Una temporada en el infierno

 


Fotografía
Jorge Amat / Une saison en enfer

 

No se parte. Volvamos a tomar los caminos desde aquí, cargado con mi vicio, el vicio que ha enraizado el sufrimiento en mi costado desde la edad de razón—que sube al cielo, me golpea, me derriba, me arrastra.
La última inocencia y la última timidez. Está dicho. No llevaré al mundo ni mis ascos ni mis traiciones.
¡Marchemos! La caminata, el fardo, el desierto, el tedio, la cólera.
¿A quién he de alquilar? ¿Hay bestia sin adorarse? ¿Qué santa imagen no se ha atacado? ¿Qué corazones romperé? ¿Cuál mentira mantendré? ¿Sobre qué sangre caminar?
Ante todo cuidarse de la justicia. La vida dura, el embrutecimiento simple, levantar—el puño reseco—la tapa del féretro, sentarse, sofocarse. De ningún modo la vejez ni los peligros: el terror no es francés.
Estoy de tal modo desamparado que ofrezco a no importa qué divina imagen mis impulsos hacia la perfección.
¡Oh, mi abnegación, oh mi caridad maravillosa! ¡Y, sin embargo, en la tierra!
De profundis domine, ¡soy imbécil!

 

*Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno (fragmento). Traducción del poeta Marco Antonio Campos

 

 

 

Ciclo Literario.