Roland Barthes: la escritura que
se bifurca y retuerce

Franco Canedo


Louis Jean Calvet
Roland Barthes
Una biografía
La desaparición del cuerpo en la escritura
Gedisa editorial
2001

 

Si para Roland Barthes  todo discurso es una ficción, incluso el más serio, un biógrafo que pretenda acercarse a él asume de entrada que deberá proceder barthesianamente, ¿Cuál es la verdad de esta vida? Pero no sólo eso, ¿qué hubiera dicho él mismo de su vida? Leamos: Si yo fuera escritor y estuviera muerto, me agradaría que mi vida se redujera mediante los cuidados de un biógrafo amistoso y desenvuelto, a algunos detalles, a algunos gustos, a algunas inflexiones, digamos a algunos “biografemas” cuya distinción y movilidad pudieran trasladarse fuera de todo destino y llegar a tocar, como átomos epicúreos, algún cuerpo futuro, destinado a la misma dispersión; en suma, una vida abierta en brecha, así como Proust supo escribir la suya en su obra.
Atendamos entonces ese neologismo que inventó el célebre escritor francés, que muchos lo afilian entre los teóricos del lenguaje, pero otros como Robe-Grillet, a una especie inédita de novelista. El biografema, nos dice Louis Jean Calvet, es la biografia mediante el rodeo de un “retorno amistoso del autor” en la forma de “algunos detalles que son sin embargo la fuente de vivas luces novelescas”. Tiene su origen en la anotación, en el trazo fugaz, en la ficha, que era, como se sabe, su principal instrumento de trabajo y que Barthes bautiza con el neologismo de biografema.
   La obra en cuestión va más allá, pues el libro de Calvet es el resultado de un largo trabajo: averiguaciones, investigaciones, entrevistas, lecturas, que van desde la infancia de Roland (nació el 12 de noviembre de 1915) a la trágica muerte de un autor que desapareció en la cumbre de su fama como consecuencia de haber sido atropellado en la calle de las Écoles, en el distrito V de París, por una furgoneta, el 26 de marzo de 1980. Los médicos que lo atendieron en el hospital de la Pitié-Salpétriére luego de varios días declararon que el accidente no fue “la causa directa de la muerte, pero favoreció el desarrollo de complicaciones pulmonares de un sujeto que presentaba desventajas particulares a causa de un estado de insuficiencia respiratoria crónica” .

Fotografía
Anónimo / 1978 (Barthes es el tercero desde la derecha)

 Barthes, quien había sido diagnosticado como tuberculoso en su juventud (“él no se rebela, lentamente se instala en el pellejo de un tísico y parece entrar en la enfermedad como una entra en la religión”) había tenido largas estancias en la clínica Saint-Hilaire-du-Touvet, donde, como en el célebre sanatorio de La Montaña Mágica, de Thomas Mann, los enfermos entraban y salían para someterse a la  misma terapia, basada en “la cura al aire libre” (tenderse en las terrazas en camas arropadas) y la “cura de silencio” (dormir la siesta). Esta situación no le permitió seguir con una carrera académica, pues sólo pudo conseguir con trabajos una licenciatura en letras, algo que lo afectó en un medio tan rígido en lo intelectual como es el francés. Al ingresar el Colegio de Francia por ello declaró que sus diplomas eran sus libros.
   A su muerte su amigo y articulista de Le Monde Bertrand Poirot  se subleva contra esa muerte estúpida y escribe: El automóvil forma parte de nuestra mitología, pero hace justo veinte años Camus entregó el alma por la misma causa, de modo que la literatura habrá pagado a la diosa cromada un tributo un poco pesado. Recordemos que Albert Camus murió a consecuencia de un choque.
   Roland Barthes concebía  que el deseo es la dimensión esencial de la escritura y creo que siguiendo su técnica del “biografema”, lo siguiente es lo que lo pinta de cuerpo entero: En la recuperación de uno de sus períodos críticos se sumerge en Michelet. De manera minuciosa, casi maniática redacta cientos de fichas utilizando el formato internacional de siete centímetros y medio por doce y medio, llenándolas en el sentido horizontal, escribiendo con claridad y anotando todas las referencias: la edición, el capítulo, la página.
   Lo cierto es –nos cuenta Calvet según se lo dice un amigo- que Barthes había comenzado a llenar las fichas en el sentido vertical, pero al darse cuenta que resultaban más fáciles de consultar en el otro sentido ¡paso muchísimo tiempo volviendo a copiar casi 900 fichas ya redactadas! Ha ideado un sistema complicado que se basaba en el empleo de trocitos de madera y unos hilos, lo cual le permitía extraer del montón de las fichas la referente a este o aquel tema, a esta o aquella idea, y así acumula como si fuera un tesoro esos rastros de su trayectoria a través de la obra de Michelet.
   Este es un biografema y  contiene la postura de Barthes ante la escritura. Estamos ante una voluntad de transcripción casi medievalista, una ejecución corporal y nerviosa que re-significa la escritura original.
    Al darle consejos a su amigo David sobre su trabajo universitario Barthes le dice: En el trabajo hay que ser desenvuelto, saber captar lo esencial y sacrificar el resto y, sobre todo, no hay que resumir una obra pues basta con hacer unas fichas sobre los puntos importantes.
   En una entrevista radiofónica Barthes, que pugna por retornar a lo que llamaba una escritura de lo imaginario, al hablar de la lectura sostiene de una manera un poco provocativa que un libro no está hecho para que se lo lea integralmente, (que hay que saltar pasajes, “tomar ciertos fragmentos, ciertos trozos de escritura” y confía que, salvo Michelet, hay pocos autores a los que se pueda decir que él los leyó por entero. Insiste que el de escritor es ante todo un “oficio” y no una suerte de honor que se baste a sí mismo. Hablando de su escritura, recuerda su gusto por las formas breves, por los fragmentos, gusto que le hace apreciar tanto el haiku (esa forma poética clásica de diez y nueve sílabas), explica que le gusta mucho atacar un texto y “al multiplicar los fragmentos multiplico los placeres del ataque”.
   Para Calvet su libro, Michelet, del que se habla poco en la obra de Barthes, es de una extremada importancia, tanto por su método como por su forma. Estas fichas que llevó consigo a todas partes, a Rumania, a Egipto, las combinaba como se combinan los naipes para hacer una jugada en busca de una organización, en busca de correspondencias. Desde 1942 a 1954, ¡doce años de trabajo para hacer un libro de apenas un centenar de páginas! Pero esos años no fueron años perdidos pues Barthes encontró en ellos su estilo y su método. El método consiste, pues, en escribir todos los días fichas sobre todos los temas posibles, en clasificarlas, en combinarlas de diferentes maneras, hasta el momento que aparezca una estructura, una temática.
Calvet observa que a Barthes le gusta la interrupción, le gustan las formas breves, le gustan las representaciones litóticas, representaciones elípticas, le gusta la brevedad, le gusta el fragmento, la chispa y esta característica de su escritura embona perfectamente con los formatos periodísticos, de ahí que sus Mitologías, crónicas sobre la vida cotidiana de los franceses que publicó semanalmente en el France-Observateur y que es su primer trabajo que le da gran notoriedad. Barthes, sin embargo, tiene una sensibilidad de literato cuando en realidad quiere ser un teórico. Me siento firme intelectualmente y absolutamente frágil existencialmente, le dice a un amigo.
   Calvet realiza un seguimiento minucioso sobre la aparición y las reacciones de sus artículos en revistas y periódicos, así como de conferencias y prólogos –casi siempre escritos bajo pedido-, con lo que nos ofrece un panorama de las entrañas del medio cultural parisino.
   Roland Barthes era homosexual, pero nunca se manifestó públicamente como tal, a diferencia de su contemporáneo Michel Focault. Su discreción sobre su vida íntima lo llevó a exigir –influyente como era– a una editorial que publicó un libro donde se revelaban sus inclinaciones, a arrancar la página en cuestión. En efecto, en 1972 Dominique de Roux publica, en las ediciones Christian Bourgois Immédiatement, una especie de diario en la deja mal parados a algunos de sus contemporáneos: “Un día con Jean Genet, me dice Lapassade, hablábamos de Roland Barthes, de la manera en que ha dividido su vida en dos, el Barthes de los burdeles de muchachos y el Barthes talmudista (esto lo preciso yo). Yo decía: Barthes es un hombre de salón, es una mesa, es un sillón...” No, replicó Genet, Barthes es una poltrona”. ¿Por qué intervino Barthes para hacer desaparecer este pasaje? Pues es claro que sencillamente al hablar por teléfono, Barthes daba la razón a Lapassade, a esa idea de no divulgar sus inclinaciones sexuales.
   Sin embargo, durante sus estancias en Marruecos, lo explica casi sin velo alguno y hasta con cierta audacia en un pasaje de Sade, Fourier, Loyola. La novela de Sade, escribe Barthes, está más cerca de la realidad que la novela realista, y si parecen poco plausibles las improbables prácticas sádicas, “basta viajar por un país subdesarrollado (análogo en este aspecto y en general a la Francia del siglo XVIII) para comprender que estas prácticas son allí inmediatamente realizables”.
Robe-Grillet, el novelista “objetivo”, amigo de Barthes y su principal crítico señaló que  “Roland Barthes era un pensador escurridizo... los deslizamientos de esta anguila no son el simple fruto del azar ni están provocados por alguna debilidad de juicio de carácter. Por el contrario su lección es la palabra que cambia, que se bifurca, que se retuerce”.
En sus conclusiones Calvet se pregunta ¿Cómo funcionaba intelectualmente ese hombre? De manera algún tanto provocativa podríamos decir que fue ante todo un literato, que su contribución principal es haber introducido la literatura en las ciencias humanas. Entendamos bien: desde El grado cero de la escritura a La cámara lúcida, Barthes aportó mucho a la semiología, al análisis de textos y de rebote a la lingüística y a la sociología. Pero lo que aportó no es una teoría, es en primer lugar una mirada y una intuición.
Barthes era, en efecto, una mirada que encontró eco en sus contemporáneos, tanto que a su muerte se escribieron más de cinco novelas inspiradas en su vida. Una visión personalísima que se definió desde el principio, como leemos en este texto que publicó en 1944 en la revista estudiantil del sanatorio y que sale a cuento cuando le dice a un amigo: Usted come acrocolia como un atleta griego: Parece que en la mesa de Alejandro magno se perpetúa una tradición de Grecia antigua, comer acrocolia, es decir, entrañas, vísceras, todo eso poco firme que se enrojece (y luego se pone verde) en el interior de los animales. A los antiguos griegos les gustaban mucho esas viandas complicadas y decadentes; no comían gustosos carnes asadas sino que preferían sesos, hígados, fetos, mollejas y ubres, todas esas carnes blandas y efímeras que tal vez apenas saboreadas ya comenzaban a corromperse.

Roland Barthes visitó más de una vez Japón, país en el que fue intensamente feliz, sentimiento que explica así: Vivir en un país del que no se conoce la lengua, vivir en él fuera de los cotos turísticos es la más peligrosa de las aventuras... si tuviera que imaginar a un nuevo Robinson, lo colocaría, no en una isla desierta, sino en una ciudad de doce millones de habitantes en la cual él no pudiera descifrar ni las palabras ni la escritura: creo que esa sería la forma moderna del mito.

 

 

Ciclo Literario.