Frigyes Karinthy
La honra del escritor

Nota y traducción Susana Wald


 

En la larga vida que como privilegio me toca vivir he podido experimentar en mí misma y en mi entorno cambios fundamentales en las ideas y en la visión del mundo. Pocas veces consideramos desde alguna perspectiva la enormidad de estos cambios y la importancia que tiene el tiempo de transición en que vivimos. Me refiero a los cambios que se han logrado en cuanto a la visión del rol de la mujer en la sociedad. Un momento de esta perspectiva me la brinda la lectura del famoso artículo de Frigyes (Federico) Karinthy (1887-1938), cuyos libros he leído en mi juventud con gran fruición; sus escritos me encantaban por su chispeante prosa, su mofa de la autoridad y por su penetrante humor. Hojeando recientemente un librito que reúne algunos de sus artículos me llamó la atención su visión del papel del género en la literatura. Durante las cuatro generaciones que van desde mi abuela hasta mi nieta estos conceptos han cambiado por completo, pero creo que no hay que echar al olvido lo que predominaba antes, porque si olvidamos lo que significa el cambio (que aún está en un periodo de fragilidad) podemos perder de vista su importancia.

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Mok Századfordulón

El artículo que comento fue publicado en 1928, diecinueve años después de que Selma Lagerlöf, la escritora sueca, ganara el Premio Nóbel de Literatura. Este hecho no avanzó mucho la causa de la participación de las mujeres, más bien fue relegado a “excepción que justifica la regla” en cuanto al predominio de los varones en las tareas literarias. Sin embargo creo de interés comentarlo porque en otros planos da una visión del pensamiento de este escritor húngaro cuya lucha incansable por ideales elevados era ejemplar.
Lo que Karinthy establece subliminalmente es que la literatura es cosa de varones. Ahora sabemos que no lo es, nunca lo ha sido (ejemplo de lo cual son los textos de Enjeduana cuya obra data de hace cuatro mil cuatrocientos años), pero en el largo periodo de cuatro milenios en que se ha afianzado el patriarcado se ha enraizado la idea que refleja el texto.
Frigyes Karinthy, mejor conocido como satírico, fue poeta, traductor, novelista, dramaturgo y ensayista. En la modalidad centroeuropea de la época, ha escrito para el teatro y el cabaret. A sus quince años una revista popular publicó, por entregas, su primera novela. Autor admirado por un público ejemplarmente lector y conocedor de sus escritores, como es el húngaro, tuvo mucho éxito con sus libros cuyas ediciones bien podían agotarse en dos o tres días. Uno de estos, Így irtok ti (Así escriben ustedes), se hizo muy popular, dada la extraordinaria habilidad con que podía asumir la personalidad y el estilo de sus contemporáneos. Hay autores que reconocen haber leído textos de Karinthy imitando a poetas, como por ejemplo Endre Ady, antes de sus originales.
En el tiempo en que escribía Karinthy eran ya conocidos los textos de Sigmund Freud, pero otros, los que nos dan luces sobre la psicología profunda femenina, todavía no estaban en el dominio público. Según la psicología de C.G. Jung la fuente de la creatividad masculina es su anima femenina, mientras que la de la creatividad en las mujeres surge de su animus, su contraparte masculina. Partiendo de estos descubrimientos —muy ampliados en los últimos cuarenta años—, ya tenemos conciencia de que algunas características de estos postulados nos hacen contemplar la creación literaria en una luz diferente de la que expresa el texto netamente patriarcal de Karinthy. El artículo La honra del escritor, es también el título de un libro que para 1962 ya había sido publicado en húngaro en treinta y cinco ocasiones.
En castellano se puede interpretar el género en la palabra “escritor”, porque existe la forma femenina: “escritora”. En húngaro “író” es más similar a la situación de las palabras de nuestra lengua como “carpintero” o “albañil” para las cuales no hay una inmediata solución feminizante. Por ello el título ya implica que Karinthy habla de varones.
Otro elemento que es aparente en la diferencia entre las dos lenguas es que lo que se traduce al castellano como humano, la palabra “emberi”, procede de la palabra “ember”, que significa “hombre”, que con el sufijo “i” queda en significar “del hombre”, es decir humano (palabra cuya etimología se nos olvida con facilidad). Asoma ya aquí la tesis que luego desarrolla el autor, en el sentido de que la obra del espíritu es cosa de hombres, es decir, varones. Este es un concepto que está completamente arraigado en la cultura judeo-greco-cristiana, que ha apropiado para los varones ciertas funciones dentro de la sociedad, queriendo apartar de ellas a mujeres cuyas actividades relegaba a parámetros restringidos. Este tipo de conceptos, expresados en las palabras, existen también en castellano y también denotan una clara separación de lo que atañe a lo masculino, pero no a lo femenino. Transparentan ideas de jerarquización propias del patriarcado.
Se dan ejemplos a la inversa. Al mencionar la concepción y el dar a luz, Karinthy está hablando de funciones que en el patriarcado se consideran exclusivas de mujeres. Al aplicar estas funciones aunque fuera metafóricamente a los escritores, Karinthy se siente aludido como mujer, por lo que necesita inmediatamente ponerse a la defensiva, dado que para él, y para su época, la mujer y sus funciones asignadas no son “espirituales” y se consideran, por lo mismo, inferiores.
Karinthy, como ya mencionaba, vive en un periodo anterior a la publicación de los descubrimientos junguianos. Los mismos puntos que alejaron a Jung de Freud y viceversa, aparecen aquí manifiestos. El varón debía afirmar su virilidad que a su vez debía excluir todo atisbo de feminidad, sobre todo en la sociedad en que la mujer se consideraba “el sexo débil”, la parte frágil, lo manifiestamente inferior en lo intelectual y en lo creativo. La mujer da a luz niños, y eso se percibía como una función inferior a la función de la creación literaria, espiritual, abstracta. Subyace a ello la idea de que lo corpóreo, lo material, lo carnal, es inferior a lo espiritual, y es por ello hasta cierto punto despreciable. Durante un largo periodo de dos milenios el cristianismo consideraba lo espiritual superior a lo carnal y todas las manifestaciones de esta segunda característica de nuestra condición de seres vivos, de seres humanos, se tendía a reprimir, considerándola sucia o pecaminosa.
Para realzar su tesis, Karinthy ofrece en su artículo “una conjetura divertida” en la que menciona un premio que se le ofrece al primer varón que pueda dar a luz una criatura humana. Aquí también se defiende la virilidad, al punto que en su mayor potencia se la expone al peligro máximo, demostrando así que incluso en el dado del más descabellado ridículo sólo la virilidad total puede sobreponerse al peligro feminizante.
Luego Karinthy insiste en que la creación y el gobierno son cosas exclusivas de varones. La mujer no sólo no puede crear, sino que está excluida de la posibilidad de dirigir y gobernar. No tiene capacidad para ello, porque es inferior. Sólo los superiores varones pueden crear y gobernar.
Más adelante nuestro autor menciona la necesidad que tienen los varones de lograr sacar adelante su obra para lo que deben adoptar conductas sociales cuyos elementos son del todos negativos, como la mentira, la adulación, la cobardía y el amedrentamiento que él adjudica a lo femenino, a conducta despreciable e inferior, ante la cual los varones conceden la cortesía y la indulgencia, como especie de limosna. Estos son conceptos con los que los padres educaban a sus hijos varones durante milenios. Está presente en muchas culturas. Menciona luego Karinthy que la mujer sí es valiente cuando defiende vidas impotentes e indefensas. Esta frase me recuerda el hecho de que en ciertas culturas mesoamericanas se concede un espacio especial de honra para los héroes que mueren en batallas y que las mujeres que pueden acceder a este espacio son las que mueren en el parto.

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Mok Századfordulón

Entremedio de notables párrafos del artículo de Karinthy sobre lo que considera tareas admirables, se filtra la idea de que hay trabajos aceptablemente varoniles para los cuerpos, es decir el cuerpo sí sirve de algo si se lo usa para fines que enaltecen el espíritu. El cuerpo es bueno si se usa para fines masculinos, fines que son heroicos incluso en su extensión y magnitud y para ello menciona la construcción de las catedrales. Lo que no ve Karinthy es que las catedrales se construyeron, en su enorme mayoría, para la honra de una imagen femenina, la de la Virgen María, una imagen de madre, una imagen para elevar el concepto de que la maternidad, cosa espiritual para cuya exaltación todo esfuerzo se hace poco, esfuerzo que precisa de generaciones de adeptos y adoradores. Karinthy fue también masón, razón por la cual exalta la labor de los ancestros de la sociedad de constructores.
En su texto Karinthy reclamaba principalmente una autonomía para los escritores; esta autonomía es sin duda algo muy necesario y posiblemente al tocar este punto fue cuando Karinthy alcanzó a señalar el concepto con el que durante decenios se ha sostenido la popularidad de este artículo.
Además de la autonomía Karinthy menciona el concepto de honra, de honor, tan caro para todos los sistemas jerárquicos y patriarcales; al hablar de la honra escribe frases que manifiestan su temor de que de varón fuera a quedar degradado a mujer. Porque la honra de la que él se siente aludido es cosa de varones, es propiedad varonil. A pesar de ello Karinthy considera que se debe honrar a la mujer, parar protegerla porque es un ser inferior, débil, y vulnerable y manifiesta en sus palabras que considera que los artistas son también vulnerables. Este es otro punto que es verídico en el texto y es también un elemento que hace que el artículo haya podido mantener su vigencia durante tanto tiempo. Ello sobre todo si se recuerda que en las persecuciones tanto por parte de los fascistas y los nazis, como de los comunistas, los escritores, los artistas, han sido atacados, excluidos, asesinados, mandados a trabajo forzado y a campos de exterminio. Este último aspecto es la sombra que prima en el ánimo del escritor.
Deben pasar cuatro decenios después de la muerte de Karinthy para que el feminismo comience a atacar el aplastante yugo que mantuvo paralizada la fuerza de las mujeres. Y dentro del feminismo deben pasar decenios hasta que, resueltos algunos temas referentes a derechos mínimos irrenunciables, se haya llegado a entender la necesidad del cultivo de la espiritualidad femenina. Es un desarrollo de ideas que ya estaba latente cuando escribía Karinthy. Es un desarrollo que va llevando a un equilibrio en las tareas de mujeres y varones en las artes y en muchas otras, y que hace que la defensa de la autonomía de los creadores se mantenga como tema de actualidad candente.

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Claro, en cuanto uno no se conforma con resolver este tipo de problema en el vacío de la retorta, o con un chorro de algún aforismo agradable, que acostumbramos pronunciar al respecto de encuestas similares —y en vez tantea el problema en el punto donde debe tantearlo, no en el espejo mental del fenómeno, sino en la dirección de la realidad viva— queda claro de inmediato que todo lo que hasta ahora se sabía al respecto, o que superficialmente se pensaba bajo la influencia de la opinión pública, es puro y simple dogma y cosa convencional, concepto obsoleto, que se debe refrescar, dado que la vida y la experiencia ya no los justifican. Este refrescar no puede sin embargo realizarse de otro modo que no sea hurgando en los conceptos fundamentales.
Así por ejemplo debiera alguien, de una vez por todas aclarar al amable lector (sería esta la tarea de algún buen crítico, salvo que los críticos de hoy en día viven más bien dedicados en sus escritos a su propio deseo de estima, en vez de preocuparse de lo que es su tarea: buscar las leyes del arte) exactamente qué clase de milagro divino es un escritor o un poeta, el creador de las así llamadas obras “del espíritu”, además de decir: querido maestro, ah, qué bien trabaja, y qué tal va su vida en este perro mundo.
Sería necesario de una vez por todas hacer entender, comprender nuevamente (porque la explicación anterior está gastada, se ha convertido en frase ampulosa), lo que todos consideran tan sólo un símil, no una realidad llameante: comprender, explicar que la así llamada creación del espíritu, así como todo lo que emerge de la mano y el entendimiento humanos, del cuerpo y el alma humanos, es realidad creada, principio activo vivo, que ha formado la imaginación humana; que por otra parte la imaginación humana juega un papel tan importante como el calor, o la luz, o la fuerza vital, el instinto que se mantiene y que mantiene la vida.
En breve: la obra del espíritu, en lo que respecta a lo social, es una realidad igual de viva que el hombre.
Y si lo reconocemos, entonces valientemente podemos vivir en la modalidad de “la comparación según la palabra” adaptando imágenes ancestrales para juzgar las cosas.
Imágenes ancestrales y metáforas que hablan de “la concepción” y el “dar a luz” de la obra.
El escritor, no importan cuán cómico parezca en el sentir cotidiano, sí concibe, anda preñado y da a luz.
Podría ahora ser fácil deducir las consecuencias aparentes de esta comparación, como lo hicieran los decadentes, engañándose y engañando al mundo, dando a la opinión pública una imagen falsa, al mismo tiempo dañina, como veremos enseguida. La conclusión cómoda sería: en el escritor hay entonces algún rasgo femenino.
Enorme error.
El escritor es el varón más varonil del mundo, porque realiza la obra más varonil: forma y crea. Sin embargo necesita de entre la conjunción de cualidades humanas aquellas que caracterizan al verdadero varón: ¡fuerte imaginación apareada con lógica aguda, gusto por el trabajo, persistencia, memoria, visión clara, fuerza expresiva!

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Mok Századfordulón

Claro, a primera vista aquí damos con el muro de una contradicción — sin embargo no es posible echarse atrás, este muro debe derribarse.
Hay una conjetura divertida, que dice que Alfred Nóbel supuestamente designó un premio para el varón que por primera vez diera a luz a un niño.
Si postulamos la imposibilidad de que hubiera quien entrara en tal competencia, y menos que compitieran por el premio simultáneamente varios, es evidente, no es cierto, que el que estuviera mejor cualificado para el premio sería el que es más varonil de los que compiten, y que los seres transitorios, los hermafroditas partieran en esta competencia con menos probabilidades.
Así que con valentía podemos usar esta comparación incómoda, de que el escritor es un varón que da a luz — esta es su particularidad, y esta particularidad se refiere exclusivamente a lo esencial de dar a luz, y en otros aspectos en nada se parece a lo que hace la mujer; lo que es más, en su naturaleza y su ánimo es su natural contrario — el varón está destinado a crear, dirigir, gobernar.
Esta situación paradojal es la fuente de la confusión de la noción. Es la causa de que en ciertos tiempos revueltos, que no han reconocido en debida forma la importancia de la creación del espíritu, el escritor se vio forzado a negar su virilidad — por la obra, para salvarla, crearla, estuvo forzado a usar artimañas femeninas, valerse de artificios, mentir, adular los poderosos, payasear, presentarse como cobarde, amedrentarse. A cambio recibía como limosna de mendigo la cortesía y la indulgencia, que se suele dar a las mujeres — pero tenía necesidad de esta limosna.
Sin embargo el verdadero escritor siempre supo en lo profundo de su alma que él no es cobarde, — como no es cobarde la embarazada que retrocede ante el peligro que una mujer también enfrenta: no protege a la propia, sino a otra vida, aún impotente e indefensa. No se ponga en peligro la semilla que lleva en su alma, en forma de brumosa ilusión — se verá ¡que en frente se tiene a un varón!
¿Cómo se podría obviar esto — cómo se podría solucionar la extraña situación del escritor?
No es necesario planear una utopía fantástica. La historia tiene un estupendo ejemplo para obviarla. Y lo que es más, el ejemplo procede no de la cercana época “iluminada” — sino de la “oscura” Edad Media.
Se sabe que las creaciones más magníficas y más perfectas del arte de la arquitectura son las gigantescas catedrales de la Edad Media. En la construcción de los muros de las catedrales se ha empleado el más perfecto trabajo del espíritu y del cuerpo— las construyeron y planearon artistas. La duración de una vida humana no fue suficiente para que las concluyeran — el artista que las construía educaba otro artista similar a sí mismo ya fuera su hijo o su alumno, para que éste siguiera con la obra cuando él quedara abatido.
¿Pero cómo lo lograron?
Cuando hoy se habla de los masones a quienes se les llamaba los “libre-constructores” un señor Pérez va a pedir a gritos que venga la policía, y comienza a mencionar a los judíos destructores. Porque el señor Pérez no sabe de dónde proceden esas palabras. Para aclarar el asunto para el señor Pérez podemos decir que se llamaba “libre-constructores” a aquellos maestros arquitectos que para lograr la construcción de tales obras se asociaron y se asentaron con la determinación de que: no se iban de ahí hasta que la obra no se hubiera concluido, aunque no se lograra ni en cien años. Y los poderosos de la oscura Edad Media, los que fueron los opresores de todos los derechos humanos, concedieron a estos maestros una autonomía — la palabra “libre” ante la palabra “constructor” significa que los maestros arquitectos de las catedrales no obedecían a la ley de ninguna autoridad o dirección general: que tenían leyes y constituciones propias, adecuadas a sus fines, y que sólo respondían de sus actos ante los jueces que elegían entre ellos, en los que confiaban porque los podían entender. Y ante nadie más. Eran libres, y las catedrales son testimonio de que no abusaron de su libertad — porque cuando das libertad al artista la va a usar no para arruinar, sino para construir. Para construir, para una labor varonil — porque ¿acaso esos maestros y artistas no fueron varoniles? Sí, seguro, fueron varones y además de los más osados: — acabaron sus obras allá, ¡en las alturas vertiginosas, en las cumbres de las torres!
Al creador de la obra del espíritu también le haría falta esta clase de privilegio, no aquel consabido “estimado maestro”, esa cortesía empalagosa y suavidad indulgente con el que los poderosos dueños de bienes terrenales a modo de palmadita en el hombro “apoyan la literatura” intentan hundir a los escritores al nivel de las mujeres.
O si no …
O si no, y si de esto ya no puede haber caso, si el escritor, el elegido del espíritu, no le queda otra que conformarse con que su artículo sea una especie de entretención para la sociedad, como es el caso de la mujer buena moza, o el harén de un sultán, en vez de que se le diera espacio entre los varones que dirigen y gobiernan la sociedad — por lo menos en este aspecto se fuera consecuente. Si el escritor se ve obligado a menudo a negar su autoestima como varón, a negar su honor varonil, — se le dé en forma separada su honor como artista, y que se le proteja, del mismo modo en que las leyes específicas protegen el honor de las mujeres. Se precisa una ley como la específica que no cuestiona el honor de la mujer sino simplemente condena al difamador, porque a la mujer hay que protegerla, porque va preñada y porque da a luz a la criatura y porque la criatura es lo más importante, incluso posiblemente más que el mismo honor de la mujer.
La honra del escritor …

Hay que buscarlo en su obra.

 

 

Ciclo Literario.