Navegaciones y naufragios en la
joven poesía mexicana

 


 

Fotografía
Lorenzo León Diez. Parisinas / 2010

 

40 barcos de guerra
Antología de poesía y sus editoriales
Edición independiente
2009

Ha aparecido un denso volúmen de 624 páginas que antologa 168 poetas, seleccionados por 40 colectivos que editan revistas, plaquetes y libros. Desde el punto de vista organizacional es un trabajo mayúsculo de los convocantes, Adriana Tafoya y Andrés Cisneros, de Verso Destierro.
Aunque participaron en esta edición poetas de generaciones muy posteriores a los jóvenes que son la mayoría (como Ricardo Yañez, Max Rojas o Raúl Renan) y que escriben profesionalmente, lo que priva en esta masa de escritura es la de muchachos que participan de actividades literarias de grupos no institucionales, de carácter voluntario y autogestivo, que casi siempre editan con sus propios recursos. Esto nos da un mapa cultural de la difusión literaria independiente.
El haber reunido en este libro tal variedad de textos de este amplio conjunto de autores nos permite sumergirnos en una experiencia de lectura que encuentra su más hábil comentario en el poema de la editora Tafoya.

De la tristeza del poeta al bajar la marea
en la mesa de lectura

Siempre hay malos poetas
(afortunadamente
nos vienen a leer –en verso sus incontinencias)
Algunos tienen notables premios, otros
-como yo- no tenemos, pero
eso no evita que como las olas
cada cierto instante
regresemos a estrellarnos contra ustedes
para esculpirlos en escuchas
                                   De la poesía
          (por accidente)
al igual que los peñascos son acariciados por los rumor del mar.
Innegable es también
que si no escribiéramos
nosotros, los poetas malos (espuma de los mares),
los grandes poetas no existirían
no podrían formarse porque necesitan
a toda costa
                             de nuestras olas pequeñas
No tendrían mar para crear sus tempestades
ni las burbujas de las perlas para explotar
contra todos (ustedes)
         arrastrándolos agua dentro
en sus turbios aguajes
                                    hasta inundarlo todo
                              hasta desaparecerlos
a ustedes y sus gritos
con el alarido de sus aguas
transformarlos en mar mismo, desvanecerlos
en el terrible                 perverso silencio
             de la paz de la tierra
y asimilarlos así, irremediablemente
                         convertidos en poesía.  

Fotografía
Lorenzo León Diez. Parisinas / 2010

Este poema lo escribió Adriana seguramente al finalizar su titánico trabajo en la presentación de esta ardua antología. ¿Qué impresión queda luego de terminar dicho volúmen? Es como un ruido semejante al de las viejas televisiones de bulbos, cuando se iba la señal. Quizá como un ruido pastoso del tráfico en la ciudad nocturna. En efecto, todos estos textos dan la impresión de una vibración en donde se manifiesta algo inarticulado o caótico.
   Es notable que casi la totalidad de estos autores tienen una idea idéntica de lo poético, (o quizá habría que decir ausencia de lo poético) una idea que anima la propia ejecución de sus versos y que los lleva a nuclearse en estos colectivos. Hay, por supuesto, una sed de decirse, de pre figurarse y definirse en las letras. Sin embargo esta volcadura de su interioridad en las palabras no produce (sino en contadísimas excepciones) coherencia. De todos los poemas presentados rescato éste, de una chica de 28 años, Sofía Faddeeva:

No tengo miedo
aunque te diagnosticaron psicopatía
y la controlan con dos pastillas diarias.

No tengo miedo
de tus copas en la mañana, en el día y
      en la noche
incompatibles con dos pastillas diarias.

No tengo miedo
a tus pasadas experiencias:
dos y tres mujeres contigo en la cama.

No tengo miedo
de tu desempleo,
parece, ya permanente.

No tengo miedo
de que me absorbas
y me disuelvas en tus problemas.

Tengo miedo de mí

Tengo mucho miedo
de que el amor me obligue
a aceptar todo.

 Lo pongo como muestra de algo que casi nadie de los antologados alcanza y es que la poesía es, esencialmente, transmisión de la experiencia. Los grandes pensadores –escribió Unamuno- son los poetas. El decir trascendente (aunque no absoluto, sino más bien fragmentario y evanescente) es, precisamente, un objetivo de la poesía. Lo “malo”, que identifica Tafoya, es que estos jóvenes escritores tienen como seña identitaria una especie de borramiento del ser en relación a las palabras. Queda así un mundo de palabras, frases, oraciones que naufragan antes de ser barcos. Quizá esto se deba a que los poetas provienen de talleres sin verdaderos maestros, son expresiones de la pura voluntad donde es evidente la ausencia del rigor.  Un ejemplo contrario sería el de los jóvenes que dirige Hugo Gola en su pulcra publicación El poeta y su trabajo, que no está aquí representada, por cierto, donde es manifiesta siempre en sus textos una educación poética que, hay que reconocerlo, a veces peca por exceso y puede causar carencia de riesgo o sea, vemos en sus poemas tanto miedo a equivocarse, pero hay una conciencia que proyecta el acto creador en diálogo con otros poetas y los clásicos.
   Otro poema más que se escapa de este maremagnum de poesías desconectadas o enajenadas (la relación entre el ser y las palabras es enajenada cuando no podemos identificar el eje del ser y que, desajustado, produce emborramiento, ruido y puntos lumínicos sin definición) es esta, de Jorge Posada:

MI VIDA LOS ÚLTIMOS SEIS MESES
       SE RESUME EN:

abandonar a mi hijo,
una pensión de divorcio alta,
la promesa de visitas a bares swinger,
videos de Radiohead en Glaston,
cicatrices en la espalda,
una mudanza perpetua,
cheques perdidos,
puentes que tienen en un extremo
una ciudad de Brasil y en la otra un muelle
             de Marruecos,
un cuento de Carver,
y la repetición de una línea:
dinero gratis: amor gratis

Los poetas de 40 Barcos de Guerra constituyen un muestrario nada alagador desde el punto de vista artístico aunque muy valioso desde el punto de vista cultural, pues nos ofrece un mapa de interesados en la poesía a los que es preciso decirles que este género literario es el más exigente, el género mayor porque la verdad lo ha escogido desde la fundación misma de la cultura para transmitir la experiencia del sentir y el pensar (desde el silencio de los ínferos, que es el interior y no, como sucede en la comunicación masiva, del exterior al interior) . Lo que hace falta es que estos colectivos llamen a maestros para impartir pláticas y dirigir ejercicios, para introducir las bases de la crítica y para promover la lectura. Esto es: no dormirse en los laureles y proyectar un crecimiento individual autocrítico y sin concesiones. (Lorenzo León)

 

 

Ciclo Literario.