Alda Merini o El supremo amante de la muerte

Biaani Sandoval Toledo


Alda Merini (Milán 1931-2009): Nació y creció en el seno de una familia humilde, fue la menor de tres hermanos. Publicó sus primeros versos a la edad de quince años. En 1953 publica su primer volumen de poemas, La presenza di Orfeo. En su poesía se encuentran un erotismo místico, la experiencia de la locura (vivió casi 20 años en manicomios, de 1961 a 1978) y de la estrechez física y económica. Escribió una obra extensa que incluye prosa y aforismos; en 1996 fue propuesta para el Premio Nobel de Literatura por la Academia francesa. Su libro La Terra Santa, le valió en 1993 el Premio Eugenio Montale. Vivió y murió en la indigencia por elección personal.

 

Alda Merini: Cuerpo de amor,
Traducción: Jeannette Clariond
 Vaso roto, Barcelona, 2009

 

El ser humano fluctúa entre el cielo y la tierra, entre el paraíso y el infierno; aun cuando lo poseen su sed y su encarnizado dolor, a veces alcanza a palpar la faz del agua. Mientras vivimos la realidad en fuga, el vacío, esa indiferencia constante, la soledad que entre bocinazos de automóviles, campañas publicitarias y crónicas policiales va llenando la informidad de nuestras ciudades, mientras permanecemos en el espacio público, en ese tantas veces aterrador espacio de todos, de nadie, sentimos la urgencia de comprendernos. En medio de este tiempo surge, como un abrupto silencio, la poesía con su expresión casi inaudible de esa piedad por todo lo perdido en el mundo.
Cuando imagino que la poesía es un canto de piedad, y cuando la fuerza de ese canto consigue atravesarme, devastar mi razón, siento una completitud con lo que me rodea, con eso que está ahí tantas veces sin que nadie se detenga a mirarlo; la hierba que crece entre las aceras, por ejemplo, o los ojos de los niños que venden chicles, o el paso de un rayo de sol que contiene miles de partículas. ¿Acaso ya no hay ojos para distinguir esos sucesos? La velocidad con la que vivimos se ha llevado lo importante de nosotros; ahora se quiere saber todo sin comprender nada, escuchar sin sentir, mirar como por la ventanilla de un tren la propia vida, escapándose así, sin más, siendo sólo espectadores y no partícipes de la existencia; ahora nadie se percata de que en sí lleva el aliento de Dios.

Fotografía
Anónimo /1933

Alda Merini nació en Milán, en 1931, en el seno de una familia modesta; la poeta murió en esa misma ciudad el 1 de noviembre de 2009, a causa de un tumor óseo. Su poesía exalta la presencia divina; en sus metáforas se concentra una especie de erotismo místico, se arguye las formas en que seres espirituales y terrenales confluyen en un mismo espacio físico. Magnificat constituye la segunda parte de la trilogía que comienza con Cuerpo de amor y que cierra con La carne de los ángeles (próxima a publicarse en español). Los poemas aquí reunidos se asocian bajo el tema de la anunciación. En algunos versos se presta voz a María humanizándola; se muestra suplicante ante el destino inminente del hijo: “Devolvedme los despojos de mi niño./ Nunca lo hubiera visto correr por los prados,/ nunca lo hubiera oído gritar de alegría,/ nunca hubiera encontrado su rostro/ tan beato,/ que me hizo beata entre la gente”; o preocupada por la reacción de José, “¿Qué diré a José, Señor?/ Esta tarea ingrata,/ esta duda atroz/ todos los hombres la llevarán en su corazón/ cuando vean a una virgen preñada/ de Tu propia Palabra”. La poeta habla con María cual si fuera su confidente, o habla de ella al lector contándole su sentir, o incluso, en algunos poemas, María habla al oyente de su comunión con lo místico, de sus dudas y su esperanza, de la lucha entre su constitución humana y su parte sagrada. En ellos Alda Merini funde su voz con la de María, se identifica con ella de modo que la hace real, franca, encarna el papel de la madre de Jesús y así le canta al Amado. En sus metáforas se dibujan seres solitarios que a lo largo de la obra van despojándose de su parte terrenal; la poeta implora por su salvación, la de ellos, que es la suya propia.
Los ángeles aparecen, como en las Elegías de Duino, alados y terribles. En los versos de Rilke, el diálogo entre estos seres espirituales y los hombres, no logra consumarse; en cambio en los poemas de Alda Merini “el rumor del Espíritu crea una gran música y un gran estruendo” y ésta es la voz de los ángeles.
En la actualidad suelen confundirse religiosidad poética —el diálogo supremo con nuestro ser aún sin desvelar— y la religión concebida por el hombre. Ser religioso no es otra cosa que erigirse en el misterio. No debemos entender por misterio lo críptico, lo hermético; misterio es la condición sagrada de las cosas, es encontrar lo universal en lo particular.
El poeta, y considero que cualquier otro artista, representa una conciencia que ve, entiende y concibe el proceso de creación como una depuración de su existencia que lo lleva a encarar la vida desde la pregunta por el acontecer humano. El artista, entonces, redescubre la realidad; al quitarse el polvo de los ojos la mira total, aterradora y hermosa a la vez. 
 El arte sobrevive para repetirnos que sólo existiendo el hombre en una relación directa entre su expresión y la realidad, sin el menor ápice de distancia, la inquietud ontológica por la vida tiene posibilidades reales de formulación y respuesta. Los poemas de Alda Merini abren la pregunta: “¿Es posible aún contar con un consuelo?”; la contestación no llega pronto, menos quizás de quien ha estado internada tantas veces en el manicomio, de quien sufrió la pérdida de sus padres en la guerra, de quien ha visto el color de la infinita soledad humana y si nos remitimos a las palabras de Raúl Zurita, quien dice en Los poemas muertos, (México, Ácrono― Umbral, 2006).  “No hemos sido felices, es posible que esa sea la única frase que podamos sacar en limpio de la historia y la única razón del por qué se escribe, del por qué de la literatura”, nos damos cuenta de que el único consuelo posible lo han dado las palabras; ellas, que pueden evocar la salvación, anunciar la presencia de nuestra felicidad, altivez u orgullo. La función de los grandes poemas es atravesar el periplo vital únicamente para que nosotros, encadenados, clavados a la cruz de esas palabras como los sobrevivientes de un naufragio, podamos saciar la sed de Otra mirada, de Otro rostro, y esa sed, como bien da cuenta Alda Merini, sólo puede ser saciada por Dios: “si Jesús se convirtió en el hombre por excelencia,/ ¿cómo pudo alimentarse/ incluso de su muerte?/ Él la devoró en abundantes sorbos,/ él tomó sus labios,/ y los besó sin temor,/ él fue el supremo amante/ de la muerte”. Eros y tánatos, presentes en el arte como fuerzas de tensión, se funden en la presencia divina de Jesús, sólo un hombre que puede amar la propia muerte es capaz de entregarse al destino de la manera en que él lo hizo. A lo divino se irrumpe desde la realidad circundante.

La poeta italiana, vivió y murió en la indigencia por elección personal, estuvo internada en diferentes manicomios por un periodo de veinte años, el ejercicio de la escritura fue su refugio más certero; como San Francisco de Asís, Alda Merini se adentra en lo sagrado a través de la poesía, esta expresión humana en que las palabras, mediante ritmo e imágenes, dan fe del origen mismo del ser humano, ese origen que se presiente místico.

 

 

Ciclo Literario.