Tomás Kóbor: Budapest

Lorenzo León Diez


 

Budapest
Tomás Kóbor
Espasa Calpe
Madrid-Barcelona
1920

El hombre no puede amar a una mujer sin hacer desdichada a otra
Bernard Shaw

Aquí fue donde yo te probé que la muerte no es más que un prejuicio; que los hombres mueren solamente porque no conocen el amor. Nosotros hemos descubierto el amor, y por eso somos inmortales. Nosotros dos: tú y yo, dice Olga a su esposo Demendy, subsecretario de Estado cuando algunos años después visitan los lugares que recorrieron en su luna de miel. Son palabras vibrantes, pero fantasmales, pues ahora cuando están solos, los esposos se abrazan con ternura y amor. Únicamente la fe del uno en la felicidad del otro falta en su vida de casados. Estamos al final de Budapest, una rara novela que fue publicada en 1920 por la editorial Calpe, de Madrid-Barcelona. Su autor, Tomas Kóbor no aparece en Wikipedia, por lo que la breve presentación del libro es todo lo que tenemos para saber que Kóbor "es ante todo un periodista –uno de los maestros del periodismo húngaro moderno- que en 1920 tenía cincuenta y cinco años y formaba parte de la redacción de Az Ujság –La Gaceta-, periódico que hasta la revolución del 30 de octubre de 1918 era órgano del conde Tisza".
En su novela, dividida en dos tomos pero en la edición española presentada en un solo volumen, podemos ver el mismo interés temático que identifica a una franja de escritores húngaros, entre ellos Sándor Márai y Lajos Zilahy, donde la infidelidad conyugal es el núcleo generador de las historias. En el caso de Kóbor con su Budapest, una vez descubierta la relación secreta de Demendy con Eva Dermák, elegante, pálida y de una belleza mágica, el funcionario de estado confiesa a su esposa Olga Komley: Aunque el hombre engañe a su mujer, puede amarla.

Fotografía
Abigail González / 2003

¡Ah, qué tristeza cuando, con su mujer sentada sobre las rodillas, tiene uno que pensar en la querida a quien se abandonó! El subsecretario de estado Nicolás Demendy encarna, pues, al protagonista de lo que en otra parte* hemos nombrado el amor burgués que tiene en su núcleo la imposibilidad del hombre de estar con una sola mujer y las calamidades que esto le acarrea. Demendy cuando la escucha (debes quererme como si estuviese muy enferma, teniendo en cuenta que una enferma necesita sentir que la quieren, porque si deja de sentirlo un solo minuto se muere) se pregunta: ¿de dónde viene esta pasividad, este malestar con que se deja querer por su mujer, dejar que sus labios anémicos lo besen a su antojo? ¿A qué obedece este deseo apremiante de estar solo, de no estar siempre con ella?
Una de las razones por las que el subsecretario se casó con esa mujercita de infantilidad inconcebible, menudita, frágil, anémica es porque Olga era hija de la baronesa de Komley, a la que durante seis meses Demendy había hecho la corte, encontrando una resistencia insospechada. No era una mujer frívola, y si no amaba a su marido, tampoco a ningún otro hombre. Satisfecha, orgullosa de su belleza, de su virtud y de su altivez, no podía soportar que un hombre cualquiera la conociese más íntimamente que los demás hombres. Sin embrago, una tarde casi cedió. Demendy llegó a estrecharla en sus brazos, y la baronesa no se defendía. Pero en aquel momento crítico llegó el barón. Este señor era bajito, rubio, de semblante dulce; miraba siempre a su esposa como preguntándose: ¿Pero es posible que esta mujer incomparable sea mía. Cuando vio a su mujer en los brazos de Demendy, que siempre está en caballero y que quería salvar la reputación de la dama por él comprometida, se vuelve hacia Komley y lo abraza igualmente.
-Creo que usted no opondrá ningún reparo –dijo con asombrosa sangre fría-. La señora baronesa acba de aceptarme como yerno. Así se hizo la boda.
El anónimo presentador de las novelas de Tomás Kóbor nos dice que "el lector advertirá las cualidades –y también los defectos- de un réporter: la exactitud en las descripciones, el estilo frío e impersonal, la influencia de "las gacetillas. Como casi todos los periodistas húngaros ha escrito un gran número de cuentos –género literario preferido en Hungría- y dos novelas y una obra de teatro, estrenada con mediano éxito y se deja ver en sus obras literarias, que debe consagrar la mayor parte de su tiempo a sus obligaciones profesionales".
En efecto, sus novelas no alcanzan la sofisticación, la profundidad simbólica de un Márai o un Zilahy, por lo demás casi veinte años más jóvenes que Kóbor en el momento en que escribía. No obstante, siendo Budapest el territorio de sus tramas, podemos sentir cómo nos invade en su lectura esa misma pasión que circula por sus calles y que Kóbor las fija a fines del siglo XIX. Es la calle Koronaherceg, donde jovencitas maravillosamente bellas penetran en las tiendas elegantes para hacer de esclavas durante todo el día. La calle Rakoczi, la calle Kalap, la plaza de los Franciscanos, el bulevar Francisco, la calle Dorottya, la plaza Gisela, la avenida Andrassy, el bulevar de Carlos, la calle Zsibarus, la calle del Museo, el Paseo de la Escuela Politécnica, la calle Alejandro, la calle Rottenbiller, la calle Bulyovszki, la plaza de Calvino, la calle de Soroksár, el monte Gerardo, el bosque Zigliget, los Baños de Rudas, el puente del ferrocarril…y sobre todo los personajes que se debaten entre fuerzas reveladoras de su inanidad, como Demendy ante su esposa incansable e insaciable; pedía siempre más besos, y sabía avivar la llama amorosa con la fe entusiástica de su alma pura, en forma tal, que un hombre gastado y escéptico como Demendy la temía y se sentía rebajado por esta fuerza moral del amor, cuya existencia jamás había sospechado. Y todo esto bajo la mirada fría de una mujer a la que en otro tiempo él hizo la corte, y que es ahora su mamá política.
A Demendy le asustaba la posibilidad de engañar un día a su mujer con su propia madre al mismo tiempo que le inspiraba terror el cariño de su esposa. Llevaba un mes pensando en el medio de salir de aquel peligro. Es preciso que engañe a su mujer. Lo considera como un deber moral…entonces su pensamiento se vuelve a la muchacha que más fuertemente lo atraía entre todas sus viejas amantes: Eva Démark.
Una vez ella vio a Demendy que iba con su mujer a las carreras de caballos. Su mujer era una muñequita anémica y ridícula. Eva se puso furiosa y juró vengarse. ¿Era aquella muñeca sin sangre la que le robaba su felicidad? ¿Aquella muñeca despreciable la que poseía para siempre al hombre que le había pertenecido a ella? ¿No era ella cien veces más hermosay más deseable?
Es evidente que la prosa de Kóbor está afectada por el ritmo periodístico y la facilidad de las generalizaciones, pero aún así resulta atractivo el recorte que hace de este cuadro: los directores de los teatros contratan a las artistas, por decirlo así, para los socios del club aristocrático, y todo diputado provinciano tiene, además de su esposa, una amante en Budapest…
Así, Demendy piensa en Eva cuando cruza el Danubio y se dirige a Pest. Hace una tarde magnífica, y por el puente colgante vienen las mujeres vestidas con trajes claros. Casi todos los transeúntes son mujeres, y casi todas las mujeres hermosas…sin saber por qué, Demendy marchó a la calle Koronaherceg, no obstante estar la calle Vaci llena de mujeres que pasean su belleza y sus deseos. A esa hora –las seis de la tarde- la populosa vía es muy peligrosa para los hombres. Cada palmo de tierra soporta una criatura seductora.
Demendy mira con curiosidad el portal de un fotógrafo, donde se estruja un tropel de hermosas muchachas que, con pretexto de contemplar las fotografías, esperan la ocasión de trabar relaciones fáciles.
Al encontrar a Eva y hacer lo consabido, Demendy piensa que Olga no debe saber nunca que la engañado. Y él no debe arriesgrase en una segunda aventura, porque más tarde o más temprano llegara a saber que la engaña, y la pobrecita moriría de pena. Ya ella escucha a su madre: no se puede creer a los hombres; a ninguno. Asi que Olga ordena: -Jura que eres tan puro como yo.
El subsecretario de Estado, como un fámulo, baja la cabeza y dice con voz queda y obediente:
-Lo juro.
Sin embargo como era natural, el descontento moral que asaltó a Nicolas Demendy después de su primera entrevista con Eva, desapareció al cabo de veinticuatro horas y se pregunta: ¿Por qué mi esposa no es una verdadera mujer capaz de atraerme y enloquecerme como esta otra?Demendy alquiló un piso amueblado en el distrito de Francisco.
Olga, la mujercita aniñada, le pregunta:
-¿Es verdad que todos o la mayoría de los hombres engañan a sus mujeres? Yo me moriría en seguida.
La baronesa Komley en una conversación le dice a su yerno: Yo pienso que este hombre, que me había comprometido con su honor y que por salvarme se casó con mi hija, debía considerar su matrimonio como un castigo.
Comprende todo el sentido de las palabras de su suegra: la señora Komley esta celosa de su hija porque le ama. Quisiera destrozar a esta mujer, ya que no puede estrecharla entre sus brazos.
Al enterarse de la infidelidad de su marido,Olga acude a su padre, el señor Komley, en busca de consejo, él le dice: No tienes razón, hija mía. Dememdy es un hombre cabal. Yo, no creas que soy mejor que él. Soy más débil. Las gentes débiles son todas honradas, porque para el vicio hace falta la fuerza. Si te ha engañado esa es una falta que todos los hombres cometen. No le dan a eso ninguna importancia. Para ellos engañar a su mujer es tan corriente como beber una botella de champaña. Y nuestra sociedad acepta esas costumbres como la cosa más natural. Si tú consideras que solamente es honrado el hombre que no engaña a su mujer, en vano buscarás un hombre honrado.. Debes saber que una cosa es el amor conyugal y otra muy distinta el amor pasajero.
Poco tiempo después de saber su engaño, Olga siente que Demendy empieza a ser verdaderamente su marido, pero la sombra que se ha introducido entre los esposos una vez descubierta la infidelidad, no quiere disiparse.
Al final de la historia, cuando se encuentran Demendy, Olga y Eva, ésta les dice: Ustedes son ricos y distinguidos, y para que las jóvenes ricas y distinguidas puedan conservarse honradas, se lanzan sobre las pobres, con las que no es preciso casarse. ¡Y aún se atreven a levantar la cabeza! ¡Y usted señora, aún se atreve a mirarme con desdén! ¡Cómo los desprecio!
"Kóbor es un escritor pesimista, lleno de amargor, cuyas cualidades se presentan admirablemente para ser cantor de Budapest, la ciudad joven, interesante, inquieta, cínica y cuya profunda miseria se oculta bajo el velo de un lujo falso".
Son dos rivales frente a frente, luego de un largo proceso que enlaza a varios protagonistas de esta puesta en escena en una geografía tan precisa como un mapa: el Budapest de finales del siglo XIX, donde transcurre como la sangre eterna, la conflagración de los placeres, las ilusiones, los desengaños, la rutina, las ambiciones, el miedo, la codicia, el desenfreno, en fin, las pasiones humanas.
Ustedes son ricos y distinguidos, y para que las jóvenes ricas y distinguidas puedan conservarse honradas, se lanzan sobre las pobres, con las que no es preciso casarse. ¡Y aún se atreven a levantar la cabeza! Les dice Eva a su amante y a su esposa en la escena final, cuando todas las máscaras han caído.
Ya está a punto de cerrarse la historia, falta, solamente, que muera Olga, débil y poco a poco minada por el desengaño.

 

 

Ciclo Literario.