Devaluación y rivalidad*

Ignacio Castro Rey


 

Las mil agencias de evaluación encarnan un cenit en la obsesión occidental por lo regular, una voluntad de homogeneización que –incluso en su dinamismo acéfalo- Nietzsche consiguió diagnosticar con detalle en la segunda mitad del siglo XIX. Aun cuando en el fondo sepamos que no hay una vara de medir que pueda traspasar fronteras -personales, nacionales y culturales-, la ideología de la seguridad funciona como pigmento diario. Precisamente por esto la evaluación no tiene “agencia”, pues es el propio metalenguaje de La Sociedad quien la impulsa.

Fotografía
Francoise MarieBanier / 1981

La devaluación de las profesiones, desde la carpintería a la psicología, es un resultado de la rendición al patrón estándar, a una homogeneidad técnica con la que el Estado-mercado presiona a cada uno de sus miembros. Al aceptar la evaluación y la nota que conlleva, cedemos la responsabilidad al estatismo continuo que dice protegernos. A cambio, la evaluación pública nos brinda el inmenso beneficio de ser reconocidos, de obtener una cifra de circulación en el inmenso panóptico de la indiferencia, eventualmente personalizada aquí o allí.
El caso de la medicina es especialmente escandaloso, pues apenas encontramos profesionales que sepan hacerse cargo de la dolencia singular del paciente, que se paren a escucharle, a analizarle in situ. Lo normal es que el especialista de turno se pase más tiempo de la consulta en su ordenador que atendiendo al peculiar síntoma que se le presenta. ¿Se limita a intercambiar imágenes estadísticas, alimentando un circuito abstracto de irresponsabilidad personal?
En la restauración, por mencionar otro sector clave, el efecto de la uniformidad lleva a simulacros de calidad tragicómicos. Dejando de lado casos directamente criminales, es difícil encontrar hoy en nuestras villas un pan que no tenga la textura, al cabo de pocas horas, del chicle viejo sin azúcar. El caso de la bacteria mortal descubierta recientemente en Alemania pone sobre el tapete una cuestión difícilmente abordable: las capas de manipulación de los alimentos -una y otra vez “evaluados”- son tales, que resulta intrincado seguir la pista médica o policial hasta la fuente del veneno. Fijémonos en que –y no sólo según la impresionante Inside job- el problema es paralelo al de la corrupción económica o política, donde la cadena circular de delitos es tan piramidal que es casi imposible cortar por un punto.
Así, los implicados acaban prácticamente indultados por la complejidad impersonal del sistema. Cuando la corrupción es estructural, resulta prácticamente ilocalizable. Se podría decir que, tanto en la alimentación como en la política, es la propia ley la que es transgénica, con lo que apenas tenemos instrumentos internos y legales para juzgarla.
En todos los campos el artificio estándar cambia rápidamente de forma para hacerse invisible. Mientras tanto, nos salva del caso único que es siempre la naturaleza, sea terrena o humana. Se dijo hace tiempo que un hombre sin uniforme causa inquietud. Cierto, también en el sujeto las variaciones pasan a la reserva, bajo el perfil que impone una poderosa tipología, lo que podríamos llamar “esencialismo del currículo”.
¿Cuántas de nuestras opciones, incluso cuando escogemos artículos “de culto”, no son más que una forma minoritaria de homologarnos y ceder a la seguridad de lo que circula, protegiéndonos con otra cobertura? Como todo el mundo se atiene a la normativa, compleja y rápidamente mutante, nunca sabes muy bien con quién estás… Hasta que ocurre algo, pero entonces ya es un poco tarde. El esencialismo triunfante es el del reconocimiento, duplicando lo existente en un simulacro simple y portátil. Es en este orden cuantificador donde la evaluación encuentra un empuje difícilmente contestable. El tiempo se llena de logos porque a nuestra estirpe secundaria (Steiner) le asusta el espacio físico, el “uno a uno” de su devenir real.
Esta continua precariedad, la de una ideología del reconocimiento que cambia tan continuamente de modelo que nos obliga siempre a ir detrás de la normativa, fuerza lo que se ha llamado una “flexibilidad cadavérica”. ¿La evaluación-basura nos sostiene en una vida-basura? A cambio, que no es poco, tenemos un lugar bajo el sol de la transparencia y compartimos la religión de la época, la visibilidad.
La circulación, su precariedad inducida, nos protegen. Preferimos languidecer socialmente a vivir en los márgenes, afrontando los signos que surgen por fuera. El temor a las sombras, fuera del líquido amniótico de lo social, es la madre de todas las adicciones. Es evidente que hay que luchar para no ser ahogado bajo la masiva indiferencia del espectáculo. Pero la visibilidad convencional es parte de ella, pues desactiva la existencia, el peso de ser libre. Toda singularidad –persona, libro, movimiento social- que quiera hacerse presente en su diferencia ha de mantener una buena relación con la clandestinidad y sus mutaciones, al borde del imperativo global de transparencia.
Por arriba, la competencia veloz seguirá ocultando la degradación de las vidas. La cobertura de la evaluación funciona en bucle. La obsolescencia programada, sean noticias o tecnologías de moda, impide una distancia crítica con el integrismo de la oferta, tan plural como imperial. La evaluación continua se erige así en instrumento de la precariedad a la que se nos somete, al dictado de un público cautivo de poderes privados. Todos rivalizamos para no ser el último, para no quedar atrás. Igual que en los concursos televisivos más estúpidos, se trata de luchar por no ser nominado.

Fotografía
Marianne Grondahl / 1990

La competencia frenética confirma que estamos en un escenario de encierro, con todos los participantes estresados por luchar por un angosto escenario y una interactividad destinada a tapar la interpasividad previa. Nuestra servidumbre personalizada al integrismo de ese campo le concede un cierto aire plural. Al enfrentarnos unos a otros, la competencia oculta la unidad de la empresa.
La rivalidad interminable de este campo de batalla ampliado –ha dejado atrás la lucha de clase en nombre de un cuerpo a cuerpo narcisista donde todo vale, sexualidad incluida- confirma además que la normativa busca descender al individualismo con la máxima precisión posible. Personalización de masa: narcisismo expandido.
Entre otros, el caso Strauss-Kahn resucita una pregunta: ¿quién evalúa al evaluador? Como la estadística, la evaluación es también una pantalla para no ser evaluado, para hacer invisible el poder inercial, pretendidamente estadístico y neutro, que ejerce violencia sobre nosotros. Su fuerza es tan inteligente que ha logrado confundir nuestra timidez, nuestro estupor, con “sexo consentido”.
Hace falta una estrategia tan flexible e irónica como esta ofensiva del control para que el futuro no quede en manos de la barbarie de los especialistas. Tenemos dos manos, usémoslas: necesitamos la seducción y la denuncia. La participación y el retiro han de ser combinados. No hay nada nuevo que temer, en relación a los poderes de antaño, si resucitamos una buena relación con el afuera de la condición mortal, ese enemigo público número uno -no declarado- que es la existencia cualquiera, común y anónima.
Entre la nostalgia reactiva del conservadurismo y la flexibilidad cadavérica del progresismo, existe un amplio territorio por explorar. La evaluación universal exige afrontar un doble envite. De un lado, atrevernos a infiltrarnos en esa infinita superficie del control. De otro, ser capaces de introducir en ella modificaciones que la revienten, que desestabilicen y bloqueen el relevo incesante de la homogeneidad.
Para no ceder ante la evaluación, a veces necesitaremos simplemente ignorarla, sin miedo. Otras, jugar a dejarnos seducir por sus pueriles rituales. Con una táctica u otra, lo importante es que ante la idiotez global no cedamos en mantener un vínculo infinito con la finitud, una relación indivisible con la división que constituye la existencia. Lo importante es mantener la existencia ejercitada en un reto interno mayor, y más peligroso, que el poder general que la amenaza por fuera.
Ni siquiera un movimiento milagroso como el 15-M debe hacernos olvidar que al imperio de la normalización sólo se le gana reinventando una buena relación con lo para siempre oculto. Heredero de la sabiduría de Whitman y Thoreau, Gary Snyder habló de un “compromiso moral con lo no humano”.
Es el mundo mismo el que se resiste a la mundialización. La tarea ética y política es escuchar el sentido real, los sonidos del mundo, antes de que se conviertan en signo tipificado, en cliché que circula. Al menos, así lo expresó un viejo y jovial John Cage.
Esto significa, bajo el canon ilustrado que hasta ayer dirigió nuestros pasos, que es urgente volver a atender al sentido de la contingencia, a un ser común tan profundo que no puede aparecer más que bajo la faz del azar, de lo necesariamente contingente. Para ese territorio del uno a uno no habrá más “institución” que la de resucitar en nuestras mentes tardías una sabiduría frente a lo que hasta ayer llamábamos error.
Habituarnos al exterior sin narración. Una pedagogía del error que convierta el accidente en monumento duradero, esa es la idea.

* Este texto es resultado de la ponencia impartida el 11 de junio en el Foro Las servidumbres Voluntarias, (Madrid) más los ecos de algunas intervenciones que se pudieron escuchar ese intenso día. Quiero rendir aquí un modesto homenaje a los organizadores y a los participantes.

 

 

Ciclo Literario.