Lucerna en el tiempo

Marie Claire Figueroa*


 

El tercer incidente, ya entrada la primavera, fue muy jocoso, pero siguió manifiesta mi torpeza aparentemente sin remedio. Herr Meyer compartía un chalet en el monte con uno de sus hermanos. Éste iba siempre con su esposa y sus dos hijos Mauritz y Manolo de 12 y 14 años. Creo que yo estaba “ligeramente” enamorada de este último. De vez en cuando, desde el sábado en la mañana, subíamos al pueblito y regresábamos el domingo en la tarde con alimentos frescos de una granja cercana. Ese famoso día, decidieron comprar al granjero una enorme rueda de emmenthal que iban a bajar en una carretilla y compartir en Lucerna. Los muchachos se encargaron de aquello con destreza. Luego luego, yo, la muy metiche, pido permiso para empujarla  durante un tramo. Permiso concedido. Unos minutos después, la carretilla bastante pesada, se ladea en una curva del camino y la rueda rueda rueda rueda cual aspirina escapada de su tubo, hasta perderse en el sotobosque. A los padres, no les hizo ninguna gracia, pero los muchachos, divertidos a lo máximo, emprendieron el rescate. Yo les hubiera dado el mejor modo de ahorrarse el cansancio de la bajada si hubiera topado con un árbol, por ejemplo; pero la maldita había caído al fondo de un barranco. Necesitaron más de una hora de esfuerzos conyugados para traer de vuelta a la carretilla el queso travieso que, si bien no se había hecho de rogar para darse a la fuga, rebelde, se resistía a regresar a la superficie.

Fotografía
Anónimo /1944

Poco a poco, me estaba adaptando a mi nueva familia, a pesar de la ausencia de noticias de mis padres quienes ignoraban mi paradero. Varios acontecimientos me hicieron olvidar la desazón de mi conducta. Primero, mi cumpleaños, el 21 de octubre; en realidad en esa época, todavía era  muy tímida y no había pasado más que la fisura del lavabo. Casi coincidía con el de Angélika que cumplió once años unos días antes. Me llamó la atención que el pastel hecho por la mamá le estaba exclusivamente destinado. Lo podía comer a la hora que se le antojaba y ofrecer o no a los demás, costumbre que se me hizo tan rara como egoísta. El 21, además del pastel, recibí un enorme estuche de lápices de color Caran d’Ache y un álbum de paisajes suizos que encantaron mis siguientes semanas.
Previendo el frío que ya se asomaba, y a la vista del contenido de mi maleta con sus delgados vestidos, shorts y calcetines, Frau Meyer me compró blusas de mangas largas, faldas y suéteres de lana, gruesas camisetas y pantaletas. Yo me remangaba las blusas porque la lana me provocaba comezones. En cuanto a las medias y los guantes, los detestaba, pero eran indispensables: el frío de Lucerna no se compara con el de París. Vestida como esquimal —por lo menos así me lo figuraba— aprendí a dirigir un trineo cuando la nieve empezó a acumularse sobre las calles en pendiente alrededor de la casa, transformadas en maravillosas pistas.
Pronto llegó el 6 de diciembre, fiesta de San Nicolás, tan importante en algunos países católicos de Europa como la Navidad en otros o los Reyes magos en España o en México. Esa noche, todos con vestimenta caliente, nos reunimos en la Plaza del Burghaus para ir a ver a Nicklaus y a sus ayudantes bajar de  las enormes chimeneas de la alcaldía con costales llenos de juguetes. De estatura imponente y voz estentórea, Nicklaus preguntó a los niños si se habían portado bien durante el año; un “Sí” retumbante le contestó y, entre chistes y payasadas de uno que otro diablito vestido de rojo, repartieron dulces además de juguetes. Fue divertido, pero ¡qué frío! Cantamos en alemán y en suizoalemán que yo empezaba a champurrear. Al regreso, nos sentamos con mucha alegría a la mesa cubierta de platillos especiales para ese día: en medio, el rösti, típicamente suizo que Frau Meyer hacía para las grandes ocasiones: las papas rayadas se fríen en manteca, se voltean como tortilla y se sirven bien crujientes. Por lo general el rösti acompaña los huevos fritos o revueltos y las carnes estofadas o asadas al horno.
La cena del domingo era también muy especial. En esas ocasiones probé por primera vez los cornflakes que me  parecieron una delicia. Nunca he vuelto a encontrar ese sabor de un cereal que, si bien se sigue fabricando, no contiene los mismos ingredientes tan puros de esa época, cuando todavía no existía la mercadotecnia a ultranza de las transnacionales. Y por supuesto no existía tampoco la diversidad  de ahora en forma, textura y contenido de las múltiples marcas. Suerte que todavía existen los cornflakes. Si no tienen el mismo sabor a paraíso que antes, por lo menos no contienen tanta azúcar como los demás y, sin ninguna fruta extra, uno les puede agregar a su antojo pedacitos de manzana, pera, plátano, nuez, jengibre, ¡qué sé yo!
En las semanas siguientes, el tiempo no nos permitió salir diario y pasamos las vacaciones tejiendo mantas con los restos de estambre acumulados en los roperos desde tiempos sin memoria; las solicitaba la Cruz Roja para enviar a los soldados del Frente. Se trataba de tejer cuadros de 20 x 20 centímetros y de ensamblarlos en un gran rectángulo multicolor, comúnmente llamado patchwork, suficiente para cubrir un catre. Las hijas Meyer y yo entrábamos en una frenética competencia y no soltábamos las agujas en la tarde…ni para ir al baño.
Al final del invierno empezamos a salir como las marmotas después de su hibernación. Fuera de la ciudad, dimos unos paseos en parajes llenos de belleza, la belleza tan característica de los paisajes suizos que se percibe en los libros de geografía, los folletos de las agencias de turismo, las fotografías de los viajeros: el arquetipo de la belleza de las zonas montañosas: cuando uno quiere caracterizar en algún país  una región parecida, dice uno: “Es la Suiza de Francia, o de Costa Rica, o de África…”. Con mis recorridos de Lucerna y esos paseos, fui aprendiendo la historia del cantón. Este último se unió a la Federación suiza en 1332. Lucerna o Luzern, epónimo del cantón, se sitúa en el lado Noroeste del lago  a la salida del Reuss que la atraviesa. El lago se llama “de los cuatro cantones”, por bañar los de Luzern, Uri, Schwitz y Unterwalden. Murallas y torres recuerdan el pasado de la ciudad en particular la leyenda de Guillermo Tell, mencionada por primera vez en el Libro Blanco de Sarnen (hacia 1470), gracias a la crónica de Melchor Russ, Secretario de Estado de Lucerna. Se cuenta que Guillermo Tell derribó de un flechazo una manzana colocada sobre la cabeza de su hijo, forzado a esta prueba por el Senescal Gessler, tirano austriaco a quien había negado rendir homenaje. Más tarde, mató al tirano y encabezó la revuelta que culminó en la independencia de Suiza. Su figura inspiró a varios poetas y músicos: Goethe, Schiller, Rossini, etc. A mí me causaba una admiración mezclada de dudas: ¿Cómo había podido Guillermo Tell jugar con la vida de su hijo, por más buen arquero que fuera?
En Lucerna, la fuente más imponente, custodiada por un león majestuoso esculpido en la roca del monte, lleva esta inscripción en latín:
DIE X AGUSTI II ET III SEPTEMBRIS MDCCXCII
Haec sunt nomina eorum qui ne sacramenti fidem fallerent. Fortissime pugnantes ceciderunt. Solerti amicorum cura cladi superfuerunt, en honor a los que cayeron por la libertad en una época de manifestaciones revolucionarias, repercusión de los acontecimientos parisinos después de 1789.
En esos días de paseo en las afueras de Lucerna, fuimos a los montes Pilato y Rigi, baluartes de la ciudad que elevan sus cimas nevadas en invierno hacia un cielo a veces más azul que el cielo mexicano. Pero cuando el Foehn soplaba en los montes,  este viento tibio le causaba migrañas a Frau Meyer, de las que se quejaba amargamente.
Al llegar la primavera, la familia decidió que Helen iba a enseñarme a nadar en el lago, ese famoso lago, célebre por sus antiguos puentes de madera sobre el Reuss. El más característico, el Kapellbrücke, del siglo XVII, ostenta pinturas triangulares por debajo de los polines del techo; una de ellas representa el incendio que lo destruyó en parte, tiempo atrás. En medio lo flanquea la Wasserturm (Torre del agua). El otro puente, del siglo XV, se denomina el Spreuerbrücke (Puente de los molinos). Por supuesto la alberca enclavada en el lago no se encontraba del lado de los puentes, sino en una ribera alejada. Si bien había aprendido a nadar en las playas normandas con un maestro a la antigüita, me costaba mucho más trabajo en agua dulce. No me sentía nada feliz, siempre con la impresión que me iba ahogar a pesar de estar sólidamente amarrada con una especie de corsé cuya cuerda Helen controlaba desde el muelle. La clase terminada, se iba con sus amigas hasta las últimas boyas que delimitaban la alberca.

Fotografía
Willy Ronis /1952

A principios de marzo, mis padres, quienes ignoraban todavía mi paradero, se enteraron por mis tíos de nuestra estancia en Suiza. Emprendieron búsquedas y me localizaron gracias a un primo, François Matrod, jefe de aduanas en la frontera. Al saberme en Lucerna y ser informados que la familia Meyer proponía hospedarme más tiempo, acordaron dejarme. No tuve más remedio que aceptar. Así la familia podía seguir aprovechando mis cupones de alimentación y yo podía seguir engordando con chocolate suizo… Me sentí desdichada. Tomé por una muestra de rechazo lo que solamente era sentido común de parte de mis padres, quienes batallaban todavía al igual que la mayor parte de los franceses con los problemas de aprovisionamiento; seguían cruciales a pesar de la ayuda norteamericana. En realidad mi naturaleza rebelde no se acomodaba al medio algo puritano y rígido de los Meyer, estereotipo de muchas familias suizas, tanto católicas como protestantes. No obstante la inmensa generosidad que me demostraron, me fue difícil sentir el agradecimiento que se merecían. En los años siguientes, mis padres invitaron sucesivamente a las tres hijas, pero sentía siempre algo de recelo hacia ellas, tal vez similar a sus sentimientos cuando vivía allá. Años después, estando de luna de miel en Saas-Fee, llevé a Gonzalo a Lucerna para presentárselos. ¡No todo estaba perdido!
Regresé a Francia a final de marzo de 1945, de nueva cuenta en un tren de niños bajo la vigilancia de la Cruz Roja. Al hacer mi maleta, Frau Meyer agregó la cantidad de chocolate autorizada por la aduana, pero en el tren, las niñas me enseñaron que sus “mamás” suizas habían cosido tabletas en los dobladillos de sus faldas.  Al escribir mi carta de agradecimiento a la familia, no dejé de mencionar el hecho; esta falta de tacto me valió un sermón de parte de mi madre al tachar el párrafo malhadado: quienes habían actuado incorrectamente habían sido las otras señoras en su intención de burlar la ley. Pero vaya a explicar esto a una niña testaruda como yo. Escribí la carta de nuevo.
        La ciudad de París había sido liberada el 25 de agosto del año anterior. Dos meses antes, en la víspera del día D (The D day), Bernard iba a salir de vacaciones para pasarlas con mi primo Yvon y su familia, quien tenía una granja muy cerca de las costas normandas. Al momento de dejarlo sentado en el tren de la Gare Montparnasse, Maman escuchó rumores acerca de un desembarco inminente de los Aliados; regresaron de sopetón a casa. ¡Uf! dijeron todos cuando, al poco tiempo, se enteraron de los acontecimientos.
A mi regreso, mis hermanos no paraban de hacer alarde de lo que habían sido testigos: los aviones ingleses que veían caer incendiados desde la ventana, las ametralladoras escuchadas por doquier, sin contar los clavados, panza abajo debajo de la mesa del comedor al acercarse el ruido. Cuando llegaron los tanques norteamericanos, Maman enseñó a mis hermanos a decir: I would like chewing-gum and chocolates for me and cigarettes for my parents. Vaya manera de acoger a quienes llegaban a liberarnos; pero sonrientes y bonachones, masticando un francés que daba risa, los soldados repartían esto que anhelaban tanto los franceses: chicle, chocolate y cigarros…
Habían colocado un cañón inglés no muy lejos de la casa, en la Place de l’Alma,  y Maman pidió permiso al soldado para que Bernard subiera a sentarse; el militar rehusó argumentando que asaltos repentinos eran todavía de esperar. Según mi otro hermano, ambos se treparon a los tanques estacionados en la Plaza de Notre Dame, y esto a pesar de los tiroteos esporádicos que se escuchaban desde arriba de los techos cercanos a la catedral. Después de tanto “heroísmo”, quise también lucirme contándoles mis peripecias en Lucerna siendo el más celebrado el episodio de la rueda de queso.
Unos meses después de mi reintegración al seno familiar, salió en los cines la película Marie-Louise, que relataba una historia muy parecida a la mía y a la de todos los niños europeos víctimas de la Segunda Guerra Mundial refugiados en Suiza. Mucha emoción me invadió al ver la epopeya de una niña que había pasado por los mismos trances, con andanzas  muy similares. Después de ver la película, yo no cesaba de redondear unos pasajes, abundando en los detalles demasiado escuetos  a mi manera de ver. En la misma época, un gran personaje, a quien yo no conocía todavía, hizo unos comentarios a su madre sobre aquello: “Madre, vi un film mediocre, pero que me conmovió y que me gustaría rever con vos: Maríe Louise, tomado en los cantones centrales de Suiza, con cielos, nubes y montañas enternecedores…” La cita aparece en “Un día de Jorge Luis Borges”, escrito por su sobrino Miguel de Torre Borges. Al leer al argentino cincuenta años después, creo que mi emoción sobrepasó la que sentí con la película. Era realmente la prueba de que yo no había soñado nada de lo que había vivido y todavía para mí, es la prueba de que lo contado en estas memorias existió verdaderamente. Claro, hasta qué punto transmití la verdad pura, genuina y fidedigna, nadie puede afirmarlo. El tiempo sagaz suele juguetear con los recuerdos: adiciona y adorna por aquí, recorta y desbasta por allá y termina por presentarnos un cuadro, fruto de la alianza entre él y nosotros.

*Memorias de Guerra de una niña (Capítulo XVIII, segunda parte)

 

 

Ciclo Literario.