Roma y los Clásicos en el
colegio Sainte Marie*

Marie Claire Figueroa


De entrada, sufrí un golpe duro para mi ego de niña de diez años, si no brillante, estudiosa. Como venía de una escuela de provincia, las clases ya iniciadas, me hicieron repetir el último año de primaria sin prueba alguna. Una semana después de mi llegada, me perdí en los vericuetos de ese palacete antiguo, clásico edificio del siglo XVIII. Finalmente entré al salón en llantos. Me admitió la maestra a pesar de la hora tardía, conmovida tal vez por mis lágrimas; me preguntó en donde vivía antes de venir a París. 
Le platiqué de Caudebec y de nuestra casa de la que no quedaba más que un amontonamiento de piedras calcinadas y de fierros torcidos. Al terminar de escuchar mis lamentaciones sobre la casa, inquirió: “Y esa joya del arte gótico, esa iglesia con su extraordinario jubé alrededor de las naves y la inscripción en piedra “Ave María Gratia Plena” encima del altar, ¿se salvó?” Para empezar, yo ignoraba lo que era un jubé; esta palabra proviene del principio de un canto litúrgico: Jube, Domine, benedicere…, (Dígnese, Señor, bendecir…) que solía cantarse desde esa galería que rodea el coro de la iglesia. Luego, el recuerdo que yo conservaba de la iglesia  era, poco más o menos, el de una hielera con un fuerte olor a incienso y a humedad, olor que equiparara años más tarde en México al que deja el zorrillo a su paso. ¡Hágame el favor! Todo el año, aun en verano, los muros guardan la esencia de la lluvia y de la niebla normanda y la transmiten gota a gota durante los oficios a los fieles arropados con suéteres, abrigos, bufandas, guantes y boinas, cachuchas o sombreros. La calefacción de la iglesia llegó solamente a la postre.

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Dimitris Constantin, Acrópolis

Unos días después de ese incidente debido a mi retraso, se esfumó la gentileza de la maestra. Durante un dictado, mi compañera de escritorio se quejó en voz alta de que le estaba copiando. No acostumbraba copiar y de haberlo hecho, hubiera sido en clase de aritmética y no de ortografía en la que solía defenderme bastante bien, pero todavía lo ignoraba la maestra. Resentí como una bofetada el cero que me estampó y tantos años no han logrado borrar el recuerdo de esta injusticia. La horrible chica se llamaba Claudine Tezen; era la peor alumna de la clase. Nuestra mesa estaba al fondo de la clase, atrás de las demás, en donde se colocaban a los malos alumnos; a mí me gustaba estar en la primera fila. Poco a poco se fue suavizando mi estancia en esa clase. ¡Había sido ruda la acogida!
Al colegio debíamos acudir de lunes a viernes y descansábamos el sábado. Las otras escuelas descansaban el jueves en lugar del sábado (ahora es el miércoles). No sé cual era la razón oficial de esta discrepancia. Se decía soto voce que, de esta manera, no podíamos formar parte de las niñas scout, cuya educación no coincidía con los “refinamientos” de la nuestra. Me hubiera gustado ser scout, es evidente que no me pidieron mi opinión. En cambio mis hermanos, sí asistieron a los scouts de su colegio, pero creo que les faltaba entusiasmo.
En esos tiempos perturbados, unos hechos baladíes se convertían para mí en acontecimientos importantes: la distribución de galletas vitaminadas durante el recreo era esperada con impaciencia por las niñas golosas como yo; a las más grandes, les tocaba una ración acorde con su edad. En momentos de total irreflexión, deseaba que continuara el conflicto - verdadero eufemismo para lo dramático de la situación - con tal de poder aprovechar la ración máxima reservada a las alumnas mayores de 14 años, también esperaba el litro de vino semanal otorgado a los miembros de la familia quienes rebasaban esta edad. Mi padre me quitó muy pronto esa chifladura de la cabeza, asegurándome que la guerra no iba a durar tanto; de no ser así, me aseguró que él se lo tomaría con mi madre. A la larga, yo también cambiaría de parecer, al sufrir los estragos en carne propia. De todos modos, nos daban vino tinto cortado con agua.
Mi inconsciencia no se detenía allí. Ya cursaba el primer año de secundaria y me encantaban las estancias en el refugio cercano durante las alertas. “Diosito, que dure la alerta, por favor, que dure mucho tiempo”. Esto rezaba por mis adentros esperando, en esos casos benditos, la frase de la maestra de latín y francés: “Puesto que todavía no podemos salir y que terminé de darles la clase, Marie-Claire  va a leer un capítulo más de las aventuras de Ulises. Deleite y honor máximo: leer en voz alta era y sigue siendo para mí un placer comparable con ningún otro. ¿Qué no hubiera dado para que no resonara pronto la señal de fin de alerta. No era sólo el gozo de leer en voz alta (y tener público, debo admitirlo), sino también el de sumirme en el relato de las peripecias de Ulises después de la guerra de Troya; en esos tiempos bélicos, poco me atraía la Iliada; sólo me divertían las riñas y fechorías de los dioses humanizados por Homero, si es  cierto que él fue el autor. En cambio me enojaban en sumo grado los obstáculos que trababan el progreso de Ulises hacia Ítaca por culpa de Poseidón quien quería vengarse de él ante la súplica de Apolón, furioso de que los marineros habían matado sus más hermosas reses y se las habían comido... Ulises, único griego que no ha podido volver a su país, retenido en la isla Ogigia por la voluptuosa Calipso enamorada de él; mientras tanto, en Ítaca, su esposa Penélope es asediada por más de cien pretendientes que creen muerto al héroe y consumen su hacienda en festines y orgías; su hijo, Telémaco, emprende un largo viaje en su búsqueda; los dioses ordenan a Calipso que deje en libertad a Ulises. Éste se embarca, naufraga y arriba a la isla de Feacia, a cuyo rey, Antinoo, relata los diez años de aventuras transcurridos desde su salida de Troya: como huyó del país de los lotófagos, burló al cíclope Polifemo, estuvo a punto de morir azotado por los vientos de Eolo; más tarde, la hermosa Circé convirtió a sus hombre en cerdos; al embarcarse de nuevo, impide que sus hombres oigan el canto de las Sirenas: exige a sus marineros que lo amarren a un mástil y coloca cera en los oídos de ellos, con tal de que no hagan caso de sus gritos ordenando que lo liberen; evita los escollos de los monstruos Caribdis y Escila; finalmente, a duras penas, se salva de la furia de Apolón por haber sacrificado a sus vacas sagradas.
Terminado el relato, el rey Antinoo facilita el viaje de Ulises a Ítaca. Una vez allá se oculta en la cabaña del porquerizo Eumeo, donde lo encuentra Telémaco. Disfrazado de mendigo vuelve al fin a su casa; su vieja nana lo reconoce mientras le baña los pies, por una cicatriz en la pierna; él le hace la señal de callarse. Finalmente, la fiel Penélope, quien con trabajo engañaba a los pretendientes para ganar tiempo, destejiendo de noche su tela tejida durante el día, ve su ardid descubierto. Presionada por los pretendientes, organiza un concurso de arquería prometiendo su mano al ganador. Les presta el arco de su marido, pero ninguno puede con el artefacto. Llegado su turno, lo empuña Ulises ante las risas de todos, risas que les duran poco: acaba con todos ellos y recupera su trono. Ulises es una de las figuras más humanas de la literatura griega, mezcla de astucia y valor, curiosidad y prudencia, generosidad impetuosa y estudiada frialdad.
Para mí, uno de los pasajes más dramático es el que traduzco en seguida cuando Ulises llega a su casa  disfrazado de mendigo por Atenea para que nadie lo reconozca:

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Stephen Thompson, Apolo / 1876

Habla la nodriza de Ulises, Euriclea, encargada por Penélope de lavarle los pies: “Muchos extranjeros perseguidos por el infortunio arriban  aquí, pero puedo asegurar que, hasta ahora, no he visto a ninguno que se pareciera tanto a Ulises como tú,  por el tamaño, la voz, los pies”.
Ulises el sagaz  tomó la palabra y dijo: “Vieja, quienes nos han visto con sus ojos al uno y al otro dicen que nos parecemos en todos los aspectos, como acabas de señalarlo.”
Dijo él; la anciana tomó un caldero rutilante que usaba para bañar los pies; vertió mucha agua fría, luego agregó  agua caliente. Ulises se sentó cerca del fogón, pero rápidamente se volvió hacia la sombra, puesto que al instante pensó con temor que, al tocarlo, Euriclea notaría la cicatriz y que todo se descubriría.
Sin embargo, acercándose, se puso a bañar a su amo: de repente, reconoció la cicatriz que le había dejado antaño un golpe asestado por el blanco colmillo de un jabalí, cuando se había ido sobre el Parnesio a visitar a Autolycos y a sus hijos […]Los cazadores llegaron a un valle. Ulises el divino avanzaba blandiendo una lanza con una larga sombra. Allí, en la espesura de un bosque yacía un enorme jabalí. A este bosque, los vientos impetuosos no lo penetraban con su soplo cargado de agua; el sol radiante no lo golpeaba con sus rayos; la lluvia de la tormenta no lo atravesaba con sus aguas, tan espeso el bosque, y tan alto el amontonamiento de hojas. La bestia oyó el ruido de los pasos de los cazadores y de los perros, quienes se abalanzaban. Sale del bosque, ante ellos, erizadas las sedas, con flamas en los ojos, y, a poca distancia, se detiene, inmóvil. Ulises, el primero, se arroja encima de ella con la larga madera de su lanza en la mano; corre para matarla: pero ella se adelanta y lo golpea arriba de la rodilla: con su colmillo que hunde al atacar oblicuamente, arranca mucha carne, pero sin llegar hasta el hueso del cazador. Sin embargo Ulises acierta el golpe, la hiere en el hombro derecho: por todas partes penetra la punta de la lanza brillante; el jabalí cae en el polvo, tendido, cuan largo era él, y la vida se escapa de su cuerpo […]
La anciana mujer quien había tomado en su palma la pierna de Ulises, reconoció la herida que estaba tocando; soltó el pie que cayó a la tina; retumbó el bronce; la vasija se volteó y el agua se derramó en el suelo. Entonces su corazón se llenó de tristeza y de alegría a la vez; sus ojos se llenaron de lágrimas; en su garganta se ahogó la voz. Tocándole la barba le dijo a Ulises: “Si, querido hijo mío, eres Ulises; y no te reconocí de inmediato; para ello, tuve que tocar el cuerpo de mi amo”.
Dijo y volvió los ojos hacia Penélope para revelarle que su marido estaba aquí, en la casa. Pero Penélope no pudo ni encontrar su mirada, ni sospechar nada porque Atenea desvió su atención. Sin embargo Ulises, con su mano derecha, asió a la nodriza por la garganta, con la otra la acercó y le dijo: “Buena vieja, ¿para que quieres perderme? Tú me criaste, tú me cargaste en tus brazos. Hoy, después de tantos sufrimientos, heme aquí, al cabo de veinte años, de regreso a mi país. Bueno, puesto que me reconociste y que un dios te hizo descubrir la verdad, cállate y que nadie más en la casa se entere…
Teníamos una o dos horas de latín y de civilización antigua al día. Me apasionaba la cultura romana, mucho más que las declinaciones, versiones y temas. Sin embargo, los autores estudiados en ese primer año de latín no presentaban mayor dificultad; no me parecían tan complicados gracias al clasicismo de su lengua: el De bello Galico son comentarios en los que Julio César relata la campaña de las Galias, en particular la expedición en contra de Vercingétorix quien había logrado levantar la Galia entera contra los invasores romanos, a quienes derrotó en Gergovia en 52 a.C. Luego soportó un largo sitio en Alesia, pero el hambre lo obligó a capitular y se entregó prisionero a César que lo llevó a Roma; después de seis años de cautiverio figuró en el triunfo de César, tras de lo cual fue ejecutado. En esos comentarios, el escritor da a conocer y comprender la secuencia de los hechos yendo siempre hacia lo esencial; hace de su relato una demostración rigurosa. Anota la topografía de los campos de batalla, las disposiciones tácticas, los detalles de la técnica militar (construcción de muros, puentes, torres), el número de soldados en cada ejército e incluye documentos auténticos. De acuerdo con Cícero, los comentarios de César son sobrios, sencillos y elegantes, despojados de los adornos de la oratoria. A pesar de que habla de sí mismo constantemente, rechaza el yo y permanece en una entera objetividad. Sus enemigos denuncian su ambición: Pompeyo, los senadores y sus amigos. Demuestra entonces que emprendió la Guerra de las Galias para liberar las poblaciones amenazadas por las invasiones germanas y asegurar a los  romanos una protección contra el peligro latente de los germanos. Por supuesto César no dice toda la verdad y tenemos que saber leer entre las líneas. No tenemos por qué confiar más en sus razones de lo que confiamos en las de los dictadores del siglo XXI.
Todavía yo no era capaz de saborear la elegancia del estilo, pero es indudable que es uno de los autores latinos más fácil de entender al igual que Tito Livio, cuyas crónicas se leen como si fueran novelas; por lo mismo su valor es más literario que histórico. Tampoco me parecían complicados los relatos de Plinio el Joven de la destrucción de Pompeya por el Vesubio en 79 a.C. y de la muerte de su tío, Plinio el Viejo, asfixiado por los gases mientras auxiliaba a la gente atrapada por la erupción. 
Este último había acudido al pie del volcán por su pasión por los fenómenos de la naturaleza, a pesar de ser plenamente consciente del riesgo que corría. De los quinientos volúmenes que escribió Plinio el Viejo, nos queda su Historia Natural en treinta y siete tomos, gigantesca enciclopedia en la que encontramos inteligentes atisbos sobre el papel del hombre en su ambiente natural.

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Giuseppe Ninci. Foro Romano / 1870

Más tarde nos tocaron las Catilinarias de Cicerón de las que recuerdo sólo las primeras y célebres palabras: “Quousque tandem abutere patientiam nostram”, - “Hasta cuando abusarás de nuestra paciencia” – dirigidas a Catilina cuando éste se atrevió a presentarse ante el Senado después de que fue descubierto el complot que tramaba en contra de la República. Luego, Virgilio y su epopeya La Eneida que no pudo acabar: murió al regreso de un viaje a Grecia. Su genio poético le había ganado la protección de Mecenas y la admiración del Emperador Augusto. Las Metamorfosis de Ovidio, poeta lírico, primero aplaudido por la alta sociedad y la Corte, exiliado después por oscuras intrigas dirigidas a su mujer y sus amigos de Roma; murió en un país bárbaro (los “países bárbaros” eran los países que no tenían una civilización equiparable a la de los romanos o de los griegos); por lo demás, país insalubre. No pudo obtener el perdón del Emperador. Su poesía canta con sinceridad el dolor y la nostalgia del hombre alejado de la patria.
A cada año correspondía el aprendizaje de autores más difíciles. En cuarto año de secundaria, tuvimos que lidiar con Tácito, “el pintor más grande de la antigüedad”, de acuerdo con el dramaturgo francés Jean Racine. Tácito fue abogado, autor de ensayos y sobre todo  de “Historias” que relatan la Historia romana desde el reino del emperador Galba. A pesar de haber sido redactadas posteriormente, Los Anales exponen los reinos anteriores de Tiberio a Nerón. De tono pesimista, censura la decadencia de la moral romana. Su prosa presentaba un sinnúmero de escollos que yo no lograba desenredar. No voy a extenderme, puesto que estudié a Tácito más tarde, una vez terminada la guerra.
Las clases de latín no me entusiasmaban. Mi interés se centraba antes que nada sobre los detalles de la vida romana, la construcción de sus casas con un gran atrium de un lado y un peristilo griego del otro, la vida de la sociedad, los comercios, los espectáculos. No cumplía siempre con las tareas y me invadía una angustia sorda al empezar la mañana; mi terror era que me tocara traducir una parte del tema dictado la víspera. Sin embargo, el día menos esperado, recibí la recompensa más grande de la que podía imaginar, de tantas horas, a veces tediosas, pasadas en traducir, memorizar declinaciones y verbos irregulares, recibir regaños de parte de profesores y de mi padre por calificaciones insuficientes. Esta recompensa, la recibí cincuenta años después, en mi primera visita a Roma. Frente a las columnas del Foro romano, de un modo totalmente abrupto, me cegaron las lágrimas por un momento, al entrever en una relampagueante epifanía, un episodio álgido de mi adolescencia.
En tercer año de secundaria, los alumnos tenían que escoger otro idioma; habíamos empezado el inglés junto con el latín en el primero. Me negaron el estudio del griego: una latinista mediocre no podía convertirse en buena helenista. La gramática del griego es mucho más sencilla que la del latín; me atraía también descifrar la escritura que yo juzgaba como críptica. Tuve mi revancha décadas después al estudiar ruso intensivo en el Centro de idiomas de la UNAM , con una maestra llamada Svetlana (este nombre tan de moda en la época de Stalin, porque así se llamaba su hija); sin embargo, la tal Svetlana era tan, pero tan exigente y me costaba tanto trabajo encontrar tiempo para hacer la tarea diario con un marido regañón – “¿Me puedes decir de qué te va a servir estudiar ruso?” – y adolescentes absorbentes, que tuve que renunciar después de cuatro años enriquecedores, cuya huella ahora es diáfana.
Quise optar entonces por el alemán. Allí mi padre tomó cartas en el asunto y rotundamente se opuso: una hija de alsaciano nacido alemán por la fuerza de los acontecimientos, es decir la derrota de Francia en 1871, cuando tuvo que ceder la provincia a los prusianos, hasta el Tratado de Versalles en junio de 1919, esta hija (yo), por añadidura nacida en Alsacia, no iba a pactar con el antiguo y recién opresor aprendiendo su lengua. ¡Ideas! ¿Pero qué podía hacer? Sólo me quedaba el español que detesté durante muchos años por haberme sido impuesto. Durante las clases, yo era la que armaba el relajo (el jaleo como dicen los españoles), la que llevaba la batuta para molestar a la maestra, pobre señorita chaparrita y delgaducha, quien había conocido tiempos mejores como institutriz de los infantes de la corte de España. El ceceo y la tirria por esta lengua se esfumaron cuando estuve trabajando en la biblioteca de la Casa de México de la Ciudad Universitaria de París, en medio de jóvenes mexicanos, guapos y alegres, algunos futuros políticos de renombre como Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Víctor Flores Olea, algunos futuros pintores y escritores famosos: Salvador Elizondo, Margo Glantz, Jaime García Terrés. En esa época, el embajador mexicano en Francia era uno de los Contemporáneos: Jaime Torres Bodet.
Sin embargo, pasaron años antes de que leyera con placer la literatura latinoamericana que se dio a conocer al mundo en los años sesenta: el famoso boom del que García Márquez, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Alejo Carpentier eran los indiscutibles jefes. Y más tiempo aún necesité para escribir en español con relativa fluidez.

*Memorias de guerra de una niña, capítulo XIV.

 

 

 

Ciclo Literario.