La guerra prosigue

Marie Claire Figueroa*


En 1943, la guerra seguía más recia que nunca y la privación de alimentos estaba a la orden del día. La desaparición de los judíos también. Desde la ventana de la sala, solía ver jugar a dos niños, hijos de un artesano que enmarcaba cuadros en una tienda cercana. Me hubiera gustado bajar a la calle con ellos. En esa época,  los coches en circulación eran escasos: los de los alemanes y los de algunos franceses provistos de permisos especiales, los médicos, por ejemplo. Pero estábamos todavía bajo la tutela de Mademoiselle Becque y un “no” rotundo respondió a mi súplica. Sabía que los niños eran judíos por la estrella amarilla cosida a su camisa de acuerdo con el reglamento impuesto por las autoridades alemanes. Un día no aparecieron más. Sorprendida no comenté nada hasta que me percaté que la tienda estaba clausurada. No aguanté más:  — Papá, sabes que los niños judíos ya no están y la tienda está completamente cerrada. ¿Por qué, Papá? La cara de mi padre se puso rígida. Dudó un poco antes de contestarme: — Habrán salido de vacaciones…

Fotografía
Robert Doisneau 1942

En esa época, nadie tenía la más remota idea del destino de los que subían a los trenes llamados más tarde “trenes de la muerte”. Empezaban a correr rumores, pero tan estrafalarios que no se les daba crédito. Ya en julio 1942 había tenido lugar en el Velódromo de invierno de París, el arresto masivo más grande de judíos, comúnmente llamado La Rafle du Vel’ d’Hiv o sea “La Redada del Vel’ d’Hiv. En dos días, los 16 y 17 de julio, 13,152 judíos extranjeros con residencia en Francia fueron sacados de sus casas y llevados, unos al Velódromo de invierno, otros a diversos campos de concentración cerca de la capital antes de partir para los campos de exterminación en Alemania. La orden emanada de las autoridades de la Ocupación fue aplicada con celo por la policía francesa del Régimen de Vichy, cómplice de esas atrocidades. La mayor parte de los responsables fueron juzgados después de la guerra. Unos se suicidaron, otros fueron liberados por haber participado a la postre en la Resistencia francesa. El 16 de julio de 1995, el Presidente francés, Jacques Chirac, ofreció al mundo disculpas oficiales por el papel infame jugado por la policía francesa. Hay que hacer notar que el papel de la iglesia católica tampoco fue ejemplar en ese rubro: algunos curas y obispos, llamados “collabo”, o sea colaboradores de la política del Mariscal Pétain, ayudaron a la policía en estos siniestros menesteres. Las denunciaciones de franceses por franceses, la complicidad con los alemanes, fue una gran mancha negra que empañó esa época irremediablemente. Por supuesto el movimiento anti-semita no se limitó a los judíos extranjeros; pronto fue el turno de los franceses que no tuvieron la precaución, el tiempo o los medios, de expatriarse.
Otros eventos terribles sucedieron en el barrio en ese entonces. En la calle Eugène Delacroix que desembocaba justo en frente de nuestro edificio, vivía una señora joven, rubia, muy elegante, con una niña de unos cinco años. Esta mujer recibía de vez en cuando las visitas nocturnas de un oficial alemán. Por supuesto todos la criticaban, sin embargo no era la única en comportarse de esa manera. Para algunas de ellas, era un modo como otro de escapar a las privaciones. Una mañana se oyeron alaridos: “La asesinaron, la asesinaron, asesinaron a tu mamá…” repetía a gritos una voz femenina, probablemente de la sirvienta o de la niñera. Fue lo único que logré escuchar y entender. Tal vez el hecho de que se tratara de un crimen pasional no me hubiera impresionado tanto; mis padres pretendieron ignorar lo sucedido. Solamente la tante Yvonne, unos días más tarde,  me dio una breve explicación y los gritos de esa infausta mañana resonaron en mis oídos durante mucho tiempo.
Después de la guerra, por ese mismo crimen, el de tener relaciones con alemanes, se rapó en público la cabeza de muchas mujeres, en unos actos en donde reinaba un ambiente lleno de escarnio, sarcasmos, obscenidades, una crueldad que sólo el hombre tiene para sus congéneres.
En otra ocasión, desde mi escritorio en donde hacía las tareas de regreso de la escuela, observé por la ventana, lejos en el cielo, cómo bajaba algo en llamas, ¿un avión de cacería, un paracaidista? No se distinguía lo que emergía de la humareda. Boquiabierta, los ojos agrandados por la incredulidad y un principio de temor, fue la gota que desbordó el vaso. De repente me percaté de mi situación: era muy desgraciada, no había tenido una juventud normal, sin juguetes, con ropa fea, alimentación parca… quejas de una niña egoísta, indiferente al paracaidista quemado, a los campos de soldados (Stalag) y de oficiales (Oflag) prisioneros en Alemania, a los heridos, los muertos, los huérfanos. No pensaba tampoco en las mujeres valientes quienes tuvieron que reemplazar a sus maridos en las labores del campo, de los talleres, de las empresas, la educación de sus hijos, etc.

Fotografía
Robert Doisneau

Mi madre se levantaba a las cinco de la mañana para estar a buena hora en la fila del vendedor de verduras y regresaba a la casa con unos cuantos nabos y zanahorias o algunas papas y esos horribles colinabos que detestábamos. Los parisinos no sabían qué inventar para conseguir alimentos que complementaran una dieta de miseria. Por doquier se organizaba el mercado negro, también el trueque: se cambiaban kilos de carne o de azúcar por litros de gasolina, botellas de vino por mantequilla. Quienes tenían parientes o compadres en el campo iban cada fin de semana para regresar con provisiones. Los había que llenaban la tina del baño con papas, otros criaban gallinas en un traspatio o cultivaban jitomates en el balcón. Los quesos “caminaban solos”, según la fórmula consagrada. Nadie se hacía de la boquita chiquita, excepto yo. Prefería abstenerme que arriesgar el encuentro con un gusano de los llamados comúnmente “asticots”, en un trozo de camembert. A mi madre no le importaba porque no le gustaba el queso a pesar de haber nacido en Normandía. Mi padre y mis hermanos procedían en voltear el pedazo por todos lados en el plato, lo abrían, le quitaban los inquilinos indeseables. Luego, lo embarraban sobre su trozo de pan con una cara de gran satisfacción. De haber conocido los gusanos de maguey, se los habrían zampado todos juntos con tal de aumentar el contenido en proteínas de la comida. Se vendía un queso en triangulitos que exhibía orgullosamente su contenido en grasa: 0% en materia grasa y sabía a queso: los milagros de la guerra. En esa época, nadie pensaba en dietas y las etiquetas pegadas hoy en día sobre los alimentos para indicar el bajo contenido en azúcar o en grasas hubieran pasado como un insulto. La margarina que se untaba en el pan tenía un olor tan fuerte, desconocido, que prefería comer el pan solo o con algo de mermelada mandada por la tante Renée. Hasta la fecha no la puedo comer y eso que se ha mejorado la técnica: ahora se fabrican margarinas que no huelen ni saben a nada.
Lo que sí extrañé después en época de opulencia, fueron los pasteles de papas o de frijoles con chocolate. El panqué de zanahoria con limón de ahora es sin duda un recuerdo de los inventos de la guerra. Otro manjar en la casa era una especie de melaza parecida al ate, hecha con frutas exóticas que provenían de las colonias francesas en África. Se fabricaba también un dulce de color impreciso con los desechos de la uva después de exprimirla para hacer vino; le decían “raisiné (de raisin, uva).
Cuando llegábamos a Saint-Arnoult para las vacaciones, lo primero que hacía mi tío era pesarnos en el garaje, sobre una enorme báscula para animales, muy precisa. Inscribía el peso con nuestro nombre y la fecha con la esperanza de ver aumentar la cifra el día de nuestra partida, en una segunda sesión. Parecíamos puerquitos en engorda. Con los productos de la hortaliza y de la granja y nuestro gran apetito, la báscula no arriesgaba indicar un peso menor al de la llegada. Hasta el aire nos engordaba…  La tía variaba los platillos y fabricaba suculentos postres. En cambio, en París, las pastas aparecían cada noche en la mesa y yo tendía mi plato dos o tres veces. Me iba a dormir  con el estómago tan hinchado como el del lobo después de haberse devorado a la abuela de Caperucita Roja. Una vez en la cama, me prometía ser más razonable al día siguiente; promesas de borracho, las pastas me gustaban y mi hambre no tenía límite.
Desde esa época, es pecado dejar algo en el plato, se recoge hasta la última huella de salsa con un trocito de pan picado en el tenedor, pecado poner un exceso de azúcar en el té o en el café con leche — se sabe que los verdaderos bebedores de té lo toman sin nada — y sobre todo, pecado tirar pan; la segunda y tercera generación se burlan de las manías de sus padres y abuelos y sin embargo algunos hacen lo mismo: siguen guardando los pedacitos de cuerda o de tela o de lo que sea “nunca sabe uno, puede servir algún día”, recortan los sobres viejos para la lista del mercado o los recados telefónicos, voltean cuellos y puños  para renovar las camisas maltrechas...
Por supuesto las carencias no terminaron con la guerra y el Plan Marshall llevó a Europa las latas de corned beef y, sobre todo, embarques repletos de maíz para el pan de cada día, lo que hizo creer a los franceses que los norteamericanos acostumbran comérselo también, cuando la razón era otra: el traductor oficial cuyo inglés era de origen británico, había solicitado fletes de corn, lo que significa “trigo” en Gran Bretaña y, para nuestra desgracia, “maíz” en Estados Unidos. El pan, tan sabroso en Francia además de ser el alimento imprescindible que acompaña a cualquier otro alimento, resultó incomible al principio por este saborcito difícil de caracterizar que lo hacía rechazar a la primera mordida, ese mismo sabor que desanima todavía a los europeos al comer, en México, su primera tortilla. A primera vista el color amarillo semejante al del brioche engañaba, pero después de probarlo, todos jurábamos no probarlo nunca más. No obstante se acostumbra uno a todo y terminamos por tolerarlo. Hubiera bastado acordarse de los pobres Parisinos que tuvieron que comer ratas durante el sitio de 1871 para dejar de hacerse de la boca chiquita. De todos modos, al final de la guerra, hasta los más ricos ostentaban una silueta  delgada que muchos no volvieron a tener jamás.

*Memorias de guerra de una niña (Capítulo XVI)

 

 

Ciclo Literario.