Esta ciudad ya no es mía

Edith Muharay*
Traducción de Marie Claire Figueroa


El siguiente relato forma parte del libro Memorias de una colegiala húngara basado en los diarios que Edith Muharay escribió durante los años 1955 y 56

En esta épca Hungría -junto con otros países del Este europeo- formaba parte de los llamados «satélites de la URSS» que, después de la II Guerra Mundial, quedaron bajo dominio soviético. Sus fronteras estaban herméticamente cerradas con una «cortina de hierro» (campos minados entre altos alambres de púas electrificados) para impedir la salida de sus ciudadanos. El Ejército Rojo, estacionado en los puntos estratégicos del país, y una policía secreta feroz protegían un gobierno impuesto por el Imperio de Stalin. Una red de soplones, para denunciar cualquier manifestación de inconformidad, mantenía a  toda la población en alerta.
   El 23 de octubre 1956 una manifestación pacífica de estudiantes en Budapest desembocó en un levantamiento popular. Estalló una revolución nacional de civiles y soldados húngaros mal armados contra el ejército más poderoso del mundo. Después de dos semanas de lucha heróica por parte de la población, un refuerzo de tanques y bombarderos enviados de Moscú logró finalmente aplastar los últimos focos de resistencia. Budapest quedaba en ruinas.
   Ante la perspectiva de una represión despiadada, cientos de miles de húngaros huyeron hacia la vecina  Austria aprovechando las brechas abiertas en la «cortina de hierro» por los revolucionarios.

 

Uno tras otro, mis amigos desaparecieron. Peter, buscado por participación armada en la “contrarrevolución”, logró pasar la frontera austriaca y se encuentra ya en Alemania occidental. Mis primas, las tres, se fueron con sus padres. Nunca más podremos divertirnos haciendo teatro en el jardín de Akarattya… El tío Sándor, ingeniero químico, tuvo que huir, porque apoyó abiertamente la formación de los comités obreros en su fábrica de Tata. ¡No quería irse!  Para él, abandonar su país era un dolor tal que hasta el último momento quiso regresar solo, prefiriendo la cárcel al destierro. Su esposa y sus hijas tuvieron literalmente que arrastrarlo sobre los últimos metros antes de franquear la frontera. Todavía se volvió con el fin de recoger un puño de tierra húngara para llevárselo a Brasil; puesto que se marchaban para llegar hasta Brasil en donde su mujer tenía a un pariente quien los iba a recibir. El tío Sándor hubiera preferido permanecer en Europa, más cerca de su país. Pero en Brasil le iban a ofrecer de inmediato un puesto importante en su especialidad, mientras que Austria y Alemania estaban ya saturadas de refugiados húngaros diplomados.

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Revolución 1956

Anyù1* perdió a su hermano y yo a mis primas queridas. “Gezsú”, quien siempre fue valiente, se marchó sola. Su madre, entre lágrimas de dolor y suspiros de alivio, me contó que ya había encontrado en Londres una familia de origen húngaro que la acogió hasta obtener una beca para seguir sus estudios.
¡Y Gabi, mi buena amiga, mi confidente! Camino hacia América, seguramente. Con su hermano y sus padres, lograron sin duda franquear la frontera cerca de Szombathely. El que los ayudó a pasar me entregó una notita de parte de mi amiga: “Cuando recibas esta nota, no estaremos ya en Hungría. Mi padre tiene un contacto en Estados Unidos que nos ayudará a instalarnos allá. ¡Nunca te olvidaré! Tu amiga de siempre, Gabi.”
        Ese tipo, el que los pasó, tenía cara de gigoló con sus cabellos abrillantados con gel, su traje mono, rayado, bajo el largo abrigo de invierno, y su reloj demasiado dorado. Presumía diciendo que todo esto lo había comprado en Viena, adonde iba “cada vez que se le antojaba”. Sabía en qué momento se podía todavía cruzar la frontera y pedía de 1000 a 2000 florines por cabeza para pasar a los refugiados.
-A ti te podría pasar por mucho menos si quisieras salir también, me aseguraba.
Partir clandestinamente se traducía por “pasar a la disidencia”. Había nacido un nuevo verbo: “disidir”. Se introducía cada vez más en las conversaciones privadas. Puesto que había muerto definitivamente cualquier esperanza de cambio político en Hungría, sólo quedaba emigrar de modo clandestino. En casa de los Weisz, encontré la puerta cerrada, las persianas cerradas. “Disidieron” me informó lacónicamente el vecino.
Después de que se fuera el gigoló, mi hermana Piroska y yo permanecimos despiertas un largo tiempo, sopesando nuestras posibilidades para el futuro.
Partir… ¡claro que yo quería!  Pero partir para no poder regresar nunca más, era otra cosa y me parecía un precio demasiado elevado por la libertad. Dejar a mi madre, a mi familia, a Hunor quien rehusaba dejar el país, al Danubio que seguía fluyendo, imperturbable, debajo de los puentes, ¡al Balaton! ¡Oh, el lago Balaton! ¡Dejar de nadar por la noche en sus aguas aterciopeladas y serenas, renunciar a todo esto, era imposible!
Mi padre, indignado al ver el éxodo masivo de la fuerza viva del país, nos advertía: - Excepto si es para escapar de una condena segura, ¡es cobarde esfumarse ahora y aprovechar  las brechas abiertas con la sangre de los combatientes! No comprendía a sus amigos escritores y artistas quienes pensaban emigrar en nombre de la libertad de creación.
- ¿Cuál creación? Con nuestra lengua que no se parece a ninguna otra, estamos condenados a vivir en la Cuenca de los Cárpatos si no queremos sentirnos eternamente extranjeros en cualquier lado. Un húngaro que corta sus raíces, difícilmente puede hacer brotar otras. Sin su país, su lengua, su cultura, ¿qué será de ellos? Pobres diablos sin raíces. Perderán su alma, decía. - Y luego, agregaba todavía, ¿qué será de este país si todos los más valientes y talentosos de sus hijos se marchan?
Varias decenas de miles de jóvenes ya se marcharon. En todas las familias, por lo menos una persona faltaba, muerta o “disidida”. Excepto con nosotros. Seguíamos siendo ocho al comer en silencio alrededor de la gran mesa de roble. Mi padre despreciaba a los desertores.
…diciembre.
¡Oh, que diciembre más sombrío! ¡Qué desierto sin vida a mi alrededor! ¿Quién, todavía, habla de la Navidad? Hunor ya no está... Quería ser médico y yo lo amaba. Está… ¡No! No quiero escribirla, esta palabra terrible, no quiero volverla irrevocable al escribirla.

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Despedida del Danubio

Pero que la escriba o no, el destino cercenó sin consultarme: Hunor ya no está. HUNOR MURIÓ. Debo aceptarlo, porque ya no volverá. Ya no escucharé su voz, su risa, su canto. Ya no podrá estrecharme en sus brazos.
Su hermano menor nos trajo la más inaguantable de las noticias. Conservo todavía el sabor de su boca sobre la mía, siento su abrazo, su corazón que late contra el mío. ¡No puedo creer que no palpite más! ¡Él, quien salvó tantas vidas, no podía perder la suya!
Me acurruco en los brazos de mi madre y lloramos juntas un largo tiempo, un muy largo tiempo.


…………………


        A Hunor, lo alcanzó una  bala mortal mientras estaba tratando de sacar a un herido fuera de la línea de fuego en una emboscada. Vestía su bata blanca y tenía el brazal de la Cruz Roja.
No tuve el valor de ir a ver  a su madre. ¿Qué hubiera podido decirle? Pasé tres días sin poder pensar en otra cosa, sin salir de mi rincón en la casa. Anyú me acariciaba los cabellos, me animaba a comer, no me pedía ni me preguntaba nada.
Fue Piroska quien me jaló fuera de mi escondite. Tenía que ayudarle a traer con una carretilla dos costales de papas desde un centro de distribución del otro lado del puente, puesto que ya no había nada que comer en casa. Todavía no eran las cinco y ya la oscuridad tomaba posesión de los edificios en parte derrumbados y con ventanas ciegas. Nunca he visto mi ciudad tan desesperadamente triste. Estaba silenciosa y vacía, como muerta ella también. Sólo el ruido sordo de una detonación proviniendo de Csepel quebró el silencio. Luego pasó un tanque rechinando sobre el pavimento, ese ruido que me da escalofríos;  el temible tubo se adivinaba vagamente a través de la niebla.
Aquí están, esos intrusos maléficos, y ya no se irán. Se aposentaron en todos lados, esta ciudad ya no es mía, ya no es nuestra: nos la quitaron.
No se ve una sola pareja de enamorados en las calles, ninguna madre pasea a su bebé en carriola. Ya no se oyen las risas de los niños en los parques de juegos. El columpio se columpia solo en el viento del norte, al lado de las tumbas recién cavadas. El gran ejército extranjero se sentó con sus enormes pompas sobre nuestro pecho para impedir que respiráramos libremente, y sólo queda un modo de liberarse, la huída, azarosa e irrevocable.

………………

¡Partir, quiero partir! ¡Dejar atrás de mí esta ciudad que ya no reconozco! Está cubierta de sangre, me da miedo.
Dicen que cerca de doscientos mil refugiados húngaros ya están del otro lado de la frontera. El país se va vaciando de su juventud. Los que no murieron se van. (¡Hunor! ¿por qué no te fuiste tú también con los demás?)
Las muertes y los arrestos han empezado a alcanzarme físicamente, en pleno corazón, a través de las personas que yo amaba, a quienes sentía cercanas.
Levente no pensaba dejar su país, pero lo arrestaron una mañana. Todavía estaba durmiendo, cuando tres agentes llegaron a tocar a su puerta, bastante fuerte para que  los vecinos los oyeran. Mientras uno se acercaba a mi amigo  para sacarlo de allí, los otros dos escudriñaban el departamento. Debajo de su cama, encontraron un grueso paquete de folletos revolucionarios cuya existencia los padres ignoraban. Dicen que la madre se abalanzó sobre  el primer agente suplicando:

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Kálmán Szollosy / 1945

-¡No pueden llevárselo, no hizo nada malo, sólo tiene dieciséis años!
El agente la empujó bruscamente, lanzándole en tono burlón:
-Cuando uno no es capaz de educar correctamente a su bastardo, ¡mejor se agradece al Estado, ya que la cárcel lo hará gratuitamente en su lugar!
A Levente quien trataba de ponerse los pantalones mientras lo empujaban hacia afuera, le gritó:
        - ¡Apúrate, idiota! ¡No tenemos tiempo que perder con los pequeños desgraciados anticomunistas como tú! Impotentes, los vecinos asistían a la escena.
¿Quién denunció a Levente? ¿Será la portera? Toda la gente del edificio se lo está preguntando. La madre está ahora en el hospital con una depresión nerviosa y el padre corre por todos lados, sin éxito hasta ahora, con el fin de conseguir un permiso para visitar a su hijo. Su única esperanza es que la acusación ignore su participación en la lucha armada y se limite al delito de distribución de panfletos.
Unos días después, le tocó al tío Andreas. El vecino de su piso, quien espiaba detrás de las cortinas de su ventana, vio a dos agentes empujarlo adentro de un gran carro que esperaba delante de la entrada de abajo. Desde entonces no tenemos noticias de él.

……………….

Con Piroska sólo hablamos de partir, sin mencionarlo a nadie, sobre todo a mi padre. Sólo quedan algunas brechas abiertas en la “cortina de hierro” que las autoridades se apurarán de tapar tan pronto terminen de matar o de capturar a los últimos resistentes. Y entonces, nunca más, nunca más podremos salir de aquí. Tendremos que asistir a la represión sin un grito, escuchar sin reaccionar las mentiras más escandalosas, aclamar al infame Kádár** y a nuestros queridos amigos soviéticos quienes nos lo devolvieron  para salvarnos de la “contrarrevolución”. Después de todo lo que he vivido, ¿seré todavía capaz de aplaudir y de callarme? ¿Cómo podré todavía saludar cortésmente a la portera quien, ahora sí lo sé, denunció a mi amigo? ¿Cómo podré seguir viviendo en este mundo mentiroso, cínico y cruel, y morir sin haber visto nunca París, ni nada ni nadie quien se encuentre allá, del otro lado de esta frontera maldita?
        Entonces Rudi, un primo del lado de mi padre, llegó una noche para platicarnos que ellos también iban a “disidir” dentro de dos días, él y su esposa. Primero irán a Györ, ciudad cercana de Austria, desde donde los llevarán hasta un pueblito a veinte kilómetros de la frontera. Allí, unos campesinos los guiarán a campo traviesa. No será un paseo agradable. Los guardafronteras bajo el mando de los invasores utilizan faros giratorios para iluminar la zona con el fin de descubrir a quienes huyen en la noche. Cada vez, aquellos tendrán que acostarse en la nieve, envueltos en una sábana blanca para permanecer invisibles. Piroska tenía un problema cardiaco, estaba excluido que pudiera caminar veinte kilómetros en estas condiciones. Pero si yo quería unirme a ellos, tenía que decidirme en ese mismo momento. Mi corazón empezó a latir con violencia. En menos de una hora, debía tomar la decisión más importante de mi vida.
Corrí con Anyú para que me aconsejara. Pero ella no sabía qué decirme. Se dejó caer en una silla, un codo apoyado sobre el borde de la mesa,  bajó la frente sobre su mano, y permaneció así, ovillada, durante un largo tiempo antes de levantar la cabeza para mirarme con los ojos llenos de lágrimas.
- ¿Qué quieres que te diga? No quiero perderte. Tampoco quiero verte sufrir. Si te digo: quédate aquí, ¿quién sabe qué porvenir te espera? Seguramente no el porvenir con el que estás soñando. Tampoco puedo decirte: ¡vete! –  tal vez no te vuelva a ver jamás. Sé que tienes más probabilidades de realizarte en un país libre… Pero si te sucediera algo durante tu huída o después, ¡nunca me lo perdonaría!  Sé también que van a  poner de nuevo la cortina de hierro y nunca más, sin duda, podrás escaparte de esta gran cárcel. Ves, concluyó ella mirándome con una cara desconsolada, en esta ocasión, soy incapaz  de aconsejarte. Debes tomar tu decisión, tú sola. Lo que sea que decidas, siempre estaré contigo.

Traducción de Marie Claire Figueroa

* Edith Muharay Massün, nació en Hungría en 1938 y al emigrar como exiliada, como consecuencia de la represión a la revolución de 1956, emprendió estudios superiores en ciencias políticas y sociales en las universidades de Lovaina (Bélgica) y de Ginebra (Suíza). Ejerció como profesora e investigadora universitaria en Bogotá, Colombia y Lima, Perú. Fue consultora de la UNESCO en educación preventiva para América Latina. Al regresar a su país fue consejera en relaciones internacionales en la Oficina del Primer Ministro de Hungría (1991-94). Textos suyos han aparecido en publicaciones de la UNESCO y la editorial Trillas editó uno de sus trabajos sobre el tema de la educación preventiva. Ha sido colaboradora de varias revistas y peridicos de Suiza, Francia y Hungría, así como de la revista Vogue de México (1988-1994).

** János Kádár, Primer Secretario del Partido Comunista húngaro. Hombre escogido por Moscú para restablecer el gobierno comunista después de la revolución frustrada de 1956.

 

 

Ciclo Literario.