Miguel Ángel Barba,
autenticidad programática

Javier Rubio Nomblot


La penúltima cena /2007

 

Dos amigos / 2007

Como formalista, tiendo a pensar que Miguel Ángel Barba (Ciudad Real, España, 1976) ejerce sobre la pintura una violencia extrema: tanto la elección de soportes pobres como la negación, no ya de cualquier clase de ortodoxia plástica, sino de las más elementales normas de convivencia entre materias de dispar composición química (entiéndaseme) y demostrada incompatibilidad, indican que para este artista pintar no equivale a participar en un concurso de méritos (la sana competición entre tiburones debería discurrir en otros ámbitos), ni repartir conocimientos (o sea, repetir lo que escriben los teóricos de moda), ni demostrar nada: es sencillamente una necesidad urgente (fisiológica en cierto modo o, si nos ponemos en el lugar del pintor prehistórico, primaria). En consecuencia, en sus cuadros se manifiesta todo cuanto el pintor necesita expresar (el sexo, la muerte, la pintura, la casa y el estudio, el autorretrato, se concitan en este reencuentro con la vida) y es en esa totalidad donde radica su autenticidad programática; de ahí que sea ésta pintura al desnudo, como decía, formalmente inasible, en absoluto conceptualizada: hecha sin más o, si se quiere, vomitada sobre la hipocresía artística.
Al pintor, al artista plástico, no le quedan muchas opciones, porque de ningún modo es él quien crea hoy las nuevas formas, los nuevos lenguajes, las nuevas imágenes: todo lo más deglute, procesa lo que otros creativos lanzan al mercado. Cuantos creen formar parte de esa vanguardia se mienten a sí mismos y su arte es intrínsecamente falso. Por eso, no me sorprende que el galerista, conocido gracias a ese puñado de exquisitas exposiciones “para iniciados” que organizó en el oculto sótano de una tienda de antigüedades de la calle Claudio Coello en los años noventa, se haya comprometido con este grupo de jóvenes pintores surgido del aula conquense de Gonzalo Cao: tanto Lamazares (1981-1983), Bonifacio (1970-1990), Mompó (circa 1966) y Hernández Pijuan (1987-2002), a quienes ha dedicado espléndidas muestras, como Miguel Ángel Barba a su manera –y en su tiempo–, son artistas que tratan ante todo de huir de la mentira. No hace falta decir más (porque la mentira, la mascarada, el simulacro, lo ha invadido todo): esa es la huida necesaria, la que a nosotros nos está vedada, la que explica el arte del siglo XX, que fue convulso y tuvo sentido mientras se hizo a contracorriente.

 

Abuela azul / 2007

 

 

 

 

Cortesía de: Rafael Pérez Hernando, Arte Contemporáneo
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Ciclo Literario.