Viaje a Lucerna

Marie Claire Figueroa*


Después de tres meses repletos de actividades al aire libre, llegó octubre y con él comenzó a instalarse el frío. Tan pronto se ocultaba el sol detrás del monte, la sombra invadía el valle y sentía un escalofrío recorrer mi cuerpo. De pronto extrañé a mis padres y a mis hermanos, anhelé ocupar de nuevo mi lugar en el nido familiar. Había salido de París desde finales de junio, una eternidad… Pero la perspectiva de festejar mi cumpleaños junto con el de mi tío menguaba mi nostalgia. Se acercaba el día 21 y sólo pensaba en pasteles y regalos. Algo mucho más importante, sin embargo, iba a suceder antes, algo que iba a cambiar los planes de cada uno de nosotros.
En Francia, la situación seguía crítica en muchos aspectos; si bien el país estaba liberado, los estragos de la guerra no podían borrarse de la noche a la mañana: ciudades y pueblos reducidos a cenizas, prisioneros de regreso sin trabajo y con necesidad de reinsertarse a la vida familiar y social, familias enteras amputadas de un pariente o más, escasez de alimentos, la lista no tenía fin… Una noche, desde mi cama en la que daba vueltas y vueltas sin poder conciliar el sueño, escuché una discusión en el cuarto de mis tíos. No le presté mucha atención al principio, pero algunas palabras llegaban a mis oídos: Cruz Roja, Suiza, y sobre todo mi nombre repetido varias veces. Tal vez, pensé, esto tiene que ver con la visita de una señora en la mañana misma. Me venció el sueño.

Fotografía
Louis Clergeau /1902

Al día siguiente, al sentarme a la mesa del desayuno, una rápida mirada a mi tía Alice me dio la impresión que había llorado. Mi tío René carraspeó y con mucha pompa anunció que la Cruz roja de Belfort iba a enviar un convoy de niños a Basilea bajo el cuidado de un personal competente; de allá, otro tren, esa vez de la Cruz roja suiza,   los repartiría en varios pueblos y ciudades del país. Al parecer, muchas familias deseaban acoger a niños franceses para evitarles las carencias que todavía privaban después del desembarco y los duros acontecimientos acaecidos a la postre, sin contar la incertidumbre del porvenir. La alegría me sumergió: ¡mi primer viaje al extranjero bien valía todos los regalos del mundo y aun el más sabroso de los pasteles! Empecé a aplaudir con alegría cuando me percaté de la cara de mis primos:
— ¿Qué no están contentos de conocer un país nuevo?, les pregunté.
La jeta de Michel claramente transmitía un “no” rotundo. Dadette irrumpió en llantos. Pierre no entendía bien a bien de qué se trataba, pero era evidente que esto no lo concernía. Sin reparar en ello, se volvió hacia mí el tío René y, con el mismo tono enfático con el que había comenzado, prosiguió:
— Pero tú, Marie-Claire, por supuesto, te quedarás con nosotros.
¿Por qué “por supuesto”? Mis ojos se llenaron de lágrimas ante tal injusticia. Sin inmutarse, implacable, continuó:
— No podemos tomar la responsabilidad de mandarte sin el consentimiento de tus padres. Como no hay comunicaciones entre Belfort y París, es imposible preguntarles si están de acuerdo. ¡No irás!
Era urgente valerme de todos los argumentos que me venían a la mente porque, al cometer este acto desprovisto de equidad, me iban a privar de las ventajas de las que disfrutarían sin duda mis primos: buena alimentación, ropa calientita, paisajes nuevos; no sé de qué otros me hice para vencer los escrúpulos de mis tíos. Fui capaz, sin duda, de haberles hecho vislumbrar la posibilidad de nuevos bombardeos y su responsabilidad ante mis padres si me pasara algo. Al final, solté una razón de peso: durante ese largo viaje, cuidaría de mi primita de cinco años.
Gané y así sucedió. En el tren, mis primos no se me despegaban, sobre todo Dadette que no paraba de llorar. La edad de los niños oscilaba entre los cinco y catorce años. Algunos se agitaban, muy excitados por la idea de irse al encuentro de la novedad. Otros ya extrañaban a sus padres y su casa. Las enfermeras en uniforme, con su amplia capa azul marino, sentaban a unos, sacaban un pañuelo para sonar a otros y secar sus lágrimas; a mí, el sabor de la libertad o por lo menos, lo que juzgaba como tal, se reflejaba seguramente en mi cara, porque me sonreían al pasar a mi lado en sus repetidos recorridos por el pasillo.
En Basilea, recibimos una torta y un vaso de leche; luego nos instalaron para dormir, con todo y ropa, en el gran hall de una escuela, retacado de gavillas de paja. Cuando se les pidió que se acostaran para dormir, los niños obedecieron sin chistar. El viaje había sido cansado, las emociones numerosas. Se apagaron los últimos cuchicheos y pronto cayó el silencio. En cambio, el despertar fue muy ruidoso: llantos de la víspera todavía no sosegados, risas de los que se miraban los unos a los otros, las cabezas greñudas y el cabello entremezclado con pajillas, gritos y empujones de niños levantados de mal humor. El alboroto subía al techo, retumbaba en las paredes y provocaba una barahúnda tal que uno de los dirigentes se hizo de una campana para obtener un poco de silencio e indicar los lavabos en donde debíamos asearnos. Todos empezamos por quitarnos el rastrojo de la cabeza; miré las trenzas de Dadette, ¿iba yo o no deshacérselas para luego volver a trenzarle el cabello, o sólo alisaría los mechones rebeldes? Opté por la segunda solución. Lo mismo iba a hacer con las mías. En París Maman me las destrenzaba una sola vez a la semana para lavarme el pelo. Es cierto que nunca había sido sometido a tan rudo trato y temí los gritos de mi prima si se lo jalara demasiado fuerte.
Luego de pasarnos el chorro de agua sobre la cara y las manos, comimos un somero desayuno. Nos alinearon después de dos en dos, en filas dirigidas cada una por una enfermera para salir a la calle y alcanzar la otra estación. Michel, quien había estado muy tranquilo desde la partida de Belfort, nos seguía tomando de la mano a un chiquillo más pequeño que él.
Caminamos por la ciudad, estirando largas filas a lo largo del Rhin que divide Basilea en dos sectores. La zona industrial y el puerto constituyen la ribera derecha; en la izquierda se encuentra el centro comercial y cultural. Por ésta pasamos, pero en lugar de admirar la catedral gótica del siglo catorce o el Palacio municipal del dieciséis, nos quedamos deslumbrados por los escaparates de las dulcerías que lucían papeles rojos, oro y plata. Nuestros ojos extasiados devoraban estas maravillas que algunos de nosotros no había probado jamás; las caritas parecían reflejar las delicias del paraíso. Nunca habíamos visto espectáculo tan fascinante: cajas abiertas de todas formas y tamaños, de las más chiquitas en forma de corazón hasta unas grandotas, que ostentaban chocolates envueltos de mil colores. La mayor parte de los niños, nacidos poco tiempo antes de la guerra venían de familias de escasos recursos en donde, excepto el chocolate en polvo corriente,  lo demás era un lujo inalcanzable. De todos modos, hacía mucho que había desaparecido de las vitrinas francesas.
Las filas se paraban, se separaban, se desmoronaban, cuales serpientes despedazadas; les dábamos mucho trabajo a las “maestras”, como las llamábamos, quienes tenían que recorrerlas para “arrearnos”, alejándonos de los escaparates. Al fin se perfiló la fachada de la estación. En los andenes hubo un cambio de enfermeras con el mismo uniforme, pero con caras austeras y modales más estrictos.
Lucerna, nuestro destino, se encontraba a escasas horas de Basilea. Allá nos juntaron de nuevo en una escuela, en donde las familias huéspedes nos iban a recoger. Primera frustración, me separaron de mis primos a quienes dirigieron hacia un pueblo aledaño, en familias de campesinos. Nuevo episodio de lágrimas de Dadette a las que agregué las mías: los tres habíamos esperado vivir juntos o, por lo menos, en la misma localidad. La pequeña se aferraba a mi falda, pero no hubo modo de convencer a las autoridades. No llevábamos el mismo apellido (el segundo de ellos era idéntico al mío, pero no se usa en Francia), las listas habían sido establecidas con anterioridad y no se podían modificar.
Así que me despedí de Michel y de Dadette a quienes no iba a ver hasta dos años después. Mi segunda decepción, también de importancia, me deprimió al instante. Frau Meyer, al llevarme a su casa, no dejaba de platicarme en un francés champurrado —el cantón de Lucerna pertenece a la región de la Suiza alemana en donde se habla el “schwitzdeutsch”, me imagino que le costaba trabajo recordar el francés  estudiado en la escuela, años atrás—  y en su prolija conversación, me señaló que, en casa, tenía a trois gars, es decir a tres muchachos, “quienes estaban muy contentos de conocerme pronto”. Me precisó la edad de cada uno: 8, 10 y 14 años; yo iba a compartir la habitación del mayor. De inmediato se me presentaron a la mente los horribles hijos del Director de la refinería de Port-Jerôme y sus fiestecitas infantiles con fantasmas que arrastraban cadenas. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo y empecé a extrañar padres, hermanos, tíos y primos. El sabor de la libertad se me había amargado.

Fotografía
David Seymour / 1948

Poco tiempo duró mi angustia. Ya en casa, me presentó a sus tres hijas, Helen, Angelika y Janny. Frau Meyer sólo había equivocado el género de su progenitura. Herr Meyer trabajaba en un banco: de cincuenta años aproximadamente, el rostro anguloso con  un bigotito sal y pimienta, el cabello escaso, no hablaba mucho; sin embargo, era muy amable. Frau Meyer, de cara redonda y rojiza como una manzana, tenía el pelo gris, recogido en un chongo algo suelto que le confería una apariencia dulce. Las tres niñas me miraban con caras sonrientes, sobre todo la chiquita quien se notaba abierta, alegre; siempre quiso compartir sus juegos y juguetes conmigo, nos entendíamos muy bien a pesar de la diferencia de edad y de idioma. Tenía el pelo corto; sus hermanas trenzaban el suyo, Helen sobre la cabeza, Angelika con dos trenzas castañas sueltas, jaladas hacia atrás. Esta última rara vez sonreía, severa hacia ella y hacia los demás. Durante horas estudiaba violín; cuando yo hacía ruido, me lanzaba una mirada tal que, si sus ojos hubieran sido pistolas, habría caído muerta en el instante. Refunfuñaba mucho y me regañaba por todo: no sabía persignarme, no comía de manera correcta, hablaba mal el suizo-alemán —lo contrario hubiera sido milagroso—, etc. Y eso me exasperaba cuanto más ella tenía un año menos que yo.
Con Helen compartía su cuarto. No me tenía mala voluntad, sino que su sentido del orden no toleraba el menor desarreglo: un lugar para cada cosa y una cosa para cada lugar, lo que no va para nada conmigo. No soy especialmente ordenada ni silenciosa, así que la vida no se me hacía tan fácil y no me sentía muy a mis anchas. Me volví torpe y recuerdo varios incidentes realmente vergonzosos. El primero, al principio de mi estancia, hizo llorar a Frau Meyer, mientras aspiraba la alfombra del vestíbulo. Diario Helen y yo nos aseábamos en una jofaina de cerámica colocada encima de un pequeño mueble de nuestro cuarto. La llenábamos con una jarra grande y, al terminar, teníamos que ir a vaciarla en el lavabo del cuarto de baño de los papás. Será porque me pesaba mucho o por falta de destreza, el caso es que, una mañana, al momento de inclinarla, se me resbaló y la tina chocó con el borde del lavabo que se fisuró. Me dio mucha lástima escuchar los suspiros y ver las lágrimas de Frau Meyer; se puso en un estado de nervios espantoso mientras seguía pasando la aspiradora por toda la casa. Hablaba sola en suizoalemán y me sentía más afligida todavía sin poder entender lo que decía. Tal parecía que tuviera miedo de lo que iba a decir su esposo, pero Herr Meyer no era tan terrible y no hizo ningún comentario. En cambio, Angelika no me dirigió la palabra en todo el día. Dos años más tarde, cuando regresé de vacaciones, el lavabo me saludó irónicamente desde su costado estrellado.
Otro incidente fue mucho más penoso. Si bien no me sentía verdaderamente responsable del primero, el segundo fue producto de mi desacato y por mucho tiempo me abochornó la evocación del asunto. Cada noche, hacíamos nuestras tareas sentadas a la mesa del comedor. Me habían inscrito en una escuelita improvisada para los niños franceses refugiados. El puño de alumnos reunidos tenía un nivel tan diferente que nuestros progresos eran casi nulos. Nos ayudaba a pasar el tiempo, pero a los de secundaria, nos parecía demasiado fácil y estábamos más atentos a los errores de francés del maestro que a sus enseñanzas. Por supuesto nada de latín ni de inglés. Sin embargo, no puedo clasificar ese periodo de estéril, puesto que un primer viaje al extranjero tiene sentido para una niña de once años.
Las hijas Meyer eran muy estudiosas. Helen había trabajado sobre un dibujo a tinta china durante varios días y esa noche lo terminó. Todavía me acuerdo como si estuviera allí: con orgullo lo enseña a sus hermanas. Gritos de admiración. Se despierta mi curiosidad. Desde el otro lado de la mesa, pido ver el cuaderno. Helen se lo da a Angelika, quien se lo pasa a Janny y ésta me lo entrega. ¡Una hermosura de diseño geométrico trazado con pluma extremadamente fina! Lo admiro sin reserva; luce tan hermoso como una fina telaraña en el amanecer; me quedo un buen rato en éxtasis ante las rayas impecablemente rectas —la tinta no se había corrido para ningún lado— el trazado era elegante; luego, sintiendo la impaciencia de su autora, decido regresárselo. En lugar de levantarme para dárselo personalmente o hacerlo pasar por el mismo camino de ida, desde mi silla lo lanzo a través de la mesa. Aterriza encima del tintero todavía abierto; la obra perfecta se vuelve charco… En ese infausto momento, deseé con todas mis fuerzas que la tierra se abriera y me tragara de inmediato. Lo peor es que esto ni me sirvió de lección. Décadas después, en San Jerónimo, mi mejor placer era el de lanzar las tortillas recién calentadas en el comal, desde la puerta de la cocina a la mesa del comedor. De paso, con el calor, se agujeraba el mantel cuando éste era de tela sintética. Si no le atinaba, se reían los hijos y el marido se enfurecía. Esa vez las tres hijas, solidarias, me impusieron la ley del hielo por algún tiempo.

*Memorias de Guerra de una niña (Capítulo XVIII primera parte)

 

 

Ciclo Literario.