Tres poemas del mar de Galilea

Ilhan Berk o la infancia de las palabras
Traducción: Çagla Soykán y Clara Janés / Nota: Clara Janés


Ilhan Berk (1918-2009) es uno de los grandes poetas turcos del siglo XX. Concluyó estudios superiores en francés y en una primera etapa ejerció la enseñanza, para dedicarse luego a la traducción. Lector fervoroso de Francis Ponge, René Char, Mallarmé, Cocteau o E. E. Cummings, e interesado en el silabismo, pasó a formar parte del llamado "Segundo Nuevo Movimiento", que negaba las convenciones literarias, llegando a ser el principal representante de la poesía "sin sentido". Más adelante defendió el verso otomano clásico. Fiel a su impulso creador afirmó que el poeta escribe con "el sentido primero de las palabras, es decir, con su infancia", y, acaso por ello, añadió: "sólo la infancia de los poetas es larga".
Y la infancia es ante todo el reino de los ojos y del asombro. Ilhan Berk dijo además: "Todos los escritores escriben con palabras, pero los poetas son los que ven las palabras. Lo que distingue la poesía de la prosa es el hecho de ver las palabras". Éstas, al ser de tal modo observadas (diría en redondo), brincan o se desencajan del contexto, porque el ojo, que las ve, ve siempre más de lo que muestran, y, como consecuencia, el poeta las ofrece con rasgos cubistas.
Los objetos, el material literario (letras, signos de puntuación), los sultanes, los árboles, los pájaros, los vendedores callejeros o Estambul constituyen el mundo poético de Ihan Berk, que recibió los más altos galardones otorgados a la poesía en su país. Entre sus libros destacaremos Amorosamente (1968), Ceniza (1978), Mar de Galilea (1958) y Río hermoso (1988).

 

Tres poemas del mar de Galilea

Ilhan Berk relata los sueños de la torre de Gálata

Soy una torre en Estambul. Prendí fuego a Estambul una mañana. Primero quemé la calle, dónde vivía ella. Aún se hallan entre mis recuerdos un niño, una mujer medio desnuda, un atardecer, aún se rezagan en mi memoria. Quemé los pájaros y los árboles. Sabemos que los pájaros y los árboles son incombustibles ¿verdad? Pues los quemé. Vi su boca que no se podría cambiar por todo el oro del mundo. Su boca me recordaba sin cesar ríos, tiendas, soles, trenes, caminos, bazares. Sus brazos prendieron fuego a los ardientes ríos toda la noche, toda la noche como si no estuviéramos en el mundo.

Quizá estábamos en esas mañanas no tocadas aún por la mano de Ivi
Eso era lo que decía yo.

Plantemos las flores dije.
¡Basta ya! Que no siga doblado el mar.

Desdoblé el mar.

(Me llevé a los hijos del sultán Ahmet II a ver el cielo de Leyla Hanim, la poetisa)

Fotografía
Josue Koudelka / 1979

 

El cielo de Leyla hanim,
la poetisa



 

Las manos del sultán Selim III equivalen al cielo de Leyla Hanim, la poetisa.
Sólo Selim III comprendió el cielo de Leyla Hanim, la poetisa.
El mismo lo demostró a los hijos de Ahmet I.
Las manos de Selim III rozaron el sol tocaron las mujeres, recogieron las flores.
En los poemas que escribía sólo pensaba en Leyla Hanim.

Estrangulé a Selim III.

Fotografía
Ilhan Berk y CJ / 1995

 

Amores siempre amores

Una noche olvidé mis manos y mis brazos en la Avenida de Istiklal. Una noche yo no estaba, aquella noche no estaba la luna veneciana, aquella noche nadie estaba, vi.
Vi que mi amada dormía, el hombre dormía, el niño en el que me desperté una noche dormía con la boca entreabierta, los sábados dormían.

Maté al hombre.
Cogí la soledad de Ahmet II
Ocupé mi sitio.

 

1 Colaboré en la traducción de estos dos últimos al español (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo), así como en única antología existente en lengua castellana de sus poemas (Visor).

 

 

Ciclo Literario.