Expediciones y tíos en Malvaux

Marie Claire Figueroa*


Michel y yo subíamos cada tarde a la choza de un viejo pastor que nos vendía diario dos litros de una leche espumosa, recién ordeñada. La vereda, angosta pero placentera, nos obligaba a caminar uno tras el otro, Michel adelante, puesto que era el jefe de la expedición; conocía el camino con detalle. Al subir por el sendero, me sentía en un estado de gran confusión entre el gusto de gozar una libertad total en el monte y el vago temor que me provocaba el viejo hirsuto y gesticulante quien nos despachaba la leche. Yo me retrasaba lo más posible y solía pararme debajo de un cerezo repleto de cerezas silvestres que soltaba sus frutos negros, arrugados y dulcísimos, en medio del camino. Después de quitarles el polvo, me los comía en el acto; ni siquiera hubiera podido alcanzar las ramas más bajas y de haberlas cortado directamente del árbol, las frutillas no hubieran sido tan dulces como las del suelo en donde los rayos del sol las iba secando y transformando en cerezas pasas como las uvas o las ciruelas. Michel, poco afecto a lo que consideraba fruta para pobres, me esperaba rezongando.
Una tarde se me ocurrió una idea que consideré genial, seguramente inspirada por la piedad de mi tía.

Fotografía
Sarah Moon / 1990

- Michel, hoy vamos a subir sin platicar y vamos a rezar el rosario, ¿de acuerdo? Pero no debemos hablar para nada.
Apenas pronunciadas mis palabras partió sin esperarme. Lo sigo de inmediato y decido no detenerme, por una vez, debajo del cerezo tentador. Sin embargo, perdida en mis aves maría, no pongo atención a su ritmo; de pronto, dejo de verlo. Me paro para oír el crujido de sus pasos encima de las hojas muertas – ya estábamos a principios del otoño – ni un ruido, ni una brisna de viento, hasta los pájaros habían callado. Los únicos seres vivos que percibía a mi alrededor eran las mariposas e hileras de hormigas avanzando sin tregua bajo su diminuta carga. Se me dispara el corazón, acelero el paso y, rompiendo el pacto, grito con voz en cuello:
- ¡Michel, Michel, espérame!
Ninguna respuesta. Olvidándome del rosario, echo a correr, monte arriba. Sólo lo alcancé con el Père Cépy quien, como de costumbre, nos esperaba ordeñando sus cabras.
-Oye, Michel, ¿Por qué te fuiste tan rápido y por qué no me contestaste?
-¿No me dijiste que todo en silencio?
Me tragué la rabia sin agregar nada bajo la mirada burlona del viejito y empecé a bajar, herida de tanta mala fe de parte de mi primo.
Unos días después, sucedió un hecho mucho más grave que se repitió durante varios días. A veces, al llegar a la lechería, el viejo barbón dejaba a Michel el cuidado de llenar el frasco y, mientras, se me acercaba y me levantaba suavemente la falda para pasar sus manos rugosas sobre mis muslos. Después de tantos años se me olvidó el semblante del viejo; sin embargo, cuando recuerdo ese episodio, lo imagino siempre con los rasgos de un fauno, barba de chivo y cascos de cabra. Temiendo las burlas de Michel, no le comenté nada al principio, pero al tercer día se lo platiqué cuando estábamos bajando; no se había percatado de nada.
-Escucha, Michel, mañana, mientras viertas la leche, fíjate bien ¡y verás si miento!
-¿Qué tiene? me contestó con indiferencia.
Al día siguiente, el viejo casi me baja los calzones y me le escapo con presteza. Empiezo a rodar cuesta abajo como si el diablo me persiguiera. Antes de llegar a la casa, advierto a mi primo que ya no voy a acompañarle más, porque ese viejo me repugna. A mi tía, no le doy ninguna explicación, excepto el pretexto de piernas dolientes por la distancia (hacíamos casi una hora y media para ir y regresar); no volví a subir y Michel tuvo que encargarse solo de la leche.
Pero no pude salvarme de la otra faena, especie de tequio que nos tocaba también a Michel y a mí. El chalet no tenía baño, solo una letrina en la huerta. Debajo del asiento, hecho de una tabla perforada de dos agujeros, uno grande para los adultos y uno más chico para los niños, estaba una tinaja que vaciábamos a intervalos regulares. Después de pasar un palo por las asas, la levantábamos: mientras una mano sostenía el palo, con la otra nos tapábamos la nariz. La meta estaba al fondo del jardín y, por más que queríamos apurarnos, el peso nos frenaba; necesitábamos por lo menos cinco minutos para llegar. Se trataba luego de volcar la tinaja suavemente para evitar las salpicaduras. ¡Todo un arte!
Pero no todo era faena. Con la sirvienta Lucie, las expediciones a las laderas del Ballon d’Alsace tenían el propósito de llenar nuestros botes con  arándanos y me divertían. Se pasaba un peine de madera por las diminutas ramas con el fin de arrancarles la frutilla azulada recubierta de un ligero rocío blancuzco; nada que ver con los cranberries enlatados de los supermercados que carecen de sabor y rezumen azúcar. Apenas si se preocupaban mis primos por llenar su bote; preferían correr alrededor, provocando mis gritos al pisar las matas. Lucie y yo tomábamos nuestra tarea muy en serio. De regreso, yo no dejaba de reportar a mi tía la falta de responsabilidad de Michel y Dadette; con mis casi once años, me sentía con  todos los derechos sobre ellos, lo que no aceptaban de buena gana.
La confección de torres de crepas por tía Alice ponía a todos de buen humor. Revolver la masa era nuestra diversión favorita; a medida que la tía las cocía en varias sartenes a la vez, llegábamos como pájaros rapaces y voraces; apenas en posesión de una crepa, en un instante colocábamos encima unas hojas de lechuga con queso rallado, o una cucharada de mermelada o de crema de castaña y nos escurríamos para degustarla al fondo del jardín y regresar por otra a los cinco minutos. Eran verdaderos banquetes. A mí me gustaban con jugo de limón y azúcar.
La especialidad de la tía Alice era la fabricación de las pastas alsacianas. Tap tap tap cantaba el cuchillo que cortaba a toda velocidad la masa hecha rollo. Las largas cintas se dejaban secar en la noche. Estas pastas con huevo sí contenían huevo y sabían a paraíso. En cuanto a los Wasserstrübeln o Spätzle, la masa hecha con harina, leche y huevo se pasa por un embudo en una gran olla de agua salada apenas en su primer hervor. El embudo gira encima de la olla dejando una especie de largo caracol que se deja cocer unos minutos y se saca con la espumadora. Se sirve con mantequilla o frito con crutones de pan y perejil.

Fotografía
Sarah Moon

Los días se sucedían y la frescura del otoño había reemplazado el calor de agosto. El sol se ponía temprano detrás del gran monte al pie del que vivíamos. La sombra invadía pronto la huerta y el chalet. Mis vestidos de verano no me protegían del sereno y entraba pronto para resguardarme al calor de los muros que conservaban todavía la tibieza del mediodía. Nadie hablaba de retorno a clase. Mis tíos ponían a los más grandes a garabatear tareas. Yo seguía tratando de resolver mis problemas bajo la amenaza de la fusta y el temor al tío René. Pronto íbamos a festejar nuestro cumpleaños con un gran pastel y muchas velas, ya que ambos éramos del 21 de octubre. Pero él ni pensaba en aquello con ocupaciones mucho más serias. Tan pronto terminaba de desayunar, se marchaba del lado del garaje. Intrigada, no me atreví al principio a preguntar a nadie lo que hacía el tío. Finalmente, preferí interrogar a Dadette. Sus inocentes cinco años no vacilaron en revelarme el secreto:
-Está cavando un hoyo grande, grande, así de grande…
Para darme una idea aproximada de lo profundo del hoyo, extendía sus bracitos a todo lo que podían dar. Poco tiempo después, la tía me dio la explicación: se trataba de un largo túnel que salía atrás del garaje e iba a desembocar al bosque cercano. Mi tío pensaba salir con el disfraz de una vieja campesina bajo el nombre de guerra: Tante Amélie. No creo que hubiera podido utilizar el atuendo pueblerino. Su voz y su alta estatura lo hubieran delatado. Mi tío no había sido reclutado; su edad y su estatuto de padre de familia numerosa lo exentaban; sin embargo tenía la intención de atravesar Francia, alcanzar España y, desde allá, unirse al General de Gaulle en Londres. Proyecto que nunca pudo realizar.
Sus convicciones gaulistas eran bastante recientes, puesto que, al principio de la guerra, había trabajado para el régimen de Vichy bajo las órdenes del mariscal Pétain, el “Vencedor de Verdún”, pero también co-signatario del vergonzoso armisticio que entregaba Francia a los alemanes. En una oportunidad en la que se encontraba de paso en París, mis padres tuvieron la desafortunada idea de invitarlo a cenar junto con mi tío Edmond, ferviente gaulista, como muchos franceses quienes ponían toda su esperanza en el General después de su famosa llamada a los franceses desde Londres en 1940.
Durante esa cena memorable, el tío Edmond y el tío René, el primero cuñado de mi madre, el segundo cuñado de mi padre, se dijeron de cosas, se gritaron, se insultaron a tal grado que nunca más mis padres los invitaron juntos. Bien se dice que discutir de política y de religión fomenta las más irreductibles enemistades. En nuestra época moderna, podríamos agregar el deporte para completar un trío arriesgado.
Mi tío René, demasiado joven para haber participado a la Primera Guerra Mundial, tuvo una trayectoria gloriosa en la Segunda. La línea Maginot, conjunto de fortificaciones construidas sobre la frontera francesa del Este, de 1927 a 1936, fue ideada por André Maginot, quien fue Ministro de Guerra dos veces entre la primera guerra y la segunda. Allí estaba combatiendo mi tío, pero su regimiento fue detenido por los alemanes y, milagrosamente, él se escapó. Después de un mes, cuando mi tía Alice estaba con nosotros en Chênehutte-les Tuffeaux, le envió desde Agen, ciudad cerca de los Pirineos,  una tarjeta en la que le pedía que lo alcanzara con sus tres niños. Supimos después que el viaje, en el viejo Rosengart,  había resultado una verdadera epopeya por la falta de gasolina. Lograron llegar por fin y, al día siguiente, los alemanes establecieron la línea de demarcación entre la zona libre y la zona ocupada; nosotros en esta última, ellos en la libre. Quinientos kilómetros nos separaban. Lo más duro para todos fue la desesperanza de la derrota que estábamos viviendo.
Mientras tanto, el tío René fue llamado por el Gobierno de Vichy para trabajar oficialmente en la Comisión de Armisticio – en realidad para impedir que los invasores saquearan el material militar camuflado. Poco después, estamos ya en 1942, los alemanes invaden la zona libre y el alto mando le aconseja que regrese al Este de Francia, porque su situación se estaba volviendo peligrosa: junto con los civiles, le había entrado duro a la Resistencia. La familia regresa a Belfort en donde había vivido antes y él trabajó algún tiempo en una fábrica metalúrgica, el Alsthom, que, muy probablemente, fabricaba armas. Mi tío era ingeniero, egresado de la Escuela Politécnica, una de las escuelas más prestigiosas de Francia. Finalmente, prefirió ir a esconderse en el Cottage  de Malvaux.
Por el túnel que me señaló Dadette, pensaba huir para unirse al ejército francés, lo que hizo poco tiempo después de nuestra salida para Suiza que contaré en seguida. En ese entonces, el General de Lattre de Tassigny, comandante del primer ejército francés, al que llevó desde Provenza hasta el Rhin y el Danubio, estaba avanzando con gran  velocidad, pero fue detenido de repente no muy lejos de Belfort. Temieron tener que quedarse todo el invierno. Con ellos llega mi tío, bajo una lluvia pertinaz, agotado, después de haber franqueado las líneas alemanas en un área repleta de minas. Lo acogen los soldados franceses, marroquíes en gran parte (todavía no se había independizado Marruecos de la tutela francesa). Luego se une al Estado Mayor en París desde donde lo mandan a Normandía liberada unos meses antes. El Este de Francia no fue liberado hasta noviembre de ese mismo año de 1944. En 1945, mi tío es nombrado Gobernador militar de Belfort. Poco tiempo después, renuncia para entrar como ingeniero civil en las fábricas Peugeot de Valentigney.
Falleció al volante de su coche en el trayecto para ir a la boda de mi hermano Bernard en Bourges, a 300 kilómetros al sureste de París. Aun en tramos largos, nunca quería detenerse; además conducía a una velocidad demencial. Un destello de sol sobre el carro que lo precedía lo cegó momentáneamente y la camioneta Peugeot fue a dar contra un poste; el volante se le encajó en el estómago. La tía Alice y las primas Dadette y Françoise se salvaron, solamente con unas costillas quebradas. Él falleció en un hospital cercano. Al escribir estas líneas después de tantos años, me percato del valor de su conducta durante la guerra, pero me entristece pensar que esa misma obstinación que lo auxilió para salvarse de los peligros y ponerse al servicio de Francia, lo llevó a su pérdida.

*Memorias de guerra de una niña (Capítulo XVII, segunda parte)

 

 

 

Ciclo Literario.