Otras lecturas a escondidas

Marie Claire Figueroa*



Biblioteca rosa, Biblioteca blanca, Biblioteca verde, montones de libros recibía en Navidad, con todos los clásicos habidos y por haber de la literatura universal. En clase, otros clásicos estudiábamos: comedias de Molière, tragedias de Corneille y Racine, sermones de Bossuet, pensamientos de Pascal, nada muy festivo que digamos, excepto Molière, por supuesto. Dos mujeres del siglo XVII lograron cautivarme mucho más que los hombres: Madame de La Fayette, autora de La Princesse de Clèves y Madame de Sévigné cuyo amor por su hija se manifiesta en sus cartas, amor acrecentado por la distancia que las separaron, puesto que, recién casada, “la chère âme” se fue a vivir al sur de Francia con su marido. El valor de esas cartas reside también en el relato de los hechos y dichos de la corte de Luis XIV a la que tenía acceso la marquesa, madre cariñosa y mujer conversadora.

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Lorenzo León Diez. Parisinas / 2010

En cuanto a la Princesa de Clèves, su amor desafortunado por el Duque de Nemours me saca lágrimas a cada lectura. Lo siento, ¡tiene uno su corazoncito! Aunque, la verdad, es difícil entender por qué, a la muerte de su anciano marido - la que le permitía casarse con el duque - prefirió entrar al convento. ¡puro masoquismo! Pero soy injusta. En realidad quiso expiar una pasión que juzgaba culpable aunque nunca haya traicionado a su esposo De igual manera buscaba la paz para calmar la “fiebre” que la había embargado tantos años, para que finalmente triunfe la “tranquilidad”, forma superior de la indiferencia.
Los libros que verdaderamente devoraba no eran del gusto de mi madre y los leía a escondidas porque ella los perseguía y a veces lograba confiscarlos. Me los prestaban mis amigas cuyos padres no eran seguramente tan difíciles como los míos. Esas novelitas correspondían a mi edad, pero claro, su prosa no se podía comparar con la de Balzac o de Stendhal. Primero los de Delly (tipo Corinne Tellado) - la tía Yvonne tenía también algunos y me los prestaba -, luego la serie de los Sir Jerry detective y la Colección Signes de Piste,  en principio reservada a mis hermanos por tratarse de hazañas realizadas por boy scouts. A los catorce años, mi madre quería ponerme Le Père Grandet entre las manos para que empezara con los grandes clásicos, lo que hice… a los veinte.
Cada semana, mi padre traía libros de la biblioteca de la Standard Oil en donde trabajó antes de fundar el Instituto Francés del Petróleo. A partir de ese momento, poco a poco, me olvidé de la literatura color de rosa al apasionarme por las novelas de Cronin (Las llaves del reino, Qué verde era mi valle), de Steinbeck, cuyo Cannery Row setradujo en españolporIndustrias alimenticias, título poco afortunado a mi manera de ver; Rue de la Sardine como se tradujo en francés suena mucho más atractivo y jocoso. Me involucraba cada vez más en los problemas sociales expuestos por los escritores, problemas desarrollados al máximo por Steinbeck en Las uvas de la ira y que iban a surgir de nueva cuenta en la década de los ochenta cuando los obreros emigrantes mexicanos tendrían un líder para defenderlos en la persona de César Chávez, quien pagó el precio con largas estancias en la cárcel. El primer éxito del californiano de Salinas Valley, Tortilla Flat, me divirtió más que ninguno. Pone en escena a los “paisanos”, héroes inspirados de los Caballeros de la Mesa Redonda del Rey Arturo de Thomas Malory. Estos se enredan constantemente en situaciones tragi-cómicas: en uno de los episodios, un ex–reo olvida que acaba de ser nombrado jefe de la cárcel del pueblo y se da a la fuga con otros reclusos durante una noche de borrachera; encarcelado de nuevo, huye gracias a las llaves todavía en su posesión. En 1962, Steinbeck recibió el Premio Nobel.
Mucho antes, a principios del siglo XX, dos mujeres suecas recibieron también el premio Nobel;   llenaron mi tiempo libre con sus historias fantásticas, Selma Lägerlof y Sigrid Undset: Las Aventuras de Gösta Berling, La Carroza fúnebre, La Maravillosa historia de Nils Holgersson de la primera; de la segunda, la trilogía medieval: Christine Lavransdatter: La Mujer, La Corona, La Cruz. Sin duda mi record de velocidad en la lectura de una novela, lo gané al terminar en menos de una semana, panza abajo en el piso de mi cuarto, sorda a las llamadas para ir a cenar, zombie durante el día, la saga de Scarlett O’Hara en Gone with the Wind. Este libro fue mi primer contacto con la Guerra de Secesión cuyo motivo y su defensor Abraham Lincoln me apasionan todavía. En preparatoria, tuvimos que hacer un trabajo para la clase de inglés (ya estaba en el Institut Sainte Clotilde, cerca de la casa). Teníamos que escribir algo, en inglés por supuesto, sobre un tema de la historia anglo-americana, unas cuantas páginas. Escogí la vida de Lincoln y, olvidando las consignas, empecé a escribir, a escribir, a escribir… en francés. Cuando me tocó exponerlo, traté de traducirlo sobre la marcha; la maestra, Mademoiselle Ducret, al ver el novelón que había redactado y ante tanta exaltación, comprendió que yo era una fan del libertador de la esclavitud; me dejó seguir en francés. No tuve siempre la misma suerte, pero esta maestra fue una de las mejores que he tenido en mi vida escolar. En Francia, los idiomas, en general, no reciben toda la atención que merecen.

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Lorenzo León Diez. Parisinas / 2010

En la oficina de la directora del Collège Sainte Marie estaba la biblioteca y ella se encargaba de prestarnos los libros, manera segura de controlar nuestras lecturas. Luchas de otra índole me entusiasmaban del mismo modo: el combate de los Sinn Feiners para librar a Irlanda del yugo británico, narrado en las novelas de Padre Jesuita Francis Finn. Cosa curiosa, me acuerdo todavía del título del libro que entregué a la directora, unas horas antes de que llamara a mis padres para avisarles de mi despedida, en primer año de preparatoria: Initiation, trayectoria de un niño, especie de Bildungsroman; en un pasaje, camina en la banqueta de la calle de su casa a la escuela, cuidando no pisar las rayas transversales entre las lozas. ¿Quién no ha hecho esta suerte de rito supersticioso en su infancia, su adolescencia o aun en su madurez?
Más tarde, mi madre me alentó a leer mis primeras novelas en inglés lo que no dejé nunca de hacer desde esa remota época, agradeciendo su estímulo; primero con diccionario, luego aprendiendo a desprenderme poco a poco de esta muletilla, como el niño a quien le quitan las pequeñas ruedas de su primera bicicleta. The Forsythe Saga, de otro premio Nobel, John Galsworthy, me entretuvo por meses. Literatura superficial del jetset inglés no menos superficial del final del siglo XIX / principio del siglo XX que, en la actualidad, no recibiría este premio máximo. Ahora se buscan a los autores de relatos acerca de movimientos sociales masivos, de injusticias y torturas, guerras y conflictos entre países vecinos o lejanos, racismo, etc. O los criterios pecaban de pobreza o el panorama de la literatura en 1932 no ostentaba grandes obras, lo que no deja de ser una falacia. Sería interesante hacer el recuento de los escritores de ese año para encontrar el autor de una prosa más densa y una historia menos insustancial. Sin pensarlo dos veces, yo hubiera dado el premio a Virginia Wolf, clásica entre todos, de gran penetración psicológica, cuyas obras y diarios no envejecerán tan rápido como la saga de los Forsythes. Sin embargo, un defensor de  Galsworthy podría aducir que su novela recrea de modo cabal la atmósfera pesada que reinaba en la Inglaterra victoriana, usando el clan Forsyte como espejo del apogeo y decadencia  de la era. Después de la Guerra de los Boers, pasamos a la Primera Guerra Mundial, luego a la huelga de los mineros de 1926, finalmente a los años que precedieron la Segunda Guerra Mundial. Lo que leemos antes que nada es una sátira de la sociedad británica en esos diferentes momentos, interesante, sin duda, pero estancado en un nivel bastante ligero. El meollo de la novela son las intrigas sentimentales de la familia.
Durante algún verano, hicimos una estancia en una casa alquilada en Cayeux-sur-mer, al norte del Canal de la Mancha, que colinda con el Mar del Norte – mar helado, viento frío, lluvia, dunas, sin duda un clima tónico ideal para los pulmones. El alquiler barato, la tranquilidad de la playa y las redes rebosando de camarones compensaban ampliamente los avatares del clima; los platones en medio de la mesa estaban impresionantes a pesar del tamaño de ese camarón gris pequeño, pero de mucho más sabor que las gambas tropicales. Durante esas vacaciones, la lluvia apretó más de lo que estábamos acostumbrados. Mi padre nos alcanzaba los fines de semana. Yo, feliz, había descubierto un tesoro debajo de la escalera que subía a los cuartos. Revistillas a montones, con todos los cuentos color de rosa a los que nunca hubiera pensado tener acceso. Mi madre tenía bastante con entretener a mis hermanos, quienes rezongaban por no poder salir, así que todos me dejaban en paz.

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Lorenzo León Diez. Parisinas / 2010

Ya es tiempo de confesar un pecadillo en una edad más temprana; ¿uno más? me dirán, ni que fueran Las Confesiones de San Agustín. Ni lo quiera Dios, ese obispo no es santo de mi devoción. Estoy hablando de libros, mas no de sagradas escrituras, más bien de libri non sancti. A los doce añostal vez, mi madre me mostró un grupo de libros casi in-folio, delgados, de color amarillo. Esa colección de cierto valor (era una edición de tiraje limitado) estaba oculta atrás de otra fila; me llamaron la atención las ilustraciones art nouveau. Me pidió que no los leyera por ser muy “osados”. No faltaba más: a la primera oportunidad – una salida de noche de mis padres, un viaje, cualquier cosa con tiempo previsto – los recorrí todos: obras eróticas de Pierre Louÿs cuyas Chansons de Bilitis y La Femme et le Pantin me interesaron mediocremente, tampoco reparé mucho en los demás de la colección, excepto tal vez J’ai quatorze ans, impresiones de una adolescente al entrar a la pubertad. Estilo refinado y crudo a la vez  y hermosas xilografías. Como se puede advertir, poco caso hacía de las recomendaciones de mi madre… a veces. Una noche salió al teatro con mi padre – iban seguido para ver obras muy serias como las de Paul Claudel, Le Soulier de satin, l’Annonce faite à Marie, Tête d’or,  pero también les gustaban las comedias, a veces ligeras. Esa noche fueron a ver La Petite hutte, típica historia de un triangulo amoroso en una isla desierta. Antes de salir, mi madre le insistió a mi tante Yvonne para que no me dejara escuchar la retransmisión por radio. No me costó ningún trabajo convencer a la “tantine”, y nos divertimos mucho en nuestra complicidad maliciosa. La verdad, la obra es ligera, superficial, jocosa e inocua.
Mis hermanos y yo teníamos mucho cariño a la tante Yvonne. Podía mos hacer lo que queríamos (bueno, casi) y rara vez reportaba nuestras travesuras. De pocos recursos económicos, llegaba diario de su barrio de las Batignoles para ayudar a mi mamá en el quehacer de la casa, nos cuidaba cuando nuestros padres salían de noche o de viaje. Una vez al año nos llevaban de vacaciones a la playa o al monte, pero ellos viajaban a menudo al extranjero o  recorrían alguna región de Francia. Me invadió una profunda tristeza cuando mi tante Renée, luego ella, fallecieron al principio de mi estancia en México. En cambio, no derramé una sola lágrima para la tante Berthe, la hermana mayor, porque se la pasaba regañándonos y no nos consentía. Aunque, pensándolo bien, soy injusta, porque nos consentía a su manera. El simple hecho de invitarnos a su departamento de Dieppe durante las vacaciones implicaba no pocos cambios a su vida rutinaria.
En otra oportunidad, tuve otro encuentro con los libros “osados” como decía mi mamá. Menos mal que no existían todavía las computadoras, me hubiera puesto un triple candado. En la sala de mi tío Edmond en Saint Arnoult, estaba, como ya lo mencioné, la colección completa de las obras de Voltaire, incluido el volumen puesto en el Índice del Vaticano. No me interesaba el filósofo, sino los libros de las bibliotecas  del primer piso. Mi tío me permitía ordenarlos. Allí tuve mi primer encuentro con el Decamerón en un libro dotado de magníficas y muy sugestivas ilustraciones. Volví a toparme con Pierre Louÿs cuyos cuentos, poesía y poemas en prosa estaban muy de moda a principios del siglo XX. A la inversa de mi madre, mi tío juzgaba que esas lecturas me enriquecían. En cuanto a mi tía Renée, siempre distraída, no estaba muy al tanto de mis actividades, excepto cuando me enseñaba a bordar, lo que aceptaba de buen grado.
Valiéndome de mi pretendida erudición, puse en cada mueble un letrero que rezaba Tolle, Lege (“Toma y lee”),  palabras de San Agustín; en esa época no me irritaba todavía el santo, porque no había nada sobre su vida; influenciada por mi educación religiosa, tenía que tomar como modelo por lo menos uno de los grandes Padres de la Iglesia… Esas palabras, él las escuchó en un jardín en el que estaba meditando, lleno de dudas ante su conversión. Al oírlas, miró el libro que su amigo Alipo estaba leyendo a su lado. La epístola de San Pablo que encontró allí acabó por convencerlo. Debo decir que, para bien o para mal, estas horas pasadas en la biblioteca de Saint-Arnoult decidieron de mi carrera de bibliotecaria que iba a cursar años después.

*Memorias de guerra de una niña, Capítulo XV

 

 

Ciclo Literario.