Conspiraciones fantasmales

Mario Guzmán Casanova


La leyenda de los Pendragon,
Antal Szerb
Editorial  Siruela  2004
Traducción Judith Xantus

Soy János Bátky, de Budapest, y no tengo nada que ver con nada… La mía es una curiosidad puramente científica.
Ni con un exceso de benevolencia nos podríamos atrever a comparar las habilidades del doctor Bátky con los procedimientos y los asombrosos resultados que a menudo han obtenido el señor Sherlock Holmes, el padre Brown o la señorita Pippi Calzaslargas en otras aventuras igualmente oscuras e intrincadas. Es comprensible si una y otra vez cierran ustedes el libro y se detienen a pensar por un momento, ¿cómo es posible que este inocentón de Bátky, con su cabezota húngara retacada de conocimientos tan útiles como los pelos sueltos de un gato viejo, termine a pesar de todo prevaleciendo sobre toda esta maraña de conspiraciones fantasmales?
Uno está preparado para ello, gracias a sus lecturas.
Si comenzáramos a describir La leyenda de los Pendragon, publicada en 1934 y compuesta por Antal Szerb, originario de Budapest y merecedor desde una edad excepcionalmente temprana de una notable fama como erudito literario y humanista… si comenzáramos a describir desde el principio el mencionado libro, como las buenas maneras sugieren (no insisten demasiado, por algo son buenas maneras), seguramente nos evitaríamos un montón de complicaciones; el futuro lector de las prometidas aventuras impaciente se lanzaría a la carrera hasta biblioteca más cercana, haciendo sonar en sus bolsillos las preciosas pistas que le hubiéramos proporcionado, pero intentar dar un panorama general de este libro de suspenso alquímico y de bufonadas fantasmagóricas nos parece tan peligroso como andar recolectando margaritas en un campo minado. Preferimos andarnos con cuidado, pues existe siempre el peligro de revelar de manera imperdonable algún indicio que pudiera desenredar de golpe los misterios endiablados de este libro, por el cual es más prudente desplazarse levantado cada pie con muchísimo cuidado y, antes de posarlo, revisar que nuestra suela no ha aplastado a alguno de los invitados de una fiesta de sociedad del verano pasado o que no haya vuelto ilegibles los chismes que esos mismos invitados cuentan acerca de cierto aristócrata galés, chismes de entre los cuales solamente uno nos atreveremos a revelar aquí: Owen Pendragon, conde de Gwynedd, está loco de remate.
—Objetividad… ¿Acaso existe tal cosa? Todos acabamos construyendo nuestro propio mundo con nuestras manías, e intentamos comunicarnos con unas señales luminosas muy débiles.

Entre un loco galés y un filólogo húngaro no debe de existir una gran diferencia, y este es el único incentivo que va a necesitar el ávido lector de novelas, si es que no se diferencia mucho de nosotros mismos que con la sola promesa de un buen montón de disparates (alquimistas inmortales, jinetes fantasmales, señoras elusivas y fatalmente seductoras, algún sobrino irlandés del barón de Münchhausen) salimos corriendo con la intención de tomar por asalto la biblioteca.

 

 

Ciclo Literario.