La oración perpetua

Lorenzo León


De esta manera podríamos decir
que donde uno muere allí se perfecciona
 y que la perfección del día es la noche.
Greco

Anotaciones a Vitruvio, Libro III

 

Cuando el licenciado Bernardo Robles exhaló su último aliento en su natal Ávila, tuvo la certeza de cerrar un buen negocio. Estaba perfectamente estipulado en el contrato con el convento de la Encarnación que a partir de ese día y a perpetuidad, la oración de una monja y la llama de una vela en su mano, lo acompañarían para siempre en las tinieblas.
La aurora de la oración es su corona, como lo aprendió en las parroquias de Ávila, ciudad fortificada en la meseta central castellana, entre los valles del Duero y del Tajo, muy cerca de la capital visigoda, Toledo. Tierra de centenaria disputa entre moros y cristianos, el linaje de Don Bernardo se remontaba hasta esas épocas, según declaraba cuando en las tardes tomaba una copa de vino rebajado con agua tibia, costumbre extravagante para quienes lo querían. “Soy un leal, un soldado de Alfonso VI, Rey de Castilla y León, que expulsó definitivamente a los paganos”.
“Cristiano viejo” por todas partes, don Bernardo, al fundar su mayorazgo, ordenó a sus herederos mantener la línea familiar libre de mancha de sangre judía. Cumplir con la pureza estaba en su deber, decía, como representante de una heráldica forjada en las sangrientas guerras dinásticas, donde sus antepasados habían luchado por el rey Enrique II de Francia contra Pedro el Cruel.

Pintura
El Greco / Toledo

Don Bernardo, severo y noble, era el más orgulloso hijo de Ávila, nombre que pronunciaba con el pecho inflamado, pues, afirmaba, a tiempo que se rascaba la barba con sus largas uñas, que por eso había recibido el nombre de la mujer de Hércules y que sus brazos de ochenta y ocho torres y dentadas murallas habían sido cuna de reyes; aquí, siendo niños, habían vivido protegidos monarcas como Alfonso XI.
Como regidor del Consejo, Bernardo Robles era el más influyente de las familias adineradas que mantenían el personal y daban su apoyo a los clérigos del cabildo catedralicio y a los monasterios. Era un funcionario atento a que se cumpliera puntualmente el oficio divino en el coro, la continua sucesión de misas, responsos, lecturas y procesiones que anunciaban los campanarios.
Don Bernardo desde muy joven, cuando recibió las posesiones de su padre aquejado por un mal que lo alejó de las actividades propias de su riqueza, encabezaba por las calles verdosas y húmedas de Ávila, la procesión anual del Corpus Christi, teniendo el privilegio de acompañar con su antigua parroquia a la Sagrada Forma. Decía que “la casa de oración es luz” y luego contaba historias aprendidas sobre la fe cristiana, invocadas desde el tiempo en que los hombres rezaban alrededor de las hogueras antes de partir a los campos de batalla.
Gustaba recitar estos versos escritos por su amigo Juan Felices de Cáceres:
Oyendo entre atabales y trompetas
Coros de menestriles y cornetas
La orden superior y grande
Don Bernardo murió el 4 de octubre de 1513 a la una y cuarto de la madrugada, en su casa fortificada del barrio de San Juan. Había sido un hombre de pecho muy grande y brazos fuertes, cara apergaminada, bigotes rojizos y una voz tan grave que en la oración del templo siempre destacaba como un estandarte. Vivió ochenta y cuatro años.
Había instruido a sus numerosos hijos y nietos con la misma precisión y puntualidad con que siempre llevó sus negocios: 800 mil maravedís estaban dispuestos en su testamento para las urnas del convento de La Encarnación, con la condición que siempre una monja orase, con un cirio encendido en su mano, ante al altar del Santísimo Sacramento. La voz de la madre y la luz en su mano, entre las rocas jaspeadas del monasterio, sería su respiración y su cuerpo, tal como le enseñaron desde niño en la doctrina cristiana, una estrategia tan eficaz como la de sus ancestros guerreros, la inmortal oración verbal al Señor, pedido al altísimo por la salud de su alma.
El adusto monasterio carmelitano había asumido agradecido y sin reparo la última voluntad del acaudalado hombre, que a las religiosas les permitiría construir la capilla principal y pagar las numerosas deudas que tenían sumida en una grave crisis a esa casa dedicada a la sacramentación de las vírgenes.
El Señor de los terrenos de Villafranca, que abarcaban cuatro pueblos, y Primer Marqués de Las Navas, cerraba los ojos confiado en su alianza con el eterno, pues sabía que, aunque quizá no con la confortabilidad de su lecho, ocuparía su lugar dignísimo en el sepulcro de alabastro, donde ya lucía una escultura funeraria completa de tamaño natural y el escudo de la familia.
La misma noche del deceso del mejor siervo de la parroquia de San Juan, la abadesa, Doña María Dávila, sobrina de Don Bernardo, y quien tenía la obligación de hacer cumplir las condiciones de su testamento, organizó con las cien monjas que vivían en el convento los turnos que debían cumplirse, siendo de una hora para cada una. Ellas sabían que ese acto debía realizarse puntualmente, pues estaría atento Don Álvaro de Castro, pariente, capellán de la casa y confesor personal de Don Bernardo que, como Doña María, había sido nombrado en su cargo como vitalicio y hereditario, pues don Bernardo era patrón laico, gobernador y administrador principal del convento.
 El notario eclesiástico Don Antonio Cianca, escribió en el folio con su preciosa letra: “El convento de La Encarnación y sus abadesas y monjas estarán obligadas a decir en la iglesia del dicho convento… cada día y noche a perpetuidad y devotamente oraciones verbales por el alma de Don Bernardo Robles”.
Pero tan pesada resultó esta tarea, que las monjas le pidieron a la abadesa, a los pocos meses, cambiar la obligación con motivo que violaba la regla carmelitana del silencio nocturno, por lo que la abadesa apeló al Papa. El proceso se alargó 23 años, hasta 1533, cuando las monjas celebraron por fin la liberación de esa cadena que se prolongaba hasta la infinita morada de Don Bernardo, quien seguramente ocuparía un lugar privilegiado en el cielo gracias a la oración permanente de las vírgenes, quienes descansaron agradecidas en sus celdas, pues la comunidad carmelitana fue dispensada de la vigilia.
No obstante los años transcurridos, la rutina perdida en los quehaceres de la casa monástica fue notificada a los descendientes de Don Bernardo, que de inmediato ordenaron la suspensión de los recursos… y las monjas no tuvieron más elección que volver a reanudar las vigilias exigidas.
Hacía 1540 empezaron las negociaciones entre el convento y los benefactores para retirar del convento esta cadena y el proceso se prolongó treinta años, hasta que en 1574 el contrato fue suspendido por una monja que había rezado arrodillada por el alma de Bernardo Robles, quien descubrió una visión nueva de la vida religiosa, basada en la pobreza voluntaria y en la oración mental interior. Siendo priora del convento, la abadesa Teresa de Ahumada erradicó la oración verbal.

Fuente:
Ávila de Santa Teresa. Jodi Bilinkoff. Editorial de Espiritualidad. Triana, 9 28016 Madrid. 1993.
El Cobaya. Revista cultural. Año IX Número 15. Verano 2006. Ávila. Especial “Visiones de Ávila”

Ayuntamiento de Ávila.

 

 

Ciclo Literario.