región de Europa. Generalmente es un reconocimiento extenso para todos los caminantes; tener una concha representa haber culminado el camino y ser un iniciado, de manera que trae buena suerte.
El sacerdote, no obstante su temblor, hablaba fuerte y claro, no en ese horrible siseo de los sacerdotes burocráticos, sino a pesar de su vejez, lo oíamos nítidamente en su exaltación concentrada, sus palabras manaban energía, pues si bien son textos fijos los de la recitación litúrgica, siempre tienen en su lecho las palabras el espacio narrativo para que el sacerdote renueve y dirigija el mensaje.
Habíamos asistido a una misa de los jerónimos en Segovia. Nuestro paseo dominical coincidió, como ahora en Santiago, con una celebración especial, nada menos que el aniversario del nacimiento de San Jerónimo, así que vivimos el momento más alto de su cadena de liturgias, pues fue justo el obispo quien ofició la misa. Observamos un rito complejísimo de hora y media de duración, acompañado de gran cantidad de monjes y sacerdotes. El conjunto era, en su mayoría, de ancianos, por lo que los cantos gregorianos fueron pronunciados con un dejo lento y cansado. Fue una misa espléndida que exigía de todos memorización y suprema atención para seguir el orden de los textos.
En la misa de Santiago el sacerdote se dirigió a los presos que habían mandado sus conchas, y a los ex presidiarios que las portaban, trayendo a cuento una anécdota de Juan XXIII, quien alguna vez en Roma dijo lo siguiente a un grupo de reos: "Ustedes están aquí porque no fueron tan pillos como para evitar no estarlo". Su humor es fino, y sus palabras van tomando la vibración de su cuerpo enfermo como un manifiesto metafórico de la creencia, que crece desde el mal y se ilumina en la aceptación de esta condición frágil y vulnerable del ser ante la calamidad y el tiempo, y así su voz se va modelando con el mensaje bíblico.
Al salir de la misa nos sentamos en una terraza; fue cuando tomé el "largo cortadito" que repetí. ¡Uno igual! Pedí al camarero, que me contestó: "Bueno, querrá decir uno parecido". Cuánta sabiduría había en sus palabras, sabía lo que produce en los cafetómanos esa substancia preparada en altura templaria. La taza única, la certeza de la irrepetibilidad, me la tomé en Santiago.

Oporto

Cuando salimos de Galicia en autobús hacia Oporto ni Era ni yo imaginábamos el sueño que nos esperaba. Ese no saber dónde se está, ni qué nos espera es el estado ideal de quien se dispone a dormir, con la diferencia que aquí uno debe estar alerta, pues de inmediato debemos orientarnos según…¿qué mapa? Nosotros no llevábamos un destino concreto dentro de la ciudad, así hemos aprendido a viajar, buscando nuestro hospedaje sobre la marcha, dirigiéndonos siempre a los centros históricos. Ya era notable que estábamos en una ciudad muy distinta a las españolas, el tipo físico de los portugueses es muy diferente y se nota la presencia de otras sangres, la más distinguible: la negra, en los cabellos crespos, en la boca ancha de unas hermosas mujeres que veo viajar en el metro.
Oporto se nos presentó como una resbaladilla en un parque soleado de un día infantil, pues habíamos caído en una ciudad juguete, porque era, efectivamente, un artefacto para la imaginación, avenidas cuyos edificios y sus fachadas son todo un manifiesto onírico, algo desgastado y vigente, vibrante enigma, como los poemas misteriosos que debemos leer y oír varias veces y no logramos aprehender.

Arrastrando la maleta íbamos de sorpresa en sorpresa, Era y yo, empapados de una visualidad inédita, y nos perdíamos en las historias de los azulejos, en el opaco colorido de los mosaicos que abundan en las fachadas de Oporto, en la oscura calidez de sus umbrales. Exclamábamos, señalábamos aquí y allá…¡Y la chica de la agencia de Compostela, donde sacamos los boletos de autobús, nos dijo que Oporto sólo merecía un día! Oporto es una ciudad plantada para la embriaguez del mundo; que cuando aquí respiras, por ella pasa el Duero bajo un puente fabuloso de tres niveles, como pudimos constatar al seguir descendiendo por esa calle que hacía rodar tan bien la maleta. El equipaje me empujaba mientras Era abría los brazos queriendo abrazar , ya, a ese-esa, nuestra nueva amante.
Oporto fue como un despertar líquido…fue como las burbujas del oporto que bebería por primera vez desde que mi boca se inició en el alcohol en una calle de la Ciudad de México. Estábamos ante el puente donde cruzan trenes, hombres, autos sobre una corriente limpísima, honda, color esmeralda; donde había barcas con toneles de vino, anunciando las marcas en cuyas bodegas reposa el famoso elixir de Oporto, que los ingleses se llevaban en cientos de barcos atacados de borrachera atlántica; uva fermentada y dormida en la ribera de la Vila Nova de Gaia, donde los tejados se mueven como un oleaje del dormir, mientras se acuna el vino.
En la ribera, frente a los muelles, hay una hilera de edificios que son ni más ni menos el neurino del sueño, partícula última de una totalidad que se combinó en esta fórmula que se lee en la substancia del Duero.
Oporto con Lisboa son, desde que el hombre nace en la tierra, las ventanas al no saber, al no decir cuando todo está por conquistar, pues están edificadas en el fin y el principio del mundo. Desde aquí se devoraron las distancias según lo pudimos ver en el Museo de la Marina de Lisboa, donde están dibujadas las rutas que siguieron los antiguos navegantes portugueses para descubrirlo. Es instructivo ver a la entrada el enorme mapa donde te das cuenta cómo estos aventureros de diferentes épocas, pensaron el mundo como quien lee líneas de una mano, esta vez la palma planetaria.
Seguimos en la ciudad y el sueño cabalgó con brío en nuestros ojos; cruzaron a galope imágenes donde podíamos ver antigüedades arcanas. ¿Qué había pasado aquí? ¿Cuánto tiempo iban a estar aún sobre este pedazo del universo los acontecimientos sembrados en este tejido imaginado por multitud de conciencias? ¡Eternidad y fragilidad ¡ ¿Cómo es que los constructores de estos espacios habían armado sus cámaras mentales en coordinación con la instantánea del plácido turista? ¿Todo esto había sido hecho para figurar en el cuadro de un pintor, como los que se ven aquí trabajando para que el turista pueda, en la lejanía que lo espera, obtener la huella del sueño? Nos metimos en una callecita detrás de los edificios frontales al río buscando un hospedaje. No hay anuncios evidentes y en efecto, son muy pocos los hoteles en esta zona. Tenemos la suerte de encontrar en uno pequeñísimo, como casa de muñecas, una habitación con vista al río.
De minúscula, la habitación no puede siquiera tener la cama en el piso. Es una litera elevada que da espacio, abajo, a un sillón. Todo ha sido muy bien calculado para dos personas dispuestas a pasar una sobre otra para moverse. Un pequeñito balcón nos inserta en ese espacio de colores que reverberan con la luz esmeralda de las aguas corriendo, pues es un río que luce una gran corriente, que llega brioso como un joven caballo a fundirse con el Atántico en una desembocadura llamada El paso de la muerte, que tantas tragedias causó, según se nos informa a través de los audífonos del turibus cuando paseamos durante un atardecer por la respetable extensión de los territorios ribereños: Oporto y Vila Nova de Gaia.
Caminar, caminar y ver. ¿Qué otra cosa se hace en el sueño? Pero aquí este sueño está cruzado por un río que lleva la risa originaria del mundo, una risa que burbujea como el oporto bebido, una brisa de asombros que circula en el vino verde cuyo efecto parece destilarse en el antro frío de este flujo.
Era y yo nos asomamos y nos metemos por veredas que llevan a sitios extraordinarios, porque allí están las estancias humanas como un continuum, algo que no ha dejado de ser, que perdura en los rostros de los viejos jugadores de cartas en un bar y nos habla desde ese estar en el aire que sopla del Atántico, desde el habitar las calles de esta y otra ciudad que ha pasado como si los objetos tuviesen velámenes, y como si estos viejos hombres tuvieran mil vidas de descanso juguetón.
Una mañana salgo a fumar apoyado en la mesita diminuta que Joana, la niña hostelera, coloca frente al hotelito. Y allí veo pasar a las mujeres con cubetas repletas de sardinas, y ya se me hace agua la boca, dispuesto a comer esos pecesillos que juegan a ojos vista en la orilla del río, como entregándose no sólo a las miradas, sino a las manos. Joana es una joven muy hermosa, tiene treinta y dos años pero aparenta veinte, o quince o cinco años…es pequeña y bien formada y huele…huele al Duero.
Esa noche comemos bacalao, el guisado más característico de esta esencial gastronomía porteña. Es un restaurant grande y lujoso al que entran, de repente, en tropel, decenas de turistas japoneses. "Ya nos chingamos", le digo a Era. Y en efecto, se nos echa a perder la cena porque el plato tarda siglos en llegar, y nos hemos llenado de pan, untado con el maravilloso aceite de oliva, y hemos devorado el chorizo que se sirve como entremés.
El bacalao está cocido al natural, sin ningún aditamento, ni jitomate ni ajo ni pimienta ni yerba alguna. Sólo calor, sal y aceite. Como todos lo hacen en el mundo, se le compra a los noruegos, pero los portugueses lo salan y aquí hay una distinción. Los cocineros portugueses son de lo más fino, trabajan con la escencia del pescado, hacen que brote, con las temperaturas, su sangre originaria, el aroma que dejan en la estela marina cuando viajan.
Al día siguiente comemos sardinas en otra taberna, en la misma callecita, plena de clientes extranjeros y portugueses. Es notable que se trata de un sitio fuera de serie. A nuestro lado cinco amigos, todos con estómagos poderosos, dan cuenta de una gran fuente de pollo de donde surge un olor sin palabras.
Pruebo el oporto blanco y seco…y comienza la fiesta, y pedimos una botella de vino verde. ¡Qué comida tan trascendente! Estoy enamorado, no solamente de Era sino de todo lo que aquí se combina con su rostro.
Tenemos que partir. El hotel ha vencido, nos espera la maleta ya cerrada, en la administración…y caminamos hacia el puente y nos sentamos borrachos en esa tachuela de acero donde se amarran los barcos. La luz cae sobre el Duero y nos ata a esta visión de la que no queremos salir, como un can estamos amarrados a un sueño acuático que se sube a una canoa y vagabundea por el mundo.

Coimbra

Cuando arrastro la maleta subiendo la avenida por la que descendimos al principio del sueño, me percato que estoy habituado a cambiar. Que tantos meses en movimiento por distintos rumbos del mundo me han puesto de un ánimo espectacular de ligero, como si fuera un globo que flota, o una brizna que va a donde sea con el viento. ¿Qué nos espera en Coimbra? Ya tenemos los billetes del tren. Ya estamos en él. Ya nos movemos. En silencio Era y yo pensamos cada quien en sus adentros en el sueño de Oporto.
La estación de tren de Coimbra está al margen del río Mondego. Caminamos erráticamente. Yo esperaba que si subíamos por las calles medievales encontraríamos un letrero de hotel, pero nada. Era estaba cansada, yo también, pero había que seguir. Le pedí que me esperara para poder buscar. Se sentó en un café y descubrí la plaza 8 de mayo, muy hermosa con ese antiguo restaurant al lado de una capilla, las lozas blancas de la plaza y las fachadas del mismo color logran una composición optimista y plácida.
Sólo hasta que alguien nos informa del único hotel turístico, nos dirigimos al Oslo, donde alquilamos una habitación que me ofrece la primera visión: una hermosa joven desnuda. El ventanal del Hotel Oslo se encuentra frente a un edificio de departamentos muy amplios, y la joven descuidada tiene las cortinas alzadas; yo, cuidadoso, apago la luz; sentado sobre la cama, veo a esa joven prepararse para su cita amorosa. Puedo distinguir su bello trasero al trasluz de las bragas y todo el tiempo que se demora en calzarse unas pantimedias. ¡Qué trabajo tan arduo requiere untarse en la piel este tejido de transparencias! Si sigues subiendo la mirada hay otro piso, la azotea y luego la ciudad universitaria de Coimbra, la más antigua del mundo, dice la guía. He allí el sueño del día siguiente, la corona del saber rigiendo a Coimbra. Esta noche, una preciosa luna en cuarto creciente asoma sobre su cumbre. Estamos cansados, vamos a bañarnos, a dormir…para levantarnos muy temprano y ver el amanecer.
Estamos listos ya. Salimos y todo está obscuro, así que vemos cómo Coimbra despierta, abre los ojos sobre la niebla que se desmadeja sobre el río… allá se dibuja el perfil de una balsa.
En Coimbra se hace honor al saber, es una ciudad de jóvenes que andan en las calles con sus capas negras, festejando el inicio de cursos, cantando y emborrachándose entre las calles y en las márgenes de las dos orillas del Duero. Una joven ebria llora en una esquina y su chico preocupado trata de consolarla…
Lisboa***
Santa Apolónia se llama la estación que nos recibió en Lisboa, nerviosa, palpitante, pre clara, blanca, su aire cargado de promesas. En el metro no hay pasajes automáticos, donde se mete el ticket, como es común, sino es abierto, solamente debes poner la tarjeta en el lector electrónico. Una muchacha, a la que Era le pregunta cómo, a dónde, por dónde, qué…cómo carajos entramos a Lisboa, se percata de nuestra perplejidad y nos conduce hasta el final, dejándonos prácticamente en nuestro vagón que viaja al centro histórico.
Aquí nos recibe la grandiosa y famosa Rua Augusta, flamante, romana, imperial, con un arco que da a la enorme Praça do Comércio, antesala del río-mar Tajo, donde navegan cargueros y embarcaciones rápidas.
Sigue lo más arduo, buscar el hotel. Vamos a un puesto turístico, bastante activo, donde te tratan muy bien chicos y chicas geniales que entienden todas las lenguas económicas, hablándote en tu idioma, …y rápidamente un joven ágil sobre el tablero y el teléfono y la máquina de tarjetas, nos manda a la Albergaria Residencial Insulana, en Rua de Assunçao, a un paso de la Rua Augusta. Caminamos sobre el suelo hecho de fragmentos cerámicos, como si piezas de jarrones etruscos se hubieran roto y caído en un dibujo ondulado igual a las olas, pues Lisboa es una ciudad marina, una ciudad donde, efectivamente, parece que ondulan sus edificicaciones y calles agolpadas en siete colinas, que son recorridas de arriba abajo y de abajo a arriba, por tranvías de hierro forjado en el siglo XIX.
Sientes de inmediato que Lisboa es una ciudad seria; ves en ella el rostro de una muchacha inteligente, experimentada, sagaz, dulce; es evidente que aquí se concentra toda la sabiduría del mundo, que aquí han florecido grandes inteligencias de la humanidad, que de aquí han zarpado los más audaces, los más arriesgados, los más talentosos de los hombres a descubrir y poblar el que era entonces el nuevo mundo. Es una ciudad que tiene en sus hojas de aire historias tantas como olvidos, un sentir más que memoria acumulada, no dejado escapar pero tampoco preso del todo. Flota en la atmósfera una fiereza como de corazones sin tiempo, algo que nos toca directamente el alma; también, vínculos con palpitaciones, jadeos, risas, llantos, cantos, berridos…hay en el silencio nocturno un algo detenido e ido en este conglomerado de edificios vacíos…en la noche, el centro de Lisboa es fantasmal…está deshabitado, como si algo muy dentro de la vida de los muros estuviera aguardando un mejor momento para salir. En efecto, solamente funcionan en las calles los locales comerciales, los cafés, los restaurantes, en los pisos superiores no hay nada ni nadie, según se ve por las ventanas de nuestro hostal en un cuarto piso. En el día no hay figuras detrás de las ventanas, ni en la noche luces. Así como en Oporto se veían desgastadas prendas secándose al sol en los balcones al atardecer, aquí hay mutismo, sombras. ¿Por qué? Alguien nos explicaba que quizá se debía al terremoto que asoló Lisboa recientemente, uno de tantos, como el famoso seísmo del siglo XVIII que tantas vidas costó y fue comentado por Voltaire en una crónica. Recordé la ciudad de México en los años posteriores a 1985, cuando el centro histórico quedó vacío, pues muchísimos edificios quedaron dañados por los temblores.
Cuando salimos del elevador al tercer piso nos sonrió, tras la recepción, Jaime Ferreira, el hospedero de la Insulana, un hombre mayor con la bondad y el encanto de un ángel. Él, que ama y conoce Lisboa como sus blancas manos, armó nuestra ruta de visitas …y cuando pronunció el nombre de Fernando Pessoa para indicarnos el café que frecuentó el poeta – el famoso A Brasileira – y señalar su estatua afuera, me invadió de golpe la voz de Bernardo Soares, la dulce, amarga y lúcida oración pessoiana; Ferreira pronuncia su nombre como acariciando la espalda de un gato cósmico, evoca este nombre con su acento portugués que se escucha como una canción.
Le dedicamos tres días a Lisboa, subimos en sus tranvías, caminamos sus calles del Bairro Alto donde comimos, en un pequeño restaurante, lo mejor y más sencillo en sopa de mariscos, regado por un vino verde de la propia casa. Fuimos a ese monumento desconcertante que es el Monasterio de los Jerónimos, de arquitectura llamada "manuelina," nunca antes vista por nosotros. Con aire arabesco muy difuminado, cierto rasgo gótico pero fundido, un giro barroco pero disimulado, esplendía de modernidad y nos llenó de un agradecido asombro. Su color es único, entre ocre y blanco jaspeado; se trata realmente de una joya labrada en el fondo del mar del tiempo extraída por gigantescas grúas navales y puesta a secar en las manos de millares de obreros que pulieron centímetro a centímetro esta rara piedra para regalo nuestro. Fue como si un sabio gigante introdujera en nuestra boca aquel dulce de piedra que produce sueños sin soñante…sueños sin substancias mentales, sueños donde la roca tomó la forma inventada por una imaginación sin raíz cefálica. Luego vamos a ese pequeña Torre de Belém adentrada en el mar, recinto para la vigilancia, baluarte que solamente podía ocurrírsele a un guerrero dormido. Y casi a su lado, la majestad del hoy, un edificio espectacular y tan moderno (fue inaugurado en 2010) que ni siquiera está en la guía turística, el Champalimaud Centre – especializado en la investigación biomédica, con énfasis en el cáncer y la neurociencia – construcción que replica la curvatura de las olas y las líneas de un barco de sueños. Una obra donde se aplicó el talento contemporáneo de Lisboa para lucir al lado del talento del pasado y dialogar con todo aquel que lo transite. Estos edificios ven hacia el mar y hacia los puentes de una gran avenida de infinitos carriles. Siendo ellos de piedra, reales, son también un pronunciamiento cuántico, porque así lo quiere nuestra retina, porque así lo desea el escondite de nuestro sueño.
Lisboa es como la bandera de Portugal que ondea segura, flamante, alegre. El aire del Atlántico limpia cualquier pesadumbre, disipa todo desengaño, abraza y despide toda tristeza, ¿como el fado? No pudimos escuchar una buena sesión, pese a nuestros deseos. Incluso un viejo lobo de mar, como don Jaime, fracasó en su recomendación al conducirnos a una casa donde lo interpretan. Nos dijo que era cada vez más difícil escucharlo; que desde que fue declarado "patrimonio de la humanidad", cualquiera que canta bajo la regadera se las daba de artista. Que se habían comercializado los sitios y que se cantaba para turistas cobrando precios estrambóticos. En fin, nada alagador el panorama, sin embargo nos hizo una reserva en un "restaurante típico". Resultó un fiasco aunque el ambiente era elegante y bien servido, de comida portuguesa pero nada fuera de serie, ni siquiera vino de la casa sino el comercial Garcia Casals. Y los cantantes eran intérpretes totalmente desgastados, sin ninguna emoción que ofrecer más allá de su impostura profesional. Así nos quedamos con las ganas de una fiesta a la que estábamos dispuestos, imaginando yo a la cantante, que don Jaime anunció como "fabulosa", llevándome a la entraña de Lisboa, pero era una mujer no solo poco atractiva sino con la voz deshilachada.
Lisboa está engarzada entre colinas; siete, anuncian, y las recorres en tranvías y ves…ves sueños bailando, como los jóvenes en una plaza. Son un tamborilero al que le sigue, danzando, un muchacho negrito en un ensayo pleno de enfoque, de atención, de trance. Así vamos y venimos, respirando y sintiendo hasta el final, cuando esperamos la hora de partir, en la Praça do Rossio. Han pasado tres días, imposible detallarlos en sus minucias pues mi editora, Era, se enfadaría…Lo mismo que en Oporto, aquí nos despedimos con una comida donde nos sirven carapaus asados y dourada a la parrilla, que mi piel interna sigue descifrando, como si tuviera una Moby Dick en mi cerebro. Repaso entonces esa figura que veo en una parada de autobús, ese hombre que ha salido de una librería, ese personaje que me hace rememorar la placidez de una lectura, hombre en cuyo cuerpo se ve habitar a las palabras. ¡He aquí un lector!

 

 

Ciclo Literario.