El cadáver de la Guerra

Lajos Zilahy


Lajos Zilahy, quien nació en 1891 en Nagyszalonia, hoy Salonta, en Rumanía, muy cerca de la frontera húngara y murió en Novi Sad, localidad fronteriza entre Hungría y Yugoslavia, en 1974, es uno de los autores húngaros más conocidos por la cantidad y profundidad de sus libros, que abarcan novelas, cuento y teatro. Sus obras fueron auténticos best sellers en los años cincuenta y algunas de sus historias fueron llevadas al cine, como Primavera mortal (1922).
Zilahy pertenece a una constelación de autores que se les reconoce como “conservadores”, frente al círculo literario surgido alrededor de la revista Occidente que llegó a ser el movimiento cultural húngaro de más nivel e importancia del siglo XX, y que hasta hoy influye en la historia de la literatura húngara*. En la primera generación de este movimiento se distinguen Antal Szerb y Frigyes Karinthy, nombres que hemos publicado ya en Ciclo (No. 104 y 105)Entre los artistas conservadores están  Ferenc Herczeg, Jenő Heltai, Ferenc Molnár,  Jolán Földes, Ferenc Körmendi, Miklós Surányi, József Nyírő, Cecil Tormay, Zsolt Harsányi y László Fodor, pero la estrella por el interés del público y sus altas ventas era Zilahy. Sus editores en España fueron Josep Janés y ediciones G.P. (Libros Plaza) en traducciones casi totalmente de Oliver Ferenc Brachfeld (1908-1967), que llegó a Barcelona en los años treinta. Este personaje escribía libros de psicología sobre las mujeres y sobre el sentimiento de inferioridad. No es difícil deducir que su pasión por Zilahy se deba, entre otras virtudes, a la percepción tan honda del autor húngaro de la sensibilidad femenina,  un escritor que, en la constante amorosa de su prosa sensualista, rinde siempre homenaje a las mujeres.

Herido de la Primera Guerra Mundial /
Edición de Ernest Junger

 Una de sus novelas más célebres es Ket Fogoly, traducida como El cuerpo del alma, y donde encontramos la estrujante realidad que vivieron millones de hombres y mujeres durante la Primera Guerra Mundial, en la que el escritor participó.
  Más que en los registros propiamente históricos la vida humana encuentra su trascendencia en la experiencia que se transmite en el arte, en este caso, la novela, cuya esencia es la recreación de las intimidades rotas por los acontecimientos sociales, por la movilización los ejércitos dirigidos por imperios confrontados que arrastran a millones de seres hacia las matanzas y los asesinatos.
   La Primera Guerra Mundial (1913), que se engarza con la revolución soviética (1917), es uno de los mayores cataclismos de la humanidad que requería, para ser fijada, narradores tan poderosos como las mismas fuerzas en conflicto. La guerra, que siempre ha acompañado a los hombres, con la industrialización de las sociedades y la tecnología moderna aplicada a las armas, deja una estela inédita de víctimas mortales (más de 30 millones), y masas hambrientas y depauperadas, miles de huérfanos, viudas, mutilados y familias que muchas veces nunca volverían a reunirse. 
  Sin embargo, los datos numéricos, las fronteras trastocadas, los nuevos regímenes salidos de las batallas, en fin, los saldos históricos, son solamente el  resultado de una generalidad que para nosotros, los habitantes del siglo XXI, sin el fondo de la literatura, son datos solamente… pero, ¿qué sucedió en el alma de esas personas que tuvieron la mal fortuna de vivir en Austria, Alemania, Hungría, Rusia…en esos años aciagos...? En el cuerpo del alma sucedió lo mismo que en el cuerpo fisiológico, como en el rostro de Juanito, amigo de Miett, quien regresa así del frente: Ofrecía un espectáculo raro y horripilante. Le faltaba una mitad de la cara. En el lugar de la sien y de la mejilla, sólo había un espantoso y hondo agujero. Aquel agujero empezaba arriba, en la frente, pasando por todo el rostro, hasta la mandíbula rota. Sobre aquel hoyo de la cara, se extendía una piel rosada muy fina, que recordaba el color de la carne cruda, y aquella piel como membrana era lisa y brillante, como si la hubiesen lustrado con pasta y gamuza. De aquel hoyo había desaparecido el menor recuerdo de un rostro humano. El hueco del ojo aparecía vacío, y rodeado de un anillo de carne, húmedo, sin pelos, dolorosamente encarnado.
   Para los novelistas lo sucedido en el amanecer del siglo XX impuso una responsabilidad, sobre todo y ante todo, moral. ¿Cómo decirle a las generaciones venideras lo que estaban viviendo los jóvenes de su tiempo? Los jóvenes, porque estamos hablando desde la generación del amor. ¿Cómo reflejar el odio y la matanza si no en el amor y el deseo destruidos?  Lajos Zilahy toma una decisión: hablar desde la belleza y la virtud de una mujer (Miett) y un hombre (Pedro). La guerra cae como una guillotina sobre esta pareja de recién casados. A él lo hacen prisionero y ella se consume en una espera donde la esperanza se va apagando después de siete años de cautiverio y separación. Melgoszky, el caballero de la corte húngara y con labores diplomáticas en la guerra, que admira a esa hermosa joven solitaria lo define bien: Vea, usted es prisionera como su marido. También usted tiene deseos y aspiraciones a los que acaso no pueda ni dar nombre.  Yo no sé cuál de ambos cautiverios es más duro y más penoso. A él le tienen encerrado en una barraca, y le custodian con bayonetas. Pero usted, usted ha tenido que ir construyendo en torno suyo con sus propias fuerzas la barraca y las bayonetas amenazadoras. Allí la vida se ha convertido en monótona, sofocante, adormecida. Allí las jornadas se sumergen en una extraña indiferencia bárbara; pero usted vive aquí, en esta maravillosa ciudad ebria, donde hasta las piedras cantan, donde la fiebre de la vida se infiltra por las paredes y por los muros, y todo cuanto usted ve en torno suyo excita, emociona, tortura…
   Los escenarios de Lajos Zilahy no son los de los campos de batalla sino las alcobas, el lecho del prisionero, la desolación desde donde recuerda con el dolor de la nostalgia esta imagen, de su estancia con Miett en el lago de Balaton: Estaban solos con el cielo, la calma y el inmenso lago. Miett se levantó y, con indolente ademán, se quitó el albornoz que se había calentado por el sol y se quedó desnuda. Agarrándose con una mano en el mástil, soltó el moño y sacudió las trenzas de color dorado, como si fueran un peso molesto. Con los cabellos desatados y con el agua infinita color verde en el fondo, parecía allí en la proa de la barca, una niña esbelta ypelirroja. Extendió su cabellera sobre sus hombros, con movimientos tranquilos, abriendo ante Pedro su desnudez con una impudicia consciente.
Es el deseo fracturado la imagen más fiel de la guerra, es la visión del médico Varga, quien le dice a Miett: Yo no veo ahora más que a un hermosísimo cuerpo de mujer, que hace su aparición sobre un montón de cuerpos mutilados y convulsos, una mujer en la gloria del amor y de la salud.
Es la historia de una correspondencia  atrasada y censurada por la guerra, cartas abiertas que tardan hasta dos años en llegar, al punto que Miett  leyó dos veces el final de la carta, pero entonces ya cada palabra caía muerta en su corazón.
Esta separación atrae a otro hombre (Melgoszky) para Miett y otra mujer (Zinachka) para Pedro. Miett siente que la interioridad más secreta e inédita de su yo, había nacido bajo la insistencia de su mirada .Cuando la joven conoce al diplomático Melgoszky faltaba muy poco para que se desahogara en un grito de espanto toda aquella inseguridad e impaciencia, la sensación de torturante abandono y el ávido deseo femenino que había venido acumulándose en ella. Así que al verlo en aquella fiesta de sociedad a la que fue invitada  sintió que el palpitar violento del corazón le repercutía por todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los talones. Notó que se ponía pálida como la cera, y que todas las fuerzas la abandonaban.  Por eso apresurábase a huir con sus pensamientos ante aquella mirada, como si hubiera en aquellos ojos oscuros, tan penetrantes, cierta fuerza de hechizo, y el misterio del placer y el pecado. Por su parte, Pedro pensó en Zinachka, y el aroma de romero de su cuartito. Vio ante sí la cabellera negra y brillante de la muchacha, sus grandes ojos que sabían mirarle con tanta atención, y se imaginó las suaves líneas de los hombros, ocultos por el grueso corpiño color cerezo, acurrucada en el sillón, inquieta. Zinachka siempre miraba a Pedro como a un ser en quien habitase algo sobrehumano, como alguien purificado y exaltado por tantos sentimientos, un mensajero cariñoso y suave, pero, sin embargo, provisto de una fuerza demoniaca.
Lajos Zilahy nos ofrece una narración de la fuerza amorosa que la separación forzada  apaga. Es el cuerpo del alma unificada de los sexos (el matrimonio por vocación y convencimiento) que es desgarrada por condiciones externas y donde el enlace espiritual brilla hasta el último momento cuando, al terminar la guerra, Pedro decide desaparecer para su sociedad, quedándose en Tobolsk al lado de una mujer rusa, (pues sufrió la instigación de una carta anónima que acusaba a Miett de serle infiel con Melgoszky) y Miett, quien estaba decidida a separarse de este amor fulgurante una vez que se anuncia el regreso a Hungría de los prisioneros, se casa con este hombre que la ama.
   El novelista, por una vez, levanta la mirada sobre el territorio donde viven sus personajes y nos ofrece la visión que nos interesa compartir con nuestros lectores, pues es una prueba de cómo la novela, si bien está fincada en la singularidad como única opción luminosa de lo humano, tiene la impecable destreza de sintetizar en pocas palabras un holocausto. (L.L.)

*Éva Cserháti. La presencia de las letras húngaras en España. De Kubala a Kertész . Más de cien años de traducción de la literatura húngara en España. (1887-2007). En www.lho.es

 

Fotografía
Albert G. Zimmermen / 1898

 

Los presos de Tobolsk recibían de todas partes noticias de los demás campos de prisioneros que se habían transformado en los más sombríos lugares de la vida humana. Desde que estalló la Revolución, desapareció de golpe y porrazo el té, el azúcar y el agua hirviendo que durante la época zarista aún mantenían en ellos el ánimo. Especialmente en los campos rodeados de espino artificial, en el Este, el tifus exantemático, el cólera, el paludismo y el escorbuto, hacía tremendos estragos entre los reclusos. El rancho del Zar, el pan negro, la sopa de coles, las gachas de harina de maíz y el pescado salado, vivían en su memoria como un pálido recuerdo de felicidad, pues desde la Revolución sólo les daban de comer carne de camello, de gato, de perro y pescado podrido. Aquellos platos asquerosos despedían un hedor insoportable. El aburrimiento del invierno, la podredumbre moral de las masas humanas encerradas, la inhumanidad de las Comandancias en los campos y del personal de vigilancia, el hambre, el hielo, la apatía, la añoranza y la desesperación, sumían a los prisioneros, por un lado, en una completa parálisis moral, y por el otro, en la locura de la más completa desesperación. Todo dependía de que se tuviera el alma fuerte o débil, tal como Dios la hubiera plantado en su tiempo. Se contaba con muchos millares lo que, dejándose vencer por la insoportable presión  del hambre, se habían pasado a los rojos. Desde luego, había también muchos que llevaban consigo el deseo de matar desde el mismo regazo materno, con sed de sangre. Para éstos, amanecían ahora tiempos nunca soñados, pues podían hundir sus manos en la sangre como el niño en el agua del arroyo. Desde que en Moscú se habían constituido los consejos de los soldados, y los mujiks afluían por centenares de miles del frente, incendiaban por doquier los castillos, las granjas agrícolas, y quien quería matar y asesinar, podía escoger a su gusto entre la burguesía de las regiones pequeño-rusas.
Las barracas semioscuras, las casas improvisadas y los campos de prisioneros, por encima de los cuales silbaban los helados vientos siberianos, iban absorbiendo poco a poco las promesas de una revolución mundial. Según un dicho de Siberia, los comisarios soviéticos del pueblo debían su imperio a las bayonetas húngaras, a las bocas de los judíos y a la tontería de los rusos.
De los bajos fondos de los campos de prisioneros, salían por manadas los soldados húngaros, con el alma deshumanizada y bárbara. Entraron en la guerra rusa bajo las banderas rojas, aunque ni lejanamente comprendían los objetivos de la Revolución. Cuando empuñaron las armas, lo hicieron con un gesto de la más ilimitada y fatalista desesperación. Les era igual dónde luchaban, por qué y contra quién.
Hubo entonces tropas húngaras que cada mes cambiaban de bandera, combatiendo alternativamente con los blancos y con los rojos, y sucedió muchas veces, que eran húngaras las tropas que combatían en ambos bandos. Desde luego, aquello era preferible a trabajar en la  provincia de Arkángelsk, en la construcción del ferrocarril de Murmansk, en donde los prisioneros solían morir hasta el último hombre por las exhalaciones pantanosas del terreno, y siempre era preciso llevar otros nuevos.
   Tenían que trabajar con un frío de 40 grados bajo cero. Un húsar húngaro apellidado Búcki logró escaparse de allí y volver a Tobolsk. Entró por casualidad por la puerta del “Hotel de la Miseria”, pues los recordaba de los tiempos viejos. Explicaba que obligaban a trabajar incluso a aquellos que tenían las piernas heladas, no siendo ya más que meros esqueletos.

Fotografía
Anónimo

   Fue el mismo Búcki quien les trajo la noticia de que Yurovsky, el Gorila, el cual desapareció del “Hotel de la Miseria” en los primeros días de la Revolución, en compañía de un compinche llamado Nikúlich, había asesinado en Yekaterinburgo, en los sótanos de la torre del ingeniero de minas Ipatiev a toda la familia del Zar. Los cadáveres fueron descuartizados, rociados con petróleo y quemados en el bosque. Desde luego, era imposible comprobar la veracidad de todos los rumores que circulaban.
   A veces, cuando se paseaban por las calles de Tobolsk, dirigían la palabra a algún prisionero fugado, y todos les relataban horrores espeluznantes. En los trabajos de despoblación forestal de Ishewsk, se pegaba a los prisioneros como si fueran esclavos negros. Si alguien se atrevió a apelar a la superioridad, fue fríamente asesinado. En las cercanías de Nijni-Novgórod, los kónvoyes, embriagados con vodka, incendiaron la barraca de trescientos prisioneros húngaros dentro, colocando barricadas antelas puertas, para que no pudieran escapar. Ese manso pueblo ruso, que antaño se llamaba “la vela de Dios”, se hallaba poseído por una espeluznante locura. En Omsk, los prisioneros mutilados morían de hambre, con las mandíbulas arrancadas y los dientes caídos, pues nadie les llevaba víveres. Cuando unas viejas campesinas se proponían llevarles algún mendrugo de pan, por caridad, los guardias las obligaban a retroceder a culatazos y golpes de nagaika. El griterío de los moribundos, los alaridos de dolor, las maldiciones se transformaban en un aullido tan bestial, que cayeron en la más frenética locura, incluso aquéllos que aún habían conservado la luz de la conciencia. Cuando alguien moría, el vecino más próximo le quitaba el vestido. Un teniente que había pasado uno de aquellos días por el “Hotel de la Miseria”, les explicó que tres cuartas partes de los prisioneros de Vovo-Nikoliesk, habían perecido durante el último invierno. Hubo ocasiones en las que veinte milo cadáveres yacían insepultos en un montón, durante todo el período de hielo, y cuando empezó a deshelar, ordenóse, sin excepción, a todos los habitantes de la ciudad que fuesen a cavar tumbas, para evitar que se declarase la peste. Una vez instaurado el comunismo, quedaron prohibidas una tras otra las empresas de industria  doméstica de los prisioneros de guerra, que les solían asegurar considerables ingresos. En su gran miseria, los prisioneros veíanse obligados a vender sus vestidos, para conseguir víveres. Muchos millares de ellos pasaron indecible miseria durante todo el invierno, sin abrigos, con harapientos trajes de verano, con alpargatas fabricadas de trapos viejos.
   De los soldados, sólo ponían en libertad a aquellos que prometían solemnemente ayudar al exterminio de los burgueses. A los oficiales no los soltaban, porque temían que una vez libres promovieran otra guerra.
***
“El bolchevismo es el cadáver de la guerra…” inscribía a la sazón en su Diario íntimo y secreto Merejkovski, el cual pasaba hambre y frío en un minúsculo cuartito de Petrogrado. Aquel inmenso cadáver iba pudriéndose y con su hedor de podredumbre llenaba toda la extensión de Rusia. Aquella calavera inmensa vertía veneno cadavérico sobre la vida, la moral, la religión y sobre todo los valores humanos.
   Era una idea tremenda, inventada por los judíos atormentados y oprimidos, realizada por los tártaros de mejillas salientes y sufrida por los eslavos mansos y rubios.
   Como un horripilante astro sexagonal, la idea diabólica había brotado en el cerebro de Lenin, con su cara de sátiro, que también era de origen tártaro. Como el demonio de la voluntad y de la transmisión de la energía personal, erguíase iluminado por proyectores, encima de las masas enloquecidas, extendía el brazo y decía: “¡Matad a vuestros hermanos!”
   Y ellos mataban.
   Primero destruyeron la religión. Aquella ortodoxia oriental, que era la única fuerza para sostenerlo todo, la quitaron a culatazos del cuerpo de Rusia, como los aros de hierro de un barril gigantesco. Entre los diques derrumbados, extendíase, como el alcohol ardiendo, la locura judía, la sed de sangre mongólica, y el histerismo del alma rusa gravemente enferma.
   De repente,  surgió reproducido en millones de copias, el lacayo Smirdiakov, que, hasta entonces, sólo había vivido en la enfermiza imaginación de Dostoievski, y que sólo tenía una ciencia cierta: la inexistencia de Dios.
   Fuera, en los frentes, en las trincheras, los soldados asesinaron a sus oficiales, y regresaron a sus casas. En el interior, todo estaba ardiendo en llamas. El rostro suave y atormentado de la soñadora Rusia quedó transfigurado de repente: se asomó a él aquella otra alma rusa que, antaño, Iván el Terrible había arrastrado consigo.
   En efecto, los rusos tienen dos almas distintas. El alma rusa está cansada; bosteza, como si hallase siempre narcotizada; le complace la música, le gusta postrarse ante las imágenes sacras; escucha en su fuero interno el musitar de las supersticiones; es capaz de sumirse en el aburrimiento inmóvil de las casas solariegas de provincias y de los largos inviernos, cual un cadáver en un tranquilo estanque; mas si una vez se propone algún objetivo vital, queda transfigurada en el acto. El estudiante hambriento que lleva pantalones agujereados, quiere redimir el universo. La pálida hija del Gobernador, que hasta ahora venía estudiando con aplicación los verbos irregulares del idioma francés, se hace cortar el pelo, sus ojos desorbitados se llenan con la gloria de la Idea, y lanzará bombas. El humilde mujik, que venía meciendo soñoliento la cuna del hijito del amo, cambia de expresión y se metamorfosea en fiera. Despelleja la mano viva de un hombre, como si fuera un horrendo guante rojo. Los rusos, santos y fanáticos, se hacen revolucionarios.

En las honduras de las infinitas estepas rusas, en las aldeas olvidadas y en las yurtas cubiertas de pieles de animales, más de un millón de seres humanos vivía en una civilización que se había estancado en los tiempos de las invasiones tártaras, y todos salieron entonces de sus escondrijos.

 

 

Ciclo Literario.