El ultraísmo de Norah Borges

Biaani Sandoval Toledo


 

Escribir sobre pintura plantea
siempre el mismo problema: utilizar
un determinado lenguaje para referirse
 a otro lenguaje, totalmente distinto.
Jomí García Ascot

Emprendo este trabajo sobre la obra de Norah Borges recordando a Valéry, quien dice “¿Qué me importa la materia prima, que se halla un poco en todas partes? Es el talento, es la fuerza de transformación lo que me emociona y lo que me provoca antojo”. En los grabados de Norah Borges hay sobresalto y libertad, emoción, fuerza; en ellos se expresa un estilo, un lenguaje de heterogéneas explicaciones.
El ojo del pintor no ve lo que está, ve lo que imagina y esto le sirve no sólo para escoger o informar, le sirve, sobre todo, para hacernos soñar.
Analizar, definir, decir qué es una pintura, siempre ha sido difícil; intentar traducir ese lenguaje, que se plasma en líneas, colores y formas, irremediablemente nos conduce a transformar nuestras percepciones inmediatas en palabras, en ideas con sentido, para trasladar el primer impulso visual a un lenguaje reflexivo aterrizado en enunciados.

Fotografía
Familia Borges /1914

Leonor Fanny Borges Acevedo nació en la ciudad de Buenos Aires el 4 de marzo de 1901, usó el seudónimo de Norah para firmar sus obras. Vivió en Ginebra, junto con sus padres y su hermano, el escritor Jorge Luis Borges, de 1915 a 1918; allí tomó clases con el escultor Maurice Sarkisoff en l´ Ecole de Beaux Arts, pero donde aprendió las técnicas del grabado fue en Lugano, en el taller de Arnaldo Bossi.
En 1919 la familia Borges se traslada a España y es allí en donde los hermanos comienzan a participar en las revistas de vanguardia; la primera en la que se dan a conocer es en Grecia, la revista sevillana más representativa del ultraísmo español. En dicha revista se publica, en 1919, el manifiesto de los ultraístas firmado por un grupo de jóvenes, encabezados por Rafael Cansinos Assens, en el cual reclamaban la renovación literaria, la atención de la prensa y de las revistas de arte, la realización de un arte nuevo; y anunciaban, además, la publicación de la revista Ultra en la que se daría cabida  a las nuevas tendencias artísticas.
Es en la década de 1920 cuando resurge el grabado en madera, que no sólo significaba un estilo nuevo que representaba el cansancio y reacción frente a los fríos medios mecánicos reproductivos, sino también un objeto simbólicamente producido de manera salvaje. Esta comodidad de la producción artesanal unida a la boga de las revistas ilustradas proporcionaba al artista un medio de producción económico y de fácil distribución.
Así, el grabado en madera, una de las técnicas elementales, el medio primario de estampación directa, que fue desterrado desde el siglo XII, cuando otros procedimientos vinieron a simplificar esta tarea, después del grabado en cobre y de la litografía, resurge transformado.
El cultivo de la madera exige un gran dominio del artista sobre sí mismo. El grabado no sólo delimita las superficies y cierra los cuerpos; se adhiere a la forma sosteniéndola, como una columna sostiene una arquitectura. El ritmo del grabado lo constituye la fusión precisa de planos, y así, algunos están compuestos a base de dos tonos, mientras en otros hay un matiz intermedio con zona de grises, donde la luz efectúa sus más complicados equilibrios plásticos.
Los grabados que ilustraron las revistas Grecia, Ultra, Horizonte, Reflector y otras publicaciones de vanguardia, poseen una fuerte influencia expresionista y, por supuesto, futurista, corriente con la que el ultraísmo español tenía una estrecha relación debido a que compartían algunas de las ideas de Marinetti; por ejemplo, con respecto a la visión de ser un asalto violento para aumentar el uso de los elementos primordiales, que se tenía sobre la poesía,  o la rebelión manifestada por un amor a la velocidad y a las máquinas como elementos  representativos del mundo civilizado.
Es en Ultra en donde se concentran la mayor cantidad de grabados hechos por la pintora argentina, a partir de esta plataforma su obra se despliega hacia nuevos resultados estéticos.
Los grabados en madera “La Verónica” y “Cristo cruzando las aguas” son excelentes muestras de la fuerte influencia expresionista en esa etapa de la obra de Norah Borges; presentan superficies irregulares que no se disimulan y éstas son aprovechadas de forma expresiva, destacando la sinuosidad de las formas.
Existen grabados en los que se plasman ciudades idílicas, en las que aparecen seres alados; en otros aparecen músicos, casi siempre tocando instrumentos de cuerdas, y hay algunos más en los que se hace referencia al circo. Conforme se avanza en la revisión de su obra se percibe una creciente influencia del cubismo, que se fue superponiendo a la tendencia anterior.
Es inevitable no observar la presencia de rostros asexuados en la obra de Norah, su fantasía se libera en los dibujos, estos rostros que aparecen por doquier son una íntima intención de orden. Hay en los grabados de la pintora argentina un lirismo sobrio, una tendencia a plasmar una mecánica del espacio, una arquitectura formal que permite darle cabida a estos seres y a estos animales que son poseedores de expresiones y de movimiento; cada uno de ellos, incluso, está provisto de personalidad.
Guillermo de Torre menciona, en su artículo titulado “El renacimiento xilográfico. Tres grabadores ultraístas”, aparecido en la revista Cosmópolis, en el núm. 44, de agosto de 1922, sobre los grabados de Norah que “Cada una de sus líneas es una fibra de su alma, que vibra en esos paisajes urbanos y en esas cadenciosas figuras de mujeres apasionadas”.
Lo que se observa dice más de lo que significa. Allí comienza la extensión de la pintura. Un balcón que se superpone a un edificio, un caballo que está fuera del carrusel, o como en el linóleo que apareció en el segundo número de la revista Horizonte del 30 de noviembre de 1922, dos mujeres reposan en una sala, una sostiene un abanico y ambas parecen extenuadas, a ello se añade el ambiente mórbido, pesado de la decoración y el efecto pictórico que agrega la artista hace parecer que todo se les vendrá encima.

Fotografía
Norah Borges

La fuerza de Norah Borges surge de su inmersión con lo real, pero apresar la realidad es el problema de todo artista; la realidad, es decir, lo desconocido, la fantasía conceptual del mundo visible y de los estados de ánimo, desaparece dejando su sensación de vacío, que Norah representa con creatividad, con un ojo sensible abierto a formas asimétricas, a superposiciones de objetos, a encarnaciones de paisajes oníricos, de azares internos.
Todo detalle en sus grabados manifiesta un juego de miradas, su delirio recrea la presencia de personajes que juegan a expresarle algo al espectador que está afuera del dibujo, o dentro de él.
El grabado, además, le confiere un valor táctil al dibujo; imagino las hojas de las revistas y la sensación de relieve que le otorga una dimensión diferente a lo impreso; el linotipo conseguía eso también, que las letras fuesen objetos palpables.
“El arte existe— dice Cardoza y Aragón—: su historia es la historia de lo imaginario”. Las cosas que existen en la pintura tienen otra vida, la de la pintura, la del pintor, la vida del que contempla, en esto radica la elasticidad de la obra de arte, y si aceptamos que ella está más allá de las formas y los colores, sabremos que hay metamorfosis, que cada espectador le puede dar vida de maneras sumamente distintas, que no hay punto final a la hora de encararla.
Siendo cierto que cada arte requiere una técnica especial y que emplea medios distintos para emocionar al espectador, parece indudable que cada artista posea medios expresivos propios. Fijémonos, si no en los grandes artistas: Goya, Doré, Ruelas, Rembrandt. ¿Plasman todos lo mismo, ocupan la misma técnica? La contestación es obvia. Cada uno posee su modo especial de decir, que responde a su talento y a su espíritu.
Pues Norah Borges ama la sencillez, la diafanidad, en sus grabados se asimila la intención constructiva del cubismo, hay, en algunos de ellos, saltimbanquis picassianos que se insertan sin complicaciones, sin rebuscamientos, sin efectivismos.
Recordemos que una obra de arte carece de sentido permanente, es por ello que ubicar la obra de Norah Borges, o más bien, ubicarnos nosotros en el contexto español de 1920 o mirar de nuevo la obra y descifrar lo que nos dice ahora, 90 años después de su aparición, es valioso porque al trasladarnos, los grabados ensanchan los sentidos, inventamos y reinventamos la composición conforme va surgiendo el influjo de la mirada y todo este mecanismo que pone en movimiento a la imaginación se desborda en una toma de conciencia acerca de la imagen misma, del hondo valor que encierra en sí.
Al seguir sus pasos vemos cómo avanza en la sencillez, en la simplicidad de las formas. En 1921, a partir de su regreso a Buenos Aires, Norah recupera las imágenes de las casas porteñas, de los patios y, así, se hace frecuente la representación de paisajes.
La sencillez objetiva que se plasma en cada una de sus obras hace un llamado a nuestra atención, es esta sencillez la que palpita en esas líneas oscuras que se incrustan sobre el papel, pero que no se reduce a él; la pintora crea una sensación que se expande por dimensiones insólitas; con su creación multiplica nuestra sensibilidad y nuestro pensamiento.
 Al hablar de pintura o de una pieza artística reinventamos la obra, le damos otra vida. En los grabados de Norah Borges se siente la fluidez, el juego; se siente la tradición y con más fuerza se siente la ruptura, a partir de su regreso a Buenos Aires, la artista plasma un universo diferente en el que los paisajes urbanos van a tomar la idea metafísica que manejaba De Chirico en sus obras. No plasma el doble del modelo, no es un espejo, sus paisajes son una visión suspendida en un espacio mágico, sacado de la memoria. La humanidad que representa es tímida y juguetona, aparecen figuras con la cabeza de lado, siempre mirando de una forma atrayente, son imágenes que no fueron creadas para estar, sino para ser.
Una creación como ésta es imprevisible; la gama de reflexiones que pueden devenir de la contemplación de la  misma, es múltiple; y por ser tan basta, la crítica es sólo un argumento indeterminado, conjeturas, aproximaciones a lo irreductible.
Resumiendo, diré que la riqueza de Norah Borges reside en dirigirse en una sola dirección, en ahondar en ella hasta revelar florecimientos y vetas diversas. Es como una pieza de John Coltrane en la que las variaciones de piano, saxo, bajo y trompeta se despliegan en juegos armónicos, así siento en estos grabados la continuidad de fondo y las vibraciones versátiles alzándose sobre éste.
Pasada la efervescencia de los años veinte, Norah sería llamada, paralelamente a su desarrollo como artista plástica, a ser la ilustradora de la literatura argentina contemporánea; ilustró no sólo poemarios de su hermano, y de su esposo Guillermo de Torre, asimismo libros de Juan Ramón Jiménez, Alfonso Reyes, Silvina Ocampo, Bioy Casares, García Lorca, entre otros.
Durante su trayectoria como ilustradora mantuvo una conducta estética sin concesiones: persistió en su idea de la ilustración con figuras planas y lineales, dio volumen neoclasicista a sus figuras y, al mismo tiempo, hizo xilografías con tendencia cubista. Así, la obra es igual, cual mar incesante.
Al aproximarme a sus personajes, observo en sus ojos lo remoto y lo venidero, su alucinante imagen está en la presencia del sueño vertida en claroscuro. No pretendo dar una conclusión, no podría, el arte no puede anclarse en conclusiones, sigue fluyendo, sigue reflejando la vibración de la vida, el sueño, la esperanza, refleja lo que somos.
La obra de Norah Borges seguirá fluyendo, seguirá leyéndose, escuchándose, para finalmente dejarnos penetrar en eso que llamamos misterio.

Biaani Sandoval Toledo nació en la ciudad de Oaxaca en 1986. Es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Veracruzana; se tituló en 2010 con la tesis “La poesía de María Eugenia Vaz Ferreira”. Fue becaria del Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT de agosto de 2008 a octubre de 2010. En 2008 publicó el ensayo “El desdoblamiento del personaje a través de la memoria en Réquiem y Nocturno hindú” (de Antonio Tabucchi), publicado en Pie de entrada, Universidad Veracruzana. Facultad de Letras Españolas, Xalapa.

 

 

Ciclo Literario.