La presencia africana en Veracruz



 

Si bien los primeros africanos que arribaron al territorio de lo que hoy es México formaban parte del servicio personal de algunos de los conquistadores (como aquel esclavo de Pánfilo de Narváez del que se dice fue el propagador de la viruela), lo cierto es que la introducción de esclavos negros para fines económicos no comenzó sino hasta que los hombres de Cortés reanudaron comunicación con la isla de Cuba. Al principio a los esclavos se les adiestró para las tareas de estiba, pero ya en 1524 comenzaron a ser utilizados para fines productivos; cuando en el palacio de Moctezuma, Cortés recibió noticias de que sus exploradores le habían reservado en la costa veracruzana una de las porciones más fértiles, de inmediato tomó disposiciones para la importación de implementos de cobre, pie de caña y los esclavos necesarios para echar a andar el ingenio azucarero bautizado como San Martín, en la región de los Tuxtlas.

Fotografía
Anónimo / Siglo XVIII

        Los esclavos introducidos para las duras las duras labores cañeras, en el transcurso del siglo XVI y la primera mitad del XVII, provenían de la una amplia región conocida como Senegambia, que cubre una buena parte de la costa oeste del continente africano. Los investigadores, gracias a los documentos de compra-venta, han logrado determinar la procedencia de los primeros cargamentos de esclavos: individuos de las tribus wolof, berbesí, casanga, biafra, bran y mandinga fueron la primera contribución africana al mestizaje que tendría lugar en nuestro territorio. Hay ciertas estimaciones que calculan el número de esclavos introducidos a la Nueva España entre 1596 y 1640 en alrededor de 75 mil, sin embargo los registros de los individuos introducidos legalmente al puerto de Veracruz es incompleto, además que existe la evidencia de una amplio comercio clandestino a través de los puertos de Campeche y Pánuco. Para finales del siglo XVI, la esclavitud africana estaba extendida por todo el territorio novohispano; la inmensa mayoría ingresaron por Veracruz, en cuyo territorio lógicamente se distribuyeron con mayor fluidez, dando lugar a nuevas formas productivas y a inéditas relaciones de carácter étnico y social.
La estructura laboral de los ingenios cañeros se encontraba dividida en niveles que tenían su correspondencia racial. En la cúspide de la propiedad, control y administración se encontraban los españoles (hacendado, administrador, mayordomo, sacerdote, médico). Los duros trabajos de corte y transporte de la caña correspondían a los esclavos, ya que diversas disposiciones reales eximían de tales trabajos a los pobladores indígenas. A los esclavos también correspondían trabajos más especializados como trapicheros o calderos. De los altos riesgos del trabajo en el ingenio dan constancia documentos que listan toda clase de mutilados y lisiados; en el campo las jornadas eran de sol a sol, y en tiempo de zafra se les hacía trabajar otra jornada completa en el acarreo de leña, además de que en las calderas las altas temperaturas y las quemaduras consumían físicamente a los esclavos.
Los trabajos agrícolas, a diferencia de las actividades al interior de la fábrica, se daban en un espacio en el que los esclavos entraban en permanente contacto con la población indígena. Entre las haciendas y las comunidades indígenas se dio una compleja red de interdependencia económica que se tradujo, como consecuencia, en un intenso proceso de mezcla racial, incentivado por la abrumadora mayoría de población masculina sobre la femenina entre la población esclava, pero también por el hecho legal de que las mujeres indígenas eran vientres libres, y como el status lo definía la madre, los hijos nacían libres aunque fueran engendrados por padres esclavos. Además del continuo mestizaje, factor que a la larga terminó por minar el régimen esclavista cañero, se desarrollaron diversos tipos de relaciones sociales, de parentesco y culturales entre los españoles, indígenas y africanos, la más extendida de las cuales fue el compadrazgo.
 Los esclavistas insistieron siempre en que viviendas de los esclavos, fueran unifamiliares, tratando de imponer el modelo de familia nuclear a personas que provenían de culturas en que la poligamia era dominante. En cada ingenio existía por lo general una capilla con su correspondiente sacerdote itinerante, quien desarrollaba la doble función de catequizar al esclavo, haciéndolo abjurar de sus variadas concepciones politeístas, y de vigilar que las formas de asentamiento, convivencia y relación fueran acordes con las concepciones cristianas.
Apenas tocaban tierra los grupos de esclavos de África, los esclavistas empezaban a preocuparse por las fugas que constantemente drenaban el capital que habían invertido al adquirir seres humanos. Huyendo individualmente, en parejas o en pequeños grupos, los esclavos buscaban llegar hasta los inextricables confines de los ríos del centro-sur veracruzano, alejados de cualquier rastro español; otros optaban por deambular por diversas partes de la Nueva España hasta que eran atrapados y devueltos a sus dueños para ser castigados y reanudar su destino. Pero no sólo existió la huida silenciosa y sin violencia, sino que un sistema tan descarnado de explotación tuvo por fuerza que generar reacciones de resistencia y enfrentamientos como fueron los grupos armados y organizaciones de cimarrones. Si bien el término cimarrón se aplica a cualquier esclavo evadido, se ha usado con más frecuencia para caracterizar a bandas agresivas que formaban un asentamiento denominado palenque, mocambo o quilombo, desde el cual planeaban y emprendían emboscadas, asaltos y diversas tropelías.

Miguel Cabrera / 1763

El más conocido de los grupos de cimarrones fue el que por 1609 asoló el camino de Veracruz y que era comandado por el jefe Yanga. Fue tal la preocupación de las autoridades virreinales por los saqueos de haciendas, viajantes y conductos reales, que se decidió enviar un grupo de españoles para que fundaran un asentamiento y recobrara la tranquilidad por las armas, resguardando el orden y el tráfico comercial; así nació la ciudad de Córdoba. La expedición militar enviada en contra del grupo del jefe Yanga, si bien los derrotó, no logró su exterminio. Por el contrario, las autoridades coloniales consideraron más prudente pactar con los insurrectos y a cambio de su pacificación otorgarles el privilegio de crear un pueblo de negros libres, que se denominó San Lorenzo Cerralvo, San Lorenzo de los negros, conocido hoy día como Yanga. Este esquema para lidiar con los alzamientos de cimarrones se repitió en otros enclaves esclavistas durante diversas insurrecciones, como por ejemplo el pueblo de esclavos libres de Nuestra Señora de Amapa, en los límites entre Veracruz y Oaxaca, sin embargo, a los cimarrones que obtuvieron su libertad por medio de las armas, se les imponía como condición principal denunciar y entregar a sus dueños a cualquier esclavo que a partir de entonces pidiera asilo a los ya libertos.
Además de la huida hacia la selva o el proceso de insurrección-negociación de los cimarrones, existieron otras formas por medio de las cuales el esclavo podía obtener la libertad. La esclavitud se encontraba normada por un complejo entramado jurídico que provenía del siglo XII, con las disposiciones del rey Alfonso el Sabio, en donde se encontraban los mecanismos legales para que el esclavo pudiera obtener su libertad: por la compra del estatus de libre, o por exoneración que le hiciera el amo de su condición. En los archivos notariales y parroquiales se encuentran abundantes documentos en los cuales el amo decide otorgar la libertad a determinado esclavo por amor y buenos servicios. Los beneficiarios de tal gracia eran con frecuencia esclavos dedicados al servicio personal del amo, quienes gozaban de algunas consideraciones especiales en comparación con sus hermanos de la plantación.
La compra de la libertad fue una vía de emancipación que se fue haciendo más frecuente a medida de que el sistema de castas se afianzaba. Los afromestizos libres e incluso algunos negros libertos buscaban los medios para pagar el alto precio que representaba la libertad de una novia, un pariente cercano o un ahijado. La solidaridad de la familia extensa, los nexos establecidos con la sociedad no esclava y la destreza y la voluntad fueron elementos que se conjugaron para que se produjera este tipo de liberación que nunca estuvo al alcance de la gran mayoría de los afroesclavos.
Una rápida y progresiva mezcla racial comenzó desde el momento en que fueron desembarcados los hombres y mujeres negros, convirtiendo a la sociedad novohispana, en el transcurso de varias décadas, en una sociedad pluriétnica cuyas principales componentes fueron las ramas indígena, española y negra. La estamentación social adoptó entonces una estructura de castas, producto de todas las posibles mezclas de esos grupos. A pesar de existir una clasificación erudita que tipificaba cada una de las castas con nombres tan curiosos como saltapatrás, lobo o cambujo, los escribanos asentaban a los individuos de acuerdo con su subjetiva percepción; algunos de ellos, para evitarse confusiones, clasificaban por igual a todas las mezclas bajo el rubro de mulatos. Algunos afromestizos relativamente prósperos se esforzaban por comprar registros oficiales que paulatinamente se iban blanqueando, alejándolos así del estigma social de reconocerse como descendientes de esclavos. A tal práctica se le llamó pase de color y fue profusamente utilizada.
Durante el siglo XVIII hubo situaciones que contribuyeron grandemente a desgastar el sistema esclavista regional; las reformas borbónicas (dinastía entonces reinante en España) constituyeron un intento de modernización de la explotación colonial. Se instauraron zonas exclusivas para el cultivo de tabaco en el territorio de Veracruz, trayendo consigo la concepción de un negocio articulado de tal manera que requería las relaciones de trabajo libres; la monetización de la economía y las consecuentes relaciones de créditos y avíos confiables necesitaban trabajadores que no estuvieran amarrados a la relación con un amo. El impacto del creciente negocio tabaquero demolió buena parte de los cimientos que la institución esclavista erigió en esa zona especialmente fértil y comunicada.
El grito de Dolores, su contenido, se transmitió a todos los confines de lo que era el territorio en vías de convertirse en nacional. En los lugares en donde todavía se conservaba el esclavismo, los esclavos se amotinaron bajo la adoctrinación libertaria de algunos de sus hermanos que con noticias en la mano hablaban del derecho a la libertad como derecho humano esencial, sin distinción de razas. En donde el esclavismo era todavía un sistema que se negaba a los cambios, fue arrasado al inscribirse los esclavos en las filas de bandas de insurgentes, por lo general encabezadas por sacerdotes y libertos ilustrados. La década de los veinte del siglo XIX inició con la institución esclavista completamente demolida, aunque hay casos documentados hasta 1834 en los que algunos esclavos domésticos de viejas viudas aún no tenían conciencia de que la esclavitud había dejado de ser algo legal y permitido.

Nota extraída de Ensayos sobre la cultura de Veracruz, publicación coordinada por José Velasco Toro y Félix Báez-Jorge.  Texto: Presencia africana, de Adriana Naveda Chávez-Hita. Universidad Veracruzana, 2009.

 

 

Ciclo Literario.