Malvaux

Marie Claire Figueroa*


En el mes de junio de 1944, mis tíos de Belfort propusieron a mis padres acogerme en su chalet de los Vosgos durante las vacaciones de verano. Mi tía Alice, hermana de mi papá, estaba casada con mi tío René. Me entusiasmó la idea con tal de no bajar ya a las tétricas cavas del inmueble en plena noche. Éramos verdaderos ilusos, puesto que una bomba encima de los seis pisos nos hubiera aplastado, más o menos como el temblor de México en 1985 lo hizo con los hospitales, los edificios, etc.

Fotografía
PresinÉdouard Boubat / 1987

Por lo demás, sabíamos que los aliados británicos y norteamericanos habían desembarcado en Normandía el 6 de junio y que los últimos combates para rechazar al alemán de todos los países invadidos iban a ser muy violentos, tanto en Francia como en Europa del Este y en África del Norte. De la misma manera que aprendí en la escuela los nombres de Grant y de Lee, grandes generales de la Guerra de Secesión en los Estados Unidos, el de Simón Bolívar, Libertador de América del Sur, los de Morelos, Hidalgo, Guerrero en México, me acordaré siempre de los principales libertadores de Francia: el mariscal británico Montgomery quien venció a Rommel en el-Alamein en 1942 y luego estuvo al mando de un grupo de ejércitos en Europa occidental entre 1944 y 1945; el general George Patton, especialista en blindados, quien se ilustró en Túnez en 1943 y llevó el tercer ejército americano desde Avranches en Normandía – uno de los puntos del desembarque en donde el general logró abrirse paso de modo decisivo en el frente alemán en agosto de 1944 – hasta Metz en Lorena, luego en Bohemia en 1945; Dwight Eisenhower, quien llegó a ser el 34º presidente de los Estados Unidos, preparó con el Estado-mayor británico varios proyectos de desembarque aliado en Europa; en 1942, dirigió el desembarque en África del Norte, luego las campañas de Túnez y de Sicilia. En 1943, fue nombrado comandante en jefe de las fuerzas aliadas en Europa y logró la difícil coordinación de los diversos ejércitos, en particular en el momento del desembarque en las playas normandas. El 9 de mayo de 1945, recibió la capitulación alemana en Berlín.
Finalmente, last but not least, el general Charles de Gaulle, jefe de una división acorazada en 1940, al final de la Campaña de Francia encabezó desde Londres, a partir del armisticio firmado por el mariscal Pétain, el movimiento de resistencia francesa a los alemanes. Al final de la guerra, fue nombrado jefe del gobierno provisional en Francia y en Argelia. Luego se retiró de la vida política durante un tiempo. Fue elegido Presidente de la República en 1959, reelegido en 1965. Dimitió definitivamente en 1969. Es el autor de Memorias y de las Memorias de esperanza.
El muy popular mariscal Leclerc (Philippe de Hauteclocque) fue un incondicional del General de Gaulle. Se distinguió en el Tchad, en Libia y en Túnez de 1940 a 1943. Bajo el mando del General Patton, desembarcó en Normandía y entró a París en el mes de agosto a la cabeza de la Segunda División Blindada, más célebre por sus siglas IIa DB. Siguió hasta Alsacia e hizo la bandera francesa en la flecha de la catedral de Estrasburgo.
Tampoco hay que olvidar el movimiento de resistencia de los civiles aliados a los militares; contribuyó en gran medida a la liberación de los territorios ocupados: transmisión de informaciones, constitución de maquís, sabotajes, etc., eran algunas de sus proezas. Los “maquisards” (guerrilleros) eran secretamente armados por los aliados: paracaidistas británicos y norteamericanos arrojaban armas en los parajes aislados de los montes, sobre todo en los del sureste de Francia; los campesinos las ocultaban en cuevas solamente conocidas de ellos. Durante el verano de 1944, 3,500 maquisards franceses resistieron en el Vercors (Prealpes del norte) a los asaltos alemanes. Desgraciadamente pagaron muy caro su valentía, porque cuando descubrían redes, los invasores tomaban sangrientas represalias.
Quiero abrir un paréntesis a propósito de la palabra Vercors, seudónimo usado por el escritor y dibujante Jean Bruller para escribir El Silencio del mar, publicado en la clandestinidad en 1942. La novela, que cobró fama en su momento, cayó al olvido y la está recobrando actualmente. Es el largo monólogo del oficial alemán Werner von Ebrenach, hombre culto y enamorado de Francia. Jefe de la Kommandantur de un pueblo de Francia, está alojado, en pleno invierno, en la casa de un anciano quien vive con su sobrina. Durante toda su estancia, ninguno de los dos le dirige la palabra. Sin embargo, cada noche, él se refugia en la sala en donde brilla una fogata y, durante un breve momento, habla en un francés correcto con un ligero acento, de su esperanza de ver Francia y Alemania reunidas pronto en una cálida fraternidad. Sus palabras transmiten su felicidad de vivir en un hogar en donde la biblioteca, el armonio (él mismo es compositor), le hablan de una cultura que ha admirado siempre. Sus huéspedes no le contestan, pero se siente que participan en su monólogo y simpatizan, no con el oficial, sino con el hombre.
Al regreso de un permiso en la capital que tenía tantas ansias de visitar, no vuelve a bajar a la sala, único lugar acogedor por el calor de la chimenea. Después de una semana, aparece una noche con una noticia penosa: durante su permiso en París, sus colegas oficiales se mofaron de su ideología utópica y lo desengañaron: “Alemania no iba a tardar en sacar el veneno de la bestia”, aplastando al país de una buena vez. Al cabo de unos días, baja de su cuarto para explayar a sus huéspedes su desesperanza y anunciar su partida inminente hacia el infierno, el Frente; por miedo de asistir a la caída de Francia, renuncia a su cómoda estancia en la aldea. A su última palabra dirigida a ambos, Adieu, la joven responde con la misma, en voz queda, única palabra emitida por parte de los dos franceses durante la novela.
Varias películas se realizaron con ella: la primera de Jean-Pierre Melville en 1946, en blanco y negro, fiel a la trama, se centra casi únicamente en la casa en donde se aloja el oficial, y en su parlamento. En cambio otra, de 1984, proyecta en gran medida la vida de un pueblo durante la guerra y su oculto movimiento de resistencia.
Estos acontecimientos sucedieron mientras estaba con mis tíos en el Este de Francia y no nos enteramos de nada durante mucho tiempo. Entre el desembarque y la liberación de París, iban a transcurrir unas semanas álgidas. Presintiendo tiempos más difíciles todavía, mis padres me encargaron a una asistente social que regresaba a Belfort. Allá me llevaría a una casa amiga en donde me iba a recoger mi tío René. El viaje en tren estuvo muy ajetreado. A la mitad del camino, después de un frenazo, obligaron a los pasajeros a tirarse a las cunetas para resguardarse de las bombas de una escuadrilla de aviones alemanes que sobrevolaban el tren. Falsa alerta, éste no les interesaba. En un instante, recordé mi primera experiencia cuatro años antes durante el éxodo, cuando tuvimos que bajar del coche; el corazón se me salió del pecho mientras estaba tirada encima de una mezcla de gravilla, de tierra y de hierba húmeda. Al alejarse los aviones, volvimos a treparnos y, después de largo tiempo, el tren arrancó. Retomó su camino a un ritmo desesperadamente lento; nosotros, con la angustia pegada a la piel en la expectativa de otro tropiezo… Sin razón aparente, la locomotora frenaba y se detenía en medio del campo. Después de un lapso más o menos largo arrancaba de vuelta; necesitamos el triple de tiempo para llegar. Las tortas que habíamos llevado no eran ya más que un recuerdo.

Fotografía
Édouard Boubat / 1995

Cuando llegamos, me llevó la asistente social a casa de la amiga de mis tíos. Por fin comimos. Cerca de la mesa estaba una carriola con un bebé chiquitito. Empezó a llorar y le puse en su manita un pedazo de pan para calmarlo. Alarmada, la mamá se levantó para quitárselo, explicándome que se podía ahogar. Yo no tenía la menor idea de lo que era un bebé de tres meses, pero me había parecido que algo tenía que hacerse para calmar los llantos. Llegó mi tío René y me llevó al pueblo de Malvaux en donde tenía un chalet muy rústico llamado Le Cottage. Primero pasamos por el pueblo de Giromagny, luego por el pueblito de Lepuy-Gy. Malvaux era más bien un caserío situado al pie del Ballon d’Alsace, uno de los montes en forma de globo – de allí el nombre – que forman parte de los Vosgos, cadena entre Alsacia y Lorena. El más alto de estos montes, el Ballon de Guebwiller, mide 1424 metros. En Le Cottage, reanudé amistad con mis primos Michel y Bernadette. Jacques había fallecido después del éxodo, pero conocí a mis dos nuevos primos: Pierre tenía dos años y unos rizos dorados, François tenía 10 meses; me sentaron al lado de su moisés. Intrigada me acerqué a ese nuevo bebé, pero al ver una cara desconocida, se echó a llorar. Dadette le dio un trozo de pan para distraerlo. De inmediato lo intercepté y se lo arrebaté. Ante las caras de sorpresa y algo enojadas de mis primos que casi no se acordaban de mí, ya que llevábamos más de cuatro años sin vernos, expliqué doctoralmente que el niño podía asfixiarse. La carcajada general no se dejó esperar, seguida por una disertación no menos doctoral de parte de Michel sobre la diferencia entre un bebé de escasos meses y uno de diez. Ante las caras burlonas me daban ganas de desaparecer debajo de la silla para ocultar mis lágrimas de resentimiento. Para hacer diversión, mi tía me preguntó acerca del viaje; me pude desquitar al contar nuestras peripecias.
La vida de Malvaux me resultó más placentera de lo que me había imaginado. Me llevaba muy bien con Michel, dos años menor que yo. Nos divertíamos jugando a la guerra, lo que tanto me había fastidiado en el presbiterio de Chenehutte-les-Tuffeaux, cuando me decía que quería ser capitán como su papá. Ahora éste era comandante y con más razón quería seguir sus huellas. Yo había “madurado”, así que seguía sus órdenes golpeando la puerta metálica del garaje con palos, lo que producía un ruido ensordecedor que aterrorizaba a mi prima Dadette.
En casa de mis tíos, se trataba de obedecer sin discusión. Alto y delgado, el rostro siempre bien rasurado excepto un bigotito rubio, el cabello escaso, mi tío René imponía a cualquiera quien lo trataba. Su voz fuerte y bien timbrada, sus órdenes no negociables, me hicieron temblar durante mis vacaciones sucesivas en Malvaux y en Valentigney cuando trabajó en Peugeot después de la guerra. En cambio, en la sociedad, era siempre muy amable, especialmente con las damas a las que besaba la mano. Más de una vez pensé que no conocía su personalidad a fondo cuando captaba, tras sus lentes, una lucecita alegre; sus ojos reían con una especie de malicia contenida. Católico convencido, siguió repetidamente retiros en Poissy, cerca de París y se quedaba a dormir con nosotros. Mi tío había conservado la fusta que usaba cuando solía montar a caballo. Durante las comidas, la colocaba sobre la mesa y pobre del que se atrevía a hablar antes del postre. Yo no merecía el castigo en esos momentos, sin embargo, durante esas vacaciones tenía que cumplir diario con tareas de aritmética, mi pesadilla. En la mesa se encontraba la inquietante fusta, su presencia me aterraba, terminé por odiarla.
Después del desayuno, cada uno tendía su cama; lavábamos los trastes por turno, en una tina colocada afuera, sobre una mesa del jardín; la casa no tenía agua corriente. En la tarde, nos íbamos a bañar en “La Cuvotte”, un pequeño torrente que brotaba de un manantial cercano. Su lecho estaba formado por guijarros pulidos año tras año por los bruscos cambios de humor del agua de la montaña. Cargados con jabón y toallas, caminábamos en fila india por la vereda hasta unas rocas lisas. Cada uno escogía la suya y se instalaba. Era el mejor momento del día; con el simple calzón puesto, nos salpicábamos a cual mayor.
Una tarde, se le ocurrió a mi tía mirarme y soltar al mismo tiempo un comentario que me pareció enigmático:
- El año próximo, necesitarás un traje de baño completo.
- ¿Por qué? A mí me gustan los calzones cortos.
Con mi candidez habitual, no presté más atención al asunto a pesar de la sonrisita medio burlona de mi tía. De hecho, unos días antes, me había quejado de un dolor agudo en los pezones. No se me desarrollaban todavía los senos, pero esto me tenía sin cuidado y no percibí la relación del hecho con la reflexión de mi tía. Al igual que con mi madre, no existía ninguna relación de verdadera ternura entre ella y yo. Aunque ella podía exhibir de vez en cuando una gran alegría, yo la consideraba como una persona austera, tanto de aspecto como de carácter. Era casi tan alta como su marido, pero de semblante más severo. El rostro ovalado enmarcado por cabellos negros, los que enrollaba y arreglaba en un peinado rígido sobre la nuca. En la noche, cuando se soltaba el pelo, mi tía me parecía atractiva con esa capa negra en los hombros. Como mi abuela, era muy piadosa y siempre nos recordaba rezar antes de dormir. A veces lo hacía con nosotros.

*Memorias de Guerra de una niña (Capítulo XVII, primera parte)

 

Ciclo Literario.