Moros y cristianos, una guerra
de larga duración

Lorenzo León Diez


Moriscos y cristianos
Un enfrentamiento polémico (1492-1640)
Louis Cardillac
FCE
2004

Fernand Braudel, el célebre historiador de "la larga duración", que supone dar gran importancia a la vida cotidiana de las personas y no, como era tradicional, a los acontecimientos, se refiere al estudio de Louis Cardillac, en su prefacio, como "un libro directo, de una claridad asombrosa". Y en efecto, a través de esta lectura podemos oír la voz de un mundo que yace en la memoria escrita, así como en ejemplos arqueológicos de la cultura islámica en España, como lo es la mezquita "Cristo de la Luz", en Toledo: un valioso edificio milenario cuya construcción está fechada en el año 999 de nuestra era y que supone una muestra única de la pervivencia del arte Al-Ándalus, uno de los monumentos más importantes de la arquitectura hispanomusulmana y mudéjar en España.

Fotografía
Mezquita Cristo de la Luz, Toledo / Enriqueta Febles

Islamismo y españolización
"En España, en particular en la región de Al-Andalus —nos explica en otro libro, que se comenta en este mismo número, Fernando del Paso—, sobreviven numerosos ejemplares de la asombrosa arquitectura árabe de diversas épocas: el esplendor omeya, los reinos de taifas, el dominio beréber y los reinos almorávide y almohade. No sólo lo conocen muy bien los españoles y los especialistas: también el turista culto que se deleita con la hermosísima mezquita de Córdoba, la Aljafería de Zaragoza, la Torre de la Giralda y el Alcázar de Sevilla o los prodigiosos palacios nazaríes de la Alhambra. Pero sabemos muy bien que, después de la expulsión primero de sus judíos —en el annus mirabilis de 1492— y después de sus moriscos, consolidada a raíz del decreto firmado por Felipe III en 1609, España se españolizó hasta el tuétano; se hizo más España que nunca: una España donde los que autodenominaban "cristianos viejos" se ufanaban de usar, en vez de cinturón, lonjas de tocino. Un historiador del orientalismo occidental no puede ignorar el profundo desgarramiento que causó el violento, bárbaro destierro que sufrieron los moriscos de Valencia, Castilla, La Mancha, Granada y tantas otras regiones españolas. Como señala Jean-Paul Roux, esta clase de actos no sólo denuncian "un espíritu más agresivo que el de las peores agresiones armadas", sino también "expresan el rechazo absoluto del otro". La única cohabitación que existe hoy en día en España entre musulmanes y cristianos no tiene su origen en los ochocientos años de dominio árabe, sino —como sucede en otros países de Europa— en la multitudinaria migración que se inicio en el siglo pasado procedente de los países musulmanes del África del Norte, y se trata de una coexistencia precaria y conflictiva, agravada por los espantosos atentados de 2005 en la estación madrileña de Atrocha.

El manuscrito y las religiones fratricidas
Cuando el visitante, al descubrir restos arquitectónicos de la sacralidad islámica, como los que hay en las laberínticas calles de la ciudad medieval de Toledo, afina el oído para percibir (a través de la densidad de documentos jurídicos que quedan de esas remotas épocas en los archivos y bibliotecas —el Archivo Nacional y la Biblioteca Nacional de España, así como esa imperiosa biblioteca de El Escorial— tan celosamente custodiados por las instituciones ibéricas) un mundo, como señala Braudel, pleno de extrañas aventuras humanas.
Para acercarse a estos manuscritos, leerlos, comprenderlos y relacionarlos en escenas muy vastas, se requiere, por supuesto, de un sólido rigor historiográfico como el que caracterizó a la llamada escuela de los Annales , en la que participó Braudel con su maestro Lucien Febvre y que consiste en una nueva narrativa que encuentra en la experiencia individual el material fundamental para ilustrar y entender el pasado: "la historia profunda de España, tan difícil de desentrañar como sus aguas subterráneas, es la del destino entremezclado de sus religiones fratricidas: la cristiana, recubriéndolo todo con su brillo y sus fastos, pero tan complicada; la judaica, tenaz, complicada ella también; la islámica, por último, la más difícil de percibir y sin embargo tan viva".
La lectura de este libro se despliega en varios planos de los que en esta nota nos interesa destacar precisamente la potencia de estas anécdotas que enseñan cómo en los cuerpos de los individuos se marca o se imprime un complejo metafórico (Cristo, Alá, Yahvé) y se revela el pensamiento y la creencia del pueblo español del siglo XVI. Para ello, en el conjunto de citas con el que armamos el siguiente montaje, hemos modernizado el español arcaico de los textos originales reproducidos por Cardillac, pues la finalidad es de vislumbrar con nitidez estas experiencias extremas que enseñan, como escribe Braudel, "que el problema morisco es un conflicto de religiones, de civilizaciones, difícil de resolver y llamado a durar".

Visión y profecía
La visión de la historia religiosa que está en la mente de todo español del siglo XVI es que cristianos y musulmanes pretenden ambos descender de Abraham, pero los primeros se dicen descendientes de una rama noble por filiación directa de Isaac, mientras que los segundos, del linaje de Ismael, pertenecerían a una línea bastarda.
Numerosas profecías que encuentran su origen en Mahoma aparecerán en otros tantos procesos inquisitoriales, en diversas épocas y en diversos lugares. Expresan una esperanza religiosa (la premonición de Mahoma sobre el destino de los musulmanes en tierras cristianas, la venida de un libertador). Afirman también la fe en un destino político preciso: estos dos elementos se confunden: desean persuadirse de la inminente victoria de la media luna sobre la cruz. Al deseo de universalismo de la cristiandad corresponde la misma aspiración de un universalismo musulmán.
Con el fin de impedirles a los musulmanes que se constituyan en bloque frente a los cristianos, aparecerán en diversas ocasiones decretos que les obligarán a los hijos del profeta mezclarse con los que adoran la cruz: "Que los moriscos que dicen sus confesiones, como dicho es, no moren ni vivan juntos, sino que se aparten a vivir y morar en otras partes y barrios donde moran y viven los cristianos viejos, por manera que entre dos casas de moriscos, haya a lo menos, una casa en que viva un cristiano viejo". Sin embargo los moriscos siempre serán considerados como un pueblo aparte, pues no tienen la "limpieza de la sangre" de los cristianos viejos.

Taqiyya
Siendo la Inquisición la negación misma de la tolerancia y del diálogo, no les quedará a los moriscos otro recurso que el esconder sus convicciones por prudencia y entablar una polémica subterránea. Los musulmanes se acogen a la doctrina de la taqiyya: precaución, o kitman, discreción, secreto, son precisamente las palabras que designan el acto por el cual el musulmán aislado en un grupo social hostil, se abstiene de practicar su religión fingiendo adoptar exteriormente la religión que se le quiere imponer; el fiel deberá únicamente conservar en el fondo de su corazón la fe musulmana. Esta doctrina de la taqiyya fue elaborada en los primeros siglos del Islam a raíz de los iniciales desastres que hubo de sufrir la comunidad musulmana.
Podemos encontrar situaciones como en Castilla, donde hacía tiempo se enterraba a los moriscos "en campo santo", aunque es verdad que ellos preferían "la tierra virgen". Por ello pedían al enterrador, sobre todo si era morisco, que cavara las tumbas lo más profundas posibles, para que el cadáver quedara así cubierto por tierra no bendecida.
Los moriscos acusan a la Inquisición de cometer los peores horrores a fin de conseguir ahogar en ellos todo vestigio de su pertenencia al Islam: "Era fuerza mostrar que ellos querían porque de no hacerlo nos llevaban a la Inquisición, a donde por seguir la verdad, éramos privados de las vidas, haciendas e hijos, pues en un pensamiento estaba la persona en una cárcel oscura, tan negra como sus malos intentos a donde los dejaban muchos años para ir consumiendo la hacienda y los hijos si eran pequeños, los daban a criar para hacerlos como ellos, herejes".
Los prosélitos son particularmente buscados y castigados por la Inquisición. Puesto que el Islam no tiene clero, a cada creyente incumbe la responsabilidad de propagar la fe. Se les acusa de hechicería como la de hacer hablar a un crucifijo "para tornar locos a los cristianos".
Un morisco, alfaquí de la villa de Molina, fue traído ante el Tribunal de la Inquisición de Cuenca bajo la acusación de invitar a los cristianos a que vinieran a escuchar sus sermones en la mezquita; allí les decía que si bien los cristianos adoran estatuas, que los musulmanes adoraban a Dios. En las consideraciones del juicio se dice: "Ha mostrado a muchos cristianos a que fuesen moros a guardar la secta de Mahoma". Fue pues, condenado al destierro por ser "dogmatizador de la secta de Mahoma".

Fotografía
Mezquita Cristo de la Luz, Toledo / Enriqueta Febles

La oración coránica y los piratas
Tanto moriscos como cristianos quieren asegurarse la salvación de la mejor manera posible. Una mujer (María Jarquina) enseña a otros moriscos una oración coránica "perdonará tantos pecados como estrellas hay en el cielo y arenas en los mares y yerbas en los prados".
Las incursiones de piratas en las costas españolas serán, a menudo, obras de moriscos renegados refugiados en Argel. Las acusaciones de barbarie eran recíprocas: los cautivos volvían de Argel con relatos espeluznantes sobre sus cautiverios. Testimonios como este: "Todo Argel, todas sus plazas, las casas, las calles, los campos, la marina y sus bajeles no son menos que unas herrerías propias y naturales del demonio donde perpetua y continuamente no se oyen sino golpes, tormentos y dolores, tan abundantes y copiosos de todas las invenciones de inhumanos y crueles instrumentos de matar cristianos". O este otro: "El tratamiento de palos, puños, azotes, hambre, sed, con una infinidad de crueldades inhumanas y continuas de que usan con los pobres cristianos que bogan, y como si los dejar reposar media hora les abren cruelmente las espaldas, sacan la sangre, arrancan los ojos, rompen los brazos, muelen los huesos, tajan las orejas, cortan las narices, y aún los degüellan fieramente y les cortan las cabezas y los echan al mar, porque arranquen la boga y caminen más que volando. No basta lengua humana para decirlo ni pluma para declararlo".
No hay reglas fijas para la atribución de las penas: se dejan primero a la apreciación del Tribunal, luego a la del Consejo de la Suprema. Uno será quemado, aunque en efigie, por haber leído libros moriscos, otro será condenado a una pena de prisión. Otro ejemplo, esta vez de indulgencia: don Felipe de Aragón, hijo del emperador de Fez y de Marruecos que desde joven había vivido en España, se convirtió al cristianismo: su padrino fue don Fernando de Aragón, virrey de Valencia, hijo del rey de Nápoles Federico III. Pero el Islam continuó guardando una cierta atracción para él y la Inquisición le acusará de ser "factor y encubridor de herejes, nigromántico y hechicero". Será condenado a tres años de reclusión en un convento y a llevar durante todo ese tiempo un hábito infamante "con coraza terminada en dos cuernos muy grandes, con dos diablos pintados en ella".
Son frecuentes las peticiones de "peticiones de los moriscos para que se moderen las penas pecuniarias impuestas en su conversión". Y se dan respuestas como este "edicto de gracia" que concedió don Fernando de Valdés, arzobispo de Sevilla e Inquisidor General, a los moriscos de Aragón el 13 de mayo de 1555: tienen seis meses para venir a confesar sus errores y denunciar los que hayan visto cometer. Únicamente se les aplicarán penas espirituales.
No es fácil ver que la Inquisición había acabado por vivir en gran parte a costa de los moriscos, pero que era sobre todo el fisco real el que se enriquecía; la Inquisición no era sino un mecanismo intermedio que además de preservar la integridad del dogma, proporcionaba sustanciales ingresos a la corona; esto explica también que la Corte haya dudado durante tanto tiempo en expulsar a los moriscos.
Carlos V, en una carta dirigida a los moros de Valencia, les dice: "Sabed que Nos, movido por la gracia e inspiración del Todopoderoso Dios, hemos determinado que en todos nuestros reinos y señoríos que tenemos se guarde y tenga su santa ley, gloria y alabanza se su santo nombre. Por ende, deseando la salvación de vuestras almas y sacaros del error y engaño en que estáis, vos rogamos, exhortamos y mandamos que todos seáis cristianos y recibáis el agua del santo bautismo".
En los informes inquisitoriales se pueden leer multitud de ejemplos como este: cuando los moriscos aragoneses se marcharon dejaron en sus casas "libros de su secta y de sus ritos y supersticiones en un mar sin suelo lo que hay en eso. En cada casa, en cada rincón, vamos hallándolos, hasta cartillas y abecedarios para los niños, con los mandamientos de Mahoma puestos en copillas con las demás herejías de su ponzoñosa doctrina".
Estos libros, de los cuales unos están en árabe y otros en aljamía, pueden clasificarse en cuatro categorías: 1) Transcripciones coránicas. 2) Libros religiosos —sermones, compilaciones de oraciones. 3) Libros de organización social a partir de los preceptos coránicos. 4) Libros de cultura —científicos, médicos. Por desgracia, muy pocos de ellos han llegado hasta nosotros, pues la Inquisición los quemaba.

El olvido y la expulsión
A partir de 1540, en Castilla y concretamente en Toledo, la masa de los moriscos ya no hablaba árabe ni lo comprendía, no conservando sino fórmulas viejas, las fórmulas de la oración. Así Juana López asistía en 1541, en Daimiel, a reuniones "donde se leía un libro del Corán escrito en lengua morisca de la ley y preceptos de Mahoma y quien leía el dicho libro lo declaraba en lengua castellana".
En muchos sitios, como Valencia, los moriscos conservaron, hasta el momento de la expulsión, sus alfaquíes y su organización religiosa. La expulsión general es asumida por los musulmanes, que se niegan a dejar en España al seis por ciento que debía enseñar a los cristianos las técnicas de la agricultura.
Desventuras de un francés
en las galeras españolas
Finalmente, en ese prisma que recopila Cardillac y nos permite un viaje en el tiempo, transcribimos la aventura de Fonsorbes, originario de un pueblo a unas leguas de Tolosa de Francia, que había venido a trabajar a España hacia 1565. A causa de un robo fue condenado a galeras, donde permaneció dos años. Una vez terminada su condena fue puesto en libertad, en Gibraltar. Considerando entonces que ya era tiempo de volver a su patria, empieza a atravesar la península en dirección Norte. En mala hora se le ocurrió pasar por Granada: nos encontramos, en efecto, en plena guerra de las Alpujarras. De camino es hecho prisionero por Gironcillo, salteador de los moriscos de Granada, que se lo lleva a la sierra. Allí le obligan a renegar de su fe de cristiano. "Le daban mala vida porque renegase de la fe de Cristo, su ley siendo mejor que la de Jesu Cristo". Nada de esto importa, se hace musulmán y se le hará abjurar por tres veces. Se ve obligado a continuación, a participar en operaciones armadas contra los cristianos; durante una de ellas consigue escaparse y continuar su viaje, desafortunadamente interrumpido durante unos meses. De este modo llega a la provincia de Cuenca, el pueblo de San Clemente, y va a hospedarse a un mesón. El mesonero, sorprendido de ver llegar a alguien de "hábito y lengua de morisco" va a denunciarle al alguacil. Le registran, le desnudan, y descubren entonces que está circuncidado. Se avisa a la Inquisición. El francés se defiende lo mejor que puede, diciendo que "renegó por contentarlos, aunque en su corazón estaba firme en la fe de Cristo, que sólo lo hizo por cumplir con los moros para que no le matasen". Todo inútil. No volverá a ver Toulouse, sino que irá de nuevo, y esta vez a perpetuidad, a galeras, "y el remo será sin sueldo".
No es un personaje imaginario de Borges, es un nombre real en un archivo que registra su triste aventura, en esa memoria tan amorosamente hoy catalogada, estamos ante un drama humano de los miles que fraguaron la reconquista.

 

 

 

Ciclo Literario.