El mito que se hace Pintura

Francesco Pellizzi*


 

Daniel Lezama
Museo de Arte de Zapopan
2010

 

Niños borrachos

La obra de Daniel Lezama  parecería inscribirse en un contexto virtual o meta-mitológico; está llena de apropiaciones trado-renacenstistas o barrocas, así como de desechos del post-neomexicanismo. Ciertamente se trata de un realismo muy particular, intrínsecamente problemático, ubicado en los límites mismos de lo probable. Son visiones de un presente enraizado precariamente en un pasado ya vencido: una especie de anarquismo de la memoria que recrea narraciones paralelas sobre un sustrato ético multivalente, ambiguo e indefinible. Se atreve a intentar reconquistar el territorio perdido del arte clásico y crear un clasismo rigurosamente post-colonial y, se podría casi decir, neo-europeo. Al ver sus cuadros no se puede evitar pensar en Caravaggio y su influencia sobre Velázquez y tanta pintura ibérica del siglo XVII.
En Lezama las imágenes son en apariencia tan claras y evidentes, con su afectación, en muchos casos, de un realismo de lo irrepresentable en el cual las escenas y acontecimientos son, de una u otra manera secretos o escondidos –realismo muy apropiado para una sociedad dominada por la economía post-colonial de la droga, que la pregunta, en este caso y con toda evidencia, es legítima: ¿Qué cosa pinta Danil Lezama? Su recurso a la dimensión alegórica no es del todo ajeno a la tradición de los muralistas mexicanos, pero sus raíces no son especialmente hispanas sino, como ya hemos visto, italianas.
El aspecto teatral, como de espectáculo (aún cuando muy privado y secreto) que re-situacioniza en Lezama el material histórico-ideológico mexicano es una última manifestación tardo-moderna de este tipo de confrontación con las múltiples identidades históricas en la época de su posible disolución.
Los ritos de Lezama son como anti-ritos, porque sus actos y acontecimientos misteriosos (es decir, literalmente inexplicables a pesar de la fecundia del artista sobre ellos, aún cuando relacionados con alguna historia o hecho de crónica mexicana, real o imaginaria) son únicos, es decir, expresan la repetición como compulsión desacralizada, no una “cosmovisión de los vencidos” en los cuales la perversión –es decir, lo reprimido de las obsesiones- toma la apariencia de una normalidad.

El origen de la pintura

Es innegable la presencia de muchas figuras erótico-maternas (que a veces parecen más como “hermanas mayores”) en conjunción con estos jóvenes casi siempre desnudos (condición frecuente de esas mismas mujeres). Como sea, es indudable que alguna forma de enfrentamiento simbólico-problemático (personal y transpersonal) con el complejo nacional del “malinchismo” atraviesa la obra de Daniel Lezama, y claramente no es improbable que sea enriquecido por un componente edípico bastante fuerte (como en Goya y tal vez Picasso), justamente por no ser sólo personal, sino por estar bien enraizado en la conciencia de profundos rasgos histórico-culturales.
Lezama adopta lo abyecto como contenido y lo eleva –sin romanticismo- a las glorias de la hechura clásica. En vez de la historia que se hace mito, tenemos el mito que se hace Pintura, pero no con la complacencia estetizante y formalismo, sino con apego a la poesía del tejido al mismo tiempo evidente y escondido de la vida mexicana.

*Fragmentos de su introducción.

 

 

 

 

 

 

 

Ciclo Literario.