René y la Piedra

Cesar J. Vergara Sabbagh


 

a Iñaki Manero.

De un tiempo a la fecha, gracias al trabajo común, Rosalío y yo hemos convivido y viajado juntos, y nos la pasamos horas conversando.
Hace poco, a la mitad de una noche de tormenta, mientras regresábamos a la casa, me platicó que en uno de sus viajes por Querétaro o San Luis Potosí al ordenar media docena de tacos y un refresco,  inició una animada conversación con el vendedor y cuando menos lo pensó ya estaban hablando de aparecidos, ahorcados, fusilados de la Revolución, ovnis y otros eventos curiosos. Entonces el gordo taquero, sintiéndose un poco más en confianza le dijo a Rosalío: Hace como treinta años, en un lugar no muy lejos de aquí, vivía un hombre con su familia en un rancho no muy grande, en el que mantenían unas cuantas vacas, varias docenas de chivos y además sembraban una milpa en uno a dos hectáreas y hacia el sur de estas tierras se encontraba una gran piedra.
Dado que se aproximaba la época de lluvias, Margarito, el jefe de familia, decidió que ya era tiempo de comenzar a preparar la tierra. Su hijo mayor, René, el máximo orgullo en la vida de Margarito, que unos días atrás había cumplido ocho años de edad, ahora acompañaría a su padre a la labranza.

Fotografía
Víctor León

Al día siguiente, muy de mañana, se pusieron en pie, bebieron café, enjaezaron la yunta de bueyes y se fueron a trabajar la tierra.
El niño al principio iba al lado de su padre, muy ufano, con la camisa verde que mamá le dio como ropa de trabajo; muy entusiasmado, silbando y arreando las bestias. Su felicidad se debía a que ya lo consideraban grande y eso lo hacía sentir tan “hombre”  como su padre, por lo que con más gusto silbaba hasta que le vibraban los labios. La vieja prenda del niño aún remendada y todo, le quedaba bastante holgada, pero para él era fuente infinita de regocijo: ¡su propia camisa de trabajo!
No obstante, conforme avanzó la mañana y el sol calentó, el ejercicio dejó de parecerle tan emocionante como al principio; concluyó que no comprendía cuál era el chiste de ser ya grande si era necesario sudar y fatigarse tanto en mitad del polvo que se levantaba de la seca tierra. Al cabo de un rato, prefirió irse a recostar a la sombra de un árbol o cazar pajarillos a pedradas.
En el extremo sur del campo estaba la gigantesca piedra; cada vez que pasaban arando, las bestias tenían que dar un rodeo. Era una roca de unos dos o tres metros de altura, de forma más  cuadrada que redonda. Los surcos oblicuos a su alrededor recordaban una piedrita en un charco, con olitas.
René encontró esta comparación divertida, por lo que se dirigió hacia la piedra a observar el fenómeno más de cerca. Horas más tarde, terminada ya la jornada, Margarito buscó a su hijo. Al principio, mientras preparaba los bueyes para el regreso y se enjugaba el sudor con su paliacate, trató de llamar su atención con un silbido. Después, un tanto inquieto, le gritó por su nombre, cada vez en un tono más alto; transcurrida media hora, presa de una creciente angustia y preocupación, corría de un extremo al otro del terreno.
En lo poco que restaba de la tarde, y hasta después del ocaso, el hombre buscó infructuosamente al muchachito.
A la hora de la cena, completamente desencajado el rostro, con la sucia camisa negra de sudoración y tierra, Margarito llegó a su casa con la terrible noticia: ¡el niño había desaparecido!
Amigos y parientes organizaron partidas de búsqueda por toda la región a lo largo de más de una semana, pero todo fue en vano: del chico, ni sus huellas.
Pasó el tiempo. Un mes y otro mes… y siempre como una maldición, en la mente de Margarito reinaba la inquietud, la zozobra de ignorar qué había sido de su retoño.
Cuando la resignación trataba de penetrar en su ánimo, él se revolvía presa de angustia y remordimiento. No atinaba a esclarecer si al niño se lo habían robado, o si él se había marchado de casa a la primera oportunidad, insatisfecho de la vida al lado de sus progenitores, aunque nunca hubiese dado ningún indicio en ese sentido.
Y con estos pensamientos y muchos otros girando alrededor de su mente como espectros inmisericordes de día y de noche, Margarito cuidó la milpa, escombró, regó, limpió de hierbas indeseables en el apogeo de las lluvias, aplicó insecticidas y fertilizantes y finalmente cosechó.
Ni siquiera la sombra de una sonrisa cruzó el demacrado rostro acartonado del buen hombre el día que le pagaron la cosecha. Una idea lo sobrecogía y no le daba cuartel:
--Si no lo hubiera traído a la siembra, el chiquillo aún estaría con nosotros.
Para la siguiente temporada de siembra, la desolación del campesino por la pérdida de su hijo se había transformado en un pesado bloque de autoconmiseración y reproche que mantenía a Margarito mirando al suelo la mayor parte del tiempo, el rostro cubierto de infinidad de arrugas minúsculas, nacidas de una interminable angustia y desesperación, además de una mayor, en el entrecejo, casi tan profunda como los surcos de la tierra bajo sus pies.
Ya casi nunca hablaba: la única palabra que de continuo tenía atorada en la garganta, como un nudo de llanto contenido, enraizado, era el nombre de su primogénito: René.
Un año había pasado desde la desaparición del pequeño niño. Ese día Margarito se levantó de la cama como si saliera de su sepulcro.
Al igual que hacía un año, el hombre se puso en pie antes de la salida del sol, bebió su pocillo de café, fue por las bestias al establo, las enjaezó y las arreó al campo de labranza.
Igual que un año antes, dedicó el día a labrar los surcos y voltear la tierra para la posterior siembra, teniendo el debido cuidado de rodear la gran piedra al extremo de la parcela.
Conforme el sol calentaba, Margarito cayó en una especie de trance y, guiado por uno de esos trucos que a veces la mente juega a los hombres, dio en rememorar  lo que sucediera un año atrás a esas horas.
Recordó que el pequeño lo ayudaba a arrear los bueyes con sus débiles silbidos, que ahora él tenía que proferir solo; después le vino a la memoria que el niño, cansado y asoleado, se había recostado a la sombra de aquellos árboles de allá en frente. Más tarde, armado de un puño de piedras, se había ido en aquella dirección… para esos momentos, Margarito había soltado el arado y tenía la  mirada perdida sobre los surcos que acababa de trazar en el suelo reseco; gruesas lágrimas, otrora interminablemente contenidas, recorrían sus mejillas. Las bestias se fueron a detener un poco más adelante.
Igual que un año antes, sintió una terrible angustia, y de igual forma, presa de la mayor desesperación, gritó el nombre de su hijo con toda la fuerza de sus pulmones:
--¡René! ¡René, dónde estás!
El niño, apresurado, vino a su encuentro, la camisa verde ondeando al viento mientras corría. Dejó caer los últimos guijarros que aún le quedaban, al momento que preguntaba:
--Aquí estoy, papá, ¿qué pasa, por qué gritas?
Al principio, Margarito se quedó de una pieza, pues no sabía si lo que estaba viendo era un fantasma, el producto de su imaginación o su hijo de carne y hueso.
--¿Qué pasó, papá? – repitió, observando el rostro surcado por las lágrimas --: ¿Por qué estás llorando? –preguntó amedrentado. Nunca antes había visto a su padre derramar ni una sola lágrima.
Jamás en su vida Margarito había recibido una sorpresa tan mayúscula, por lo que, azorado, se apresuró a palpar a su vástago varias veces para comprobar que efectivamente era él y no una aparición. Pregunto:
--Pero… pero… ¡muchacho del demonio! ¿Adónde te habías metido?
--En ninguna parte, papá, aquí estoy, cálmate.
Finalmente, abrazó a su querido niño.
--Hijo, si no estabas a gusto con nosotros, nos lo hubieras dicho, no tenías que irte de la casa.
--¿Irme? ¿adónde? – preguntó, con la limpia mirada de ojos redondos y bellos de un niño que no sabía mentir.
A pesar del júbilo que sentía, Margarito ignoraba cómo reaccionar: el pequeño actuaba como si se hubiera ido un instante nada más, ¡pero había desaparecido durante un año completo! Sin embargo… la camisa era exactamente la misma… y él mismo también cuando es sabido que los niños cambiaban en un año…
Prefirió preguntar para despejar sus dudas, en un tono bastante amenazador, pues ya había empezado a sentir miedo de algo que escapaba a su comprensión, además de que le parecía que su hijo le estaba jugando una mala pasada.
--¡Chamaco condenado! ¡¿Adónde estuviste todo este tiempo?!
René se explicó:
--Pero, papá, te juro que yo aquí he estado: oí que caía agua en la cueva que está debajo de la piedrota, me acerqué a escuchar  porque se oía un correr de agua y salía un vaporcito . Luego me puse a aventar piedritas que se perdían en la oscuridad de la caverna, pero después se oía muy bonito cómo caían en el lago del fondo, hasta por allá lejos, y como que una música del cielo contestaba. Entones oí que  me llamaste y ya vine.
Fueron padre e hijo a la gran piedra al extremo de la milpa, a buscar la cueva de la que hablaba el niño, pero para sorpresa de ambos, no hallaron nada.
--Y esa fue la historia – sonrió el taquero. Rosalío, sorprendido, dijo:
-- ¿De manera que al papá el niño se le perdió un año y para el niño no fueron más que unos minutos?
--Ni más ni menos -, respondió el obeso taquero sonriente.
--¡Pero cómo va a ser! - replicó - ¿Y a usted le consta que esto haya sucedido realmente?
--Sí, señor. Me consta porque me pasó a mí-, y  con el cuchillo señaló el desvencijado anuncio de su puesto:

“Tacos  RENE Y LA PIEDRA, los mejores del Bajío”

 

 

Ciclo Literario.