Palindromos

Angel Morales


 

Para Berenice

Pasando el puente a mano derecha justo después del faro hay un hormiguero. Mi casa está enfrente del hormiguero. A veces me entretengo jugando con las hormigas, las aviento desde la azotea y no las mata la caída sino el rebote.

Fotografía
Petra Cepková / 2006

Después de revisar el texto pensó que era una mierda; qué importaban las hormigas y quién era él para hablar de su vida. Querer escribir de uno mismo era meterse a un laberinto para dar marometas. No tardó más de cinco segundos en apretar la tecla delete y enfrentarse otra vez con la página en blanco.
-O dejas de adelgazar o me vuelves a querer -refunfuñó el hombre sin soltarla de la mano. Luego pensó en la reacción de ella. Él sabía que de un momento a otro podría ser sorprendido por la palma de la dama. De ser así, él no podría hacer nada. Una vez escuchó que incluso a Bruce Lee lo golpeaba su mujer.
Cada letra iba colgada una de otra y él seguía tejiendo palabras; pero no bastaban las palabras, no tenía que escribir, tenía que escribirse, abandonar sus ideas y dejar que sobrevivieran por sí mismas. Personaje y escritor encerrados en el mismo cuerpo se golpeaban el espíritu y seguían de todas formas.
Antes de  terminar el párrafo el teléfono se adelantó al punto final.
-¿Dóndehasestado?todoeldíaestuvemarcándote.
-Habla más despacio, no te entiendo nada.
-¿Por qué no contestabas? ¿Te fuiste a la calle enfermo?
-Estaba escribiendo mi novela.
- Como sea, llegaré a tu casa a las diez con la cena.
-¿No puedes llegar antes?
        - Pero si siempre cenamos a las diez.
        -Sí, pero desde las ocho ya tengo hambre.
        -Estaré ahí en media hora.
        -Si puedes trata de conservar la comida caliente.
        -¿Cuándo pasé de ser tu musa a ser tu moza?
        - Cuando brotaron tus primeras várices.
        -Ni porque estás enfermo te compones, creo que deberías…
-Espera, espera carajo, voy a anotar eso que dijiste.
-Te veo más tarde.
Después de colgar anotó la frase en una servilleta persiguiendo una idea. Eiffel, sumergido en su mundo, nunca lograba apreciar los detalles de Bedani que, vistos después, crecían como regados por el tiempo.
Él prefería estar solo y conocía tan bien a su soledad como si fuera un familiar; en la mesa desayunaban juntos, igual que a un hijo le tendía la mano para cruzar la calle. Además, necesitaba estar solo para poder escribir. Cosa que Bedani no entendía. ¿Qué sabía ella acerca de la creación y la literatura? Intentar explicárselo era lo mismo que hablarle a un pez acerca de la lluvia.
Eiffel estaba condenado a vivir como escritor y lo sabía. Se dio cuenta cuando era un niño abandonado en su casa durante horas: varillas que asomaban por el techo, el cartero huyendo en bicicleta de los perros, aves posándose sobre los cables. Y su mano empañaba el cristal de la ventana. Ese paisaje era un poema ilegible para las demás personas.
        Mientras resuelvo el crucigrama de los domingos pienso en la mujer que jamás he mencionado. Me pregunto si estará abrazando a sus hijos o, peor aún, a su marido. Aunque sé que ella jamás me amó, esta vez no lloro. Sólo la imagino recargada en los brazos de su marido recorriendo la ciudad, preparándose por si algún día ocurre nuestro encuentro. Hola amor, dirá sin ponerse nerviosa, te presento a mi marido. Y es que su matrimonio importaba poco, jamás hemos tenido respeto por las leyes. Nuestra relación se regía por usos y costumbres; ella usaba mi cepillo de dientes y mi maldita costumbre, según ella, era no levantar la tapa del inodoro.

Fotografía
Pretina Hicks / 2005

        Desde hace tres meses no hablo con ella. Ya estoy listo para verla a los ojos, para desafiarla, para convertir cada respiro en una frase y pedirle de una vez por todas otra oportunidad. Reconozco que a su lado soy sólo un chico, pero ése es un problema que se resuelve con el tiempo.
        Sé que al cruzar la calle aún voltea a ambos lados por temor a que le robe un beso. Y ella sabe con seguridad que, aunque no puedo decir su nombre, todavía puedo decir que la amo. Y si tuviera que hacer un crucigrama de mi vida, de las verticales, la última palabra sería ella.
Una vez más la inspiración se había marchado. Así que se entretuvo colocando comas y conjugando verbos hasta que decidió abandonar la batalla. Primero iba a desenredar toda una maraña de ideas y en seguida las ocuparía para hacer malabares.
        Finalmente, se volcó sobre su colchón y fue envuelto por una avalancha de recuerdos. No sabía de qué parte llegaban pero llegaban: las cosas estúpidas que había hecho, las mujeres que lo habían abandonado por hacer cosas estúpidas, las estúpidas mujeres que lo habían abandonado por hacer cosas. <<Alguien te contó mal esa historia. En los cuentos de hadas la princesa que vive en el castillo no se queda con dos príncipes. La mujer que se queda con dos hombres no es exactamente una princesa y los dos hombres no son exactamente unos príncipes. Ahora, amor, adivina ¿cuál es tu personaje?>>  Recitar en voz alta de algún modo sosegaba su ira. Porque las memorias  venían acompañadas nada más de eso. De ira.
De todas las gotas que caían del cielo una golpeó su nariz. Su mano derecha se alzó para señalar las nubes y ningún auto se detuvo. Luego de diez minutos, en la ventanilla de un taxi se reflejó una mujer morena de cabello corto. Bedani abordó el auto que la llevaría lejos de la ciudad. Por la ventanilla se filtraba un aire frío.
“Aquí por la trece y traigo un veintisiete conmigo, pero tú comenta qué cincuenta. ¿A dónde la llevo, señorita?” Bedani respondió sin voltear a ver al chofer. Él encendió el estéreo para que ella no escuchara la conversación por la radio, pero la lluvia hacía que por momentos el taxista elevara su voz.
En la oscuridad del auto Bedani especuló qué pasaría con Eiffel. Él estaba entrando a los treinta, se había marchado de la casa de su madre, no tenía trabajo, se aprovechaba de las mujeres a pesar de ser poco atractivo y, lo que era peor, vivía con la esperanza de convertirse en un gran escritor.  
Ser escritor, estúpida idea. Ella sabía que el maestro de Eiffel era una mala influencia y que Eiffel nunca llegaría a ser como su maestro. Todos, excepto Eiffel,  lo sabían. El curriculum del maestro era más grande que la obra completa de Eiffel, su maestro había escrito más con su vida que él con su computadora.
“Hay un cuarenta cerca de la avenida, justo en la rotonda, avísale a los dieciochos  no sea que se los vayan a treinta y dos”
Cada vez que pensaba que en los días próximos se iría sin despedirse, venían los recuerdos.
-Hace una semana te vi.
-¿Dónde?
-En una foto. Estaba poniendo veneno para ratas y me encontré un periódico donde hablaban de ti.
Eran  bromas que hacía para molestarlo, pero de cierta forma también era en serio. Bedani quería que él renunciara a su vida y comenzara de nuevo.
“Échale ganancia… Diez nueve…ocho… ocho… enteradito.”
Pero Eiffel se merecía que lo abandonara sin darle explicaciones. Cuando intentó hablarle de su beca para irse a estudiar a Barcelona, Eiffel la interrumpió con la historia de un concurso “Al leer los resultados, por supuesto, apareció mi nombre. Pero alguien había cometido un error y mi proyecto de novela aparecía en el de ensayo. Hacían una aclaración diciendo que lo cambiaron para juzgarlo entre las demás novelas. Pero entre los ganadores no apareció nada.” Desde ahí no volvió a contarle alguna otra cosa y en su mente sólo se formaba la idea de irse en cuanto tuviera la oportunidad.
Ella no se afligía porque en ocasiones había mantenido a Eiffel; sin embargo, cada vez que podía se lo echaba en cara. Él tenía como costumbre justificar el hecho de permanecer acostado y no trabajar “Te digo que no iré otra vez a la campaña. No puedo viajar. No. No. Incluso el sabor de la pastilla para el mareo me hace vomitar. Además, en la última charla éramos cinco para un grupo de veinticinco y un niño pequeño se durmió”. Bedani empezaba a cuestionarse cómo había podido ser tan indulgente tanto tiempo. Y encontraba las razones, pero ya no tenía sentido preocuparse por eso. Ya estaba preparada para ver este momento como un adiós; abrazaría las sábanas por última ocasión, dejaría impreso su perfume en el baño, lanzaría una mirada triste hacia el espejo y en un suspiro guardaría todas las memorias.

Fotografía
Aldo Guerra / 2009

“Veinte, veinte. Usted me va diciendo por dónde, señorita.”
-En el puente, a la derecha. Aquí está bien, en el faro.
Tocó y nadie abrió la puerta. Se paró de puntillas. Al final del corredor había una luz encendida. Ésa era la última vez que lo vería. No diría nada, fingiría ser la mujer sumisa que había sido los últimos meses. Fingiría que aún sentía un poco de amor.
Un silbido nocturno disolvió los recuerdos. Una presencia se distinguía en la entrada y Eiffel fue a su encuentro.
-Afuera no pasaba ningún taxi. Dentro de poco tendré suficiente dinero para comprar un carro. Por cierto, ¿por qué dicen comprar un carro cuando tardan veinte años en pagarlo? ¿No debería existir otro término para eso?
-Sí, claro. Lo correcto sería “acabo de empezar a deber un carro”.
A lo largo de la charla Eiffel intentaba no abrir la boca porque temía a los reclamos. Él sabía que querer a una mujer del piso al cielo ya no era suficiente. Además de eso, tenía que prestarle atención.
-Voy a contar cuántas veces bostezas al día. Hay que andar cuidando que no te duermas.
-Sabes que no puedo evitarlo… Pero sólo me duermo en lugares estratégicos.
-Una vez te dormiste en el gimnasio.
-Ah, es que, esos aparatos son muy cómodos. Pero tú sabes que para mí diez escalones son cincuenta, apenas y puedo moverme a la velocidad de las personas, los párpados me pesan como si estuvieran mojados y cuando despierto ya es tarde para algo. Un día de estos no voy a despertar, me quedaré envuelto entre las sábanas como las momias.
-Deberías ir a un grupo de ayuda humanitaria para buscar la felicidad.
-Para qué buscar la felicidad cuando puedo comprar alcohol.
-Ya estoy harta de tu actitud ¿Cuánto tiempo más vas a seguir aquí? ¿Por qué te fuiste de tu casa?
-Porque mi padre fue un alcohólico, porque mi madre no tuvo padre, porque todos los hombres tienen mierda en la cabeza y, porque las mujeres no necesitan de los hombres.
-Eso qué tiene que ver, no me parece que por algo así uno deba irse de su casa.
-No, eso no era el problema, el problema era que cada diez minutos mi madre siempre me lo recordaba.
Entre tanto, Bedani organizó las vajillas y de un papel arrugado sustrajo los ingredientes. Seguramente los compró a mitad de precio o con sus cupones, pensó Eiffel mientras la veía. De las manos de Bedani nació un emparedado y el emparedado era de jamón y el jamón no tenía mayonesa y la cena no podía llamarse cena. Lo único rescatable del emparedado es que era de cuatro pisos. Inexpresivo ante las acciones de Bedani, Eiffel dio la primera mordida y hasta que unas botellas de cerveza fueron alcanzadas por la luz de la lámpara dijo gracias.
-A veces creo que no me quieres.
-Por supuesto que sí. En mi novela te pondré al lado del personaje principal. Ese es un lugar muy importante.
-¿Hablas en serio? Por cosas como esa te quiero mucho mucho.
-Aprecio que me digas que me quieres, pero a qué precio -musitó sin que ella lograra escucharlo.
-Quizá exageré con lo de mucho mucho. ¿Y tú eres ese personaje principal?
- No, sólo un idiota narraría mi vida.
Mientras ella hablaba de origamis y de cisnes y comía y lo veía comer entre  libros y papeles, Eiffel devoraba su emparedado sin darse cuenta que gotas rojas escurrían sobre su rostro.
-Acabas de mancharte con salsa.
Bedani caminó rumbo a la mesa y tomó unas servilletas colocadas sobre unos libros.  Al voltearlas pudo leer en ellas: acá  vale la vaca, atar a la rata, odio ese oído, además esa me da, Aries a la mala se irá.
-No toques esas servilletas, son unos palindromos que escribí y algún día los usaré. Es sólo que, por ahora, no sé dónde ponerlos.
        Bedani le entregó las servilletas y merodeaba buscando otras. Si son malas las películas de la noche, tendré que acostarme con ella, pensó Eiffel mientras se atragantaba. Para él, seguir o no en la relación no hacía ninguna diferencia. Aunque le gustaría terminar con Bedani, dejaría las cosas así hasta que ella lo decidiera. Sabía que el final estuvo a la mitad de su relación y no en esta última etapa. No había razones para apresurar las cosas.
-Creo que debajo del ropero hay pedazos de tela.
Cuando Bedani se inclinó buscando algún trapo, Eiffel se dio cuenta que ella necesitaba algo contra las várices y él necesitaba escribir un primer capítulo. Luego bebió en pequeños sorbos su cerveza y, finalmente, decidió limpiarse con las servilletas pensando que, al fin y al cabo, con los palindromos, jamás haría literatura.

 

Ángel Morales nació en la ciudad de Oaxaca en 1986. Publicó el libro de relatos El último que muera apague la luz. Fue becario del FOESCA.

 

 

Ciclo Literario.