En busca del tiempo perdido
a la altura  del hombre

Antoine Compagnon
Traducción de Marie-Claire Figueroa.


Proust asusta. Por esto, la mayor parte de la gente no ha leído En busca del tiempo perdido y, sin embargo, les vendría muy bien. Lo piensan, a veces, pero el tamaño de la obra los desanima. Si a pesar de todo compran Por el camino de Swann, rezongan ante sus cuatrocientos páginas cuando descubren que siguen seis volúmenes. Si se arriesgan, sólo la mitad de ellos adquirirá A la sombra de las muchachas en flor  y una mitad de esta mitad El mundo de Guermantes. Luego, se reducirá la disgregación. ¿Por qué tanta reticencia? ¿Por qué tantos abandonos? Porque esta obra es larga. Porque tiene la reputación de ser difícil. Porque impone, como un monumento que no deja de crecer desde que fue depositado en la literatura francesa entre 1913 y 1927. Porque trata de cuestiones serias, profundas, inquietantes: el amor, la muerte, el arte. Porque su autor está asociado con el esnobismo,  la perversión, el mal. De esta manera, la resistencia a Proust permanece fuerte casi un siglo después de su aparición en la vida literaria.

Fotografía
Lorenzo León

Sin embargo, esta novela no es difícil. Los que pretenden que lo es obran de mala fe y lo hacen para quedarse entre sí, para “formar parte de aquello”, como se decía en la casa de los Verdurin. Sin duda las oraciones de Proust son interminables, por lo menos algunas, pero nada impide que se lean rápido, tal como se escribieron. Si empezamos a detenernos en la construcción sintáctica de cada oración, si buscamos encerrarla en uno de esos análisis lógicos como los hacíamos en primaria, por supuesto nunca acabaremos. Además nos percataremos que esta sintaxis, a veces, está coja, que Proust mismo se perdía en sus extensiones, entre los gerundios voladizos y los paréntesis sin cerrar.
Tal vez sea la primera cosa de la que nos tenemos que convencer para poder sumirnos en Proust: esta obra no es perfecta, es lo que es, mas hubiera podido ser otra cosa. El libro que tenemos en la mano es contingente, inacabado; fue interrumpido por el impresor para los primeros volúmenes, por la muerte del autor para los últimos. Fue, para así decirlo, una chapuza. Si esta novela puede, debe, leerse rápido – siempre será tiempo de regresar – también es porque, al contrario de un lugar común que asusta de igual manera, fue concebida con prisa entre 1909 y 1912 para la primera versión más o menos afinada en víspera de la Primera Guerra Mundial, y entre 1915 y 1916, para la segunda versión que introduce a Albertina, es decir, en muy poco tiempo. Allende, Proust vuelve a leer, revisa, reestructura, empalma indefinidamente. Montaigne necesitó veinte años para escribir los Ensayos, de 1572 a su muerte en 1592, o sea, menos de sesenta páginas al año. Proust, al contrario, vuela.
        Si muchas oraciones dejan que desear, la construcción en conjunto tiene también problemas. Proust aseguraba haber escrito el final para empezar, es decir haber conocido el significado de su libro antes de escribirlo. Sin duda, pero los aleas de la redacción, retrasada en particular por la guerra, perturbaron la doctrina del Tiempo recobrado. El texto definitivo – si se puede hablar de un texto definitivo de En Busca… – ya no corresponde a la doctrina inicial. Y ¡qué bueno! Una obra que se conforma con su programa es una obra que rápidamente se agota, porque sus lectores la asimilan pronto, pero una obra desequilibrada entre su proyecto y su realización es una obra que tiene con que superar el tiempo. No quiere decir que todas las obras imperfectas tengan una posteridad segura, por supuesto, pero sí las que conllevan en su corazón un fracaso magnífico, la contradicción en relación con cualquier designio que es la vida misma. Novela pronto escrita, novela imperfecta, novela lograda por estas razones mismas, porque engancha a su lector, En Busca del tiempo perdido no debería espantar.
Además es un libro divertido, un libro en el cual se ríe o sonríe uno a menudo, lo que no impide el pensamiento. Novela cómica, En Busca… lo es primero en el sentido común del término, como una comedia de Molière. Pero es también una comedia en un sentido más sorprendente, y aun excepcional, para una obra moderna: tiene un desenlace feliz. Una de las características más constantes de las obras modernas, desde Madame Bovary y Las Flores del mal, hasta Kafka o Beckett, es que terminan mal o peor que cuando empiezan. En cambio El Tiempo recobrado, con la revelación de “La Adoración perpetua” y el carnaval del “Baile de cabezas”, se termina con una apoteosis. El narrador, varado desde hace tres mil páginas, encuentra el truco que le permitirá superar su impotencia de escritor y realizar su obra, probablemente la que el lector tiene entre las  manos.  Las últimas páginas de la novela son festivas, hasta con un dejo de afectación quizá. Al deambular entre los fragmentos de otra época que pueblan la sala de la princesa de Guermantes, la antigua Madame Verdurin, como máscaras de la decadencia, fantasmas que se ignoran, el narrador se percata que sólo él tiene el porvenir seguro.

Fotografía
Catharine Barnes Ward / 1888

En Busca del tiempo perdido es una obra moderna positiva, tal vez la única. Es la razón por la cual Sartre la juzgaba enajenante y exigía que se desembarazara uno de ella. Por supuesto, para un desenlace feliz y  para que el héroe se vuelva escritor, Albertina tuvo que morir. Es una historia muy vieja, nada moderna. Para que un hombre crezca, se vuelva adulto, encuentre su vocación, escriba, debe siempre morir una mujer, como Eurídice a quien sobrevivió Orfeo para volverse el patrón de la poesía, como Manon a quien sobrevivió Des Grieux para volverse un hombre santo y publicar un comentario del cuarto libro de La Enéide, el libro del amor. Hoy, este tiempo de la equidad ideal, la lección puede entenderse sin aludir a los géneros, en su neutro positivismo: “Vuélvete quien eres”. Hay una moraleja de la novela de Proust, moraleja nietzscheana, no reactiva, moraleja de la Vita nova que Roland Barthes había percibido de modo excelente en sus últimos cursos del Colegio de Francia, en 1979 y 1980, sobre “La Preparación de la novela”: Proust con Pascal, Chateaubriand, Kafka, le servía de guía al instar del Virgilio de Dante.
Durante mucho tiempo, se pretendió que Proust era malévolo, e inmoral su novela, o amoral: en los años 1930, fue la queja de Mauriac, disgustado por la ausencia de Dios en su obra; en los años 1970 fue la de Maurice Bardèche, quien insistía sobre el sadismo, el “voyeurismo”, la crueldad de algunas escenas memorables. Esto puede desanimar a las almas sensibles. Pero Barthes declaraba que no había novela grande sin amor, sin absoluta generosidad. Una gran novela acoge, abarca al mundo en su totalidad. No lo ignoraba Proust, quien reflexionaba sobre aquello en las páginas de La Prisionera acerca de Dostoievski, éste familiarizado sin duda con el mal por haberlo pintado con tanta acuidad, pero desbordando de bondad por sus más pecaminosos personajes. En En contra de Sainte-Beuve, esbozo de En busca… en 1908, el narrador se peleaba con su madre a propósito de Baudelaire, a quien ella juzgaba maligno, y él sostenía que el poeta seguramente había amado a las viejitas por describirlas como lo hacía, por prestarles tanta atención. La novela aparentemente más despiadada, Viaje al fondo de la noche o aun Las partículas elementales, no nos sería ofrecida sin una elemental chispa de confianza en el mundo, aunque fuera en esa cosa del mundo que es  la lengua.  
En Busca del tiempo perdido, novela moral, por supuesto no significa moralista o novela de la “moralina” como decía Nietzsche (otro hombre bueno), pero novela preocupada por los demás, atenta a su interacción, a su interlocución, a las ínfimas heridas causadas a veces por una amistad, y también al estímulo que puede aportar, por ejemplo en “la noche de la amistad” entre Saint-Loup y el narrador de El Mundo de Guermantes. En Busca… es pues una novela cómica, no sólo porque es jocosa y uno se ríe mucho, sino también porque es redentora como La Divina Comedia, porque se redime la vida en sus imperfecciones, sus sufrimientos, sus delicias. La novela de Proust no tiene nada de una obra cerrada sobre sí misma como se le presenta a menudo. Cierto,  en el momento de la revelación final, se lee allí: “La verdadera vida, la vida finalmente descubierta y aclarada, por consiguiente la única vida realmente vivida, es la literatura.”  Pero la literatura no es un fin en sí y se cita menos lo que sigue: “Sólo por el arte podemos salir fuera de nosotros, saber lo que otro ve de este universo que no es el mismo que el nuestro, y cuyos paisajes habrían permanecido tan desconocidos para nosotros como los que pueden estar en la luna”. Se trata, gracias a la literatura, de ver el mundo con los ojos de otro, tener acceso al mundo del otro, comprender al otro pues, acceder a él o a ella. La literatura es conocimiento y no repliegue, separación o secreto. Proust, profeta de la religión de la literatura, no ignoraba que la literatura puede ser útil en la vida. Su narrador evoca en algún momento a los hombres de acción que lo miraban con altanería, como a un diletante, un bueno para nada, con el pretexto de que se interesaba en la literatura. Observaba con ironía “la satisfacción de los hombres «ocupados» – aunque fuera por el más tonto de los trabajos – de «no tener el tiempo» de hacer lo que hace usted”, y se burlaba de la ceguera de esos seres ajetreados, quienes no tomaban el tiempo de leer, viendo en la literatura solamente un pasatiempo ocioso. “Los hombres ocupados, objetaba, carecen de reflexión. Pues, la cultura desinteresada que les parece un pasatiempo cómico de ocioso, cuando la descubren en el momento que se practica, deberían pensar que es la misma que, en su propia profesión, coloca  fuera de serie a hombres, quienes tal vez no sean mejores magistrados o administradores que ellos, sin embargo, ante su ascenso rápido, se inclinan declarando: “Dicen que es un gran literato, un individuo muy distinguido”. Proust sabía que el administrador y el magistrado, si son cultos, tienen más éxito en su carrera, ganan más dinero, obtienen promociones, bonos, primas. Tal vez hablaba con un poco de ironía: como Pierre Bourdieu, evocaba la “distinción” que rima con “reproducción” y “discriminación”. Pero, si el hombre o la mujer quienes – hoy – han leído a Proust viven mejor, en todos los sentidos de la expresión, ¿será solamente por “formar parte de aquello”? ¿No habrá otras y mejores razones? Cierto que la literatura sirve en los salones en donde se fabrican las carreras: todos conocemos a los Legrandin, ingenieros con cultura, mundanas ridículas. El doctor Cottard impresiona a sus colegas no porque ese estúpido tiene un diagnóstico infalible, sino porque frecuenta el salón de los Verdurin, lo que lo pone a la vista de todos y le consigue la academia o la Legión de honor. Pero otros que Legrandin y Cottard, si viven mejor, Saint-Loup por ejemplo, ¿no será que han aprendido a vivir en la literatura? ¿Que han descubierto una de esas grandes leyes que En busca…propone formular? Nunca se desea algún objeto por él mismo. El amor, la ambición son ilusiones subjetivas. Desear algo demasiado es asegurarse su no posesión. Es  bueno leer a Proust para curarse del narcisismo y del mimetismo. El magistrado literato, el ingeniero que toma el tiempo de leer, se dejarán menos engañar por la vida, estarán más desprendidos de su propia historia,  tendrán más fantasía, con más capacidad de entrar en los grandes papeles que la vida les ofrecerá. En resumidas cuentas, debemos leer a Proust – rápido, pero también lentamente, con risa y también a veces con llantos, cum grano salis, pero también con mucha seriedad, sin miedo y sin tacha – porque, a fin de cuentas, reditúa. Leer En busca… - pero también otras novelas – ayuda a volverse el autor de su propia vida.

Traducción de Marie-Claire Figueroa.                          

Tomado del Magazine littéraire, No. 496. Abril de 2010.

 

 

Ciclo Literario.