Misterios que unen vidas

Artemisa Vega


Jim Jarmusch (Ohio, Estados Unidos, 1953) realizó Mystery Ttrain, su cuarta película, en 1989. Años atrás, en 1984, el cineasta era reconocido internacionalmente con su segundo filme Stranger Than Paradaise, al que dio la estructura de un tríptico en blanco y negro para albergar la historia de tres personajes marginales. Estos seres provistos de su sola precariedad confluyen en un viaje insólito rodeado de atmósferas desoladas. Asido de ellos, la atenta y profunda mirada del director elabora, con elementos mínimos, el entramado de tres vidas de las cuales, en apariencia, no hay nada extraordinario que contar. Con esto logra justo lo extraordinario.

Fotografía
Araceli Mancilla /2008


Nada de intrincados argumentos o laberintos psicológicos que ir resolviendo. Apenas unas cuantas palabras, algunos diálogos, y, como escenario, las calles sucias, las carreteras inhóspitas de lugares donde estamos habituados a ver multitudes: Nueva York, Cleveland, Florida. Pero la cámara solo enfoca a tres personas; pocos personajes en realidad. Si acaso se cuela una tía húngara que acentúa con el filo de su lenguaje extranjero el desarraigo del inmigrante.
Dentro de las imágenes transcurre lo demás, la ficción que nos invita a seguir mirando el hastío; la rutina helándose en habitaciones de paso; la llegada y la salida de establecimientos fantasmales. Sucede el lento devenir de escenas que meten al espectador en una realidad delirante donde —vamos presintiendo— cualquier cosa puede suceder. Con seguridad nada previsible.
Mystery Train continúa en la misma línea estructural que la película predecesora de Jarmush al tratarse de nuevo de un tríptico que engarza varias vidas. De igual manera se trata de un drama, solo que el manejo temporal cambia. También la sobriedad en su factura disminuye.
En los capítulos de Mystery Train no hay secuencia, como en Stranger Than Paradise, sino sincronía. En ésta los diferentes capítulos transcurren en distintas ciudades con una continuidad de tiempo lineal más sencilla de seguir. En Mystery Train, los acontecimientos de los tres episodios suceden al mismo tiempo en el mismo lugar, aunque el espectador los observa uno tras otro y desde diferentes perspectivas.
En consecuencia, desde el punto de vista del orden y entramado del argumento, Mystery Train es más compleja, pues ahora las vidas de los personajes convergen en espacio y tiempo, mas sin coincidir en los sucesos. Los protagonistas ven, escuchan y se desenvuelven en forma similar, se hospedan en el mismo sitio, pero fuera de su episodio particular no entran en contacto entre sí, salvo el recepcionista del hotel y el botones, punto de encuentro con todos ellos.
Otro rasgo de Mystery Train es que sus escenas gozan de una sensualidad de que carece Stranger Than Paradaise. El blanco y negro de ésta es tan austero como áspero son sus personajes y paisajes. El color en Mystery Train, en cambio, va a tono con el sarcástico sentido del humor con que Jarmush trata a sus personajes.
Como cualquier lugar que vive de glorias pasadas y acaba por momificarse, los alrededores de Memphis, al ser el asiento de Graceland, la legendaria casa de Elvis Presley, no parecen la excepción en cuanto abandono y decadencia. En este contexto, el entusiasmo de la pareja de groupies que llega desde Yokohama en busca de reliquias del cantante, con explicarse no deja de ser raro en Mystery Train, aunque sin parecer fuera de lugar, de ahí su originalidad.
El brillo con que destacan las cosas, lugares y personas a través del color en el filme funciona como recurso estético que pone en contraste la actitud más bien optimista que muestran los personajes frente al deterioro de su entorno. Así, se presentan atentos y bien plantados ante sus propios deseos, tribulaciones y circunstancias, por ridículas e insulsas que parezcan. Por su parte, la realidad ruinosa del sitio donde se encuentran sobresale en su tendencia kitsch como una pintura de pop art.

Fotografía
Atul Chowdhardy

Se descubre entonces el misterio que subyace en esas vidas cruzadas, localizado en la absurda cotidianidad de lo que les sucede. Porque los personajes, una pareja de japoneses; una viuda italiana y la huésped incómoda de un hotel de mala muerte de la localidad; y tres compañeros de juerga que se involucran en un asesinato, son más cercanos a las rarezas de lo posible de lo que creeríamos. De modo que el azar parece acercarlos tan naturalmente como los separa.
El punto de vista es otro aspecto que varía también en Mystery Train. Ya no se advierte el ambiente melancólico y desencantado que priva en Stranger Than Paradise. Si bien hay dos muertos y la decadencia merodea, la fantasía y la ingenuidad hacen sitio para colocar las cosas de manera menos hostil, tal como sucede a veces en la verdadera existencia.
La deriva de estos personajes cobra sentido al reconocer en ellos el espectador la abundancia de sentimientos, sensaciones, pensamientos e intuiciones que podemos hallar en apenas un breve diálogo, un gesto, una obsesión.
Abundancia en la diferencia es lo que encontramos en estas y la quinta película de Jarmusch: Night On Earth, de 1991. En ella el cineasta vuelve a la fragmentación de las historias pero separándolas por completo. El mundo es ahora el escenario. Se sitúa en cinco metrópolis que cobijan el universo de viajantes imprescindibles: a su vez, cinco taxistas. El hilo conductor de este mosaico es el tiempo que inicia en una tarde de Los Ángeles y culmina con un amanecer en Helsinki. La narración verbal en este tercer filme se intensifica, se trata de una comedia. No obstante, perduran ciertos elementos de las anteriores películas de Jarmush, como lo incierto de la travesía de los personajes —pues siempre hay un viaje— y su desenlace inesperado.
Ahí donde otros solo hallarían tema para un buen documental sobre la inmigración con los consabidos estereotipos y tintes dramáticos, el realizador nos ofrece experiencias directas, distintas, nuevas y si se quiere, extravagantes de contacto humano, como ya se encuentran en este mundo post moderno y multicultural a la vuelta de la esquina.
Su estrategia es poner ante la cámara un microcosmos urbano para fragmentarlo, observarlo en sus aspectos menos convencionales, reconocer sus silencios, penetrar sus ambientes, y luego ofrecerlo reconstruido por su mirada que, a estas alturas, ha recogido en un collage de coherente desvarío, parte de los lazos que unen esas vidas con las que uno se topa a diario.
Que los grandes temas del cine no sean objeto de estas tres películas de Jarmusch no las priva de hacerlas memorables. Su mayor cualidad es hallar esos misterios de vida que buscamos cuando vamos al cine en elementos tan visibles y cotidianos que suelen pasar desapercibidos. Hasta que el enfoque del arte revela que están allí, a la mano, en espera de ser transmutados.

 

 

Ciclo Literario.