Despedirse de Livinus
Roger van de Velde

Nota y traducción de Fons Lanslots*


El talento de Roger van de Velde (Bélgica 1925-1970) consiste en la combinación de un sentido cautivador y un análisis objetivo. Escribe con mucha empatía, pero conserva el reflejo del periodista quien, como ajeno al asunto, siempre piensa en lo suyo.

La mayoría de las veces sus cuentos no tienen un desenlace espectacular, lo importante es su manera de narrar y el  estilo propio que da contenido y énfasis a cada frase.

 

Con un margen de más o menos un día, los médicos habían calculado que, a sus ochenta y tres años, a Livinus le llegaría la hora de morirse en alrededor de una semana.
La gerencia del asilo había enviado un telegrama a los familiares. Y aquella tarde de octubre permanecían junto a la cama del anciano la hija y el yerno para despedirse discretamente de él.
Un adiós va acompañado de cierto ritual. La hija soltó una cinta color rosa de la caja de cartón y sacó de ella un pastel con mucho cuidado, como si manejara algo precioso y frágil, y con una sonrisa autocomplaciente deslizó la golosina, envuelta en el papel de encaje, por la mesa frente a su padre.
En la estrecha cama de hospital, el viejo Livinus inclinó un poco hacia adelante su desplumada cabeza de pájaro, examinando el pastel de fiesta con una mirada turbia pero crítica. La mano derecha le temblaba como una hoja y sus labios murmuraban sobre la ofrenda. Entonces apartó el pastel con la huesuda pero sana mano izquierda, un poco de nata batida se le pegó al dedo; y él clavó la mirada amenazante, casi odiosa, en su hija.
−Quiero un trago −dijo.

Fotografía
Joel-Peter Witkin / 1980

La mujer apretó los labios y frunció el ceño a su esposo que estaba con la cara sonrojada de borrego al otro lado de la cama. Verse confrontado con aquel problema imprevisto parecía aún más inútil. En un momento se le subió y bajó la manzana de Adán, pero no sabía qué hacer.
        −No seas tonto y come un trozo de pastel −dijo la hija. Sonó como una reprimenda, casi como una orden. Ella cambió a duras penas la cara de enfado por una sonrisa, y se dispuso a meter el cuchillo en la tarta.
        −Quiero un trago −repitió Livinus. La mano derecha le empezó a temblar aún más fuerte sobre la sábana y por lo visto prefería morirse en el acto que tocar ese pastel.
        −Con un vaso de leche la tarta sabe mucho mejor −insistió el yerno con cautela aunque sin convicción, pues no era tan tonto. Sin embargo, se esperaba que al menos hiciera un esfuerzo de su parte para superar aquel obstáculo. Puso empeño.
        −¡Quiero un trago!−dijo Livinus por tercera vez, y en voz alta así que todos en la sala de hospital pudieron oírlo. Le salía un poco de baba de entre las muelas cariadas y estaba bastante furioso.
−Me gustaría mucho más un trago que el pastel −añadió como un argumento simple, pero decisivo.
        Era cierto. Siempre había preferido el alcohol que cualquier otra cosa, y eso fue la causa de toda su miseria. Años atrás, cuando recurrió al machete, también había bebido tragos.
        −No lo permite el médico −dijo la mujer −. Es nocivo para tu corazón y también para los riñones. Debes comportarte como dice el doctor. Volvió a mirar fija y casi provocativamente a su marido al otro lado de la cama.
        A juzgar por la expresión furiosa del viejo Livinus, sentía una profunda antipatía hacia el médico. Es probable que también detestara su corazón y los riñones, a su hija y al yerno, y toda la lata. Se hundía gimiendo hacia atrás en la almohada y su ira parecía disolverse en una murmurante tristeza.
−Quisiera estar muerto −dijo con voz latosa de niño ofendido.
Alrededor de la cama había un silencio embarazoso, propio para la sombría evocación de un fallecimiento deliberado.
El yerno puso una mirada asustadiza. Dio unos pasos con rumbo a su mujer y le sopló jadeando en la oreja:
−¿Y si fuera a comprar una botella de bolsillo? Hay una licorería en la calle del asilo, allá se vende una ginebra con un irrisorio porcentaje de alcohol. Un solo trago tal vez no le haga daño, dentro de una semana de todos modos estará muerto.
El viejo espiaba la conspiración con vivo interés. Le costó trabajo volver a incorporarse, guiado por una esperanza que enardeció de repente.
La mujer se entregó un momento a sus profundas cavilaciones. Después de un conflicto interior, corto, pero por lo visto fuerte, dijo en el tono apagado de alguien que quiere lavarse las manos:
−Eso no me gusta para nada. Tienes que pedir permiso a la enfermera.

Fotografía
Joel-Peter Witkin, 1982

No quería tener sobre su conciencia que su padre muriera una semana antes de tiempo. Con todo podía suponer que la enfermera sería una fortaleza inconquistable. El yerno reflexionó aún por un ratito sobre el asunto y después se arrastró en sus suelas de caucho, como un salteador de caminos, hacia el cubículo de cristal donde una enfermera flaca con gafas estaba muy atareada en llenar toda clase de botellas.
Cuando el hombre enrojecido le daba a conocer su temeraria intención, la enfermera lo miró como si le propusiera algo sumamente inmoral, e indignada movió la cabeza.
El yerno regresó de mala gana a la cama, como un guerrero maltrecho al cabo de una batalla perdida.
−No está permitido −dijo. Las demás palabras se quedaron atascadas en la garganta. Sus manos en la colcha eran demasiado grandes y tan inútiles como el resto del cuerpo.
−Lo que yo había pensado −dijo la mujer en ese tono llano, pero con un leve estremecimiento de triunfo disimulado.
El viejo Livinus se dejó caer hacia la almohada y cerró los ojos. Así permaneció un tiempo inmóvil como una figura de cera. Sólo los labios seguían musitando unas palabras cortas e incomprensibles. En el fondo ya estaba en el estadio preliminar de la descomposición. Olía a jabón verde y a humus.
−Un trago −dijo en tono quejumbroso sin abrir los ojos −. Un pequeño trago antes de morirme, y no está permitido. De veras, ya quisiera estar muerto.
Sin duda hablaba en serio.
Otra vez había un silencio agobiador, como si ambos, en efecto, estuvieran ante un lecho de muerte. Ya no quedaba nada por decir, el testarudo anciano se había retirado a una helada sala de espera donde todas las palabras sobraban.
La hija puso su mano en el brazo izquierdo de su padre, que no tiritaba.
−Regresaremos cuando estés un poco mejor −dijo.
El yerno miró sus zapatos brillantes. Sabía que se trataba de una despedida definitiva.
Con dedos hábiles y rápidos la mujer puso la colcha en orden y echó todavía una mirada vacilante al pastel, ¿llevarlo o dejarlo?, se encogió de hombros y se marchó a la salida de la sala donde un empleado estaba esperando con papeles administrativos. El yerno la seguía sin hacer ruido, como un sonámbulo. Al avanzar no se atrevía a ver las otras camas, donde yacían nada más que hombres viejos.
Cuando desaparecieron de la vista, Livinus tomó el pastel de la mesa, lo examinó de cerca y escupió entre dos cerezas en medio de la tarta. Enseguida llamó rabiosamente con una campanilla para que le trajeran el orinal.

* Fons Lanslots (Hoogstraten, Bélgica, 2 de marzo de 1954) es Ingeniero topógrafo, ambientalista, escritor y traductor. Sus traducciones de los cuentos y relatos de Roger van de Velde se han publicado en Cantera Verde, Ciclo Literario y La Jornada Semanal.

 

 

Ciclo Literario.