El tigre que perdió sus rayas

Artemisa Vega


 

Aquí se nos honre
pues nuestro espíritu es dúctil como el aire
 y en libertad infinita se transforma.

Inscrito en lengua wiuuhj
sobre la animalia pictórica de la gruta del Berghethe,
archipiélago Povgh.

 

Llegó de muy lejos. De un lugar que no tenía ningún parecido con su nueva casa. Era un soberbio tigre de Bengala. Eso decía todo el tiempo la gente. Primero, los que lo transportaron en aquella jaula de madera. Más tarde, quienes lo recibieron en el barco. Los contramaestres del navío alabaron además su compostura durante el trayecto, pues la travesía solía enfermar a muchos felinos tan robustos como él, pero contrario a aquellos, este Bengala, en lugar de tirarse a dormir durante horas como hacía la mayoría de su especie, daba vueltas en su cárcel interminablemente.

Fotografía
Enriqueta Febles

Llegó a su destino durante la temporada de lluvias. El paisaje de los alrededores reverdecía luego de una intensa sequía. De inmediato lo llevaron al lugar que le tenían asignado desde que los inversionistas decidieron adquirirlo como una de las principales atracciones del sitio. Don Matías, el señor de la comunidad especialmente entrenado para cuidarlo, se hizo cargo de su alimentación y del aseo de su guarida a partir de ese momento. Advertido del peligro de no servirle a tiempo su comida, el hombre le llevaba con puntualidad esa carne de apariencia fresca y apetecible que, sin embargo, el tigre tragaba con desgano. Los mil metros asignados para su hábitat en la zona central del parque parecían atormentarlo más que los gruesos barrotes de la jaula en la que había realizado el viaje desde la India hacia su cautiverio definitivo. 
Alrededor de  aquel terraplén desolado en el que se le iban los días, la débil malla ciclón y algunos cactus de órgano lo separaban del resto de sus vecinos: una pantera negra y una familia de jaguares. Cientos de metros más allá se podían ver las altivas y asoleadas cabezas de las jirafas paseándose sin prisa no lejos de una pequeña manada de búfalos y avestruces.
Pero este tigre no dejaba de dar vueltas con desesperación. Nada de echarse perezosamente a tomar el sol, como hacían los leones, cansados de mirar el polvoriento horizonte adornado solo con algunos árboles de guajes y matorrales desperdigados en el valle. No. Este Bengala no parecía resignado a un encierro perpetuo. Al contrario, su excitación asustaba en ocasiones a don Matías, quien temía que su vigor lo llevara en algún momento a atacarlo o a huir.
En efecto, el tigre se detenía a veces para ver en lontananza, por encima de la endeble cerca, los quebradizos rastrojos que ofrecía el amplio valle.  A lo lejos los cerros se dibujaban como enormes murallas opalescentes de hierba y roca. Don Matías se familiarizó pronto con el garboso tigre y, conforme transcurrían los meses, pareció crecer el entendimiento entre ambos. De pronto, sin que apenas se diera cuenta, un día cualquiera dejó de intimidarlo el enorme tamaño del animal. Incluso logró acercársele en una forma que entre sus propios compañeros podría ser vista como temeraria, ya que había sido advertido de los mortales accidentes que otros custodios de animales salvajes hubieron de sufrir al sentirse confiados por el trato diario y tenerles consideraciones de mascota. Sin embargo este tigre era diferente, pensaba don Matías.
---Tonto---le decía su mujer---, solo porque no te da una tarascada cuando pasas caminando y deja que le sobes el lomo, ya hasta crees que te está pidiendo nombre. Estás equivocado. Debes cuidarte de esa bestia porque te está ganando el corazón.
    “No, no es eso”, pensaba don Matías. Algo distinto ocurría con este animal; pero, ¿qué era? Don Matías se dedicó a observarlo con más atención.
    A ese parque llegaban pocos visitantes entre semana, así que el tigre se mostraba en esos días menos nervioso y sus vueltas incesantes en torno al islote que tenía por prisión eran más relajadas y podían contarse: “cincuenta hacia un lado, cincuenta hacia el otro”,  anotaba don Matías. El tigre sólo desviaba su obstinación de esa rutina cuando veía pasar alguna parvada de pájaros al atardecer. Entonces sí se detenía durante varios minutos hasta que la ráfaga oscura y el vocerío se alejaban por completo abriéndose en compás hacia las nubes rosáceas.
    Al llegar el fin de semana, con la presencia de más gente en el zoológico gritándole y haciéndole señas, la actitud del tigre cambiaba. En alguna ocasión un adolescente había aventado una botella de vidrio con tal fuerza que alcanzó a golpearle una pata. Los rugidos del tigre al sentirse agredido fueron terribles y de inmediato se hizo un borlote porque parecía que en cualquier momento el animal saltaría la frágil cerca. Esa tarde, después de cerrarse el zoológico, don Matías pasó horas hablándole al tigre en su lengua zapoteca, dulce y suavemente, hasta que por fin, ya entrada la noche, el animal se tumbó en la tierra de su isla.
Desde entonces la complicidad entre el tigre y don Matías se fue estrechando, de modo que el viejo veía la manera de pretextar cualquier cosa con tal de que su protegido no saliera de su jaula al islote de tierra los pocos días en que el zoológico en verdad se llenaba de gente. Los dueños del lugar jamás se dieron cuenta de estas artimañas, a fin de cuentas ahí estaban el tigre siberiano y los desgraciados osos greezly, menos afortunados, saciando con creces la morbosa curiosidad del público que los veía desfallecer de sopor en medio de un calor insoportable.
Uno de esos días en que el tigre no salió, don Matías notó que en el terraplén había una gran cantidad de pelo regado por todas partes. Lo recogió todo con cuidado y llenó con él un costal sin decir nada a nadie. Antes que prevenir a los veterinarios o a los administradores, se atrevió a auscultar detenidamente al animal tocándolo con sumo cuidado. Observó que gran parte del pelo había caído pero el cambio era apenas perceptible porque la piel cedía  paso a una pelusa más fina que empezaba asomar como algo muy natural, como sucede a los perros, por ejemplo. En eso se concentraba don Matías cuando, de manera sorpresiva, al verlo de cerca y desde arriba, se dio cuenta que el tigre también había disminuido de tamaño. Y no era poca cosa. Su figura monumental no existía más. Este descubrimiento lo dejó atónito. Asombrado, se acercó como nunca lo hubiera hecho en otra circunstancia para corroborar si acaso su amigo no se encontraba gravemente enfermo; pero no, no era eso. Pudo comprobar que, a excepción del cambio de pelo y la notoria disminución corporal, el tigre estaba en perfectas condiciones; incluso se veía mucho más tranquilo que de costumbre.
En ese instante el viejo cayó en la cuenta de que hacía días que el tigre no daba las reiteradas vueltas que acostumbraba al principio. Al contrario, sosegado, una vez que amanecía pasaba largo rato observando la inmensa llanura ocre para después, con el sol en alto, alejarse a un recoveco de su guarida, donde se encontraba su bebedero. Ahí se mantenía por largo tiempo, oculto parcialmente por un árbol de aguacate, y de vez en cuando también se daba gusto revolcándose en el barro del piso.

Fotografía
Enriqueta Febles

A partir de ese momento don Matías no dejó de vigilar el desarrollo físico del Bengala y, pasados pocos días,  renovada su pelambre, se topó con nuevos descubrimientos: El tigre no sólo disminuía de talla sino que sus hermosas y gruesas rayas eran ahora apenas unas ligeras líneas desdibujadas que se perdían entre amplios manchones pardos y grises en un fondo de pelo blanco.  Además, había hecho algo inaudito. Don Matías entró a la jaula cantando uno de aquellos alegres corridos con los que solía acompañar la hora de alimentar al animal; el tigre, al verlo acercarse y escuchar la conocida melodía, dio con suavidad una vuelta sobre su espalda ofreciéndole el torso como pidiendo una caricia. El hombre se desconcertó. Una emoción profunda lo llevó a reaccionar sin pensarlo demasiado, y, decidido, sobó por un buen rato y sin ningún temor el pecho del tigre que parecía muy complacido mirándolo con sus inmensos ojos veteados de verde y amarillo.
Don Matías cavilaba en todo momento sobre la metamorfosis de su compañero cuando una noticia terrible llegó a sus oídos. Algunos animales del zoológico, los menos “rentables”— es decir, aquellos de menor atractivo para el parque, los enfermos, los demasiado pasivos o los ya muy viejos— serían vendidos a un circo que ofrecía cantidades nada despreciables por animales de ese tipo.
La pesadumbre se apoderó del viejo guardián del Bengala. ¿Cómo podría evitar que se lo llevasen si era claro que su aspecto y comportamiento ya no eran los de uno de su especie?
Don Matías sufrió durante varias noches pesadillas inquietantes en las que veía cómo el tigre era transportado en un camión de redilas destartalado a un campamento donde lo esperaban una jaula sucia y maloliente y recipientes con agua turbia y comida descompuesta. También en su delirio observaba que el felino era obligado a realizar peligrosas suertes con abrasadores aros de fuego y bancos tachonados de clavos que debía saltar, de lo contrario sería sometido con un bastón  eléctrico sobre su frente.
La última velada, su mujer, preocupada por el nerviosismo de don Matías    ---quien no se atrevía a confiarle sus temores a su esposa pues era una señora mayor, celosa de los afectos de su marido, y a últimas fechas le recriminaba rencorosa la atención que ponía en su “fiera” --- le dio a beber con el café, sin que él se diera cuenta,  una infusión de hierbas. El viejo durmió como un bendito. Bajo el efecto de la valeriana y otras plantas, no vio más a su querido tigre abandonado en medio del mosquerío de un pajar compartido con otros animales encadenados. Tampoco apareció ya el hombre de quijada prominente, mirada torva y cuerpo nudoso que le gritaba obscenidades  a la vez que lo obligaba a salir al escenario.
En cambio el guardián del Bengala tuvo un sueño extraño. Se vio a sí mismo salir de su casa durante una noche espléndida de luna llena. El aire flotaba tenue y cálido deslizando un olor a azares desprendido del naranjal. Hacía calor y Matías se dirigió al pozo para sacar agua fresca con la cual darse un baño que lo hizo sentir fuerte y despierto. Se puso una camisa y pantalón limpios que tomó del tendedero del patio. Se colocó su sombrero y aspiró con vigor la deliciosa calma nocturna, sentado en la pequeña barda de piedra de su terreno, antes de poner marcha hacia la calle. Salió a la avenida de tierra que unía los solares de su cuadra con el resto del pueblo. No encontró en el camino más que al borracho Teodosio guarecido de la oscurana en una esquina del estanquillo frente al zócalo. Continuó su trayecto atravesando el caserío hasta que llegó al camino de terracería que conduce al zoológico. Lo tomó y enseguida recorrió a paso lento pero firme la distancia que lo separaba del sitio. Nunca le habían parecido más hermosos los alrededores de su comunidad. Siempre pensó que aquel valle era demasiado árido, despojado de casi todo y por tanto ardua la vida en el lugar donde le había tocado nacer. Pero esa noche pudo contemplar la dibujada silueta de los cazahuates meciéndose en la brisa con sus flores blancas; escuchó el élitro de los grillos desgranándose acompasadamente entre las hierbas, su vista se dejó salpicar por la luz intermitente de las luciérnagas, y pensó que no podía haber nada más perfecto.
Cuando hubo llegado al zoológico, don Matías se dirigió de inmediato a la guarida de su animal y se encontró con un espectáculo que lo maravilló: la pelambre que había recogido del Bengala flotaba en el aire dispersa en una nube no muy grande que apenas rebasaba en altura las ramas bajas del aguacatal. La forma de aquella nube era precisamente la del tigre, y al igual que cualquier otra de su naturaleza iba modificándose con lentitud, en este caso al vaivén del viento apacible de la madrugada. Era lo más inesperado que hubiera visto nunca, pensaba don Matías, al tiempo que con una sencilla ligereza los pelos volátiles del tigre se tornaban en la silueta de una parvada que se alejaba hacia el fondo azul cobalto del valle.

Era todo lo que el viejo recordaría de su sueño. Al otro día, yaciente en un vado del camino, lo despertó la hendidura de un par de pequeñas garras sobre su abdomen, y dos canicas verdosas y amarillas lo observaron por un buen rato con confianza, antes que aquel gato de monte siguiera solemnemente su recorrido entre los maizales.

 

 

Ciclo Literario.