Salir de Budapest

Edith Muharay*


 

Acababa de cumplir dieciocho años. Ya era adulta, tenía que tomar la decisión yo sola: ¡Huir! Irme de esta ciudad en ruinas y sin esperanzas bajo la sombra de los tanques soviéticos. Partir en plena noche sin hacer ruido para no despertar a mi padre que  no me hubiera dejado. Salir de mi casa a escondidas, sin poder decirle adiós.

Esta fotografía es probablemente un fotograma de un documental filmado en la época. La cabeza pertenecía a una gigantesca estatua de Stalin que se levantaba cerca de la plaza de Héroes que la gente derribó, jalando la cabeza hasta el centro de la ciudad. Era el símbolo del terror

Anyú, mi madre, se levantó esa madrugada para abrazarme llorando en silencio. Lo más difícil fue separarme de ella. No podía dejar de apretarla, ella tuvo que extraerse de mis brazos empujándome suavemente. ¡Ve! Ya te están esperando abajo, musitaba.
Estando en la puerta me llenaba los bolsillos de terrones de azúcar para aguantar el frío y tener energías hasta llegar al otro lado. Cuando bajaba las escaleras mi madre me alcanzó para meter otra cosa en mi bolsillo: el brazalete de oro de su abuela, único “capital” de la familia que acabamos de liberar del Monte de Piedad pocas semanas antes. Toma esto también, puedes necesitarlo ya que no te puedo dar dinero, susurraba.

En la calle oscura y mojada de nieve derretida me esperaban mi primo Rudi y su esposa en una camioneta. Una vez que el vehículo se puso en marcha, yo, arrinconada en el asiento trasero, sola y protegida por la oscuridad y el estrépito del motor, rompí en un llanto bullicioso que me sacudió por un tiempo muy largo. Hasta que quedé con los ojos secos y como vaciada de todo sentimiento. Tengo que ser fuerte, me repetía.
Con el camión destartalado que Rudi sacó de la fábrica donde trabajaba, teníamos que llegar hasta la ciudad de Györ, a unos cincuenta kilómetros de la frontera con Austria. En los puestos de control Rudi explicaba a los oficiales que pretendía dirigirse a esta ciudad para recoger unos muebles que le dejaba su tía, ya que su departamento de Budapest quedó completamente destruido. Los guardias no desconfiaban demasiado: miles de capitalinos perdieron todas sus pertenencias y quedaron sin hogar. Además, la ola de refugiados ya había pasado. Faltaban pocos días para Navidad, los últimos focos de resistencia armada fueron aplastados, la policía secreta, ardiendo de deseos de venganza, retomó el control de las calles  y volvió a cerrar las fronteras. Pero quedaban unas pocas brechas abiertas todavía que sólo los campesinos del lugar conocían.
En Györ llegamos sin problemas a la casa de la tía de Rudi, que nos recibió hasta la otra noche cuando un desconocido vino para conducirnos a las afueras de la ciudad. Allí nos esperaba un carro de campesinos para llevarnos a un pueblito perdido en la llanura de Kisalföld. Era más bien un caserío muy pobre que apenas se adivinaba bajo la gruesa capa de nieve.
La luz incierta de una lámpara de petróleo iluminaba el interior de una casita, dónde una pareja de viejos campesinos nos recibió como si fuéramos sus propios hijos. La señora, viéndome sola, me tomaba las manos para calentarlas. ¡Mi hijita! Eres estudiante, seguramente. ¡Cuántos se han muerto por la patria! ¡Que Dios los bendiga a todos! Y me abrazaba. Su apretón cariñoso me recordaba el último abrazo de Anyú y tuve que esforzarme para no romper otra vez a llorar.
Mientras la mujer seguía acariciándome las manos sin decir palabra, escuché a Rudi tratando de ofrecer dinero al esposo, quién lo rechazaba firmemente.
–¡Cómo cree que les voy a aceptar dinero después de lo que hicieron por el país!
–¡Pero usted también se arriesga ayudándonos a escapar! Además, ese dinero ya no valdrá nada en Austria! ¡Acéptelo, por favor! –argumentaba mi primo que terminó deslizando los billetes debajo de un jarro que se encontraba en el aparador.
Solo teníamos que esperar otro grupo de refugiados para salir al amparo de la noche.
Mientras Rudi seguía hablando con el campesino, nuestra anfitriona me propuso que escribiera una nota a mis padres, que ella se encargaría de llevar al correo  una vez que llegáramos al otro lado de la frontera. Mi mensaje fue muy corto:
“Querida Anyú: Estoy en un pueblito a unos 18 kilómetros de la frontera. Cuando recibas esta carta, ya estaré en Austria. Pido perdón a mi padre... Dile que lo quiero, y que un día estará orgulloso de mí.”
Mientras escribía tratando de no alterarme, sentí las ojeadas nerviosas de Rudi, observándome. Sin duda pensaba con preocupación en la aventura peligrosa que me embarcó y se inquietaba por los problemas que podría causarle durante la travesía. Visiblemente se arrepentía de haberme traído, además mujer ya se quería regresar y no dejaba de gimotear. Viéndome escribir, frunciendo las cejas Rudi me dijo: ¡Todavía puedes volver, piénsalo bien! Pero para mí ya no había camino de regreso.

Muchas de estas fotos se publicaron en la prensa occidental en el momento de los eventos. La chica parece ser la foto de un aficionado, quien, lo más probable, desapareció en los combates. Por sus facciones finas de intelectual debe ser una de estos estudiantes universitarios que con unos fusiles viejos se enfrentaron a los tanques tratando de salvar su revolución (ya que todo empezó con un movimiento estudiantil).

Era una noche sin luna que solo la blancura de la nieve iluminaba levemente. Llegaron los otros refugiados: tres hombres y una mujer. Uno de los hombres estaba herido. Tenía un vendaje al brazo izquierdo, y por la palidez de su cara contorcida por el dolor su herida debía de hacerle mal. La mujer no dejaba de observarlo con ojos inquietos.
Antes de salir a la noche fría el campesino nos dio las últimas instrucciones: Una vez afuera, ya no hablen. La voz  llega lejos en el llano y los pueden escuchar. Los guardafronteras se encuentran a bastante distancia, pero hay que ser prudentes. Si alguno de ellos llegara a descubrirlos, párense de inmediato, levanten los brazos, no traten de correr. Los que corren, son abatidos sin piedad. Normalmente los guardafronteras no vienen por aquí. No hay puestos de guardia cerca, y el frío y la nieve los retienen cerca de sus bases. Pero nunca se sabe. Todos tenemos que llevar a la mano una sábana blanca. De vez en cuando, desde un faro rotativo, pasan un rayo de luz para iluminar la llanura en la región fronteriza. Cuando vean esta luz acercarse, cúbranse con la sábana y tírense al suelo para confundirse con la nieve antes de que los ilumine. No se olviden de cubrir también la cabeza. El faro gira lentamente, tendrán tiempo para hacerse invisibles. Procuren caminar en fila y no se paren en el camino. Yo tendré que dejarlos a unos pocos kilómetros antes de llegar a la frontera, pero desde allí sólo tendrán que seguir derecho hasta topar con un arroyo. No griten. Los socorristas austríacos están al otro lado y los ayudarán a pasar.
Nos pusimos a caminar en fila siguiendo al campesino. En el glacial silencio sólo se escuchaba el crujido de las botas hundiéndose en la nieve fresca. Durante las primeras horas mi mayor preocupación era  no quedarme atrás.
Una vez me paré para tomar aliento e instantes después ya no veía las sombras humanas avanzando delante de mí. Fue un momento de auténtico pánico y tuve que taparme  la boca con las manos para no gritar. En unos segundos me encontré atrozmente sola en un universo nebuloso, sin rastro de vida y ninguna señal que indicara por dónde seguir en línea recta. Perdí todo sentido de orientación y empecé a dar vueltas desesperadas en el mismo lugar.
Por suerte, Rudi regresó por mí. Me agarró el brazo con coraje, por lo que supe que no lo volvería a hacer una segunda vez. Tenía que apurarme más, lo que no era fácil con las botas hundiéndose a cada paso en la nieve profunda.
Sudaba como un galeote. A pesar del frío tenía tanto calor que tuve que deshacerme de mi abrigo. Lo iba a dejar tirado, pero nuestro guía me vio y me hizo unas señas enérgicas para que lo cubriera de nieve.
Dos veces tuvimos que echarnos al suelo mientras pasaba el rayo delator encima de nuestras cabezas. No sé cuántas horas habrá durado la marcha forzada, pero me pareció una eternidad. En el bolsillo de mi saco con los terrones de azúcar Anyú había deslizado una imagen de Cristo con la leyenda: “Jesús, ¡confío en ti!” Apreté esta imagen en la mano mientras no dejaba de repetir interiormente las tres palabras: “Jesús, confío en ti”.  Era el único borde que encontraba para no caer vencida en el miedo y la fatiga. Nadie me iba a dar la mano. Rudi ya estaba jalando a su esposa. Si otra vez me quedaba atrás, nadie iba a arriesgar su libertad o su vida  para regresar por mí. Si nos capturaban en el mejor de los casos nos esperaba la cárcel y después de la prisión, una existencia de paria en una sociedad cerrada que se proclamaba socialista.
En cierto momento nuestro guía se detuvo  para señalar con el brazo que continuáramos todo derecho, ya sin él. Con un gesto de adiós, se dio la vuelta y desapareció rápidamente en la neblina. Iba a pasar la noche en casa de su cuñado, en un caserío que quedaba cerca de allí.
Esta última etapa fue la más feroz, dado que cada uno reunía todas sus fuerzas restantes para avanzar lo más rápido que podía, sin ocuparse de los demás. Otra vez me faltaba el aliento... Tuve que pararme para recuperarlo y esto fue suficiente para que de nuevo me quedara sola en una bruma lechosa sin horizontes y sin las sombras humanas que avanzaban delante de mí. Y entonces pasó algo inesperado. Yo que nunca tuve educación religiosa, me puse a rezar como jamás lo había hecho antes. Repitiendo las palabras milagrosas: “Jesús, confío en ti”, me lancé con toda la energía que me quedaba en la dirección que me parecía la más recta. No tenía miedo. Ya no estaba sola y perdida en un universo vacío. Alguien estaba conmigo. Sentí una fuerza que emanaba de esta oración sencilla que me llenaba el corazón. Tenía confianza Ya no era un pedazo de papel lo que yo apretaba en la mano, era una mano poderosa que me llevaba con seguridad.
   Pronto noté las huellas de los demás en la nieve virgen y me puse a seguirlas hasta topar con un río. Apenas se notaba el destello del agua en la oscuridad.  Del otro lado alguien alumbró con una linterna, justo un instante que me permitió percibir los tres hombres de nuestro grupo saliendo de un barquito al otro lado.
Iba a tirarme al agua helada para cruzar el río nadando cuando me lanzaron un pequeño neumático negro. Me jalaron a la otra orilla, dónde las manos de los rescatistas me ayudaron a desembarcar. Escuché voces hablando en voz baja  un idioma que no era el mío. Alguien me envolvió con una manta tibia. Sólo entonces me di cuenta que estaba temblando de frio, con unos sacudones violentos que me hacían entrechocar las dientes.
Estaba en Austria.

Me acordé de una frase del escritor húngaro de Transilvania Áron Tamási, que tanto le gustaba citar a Anyú: “Hemos venido a este mundo para tener algún hogar en él.”
¿Dónde me sentiría yo otra vez en mi casa sin Anyú? Dejé todo en Hungría: lo que amaba y lo que me hacía mal. Solo me llevé mis recuerdos, felices y tristes, y mis  sueños. Estaba  libre.*

 

 

Ciclo Literario.