Wagner a ritmo de rap

Oswaldo Ortuño


Con la película Presunto culpable estamos ante la resurrección del drama wagneriano, en esta ocasión a ritmo de rap. Esta revolucionaria película marca nuestra época y abre una enorme puerta para los creadores al presentar una forma que, contrario a la ficción donde comulgan tanto la industria como los autores independientes, realiza el drama en sentido inverso a lo común: de la realidad a la pantalla, en vez de la mente y el artificio hacia la pantalla.

¿Por qué es  wagneriana la película de Roberto Hernández y Geofrey Smith? Leamos, para contestar esta pregunta, un texto de Nietszche donde debemos suplantar la palabra “teatro” por la palabra “cine”, pues la reforma de Wagner, el genial músico vienés del siglo XIX, tiene como causa histórica inmediata el uso que la burguesía hacía de los teatros y del arte en general, situación que en nuestra época no solamente no ha variado sino se ha ahondado. “Los teatros, afirma Nietzsche, son nefastos tanto para los que lo constituyen como para los que concurren a ellos”. ¿Qué encierran los teatros modernos? se pregunta el filósofo Julio Quesada* al presentar esta discusión. “Una singular ofuscación de juicio, un mal disimulado prurito de diversión, de esparcimiento a toda costa, consideraciones eruditas, esparcimientos e histrionismos con la seriedad del arte por parte de los actores, un crudo afán de lucro por parte empresarial, superficialidad y ligereza por parte de una sociedad que sólo piensa en el pueblo en cuanto éste es útil o peligroso para ella” .
   La reforma artística de Wagner orienta una posición para ir renovándolo todo: “las costumbres y el Estado, la educación y la vida social”. Lo que ocurre o, mejor, ocurriría, es que si el “amor y la justicia” se hacen fuertes en el arte, de acuerdo con la ley de su intrínseco apremio, se propagan y no pueden volver a la inmovilidad. De forma que “amor” y “justicia” –directrices de los dramas wagnerianos- pueden transmutar la actual conciencia del hombre moderno: a) respecto al teatro (léase cine)  y al arte y b) respecto a la vida en orden de una crítica social.
   Como se puede ver estos pensamientos fraguados en la segunda mitad del siglo XIX cobran una vibrante actualidad al ver Presunto culpable donde, como en la obra de Wagner, lo impersonal, el aceite purificador del drama musical, es la “justicia” y el “amor”.
   La reflexión filosófica, ante este ejemplo, deja de ser abstracta. Las palabras de Heidegger, el pensador que más se acerca a la definición de estas esencias, cobran una especial resonancia: “Ser artista”, escribe Heidegger en su libro sobre Nietszche, constituye un “poder producir” y lo que interesa aquí es relacionar este poder entre ser artista en tanto poder producir y el arte como proceso de creación-destrucción.
   En Presunto culpable es evidente que estamos ante una “realización formativa”. Quesada cita a von Humboldt: “Cuando en nuestra lengua decimos “formación” nos referimos a algo más elevado e interior, al modo de percibir que procede del conocimiento y del sentimiento de toda la vida espiritual y ética y se derrama armoniosamente sobre la sensibilidad y el carácter”.
   El efecto que ha tenido Presunto culpable en el público mexicano y mundial es un ejemplo del acto creactivo-destructivo. Del acto transfigurativo que Nietsche le exige al arte. Debemos reconocer que estamos ante una obra trascendente que se debe ante todo a su “forma”. Volvemos a Heidegger: el arte, mejor que cualquier otra materia, revela lo que es la vida en cuanto devenir de las “formas”, donde por “forma” hay que enteder “ley” interior que tiende a abrirse hacia afuera. Por lo tanto, “forma” no es formal; todo lo contrario, constituye “es”, una “forzosidad”: “la forma constituye el único contenido verdadero”, esto es el elemento determinante por el que brota la creación. Y en este sentido la naturaleza misma es un “artista”.
   Presunto culpable, en este sentido (nietszcheano) es una película “genial”: Afirma Gadamer citado por Quesada: “El genio es un favorito de la naturaleza, igual que la belleza natural se considera como un favor de aquélla. El arte bello debe ser considerado como naturaleza. La naturaleza impone sus reglas al arte a través del genio”.

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Acusador en el careo

Pasados varios minutos desde
 que comenzó la función me descubrí con la quijada caída. Uno abre la boca en el culmen de lo asombroso, de lo sorpresivo. “Donde más aprieta el dolor, la ignorancia y la muerte, allí mismo, en ese punto, es donde hace su aparición la transfiguración del arte. Allí donde el devenir nos ofrece un contratiempo, Zorba, el griego, levanta las manos y comienza a danzar.”
El preso es el hombre caído que sin embargo hace el salto mortal del rap. La historia narrada en su voz y sus músculos. Su vida cantada. Al invertir el tránsito común con el que se trabaja en las maquinarias cinematográficas los autores imponen la actualidad de la narración periodística y la crónica es algo más allá que un “documental” donde se presenta el estrago nacional, el fondo de ese recipiente llamado Sociedad y Estado. No es el teatro y es la verdad metafísica.  El comandante, en el “careo” con Toño, tras los barrotes de la cárcel es la cumbre de la Historia Universal de la Infamia. ¡No es un actor! Dios mío, nos damos cuanta de ¡cuánto fingimiento nos hace sufrir el cine, la televisión! Vean esto, nos dice Presunto culpable, no hay nada inventado, nos han puesto frente a la butaca un pedazo palpitante de nuestro presente. Nadie escribió las palabras que dicen los participantes, nadie memorizó un papel. Es un registro a dos cámaras y sonido profesional. Un juicio. ¡Un juicio de verdad! Caíganse de sus asientos los guionistas y cineastas del género “jurídico”. Aquí está un preso, un juez, una fiscal ¡Dios! ¿Qué reverenda actriz podría hacer esta actuación? Sólo unas palabras: “aquí en este disquet está mi acusación”, le dice al juez.  “Es mi chamba”. Nada más, lacónica esa mujer que vemos cualquier día, en la calle, en un lugar del metro, en un café, en un mercado comprando verdura, mascando un chicle. Y el abogado defensor, constitucionalista según vemos el cuadro de Carranza siqueiriano en su despacho. Jalándose los pelos, luchando encarnizadamente contra esa absurda condena, dos veces repetida. Porque los argumentos están impecablemente narrados, en forma elocuente, con pruebas, con testigos. Toño no asesinó al joven por una deuda de mariguana. Sin embargo allí vive ahora Toño, el vendedor de discos piratas del tianguis del Polvorin, de Iztapalapa. Allí duerme, hacinado, bajo la plancha de concreto de un camastro de una celda múltiple. ¿Cómo es entonces que danza y canta?    Muestra Presunto culpable que el arte transforma. Toño es el generador de una des-obra donde está al centro que es el núcleo mitologizador, el mismo que funda el drama, en el preciso punto del héroe, del sacrificado que resucita. Viene a nosotros desde el centro de la tiniebla que es una comunidad de hombres jóvenes vibrantes y sonriendo, una especie de buen talante del infortunio, como lo conocemos en Dickens.  Allí está Toño con sus hermanos los presos que lo despiden con tan enorme cariño cuando por fin cruza las puertas a la libertad, donde su comunidad  lo espera, emocionada. Su esposa, que borda sombreros de charro, y su hijo que ha sido engendrado estando él tras las rejas. La comunidad familiar de los presos en la boda colectiva es un cuadro que queda en los anales de la historia de las imágenes. Es la comunidad de ajusticiados que en su mayoría reciben un trato irregular, discriminatorio, autoritario. La fiesta para la reproducción. La cuadrilla de policias judiciales es también uno de los lienzos más nítidos de la amenaza que significan en las calles esos hombres armados y con placa de justicieros. El acusador. Punto y aparte. Que un indígena puro es una maravilla de la naturaleza. Un mexica auténtico cuyo espíritu aflora en el acantilado de la desmoralización. Ignorancia, dolor, crimen. Estos guardias, son los agentes, son las herramientas del juzgado para “calificar” el delito.El indígena está retratado en ese ladinismo que es la transacción de la sobrevivencia vernácula  donde la pobreza, la ignorancia, la marginación tejen en los cuerpos las colisiones criminales. El “madrina” se le llama en la jerga policial, las pinzas del judicial, el testigo omnisciente o el esbirro. Ese cuadro donde el acusador ríe con los judiciales en extrema complicidad y cinismo paraliza el corazón y es desde esta frialdad donde va ascender el clamor más sobrecogedor que mirar se pueda en el cine: la víctima llama al acusador en sus fibras más finas. Va a su corazón. La pregunta, la última pregunta lo va a salvar. Es desde actos como este que se construye la dialéctica, la pregunta es generadora de una excavación que traspasa la psique torturada y torturadora del acusador, es la pregunta que va a deshacer un sordo argumento, la obsesiva señalación: “No vi que dispararas”.
¿Por qué este hombre promovió, en una demanda judicial, ser borrado de la cinta? ¿Qué ha sido de él? ¿Qué puede ser de él? Es un traidor. Echó abajo el argumento de los policías, de la fiscal, del juez. Por eso Presunto culpable es una película luminosa sobre la justicia y el amor que revela el odio y la soberbia del poder para los cientos y tal vez miles de individuos que son condenados, para esos hombre y mujeres que están hacinados en esas infames cárceles que parecen peores que las mazmorras medievales. Y sin embargo hay un ¡final feliz! ¿Es así como se logra desde el arte no solamente la crítica social, sino la trsnformación social? Estoy seguro que cineastas como Iñarritú, que va caminando en el sentido opuesto a este tipo de metodología fílmica, va a aprender mucho de esta película. Sordidez, crimen, dolor....¡Pero si de eso es que estamos hasta la madre! Pongamonos a trabajar seriamente, como lo han hecho los autores de este film memorable que dan ejemplo de cómo “la obra de arte acaba siendo una realización plena de la representación simbólica de la vida”.  

* Julio Quesada. Nietzsche. Afirmación y demonio melancólico. Biblioteca Universidad Veracruzana, 2007.

 

 

Ciclo Literario.