Dos húngaros
Lajos Zilahy: la dádiva del bosque

Lorenzo León Diez


 

El Universo, con el destino humano en él, es un gran libro;
y la mano de Dios lo hojea lenta y pensativamente.
Rainer María Rilke

Es menester aceptar la sombra,
la invalidez, la fealdad como partes constitutivas de la vida en uno y en todos.
Tal paciente aceptación inicia "el camino de lo venidero" (1)

Lajos Zilahy parece responder naturalmente a esta voz en dos enigmáticas obras (2) cuyo tema es escaso en la literatura: la invalidez, la vivencia de la mutilación o la disminución de los sentidos por el accidente y la enfermedad. Zilahy se interna en el profundo bosque de Uveghy para encontrar al manco Andris Kenser (o Istvan Barta) y a la bella Ethel, hija ciega (y muda) del ritter Ferenc Von Gulba.
Zilahy pensó mucho en esta situación. Una preocupación que nos permite ver el tránsito formal de un cuento, Vida serena, a una novela: En lo profundo del bosque. En verdad que el escritor reconoce su hallazgo al ampliar o, mejor, amplificar en el espacio narrativo, el drama de los personajes: Andris-Istvan es un herido de la Primera Guerra Mundial : En 1918 tenía yo cuatro años. Un día, el 5 de abril para ser exactos, a las cuatro y media de la tarde, estaba jugando con Sanyi Pallo en un solar. Sanyi había encontrado un pedazo de hierro muy curioso. Una granada de mano. Mató a Sanyi y me arrancó el brazo izquierdo.
Ethel, por su parte, era una niña de nueve años cuando su vista empezó a debilitarse. Tenía unos grandes ojos azules muy hermosos.
El gran autor húngaro va contarnos una historia donde el centro es el amor como imposibilidad, consecuencia de la desgracia. Es preciso hacer notar que en la primera historia (del cuento) y la siguiente (de la novela) hay una variación, no solamente del nombre del personaje masculino (Istvan en Vida serena, Andris en Lo profundo del bosque) en un caso Ethel es muda y en el otro, ciega.
La generación de Zilahy vivió en cuerpo propio la experiencia de ser carne de cañón: los humanos como pasto de esa bestia estrenduosa que viene de un enigma: el corazón de la oscuridad de nosotros mismos. La guerra es una presencia omnisciente, casi providencial, en la obra de Zilahy. Debemos recordar que su casa en una de las más hermosas colinas de Buda, fue destruída con la primera bomba que cayó sobre la capital de Hungría en el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Luego de este desastre, del que se salvó su familia, que no estaba en su casa esa noche, e incluso su perro, que sí estaba, y salió ileso entre las ruinas, Lajos Zilahy regaló toda su fortuna al Estado húngaro para fundar una escuela de niños brillantes. Este acto manifiesta el temperamento espiritual de un hombre que desde la miseria absoluta escaló todos los éxitos nacionales e internacionales que un escritor pudiera permitirse, algo que lo diferencia acentuadamente de su contemporáneo Sándor Márai, que sufrió un largo exilio y un silencio alrededor de su obra.

Fotografía
August Sander / 1911

Andris Kenser es un ingeniero diplomado en la Academia Forestal de Budapest, que había nacido en una casa de troncos en lo profundo de la selva de Zabola , hijo de un pobre guardabosque, caído en la otra guerra mundial y cuyo rostro desapareció para siempre detrás de la cortina de lluvia.
Contratado por el ritter* Ferenc Von Gulba, ingeniero forestal jefe y consejero del Gobierno, Andris va a encontrarse con Ethel, alrededor de 1940, cuando las tropas alemanas han atravesado la frontera holandesa y están arrollando a las fuerzas belgas .
Un faisán se paseaba sobre las hojas caídas, bajo las altas hileras dóricas de las viejas hayas, que se defendían, con un silencio que olía a setas, de la guerra de Adolfo Hitler.
En Vida serena y En el profundo bosque, el joven Andris y la bella Ethel iluminan con su experiencia zonas extremas de lo humano, donde reina la afonía, la oscuridad (Ethel muda, ciega) y la mutilación. A Andris, todo lo que había sucedido durante aquellos breves cuatro meses en Uvegh, le pareció un extraño cuento escrito en las hojas de los grandes bosques. Y recordó unos versos de Rilke: "El Universo, con el destino humano en él, es un gran libro; y la mano de Dios lo hojea lenta y pensativamente".
Cuando Andris entra a la sala de la familia Gulba, donde se hospedará en su servicio como guardabosque, escucha el piano. Espera a que la ejecución termine y ve a Ethel: mi mirada cae sobre su nuca y observo con sorpresa que el fino vello que la cubre toma bajo aquella misteriosa luz, un color de madreperla. La línea que descendía de la nuca que asomaba bajo su pelo del color de la madera de cerezo, y pasaba al hombro tierno y virginal, para desaparecer en el vestido verdeclaro e ir al encuentro secreto de otras líneas ocultas de su cuerpo era realmente bella.
Cuando le es presentada escucha su voz suave y cálida, casi melodiosa. Es indiscutible que el rostro de la muchacha reflejaba un alma extraordinariamente noble y misteriosa. Indudablemente tenía un sentido natural del humor; en toda su persona se advertía un sentido de serenidad y calma religiosa.
En las pistas de alta densidad que creó Zilahy para sus temas, construye un lento poema, que crece como un cuerpo cuya edad se cuenta en siglos, cual los bosques de los que Andris es médico: llevaba a los árboles medicinas e instrumentos, practicaba operaciones de urgencia, salvaba la vida al bello y joven abedul que se alzaba como una tímida joven con su raída camisa blanca, sufriendo una especie de apendicitis. "Para nosotros el bosque es una cosa distinta de lo que es para los cazadores o para los excursionistas. Nosotros somos los médicos del bosque, y lo que nos interesa por encima de todo son las enfermedades que afligen a los árboles".
Esta imagen del bosque representa como ninguna otra, la profundidad del espíritu desde el que procede la escritura de Zilahy, cuya prosa comporta una sensual plasticidad. Ethel y el bosque son movimientos de una sola identidad, cuerpo femenino y naturaleza pródiga en sus equilibrios Los hombres como Andris saben que un bosque se compone de luz, sombra y color. Así puede ver a Ethel, dispuesta a nadar en lago Pagan, se desabrochó el cinturón, dejó caer el albornoz y se irguió en el borde del acantilado, acariciada por los rayos del sol. Una Venus había nacido de las aguas azuladas del lago. Describió un arco perfecto, se zambulló y desapareció como una visión en las aguas profundas.
Cuando el ritter Von Gulba organiza un baile en su casa, Andris bebe varias copas de vino e invita a bailar a Ethel, "ese acto sexual disfrazado artísticamente": El cuerpo de Ethel estaba ardiendo bajo su tenue vestido. Sus pequeños pechos temblaban. No protestó cuando él rozó sus labios durante el baile.
Los ojos de Ethel están velados, pues Henry, hermano del ritter, que vive en Nueva York tiene en Madison Avenue una tienda de instrumentos médicos y ortopédicos: manos artificiales, aparatos para la sordera, lentes de contacto, algo muy útil para los ciegos que aún conservan el globo ocular y que no quieren llevar gafas oscuras. Es un pedazo de plástico transparente que se adapta al globo ocular. Las pupilas están pintadas, pero se mueve como un ojo y da una gran sensación de verismo. Quizá sepa usted –le dice Ferenc von Gulba, cuyos ojos parecen estar constantemente a punto de llorar-, que las pupilas de los ciegos están muertas y son casi blancas.
Así, la gente apenas se da cuenta que Ethel es totalmente ciega.
Desde que Andris llega a ese hogar en la finca Kotro del territorio llamado Csalloks, en la Hungría septentrional, se percata que la casa ha quedado rodeada de una atmósfera de misterio. Entre ellos priva un tono burlón que esconde una profunda delicadeza de sentimientos y que si se esfuerzan en mantenerlo es únicamente para desvanecer la atmósfera de preocupación que pesa sobre la mesa y cuyo origen sólo debe buscarse en la presencia de la muchacha muda.
El desenfrenado buen humor de todos estaba especialmente dedicado a Ethel, y el de Ethel a sus padres; flotaba sobre la casa del ritter, como oxígeno en torno a la cama de un enfermo. Y la enfermedad era la ceguera de Ethel.
Los ojos hermosos de la Ethel muda no cierran su paso a nadie; antes al contrario, absorben la mirada de quien está adelante y la atraen a sí aunque su voz tiene un raro sonido, como el de la voz de un pájaro .
Andris no se consideraba en ningún modo desgraciado, e incluso había llegado a perder conciencia de su manquedad, se ha acostumbrado a aquel rápido movimiento de los párpados, ligeramente acentuado por la sorpresa de quienes descubren su brazo mutilado.

Fotografía
Jean Dieazaide / 1921

Ethel como Andris comparten una experiencia similar en su pasado amoroso. Ambos han sido abandonados por sus respectivos pretendientes. Andris ha perdido dos veces su brazo, la primera vez cuando le estalló de niño la granada y la segunda cuando Lea, antes de cambiar nuestras sortijas me hizo saber que lo había pensado mejor y que no se sentía con ánimos para casarse con un manco. Fue aquella ocasión cuando perdí el brazo por segunda vez. Lea era hermosa. Sus piernas podrían haber sido un poco más delgadas, y sus pechos eran demasiado blanduchos y estaban ligeramente caídos, pero era hermosa, joven y ardiente; sus cabellos, su cuello y sus hombros olían a lavanda.
Andris la recuerda en una escena diabólica en la que Lea, cubierta sólo por un albornoz, lo abría y lo cerraba, usando el mismo truco, el fingir que está pensando en otra cosa, pero poniendo de manifiesto su cuerpo desnudo durante una fracción de segundo. Resultaba cegador como un relámpago. Las dos bandas de la prenda se movían como las alas de un pájaro inmenso, levantándose del suelo para volar a cielos desconocidos.
Andris piensa que el cuerpo de Ethel era mucho más hermoso que el de Lea. Sin duda alguna, Ethel era muy ansiosa sexualmente; quizá era una sacerdotisa pagana del amor libre. No protestó cuando él rozó sus labios durante el baile.
Cuando se preparaba su matrimonio con Oscar Varga, el anterior guardabosques, éste le mandó decir que sería imposible, en aquel momento Ethel quedó ciega por segunda vez.
Ethel en el lago le pide ayuda a Andris para salir del agua: "Deme también la otra mano", le dice. "No tengo otra mano", contesta él risueño. Nadie le había informado a Ethel que era manco, quizá para no causarle una tristeza, infiere Andris. Ethel se sorprende, no lo cree hasta que él la hace tocar su muñon. Y entonces ella le da un beso. Pero al mismo tiempo, fue más que un beso: algo que unía sus respectivos destinos de lisiados.
Andris se pregunta: ¡Quién sabe qué idea debe tener de su desgracia la señorita Ethel! He aquí algo que difícilmente logró imaginar. Quizá la idea de que los hombres la observan a hurtadillas, con un sentimiento mixto de compasión y horror, se ha oscurecido en su mente hasta el punto de desvanecerse por completo. Y realmente, ¿por qué razón debería darse cuenta de semejante impresión de horror, si aparte de su defecto, Ethel es la imagen de la belleza y la salud?
En una ocasión Andris se encuentra con Ethel, que iba en traje de baño; acababa de salir del agua, y tenía el cabello mojado. Cuando él la miró a los ojos vio algo espantoso. Ethel no llevaba los lentes de contacto. Era una clase distinta de desnudez. Sus ojos blancos, muertos, le daban aspecto de recién salida de la tumba.
La familia se reunía en la sala como antelación de la ceremonia de la cena. Era la primera vez que Andris llevaba a Ethel a la mesa, y tuvo la sensación de que, poco a poco, se dirigía con ella…¿Adónde? A su oscuridad.
Y es que Andris sospechaba que los padres de Ethel propiciaban las cosas para que él fuese esposo de su hija inválida. ¡Quien sabe si nos les habrá pasado por las mientes la idea de que yo podría ser el único marido posible para su hija, precisamente porque me falta un brazo!
De haber sido él un hombre con dos brazos nadie se hubiese atrevido a abrigar esperanzas de que consentiría en casarse con una muchacha ciega.
Andris (Itzvan) estaba equivocado. No era él el objetivo de sus padres, sino ya estaba acordado el matrimonio con el joven polaco refugiado al que Ethel enseñaba el húngaro y los buenos modales, Bolis quien huye cruzando a nado el Danubio (Vida serena), partiendo al frente a defender a su patria (En lo profundo del bosque)…en todo caso Ethel queda sola, e Istvan mira a la muda Ethel: Sus ojos y la expresión de sus labios entreabiertos reflejan una mezcla tal de dolor, de horror y de belleza que no puedo soportar su contemplación. Andris escucha a la ciega Ethel anunciarle su partida al convento del Sacré Coeur, de Esztergom.
Andris-Itsván mandan una carta a Ethel pidiéndole que acepte ser su esposa. No se trata de un pensamiento ni de una decisión. Es algo mucho más difícil de explicar, que en toda mi vida no lograré comprender totalmente. Nunca hasta ese instante he comprendido con tal claridad que la mayor felicidad de esta vida terrenal consiste en "dar".
Ethel se niega. Le da las gracias y se interna en un monasterio.
Queda el silencio. La oscuridad.

Notas:
1) El libro rojo de Jung. Bernardo Nante. Siruela. 2010
2) Lajos Zilahy. Vida serena. Ediciones G.P. Barcelona. 1957
Lajos Zilahy. En lo profundo del bosque.Plaza y Janés. 1962
* Ritter era un título alemán de categoría intermedia entre el Von y el Barón.

 

 

Ciclo Literario.