Alberto Vargas Iturbe
El canto del fístulo

Nota y selección de Lorenzo León


Alberto Vargas es un personaje en mi vida así como yo lo soy en la suya. Digamos que compartimos un yo identitario. Nos conocemos desde hace treinta y tantos años. Hemos sido testigos uno del otro a través de la aparición de nuestros libros. Mi primera imagen de él es en el Metro, en alguna estación donde un grupo nos encontramos para asistir a un acto político, o quizá porque íbamos a una fiesta, o salíamos de una y nos despedíamos... no sé, pero su cara está detrás de una ventanilla de vagón,  con el cabello largo y su gorra de estambre... era tan delgado, ahora es un cer-dotado, como lo dice en su un largo poema de 19 cuartillas, Así sea para limpiarse el culo, que forma parte del libro El canto del fístulo (Ediciones colectivo entrópico 2010), del que publicamos unos fragmentos.

Fotografía
Ana Maria McCarthy / 1990

El Pornócrata (como se le conoce en el medio literario Bajo y, cada vez más, Alto, pues ya se ocupan del él críticos respetados como Ignacio Trejo Fuentes) ha logrado convertirse en una máquina de escritura, escribe y organiza la edición y distribución de sus libros, que vende bastante bien, principalmente en Ciudad Netzahualcóyotl, uno de los mayores asentamientos humanos en el Valle de Anáhuac.
Allí era abarrotero, al mismo tiempo que estudiaba en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Al ser miembro de una activa familia de comerciantes llegados desde un pueblo de Michoacán, hizo quebrar varias veces el negocio asignado. Sus historias nacieron en esa tienda, que fue el espacio donde ejercitó sus talentos literarios en seguimiento fiel de su furor priápico. Escritor nato ha narrado en varios libros sus aventuras de ese tiempo.
Alberto pertenece al linaje de escritores genitales, autores declaradamente abiertos al testimonio de sus pulsiones sexuales, donde la procacidad es materia de su singular lirismo de mano abiertamente con el lenguaje de la calle. Conciencias procediendo desde la erección que seduce a la mujer,  la convence o la compra.   Estoy soñando piedras grandes –dice–, hay una fisura donde agarrarse: la prosa.
Ciertamente la prosa y los versos de este productivo escritor no pasarían la prueba de ninguna editorial seria, pues es, según su crítico Trejo Fuentes, un caso de “pornografía total” o un ejemplar “erótico pornográfico”.
Para ahondar en el tema, viene a cuento esta apreciación que hallamos en el libro de Naief Yehya Pornografía: sexo mediatizado y pánico moral (Plaza Janés 2004): Hoy entendemos que independientemente de sus usos pragmáticos, en el fondo la pornografía es arte, ya que como escribe Camille Paglia: “El arte es contemplación y conceptualización, el exhibicionismo ritual de los misterios primigenios. El arte pone en orden la brutalidad ciclónica de la naturaleza. La fealdad y la violencia de la pornografía reflejan la fealdad y la violencia de la naturaleza”.
Alberto tiene una historia en donde el personaje acaba cogiéndose a los árboles... viene de los callejones de Neza, en su camino conoció a una enana de circo, que emborrachó y poseyó en una banqueta nocturna. Sus novelas y cuentos son delirantes, narra cómo se ha convertido en un burro, que ve bajar de un barco en un muelle, filas de burros como él mismo. Esta novela, Carrera contra el yo es el testimonio de su locura. En una fiesta, ese muchacho vital, guapo, con un tono de chero y de chilango, tomó una copa donde alguien arrojo un LSD. Fue el principio de una situación que lo puso de camino a La Castañeda, el célebre manicomio de los desposeídos. Entró y salió varias veces con la necesidad de medicarse toda la vida. Narra sus aventuras con algunas enfermas, como él. Creo que es un escritor entre nosotros que mira lo que nadie alcanza.
Alberto no inventa historias para ejercitar la escritura. Eso es claro para todos. Sus novelas, cuentos y poemas contienen personajes de carne y hueso, principalmente él mismo.

Luego de varios lustros de ejercitar el “gasto ostentoso” (para decirlo bataillanamente) del cuerpo y la escritura, el Pornócrata se sintió mal y fue a consulta. La doctora que lo auscultó encontró todos los síntomas de alarma y le preguntó sobre su vida sexual, cuando escuchó la respuesta (Alberto confesó que se habría acostado con alrededor de 500 mujeres) le dijo que la prueba de sangre sería realmente puro trámite. He aquí partes del poema que entonces, al salir de la clínica, escribió el Pornócrata Mayor, el adjetivo es porque ya sus numerosos discípulos empezaban a brillar con luz propia.

 

Me duelen los riñones.
Los pulmones.
Tengo las uñas enterradas.
Infectados los oídos.
Me duele la columna.
Manchas en las pantorrillas.
Me da comezón, mucha comezón.
En los sobacos hongos.
Caries.
Cegatón.
Una hernia en el huevo izquierdo.
Verrugas en el fierro.
Enferma la garganta.
Caspa y no sé qué más chingaos.
Soy carroña.

Estoy enfermo de descubrimientos.
¡Dios me salve si soy Positivo!

Si existe dios
Sólo hace falta que me coja

He enflacado
Veinte kilos
Se esfumó mi estómago.
Desaparecieron mis cachetes gordos como de puerco.
Pero no voy a llorar como un mariquita

En unos cuantos días
Me he convertido en un conservador empedernido
¡Juro usar condón si me salvo!

Si un descubrimiento científico me salva
¡qué a toda madre sería!

Así son las enfermedades humanas.
Corren como pólvora encendida.

Tengo muchos amigos, amigas.
Quisiera hablar. Gritarles
¿Y si no me comprenden?
¿Si me rechazan?
¿Si les causo asco?
¿Si voy con un confesor?
Un sicólogo.
Me da miedo hasta contarle a mi mujer.
De todos modos ella sería la primera víctima.

¿Quién me contagiaría?
¿Sería la puta de quince años
a quien le compré su vestido de las quince primaveras?
Ella me lo mamó sin condón.
¿La rubia de ojos verdes recién parida
que me brindaba su leche caliente
por una miserable despensa diaria?
¿La morena de las nalgas perfectas
vendedora de perfumes?
¿Quién?
¿Mi mujer que me haya
hecho güey con algún enfermo?
¿La niña de catorce años que desquinté?
¿La señora proveedora de productos japoneses
que tan rico me lamía los huevos?
¿La hermosa Maru que tanto quise y que se me aventó
al metro por una decepción amorosa?
Probablemente la PUTA de la lonchata
que trabajaba de día,
la mamadora que me conectó el sopero.
¿La limosnera que me cogí
por comprarle sus medicamentos en plan de broma?
¿La Gorda metida de prostituta en La Merced?
¿La Mujer del maestro albañil?
¿La Negra chiapaneca?
De esto ya hace tiempo.
No recuerdo cuántas me cogí sin condón.
Repito la idea: hace cinco años
que cojo sin condón.
Maldita sea...
¿Sólo por haber bajado dieciséis kilos
en siete meses y las diarreas por
tomar leche cruda bajaría de peso?
¿Por haber dejado el refresco?
También dejé el azúcar.
Hago mis dos comidas al día fuertes.
Ceno poco.
¿Bajaría por esto?

Ni siquiera me lavo la cara.
Y dejo las lagañas secas en mis ojos.
Un mosquero me persigue.
No he tenido tiempo
de lustrar mis zapatos.
No cambio mi ropa en tres días.
No me baño en tres días.
Qué raro, no se me va el hambre.
Trago como bestia.
Pinche Mal del Siglo.
Nos trae pendejos a los garañones

¿Será porque tomo mucho café?
¿Los más de cuarenta cigarrillos que fumo?
Si es un cáncer
también es mortal.

Si estoy enfermo
cogeré sólo con mi mujer.
De estar mal,
ella también lo estará,
también Albertito.
PUTA MADRE.

Nota: el examen salió negativo

Fotografía
Brassai

 

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía
Jane Evelyn Atwood /1991

 

 

 

Ciclo Literario.