Tánger en una poética de
la espera y el deseo

Alessandra Galimberti


Tánger, el sueño de los quemadores
Dirección:Leila Kilani
 53 minutos
Francia-Marruecos 2002.

 

Nosotros, desde la comodidad de nuestros asientos ante la pantalla y la tranquilidad de nuestras días que transcurren sin demasiados sobresaltos, vemos tan sólo mar y, a lo lejos, montañas; montañas agrestes y escarpadas, que se vuelcan al agua en empinados acantilados rocosos. ¿Pero qué ven ellos? ¿Qué ven los migrantes captados por la cámara de Leila Kilani en su documental Tánger, el sueño de los quemadores?  ¿Qué miran esos ojos desde el puerto de esa ciudad marroquí a la orilla del Estrecho de Gibraltar, esa misma que también sirvió de escenario para la máxima obra del escritor maldito Mohamed Chukri? ¿Qué ven ellos que han quemado sus papeles para ya nunca volver a mirar hacia atrás y hacer de la partida un hecho irreversible?
Miran al frente, miran el agua y, más allá, en la otra orilla, la línea costera de la península ibérica. Miran el mar que se extiende infranqueable ante ellos y, allende, la tierra perseguida; miran la barrera, miran el objetivo; miran y ven el peligro, miran, sin poder acariciar, la tierra prometida; entonces mejor, sin cesar de mirar, esperan.

Fotografía
George Steinmetz /2002

La mirada de ellos se prolonga infinitamente en esa irrenunciable espera y se asienta eterna o extraviada en el deseo: ojos que miran y que ven, que miran y desean. La realizadora, mujer, lo explicó claramente en su día: “No hice un filme sobre la migración, sino sobre la tentación, el imaginario y la espera” y nosotras, las mujeres, sabemos mucho de la espera.
La espera, la de ellos, la de todos aquellos migrantes magrebíes y africanos que día a día sobreviven a la travesía de sabanas y desiertos, empieza precisamente en Tánger. ¿Ciudad marcada por la fatalidad? Ahí, como si fuera providencia, el viaje se detiene irremediablemente y ellos, los migrantes que han dejado tanta distancia a sus espaldas, empiezan a mirar los tan sólo cuarenta y cinco kilómetros por delante que les faltan; kilómetros líquidos, insalvables, espejos en las olas de sus ojos, su mirada, su infinita espera.
Esperan poder continuar el viaje; esperan poder cruzar algún día (¿algún día?) el estrecho; esperan las condiciones favorables que les permitan alcanzar, una vez por todas, las costas españolas: una marea baja, una luna llena, un mar calmo, un calor de verano, un zodiaco que los transporte, un dinero que los apoye, una persona solidaria, un container de basura que los encubra, un día de gracia, una promesa, una noche benévola, un barco que no naufrague, un remolque, un ferry que los salve, un milagro de dios, una suerte echada, un fuego que se coma al océano  entero, la profecía del  Rey Salomón consumada… esperan…
Mientras esperan van ideando en sus vidas solitarias planes y más planes para esconderse y quemar una y otra vez. Quemar es también partir. Partir es quebrar y también marchar. Hay quienes echan la suerte, lo intentan, a ver qué sucede. Uno de ellos dice: “Quemar es vital, quemar esa gota de agua, quemar y luego se verá”. Hay quienes lo logran, hay quienes mueren, hay quienes son una y otra vez apresados por la guardia civil española o por la marina marroquí que, incasablemente y sin remordimiento alguno, los regresan de vuelta; entonces ellos se vuelven a asomar al muelle del puerto tangerino y, otra vez, esperan.
Esperan durante días, semanas, meses, años completos, años interminables que se sedimentan uno arriba del otro. La espera arrebata al tiempo su propia temporalidad; lo extiende, lo dilata hasta provocar su rompimiento y, finalmente, su disolución en la nada, o tal vez, la eternidad o la espuma blanca del mar. Esperan como en el “guitarreo de los bellos durmientes”, como en el Desierto de los Tártaros, como el Coronel que no tiene quién le escriba, como esperando a Godot que nunca, nunca llega.
Es el “presente perpetuo e interminable” que da paso a la angustia, el desaliento, el silencio, la derrota. Y mientras ellos esperan, el mar ruge, el mar brama, el mar bufa, el mar golpea las piedras, el mar anega  sus pensamientos. Alguien decía, no me acuerdo quién, “la estética es la inminencia de una revelación que no se produce”, y aquí se resuelve, otra vez, en la espera que deja así de ser transitoria y se vuelve en permanencia o condición a perpetuidad. Tal vez por eso, como explica uno de ellos, “no hay vuelta atrás, es nuestro destino”.
La espera, ella, cobra todo su sentido en el deseo, aquello que impulsa inexorable y compulsivamente hacia algo que se anhela fervientemente, aunque no se tenga la manera de cómo alcanzarlo. Ellos, los migrantes, no cesan de repetirlo de una u otra forma en una y otra toma del film: “Siempre tiemblo, tiemblo de deseo”, “quemar es vital”, “es como un vicio”, “sin quemar, me vuelvo loco”, “sólo quiero cruzar”.

Fotografía
Yto Barrada / 2003

El deseo implica inclinación, un movimiento hacia algo, hacia delante, hasta, probablemente, la caída. Porque el deseo nada tiene que ver con la esperanza.  Denis Duncor, mecánico de profesión, procedente de Ghana, migrante que lleva en Tánger ocho años de intentos, fracasos y espera lo tiene bien claro: “No hay esperanza, ni salida, pero aún me encomiendo a Dios… Dios es maravilloso, puede hacer milagros en un minuto, por eso nunca renunciaré…” La esperanza tiene que ver con lo racional, el deseo con lo irracional, la fe e incluso la demencia: “Llegará el momento que la ruta se abrirá y la gente pasará caminando a través del mar”. La esperanza puede sucumbir, mientras que el deseo puede subsistir. La esperanza abre e ilumina; el deseo, por el contrario, obceca y recluye.
El deseo termina imaginando e inventando; transforma lo deseado en entelequia, arrebatándole sus atributos objetivos. Y así los migrantes suspendidos del muelle norteafricano miran y desean las costas españolas transfiguradas ante sus ojos deseantes en espejismo, como si se tratara de la mítica Atlántida, tierra de justicia y bondad. Y esa imagen inventada y deseada se sobrepone a la realidad consabida pero soslayada del racismo, la xenofobia, la explotación, la humillación reinantes en esa España que, como afirma Denis, se encuentra tan cerca y tan lejos a la vez.
En una de sus últimas entrevistas, Gilles Deleuze explicaba que, contrariamente a lo que sostienen las corrientes psicoanalíticas, el deseo no tiene nada que ver con la carencia, sino con la construcción, la construcción de articulaciones entre diferentes elementos involucrados con el objeto deseado; una articulación de percepciones, sentidos, significados y representaciones que conforman un paisaje entero. No se desea –explicó el filósofo antes de su suicidio–, algo aislado, sino inmerso en un conjunto de relaciones.
Pero ¿qué ocurre, cuando este paisaje se devela en el contexto de unas relaciones capitalistas que orilla hasta la muerte –o el suicidio– a los excluidos? ¿Qué ocurre con todos estos migrantes que desde Tánger miran, esperan y desean con posibilidades mínimas de salvar el mar y llegar con vida a Europa? Ellos mismos tienen la respuesta: “Cruzar o morir”, “así es la vida”. La muerte está en sus ojos que miran el mar. Su vida es su muerte en un paisaje inhóspito que destierra a los que, como ellos, buscan y reclaman tierra. La muerte se vislumbra como la única salida ante el deseo no cumplido. Es la manera de deshacerse de la obsesión, de liberarse de la obcecación, de terminar con la espera, de soltar las amarras y de volver así, otra vez, más allá, a la vida.
Como dije, nosotras las mujeres sabemos mucho de la espera. Nos han educado tradicionalmente para ello. A lo largo de la historia hemos vivido con los deseos engullidos y esperado siempre que nuestros hombres regresaran de la guerra, del trabajo, del partido, de la junta, de la fiesta. Hemos desarrollado una práctica y también una poética de la espera-deseo: la canción en murmullo mirando por la ventana la lluvia caer, los brocados, los mil y un cuentos, los bodegones de las flores que nos regalan y las manzanas que mordimos, el arrullo de la siesta para no dejar de soñar, los versos hilados al atardecer, los sudarios tejidos y destejidos al ritmo de las noches y de los días, los cuerpos bogando debajo de los ríos… Tal vez por esta razón sea una mujer, Leslie Kilani, la que ha sabido hacer una película tan bellamente perturbadora y cuestionadora sobre ellos, los migrantes, los que mirando desean y esperan.

 galimberti.alessandra@yahoo.com.mx

 

Documental que se proyectó en el mes de junio en La Jícara de la ciudad de Oaxaca, en el marco del ciclo Migración: miradas cruzadas, que organizó Abdeslam Ziou Ziou en su paso por Oaxaca.

 

Ciclo Literario.