Una vez conocí a un hombre

Jiří Orten
Texto y traducción: Clara Janés


... por algún sitio,
hondamente en mis heridas
hallo canciones que sólo lee el frío
y les pregunto, les pregunto.

El que interroga a la voz que canta en lo hondo de la herida, es aquel que la conoce en su naturaleza y tal vez busque el nexo con ese frío que es exterior e inexplicable, pero aceptado por su realidad que no ofrece duda. Se llama  Jiří Orten y sabe que la herida significa vida todavía, aunque se dé “en un paraíso en apariencia muerto”. Amor y fe le susurran acaso esas canciones, cuanto menos en el gesto de trasladarlas al papel –y no como desafío-, siempre a la vista el horizonte de la muerte.
Jiří Orten nació en Kutná Hora, Checoslovaquia, en 1919, en el seno de una familia judía, y se hallaba en la capital cuando tuvo lugar la ocupación nazi del país. Se había trasladado allí a los 17 años para seguir la carrera de arte dramático. Encontró un puesto de archivero, lo que le permitía mantenerse parcialmente, y entró luego en el conservatorio, donde estudió hasta que, como judío, se vio privado de ello. Hacía ya un año que algunos de sus parientes más cercanos habían emigrado, pero él decidió quedarse en su patria, aunque el círculo de aislamiento en torno a su persona se estrechaba y él vivía en la amenaza de un trágico fin. Este tuvo lugar en 1941, cuando murió en Praga, tras haber sido atropellado por una ambulancia nazi, el mismo día que cumplía 22 años.

Fotografía
Josef Koudelka / 1968

Orten escribió de sí mismo “Soy un Rimbaud que no se ha convertido en tal. Soy un Rimbaud que ha tenido otro valor...” Se refería a su propio destino, ya que en una carta a František Halas, escrita en 1938, decía: “Quiero ser poeta con todo el corazón y aún más, morir por ello”. Ese deseo expresado, de hecho, manifestaba lo que ya era: desde antes de su traslado a la capital, el joven Jiří escribía en una revista estudiantil, y a la edad de 18 años empezó a hacerlo sistemáticamente, realizando, además, adaptaciones de obras de teatro para que fueran representadas por un colectivo del que formaba parte. Con otros artistas jóvenes creó el club Noche, donde se reunían a leer sus obras y publicaban algunos ejemplares escritos a máquina, así como una revista del mismo nombre, de la que salieron sólo dos ejemplares. Pronto entró en contacto con eminentes poetas y su primera entrega, Libro de lectura primavera, firmado con el seudónimo de Karel Jílek, vio la luz en 1939 en una colección dirigida precisamente por František Halas. Con el mismo seudónimo apareció su segundo libro, Camino del frío, en 1940, y con el de Jiří Jakub lo hicieron el tercero, El lamento de Jeremias, y el cuarto, Maleza, en 1941. Elegías y Sin rumbo, aunque preparados por él, se editaron después de su muerte, en 1946 y 1947 respectivamente. También se publicaron póstumos sus diarios Cuaderno azul, Cuaderno rojo y Cuaderno graneado, impresionante testimonio de sus últimos tres años de vida, donde se integran la poética, las reflexiones y la narración de los acontecimientos cotidianos. Testimonio, sí, a la vez de un periodo oscuro de la historia y también de un modo personal de recrear el propio ser.
Ciertamente la palabra es un trazo con el que el hombre se define. Cuando ésta pasa al papel pierde su evanescencia en el tiempo y delimita un perfil que, si es tan auténtico como sucede en el caso de Orten, no deja de sobrecogernos. Se trata de esa vida que sigue aún en las heridas, de modo que la gravedad de la experiencia parece concentrarse en el momento extremo, aquel en que la vida ya no sigue, por ello resuena tan alto el final de la Séptima elegía: “Le escribo, Karina, y no sé si estoy vivo”, que enlaza con el primer verso de la misma: “Le escribo, Karina, y no sé si está viva”. No haría falta añadir más. Y, sin embargo, hay mucho más, porque esa honda tragedia vivida por el poeta, como ser amenazado sin tregua, fluye, en cambio, en mansedumbre y serenidad que nos advierten a la vez que nos apaciguan. Se debe, precisamente, a ese hecho mencionado: el “todavía” unido a la vida. La vida, sí, mientras escribe,  está aún ahí con sus luces y sombras, su piedras, sus pisapapeles, su  música, sus chubascos, sus cornejas, sus cuervos, sus árboles, sus setos, sus fuentes de peras...

Quédate aquí
aquí un momento al menos un momento
no ha llegado aún el tiempo de la locura
oh de rodillas te lo pido aquí detente

Y ese “aquí” es un “ahora”, porque la posibilidad que da el respirar es también una ubicación. El poeta lo reconoce, y con esta palabra, “aquí”, acoge su ser puntual y todos los nexos en la trama del universo, aunque la evidencia del estar “ahora”, “aquí”, vivo y luminoso, comporta el apagamiento. ¿La absoluta desaparición? No hay respuesta a dicha pregunta.
Se dijo de Lorca que pasó de la infancia a la muerte. Con mayor motivo podría decirse lo mismo de Jiří Orten, y su verbo lo delata. La muerte, es decir, ese destino “bajo la tierra”, está siempre en el horizonte y hace de la escritura sepulcro o cofre que encierra lo más intangible e indefinible del ser humano, debido al mismo modo de producirse las palabras, a su pulso, que nos remite a lo que sostiene el ser, eso a lo que hemos dado en llamar alma, algo que es incluso más que el pensamiento pues lo configura, lo que los hindúes llegaron a identificar con el aliento.
Hannah Arendt, al hablar de la importancia de la palabra, se refirió a las leyes de la tierra y a que su suprema ordenación es la pluralidad. Dijo: “Nosotros no somos el hombre, somos los hombres. Podemos hablar de humanidad sólo porque existen hombres plurales, distintos, ninguno de ellos es igual a otro”. La pensadora señaló, además, como segunda condición, el hecho de que la vida humana en la tierra está marcada no tanto debido a lo que uno es sino al modo en que uno aparece, pues se es consciente de la pluralidad porque se es visto. A estos dos puntos añade un tercero: los hombres son plurales por ser y mostrarse diversos unos a otros, pero también por ser diversos en sí. Existen distintas facultades humanas: el pensamiento, la actividad del raciocinio, la afectividad, la relación con los otros o la creatividad, y todas ellas son como rayos que parten de un mismo centro, el centro de la identidad del ser, aunque haya un aspecto de ésta que permanece oculto porque es secreto, de ahí la continua pregunta respecto al otro: ¿quién es?, e incluso respecto a uno mismo: ¿quién soy? Orten  se hace otra pregunta: ¿de quién soy? Y dice:
Soy de los chubascos y los setos
y de las yerbas inclinadas por la lluvia,
y de las claras canciones que no gorjean
y del deseo, que estas albergan.

¿De quién soy?
Soy de las cosas pequeñas y redondas
que jamás conocieron las aristas,
de los animales que agachan la cabeza
y de la nube desgarrada.

¿De quién soy?
Soy del miedo, que me atrapa
con sus dedos transparentes,
del conejito que en el jardín de sombra
ejercita el olfato.

¿De quién soy?
Soy del invierno hostil al fruto
y de la muerte, si el tiempo lo desea;
soy del amor, con quien me cruzo sin saberlo,
en lugar de una manzana entregado a los gusanos.

Nuestro existir unos para otros como hombres, insiste Arendt, pasa por el momento de “contarnos”, aunque quede en secreto nuestra identidad. Tenemos relaciones en la medida en que nos contamos. Pues bien, el grado en que Orten se cuenta a sí mismo llega al nivel de su intimidad; se cuenta partiendo también de lo que suele quedar oculto: sus afectos, su esencial amor. Del mismo modo, sobre todo en sus diarios, lo hace desde aquello a lo apela igualmente Hannah Arendt: el manifestarse como ciudadano, en el sentido de compartir la vida de la ciudad, que para ella puede resumirse en la politeia, esa “acción” de la vida política que es fundamentalmente lexis, discurso, palabra.
La de Orten es la palabra en su mayor pureza y desnudez: tiene la muerte demasiado cerca. Bajo la tierra no habrá posibilidad, lo sabe, pero su impulso de entrega al ahora abole a la vez que asume la línea fronteriza: él seguirá manifestándose en comunión con el entorno hasta en final, según lo que el instante le depare. La infancia nos suele dar pistas. En su familia, se nos dice reiteradamente, reinaba la armonía. Y, ciertamente, se escuchaba, se atendía al respirar del otro. Esto otorgó, sin duda, al poeta un inicial saber de sí mismo en relación con el mundo de gran confianza, esa capacidad de verse como una flor en medio del campo o como un árbol.
Este es el contraste paradójico y unificado que se da en sus versos: a su luminosa pureza, se engarza la línea trágica de la poesía checa que parte de Karel Hynek Mácha. En efecto, cuando él empieza a escribir los sucesos históricos han apartado de los libros y la poesía los juegos y las piruetas del Poetismo (movimiento nacido en Praga, hermano de Dadá, capitaneado, entre otros por Jaroslav Seifert), y es ya potente el cauce de las voces metafísicas, las de aquellos que se lanzan a la oscuridad, los que emergen en la profundidad, como Holan y Halas, que figuran entre los primeros en entonar un lamento por Orten, cuando muere.

Estar bajo la tierra y destellar, llenar de luz la invisibilidad desde la ausencia, esta parece la vocación del joven poeta de Kutná Hora, tan secreta que no llegó a formularse en su mente. Él no se plantea a pecho descubierto el trayecto de “inexistencia a inexistencia” como Antonio Gamoneda, porque siente que las palabras están vivas con toda su aura irradiante. Así su voz nos guía, no como Virgilio a Dante por zonas infernales, sino en el ahora consciente del momento inapelable, el del mismo silencio que se da bajo la tierra.

 

Una vez conocí a un hombre

Le escribo, Karina, y no sé si está viva,
si no está usted ya donde no existe el deseo,
si mientras tanto ha llegado a su fin su aún crítica edad.
¿Está muerta? Pida, pues, a su losa
que se haga leve. Pida a las rosas, señora,
que vuelvan a cerrarse. Pida al disgregarse
que le lea el informe de mi disgregación.
La muerte calla a la vista de los versos
en los que voy a usted
tan cruelmente joven y ya maduro,
que en mi juventud me parezco a un rey
de un reino perdido. Pero usted sabe
cuántas alas nos faltan para echar a volar en el vuelo de un ángel
cómo reímos con la sangre y con la sangre lloramos.
Encontré mi caída y quiero decirle dónde sucedió.
Una vez en el cielo (esto de Dios lo escribo)
la transparencia se hirió de rojo celeste
y sangraba. Luego partió. Era el crepúsculo.
Tal vez fue sólo un sueño en el que soñaba
madre y padre, la casa, mis dos hermanos;
tal vez fue sólo un sueño en el que un hombre
se descubre a sí mismo bajo los círculos de agua del estanque;
tal vez fue sólo un sueño, espejo de la luna,
mas no debí soñarlo, si no me hubiera despertado luego,
no debía dejarme en las llamas que daban frío.
¡La caída de Dios! ¡qué caída! Luego está el niño solo, sin la fuerza de la gracia que sabe disminuir las dificultades, acortar la lejanía, cerrar el infierno con el perfume y la violeta.
Y luego el niño está solo y se despierta y va hacia una realidad de males. Piensa que no llegará.

El tiempo si no quiere no cura. El tiempo es un charlatán.
Una vez una mujer, llena de encantos, la caída parecía un no-caer: estoy hablando de Narcisa.
Todo era leve. E inexpresablemente próximo
nos habló  el gozo. Fueron palabras que nunca podrá disolver el viento, era una lengua, la amada lengua materna de labios, manos, ojos, cuerpos y del vientre amado, donde la espléndida seguridad sobre un lecho se inclina; era esa lengua que sin lengua habla.
¿Qué quería Narcisa, cuando ante sus espejos
se quedaba y las cosas de en torno al tocarlas
rápidamente se helaban?
Como Narciso, su sombra, ella nada, no quería otra cosa
que contemplarse a sí misma sin alma, sin cuerpo,
en el transparente espejo, hallaba sólo palabras de belleza,
de dureza, más dura que el diamante,
anhelaba de sí misma saber en sueños ajenos.
No era como una fuente, sino que en fuentes se ahogaba.

Ah, ¿dónde brota aquello en cuyo seno fluimos?
¿De quién las noches insomnes tanto se han posado en mí
y se han dilatado tanto que ya no me queda espacio?
He encontrado mi caída. ¿Sobre qué? ¡Sobre el llanto!

Caían mis lágrimas. Caían sobre la ciénaga;
caían por un reino vivo de miseria y de lamento;
caían sin pudor, Karina, a usted le escribo,
pida a su losa, que con la lluvia lavo,
me siento como lluvia que llueve sobre su tumba,
me siento como un llanto, sin forma ni tiempo,
le escribo, Karina, y no sé si está viva,
si no está usted ya donde no existe el deseo,
si mientras tanto ha llegado a su fin su aún crítica edad.

Conozco a una niña. Es como un beso
todavía escondido en la boca, no se le permite más,
se despereza solamente al sol, que es tenue,
no quema, apaga la sed: adormece en el seno.
Es joven como la tierra, leve como el aliento,
como las hojas tiernas, como el alba y la felicidad.
También yo conozco hermosos días. ¿Mas dónde me llevarán?
¿Lo sabía usted ya? ¿Y sabe usted, Karina?
Conozco también la grandeza de las mujeres: la espera de la madre, tal vez regrese a ella un triste hijo.
Y conozco mi tierra, alegría sin causa, y la fidelidad. Sí, pero ignoro dónde se encuentra ahora.
Conozco el despertar súbito de amarguras y desesperanzas, mas conocer es muy poco, y muy poco es querer, poco es saber la traición si el perdón es imposible.

La muerte calla en presencia de los versos, verá, lo sueño aún.
¿Ante qué tempestad calla? ¿Ante qué horror?
¿Qué entenderemos allí? ¿Qué nos disgrega?
¿Qué muere también allí? ¿Qué cae allí eternamente?
¿Los amores?
 No quería, no quería callar,
perdonad a Narcisa, perdonad el pecado y al mundo,
encended una vela y rogad por la tierra,
que diciembre con su hielo no la postre demasiado,
que se le dé en abril lo que se les da a las flores,
que sea para ella la noche bandera en una torre,
que ondee hacia la luz, a la hora de los astros,
que los amantes la alaben por el dolor.

Tan cruelmente joven y ya maduro,
me río hasta sangrar y lloro lágrimas de sangre
y abandonado de Dios y a Dios abandonado,

le escribo, Karina, y no sé si estoy vivo...

Fotografía
Josue Koudelka / 1979

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía
Josef Koudelka / 1973

 

 

Ciclo Literario.