Nuestra experiencia entre los indios seneca*

Diane Rothenberg
Traducido por Kurt Hackbarth


En abril, viajamos en coche desde California hasta Nueva York y, cuando llegamos a Detroit, decidimos manejar a través de Canadá y volver a entrar en los Estados Unidos por Buffalo. Desde ahí, fueron dos horas más en coche hasta Salamanca, un pueblo en su mayoría blanco en la reservación de los indios Allegany seneca donde habíamos vivido entre 1972 y 1974. El paisaje entre Buffalo y Salamanca había cambiado poco y parecía ser la misma zona económicamente deprimida que habíamos conocido antes. Salamanca se veía aún más pobre de lo que recordábamos. El pequeño centro tenía todavía menos tiendas que antes y ningún restaurante. Lo diferente era que existían dos nuevos edificios al lado oeste del pueblo; uno era un complejo turístico de varias plantas con casino, recámaras caras y cinco restaurantes, y el otro un gran centro comercial, ambos propiedad de los seneca.
Manejamos por el pueblo, vimos la casa que habíamos habitado y la ahora cerrada biblioteca pública a un lado, la escuela a la cual nuestro hijo asistió, el supermercado que acababa de abrir en 1967 cuando vinimos por primera vez a Salamanca, el motel ahora desaparecido donde nos hospedamos en ese primer viaje. No teníamos nadie a quien llamar; todos nuestros amigos se habían ido hacía mucho y decidimos seguir manejando al cercano pueblo de Olean para pasar la noche.

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Ansel Adams / 1944

Vinimos a Salamanca por primera vez en diciembre de 1967 con una carta de presentación dirigida a uno de los hombres prominentes de la comunidad, Harry Watt, redactada por un amigo antropólogo quien había visitado la reservación de los Allegany seneca hacía un par de años. Nuestro amigo consideraba que Jerry*, quien estaba terminando Technicians of the Sacred**, debía conocer unos cantantes indios de verdad. Aunque la carretera entre la ciudad de Nueva York, donde vivíamos, y Salamanca era directa pero todavía inacabada, fue un viaje fácil y nuestro hijo de año y medio era un buen viajero. Entonces nos quedamos alrededor de una semana y fuimos recibidos con gran hospitalidad por la mayoría de las personas que conocimos. La segunda noche, invitaron a Jerry a participar con un grupo de cantantes, y nos presentaron a muchas personas y nos alentaron a que regresáramos para las ceremonias del nuevo año a mediados de enero. Eso hicimos, y continuamos nuestras visitas a menudo para acrecentar nuestros vínculos con la comunidad. En el verano de 1968, rentamos un garaje abandonado con casa anexa y pasamos ahí el verano con Jerry trabajando con varios cantantes en la traducción. Durante el verano, nos adoptaron a los tres, en una ceremonia en la casa larga, en dos clanes, y nos dieron nombres indios. Mi hijo y yo nos convertimos en Garzas reales azules porque los seneca son matrilineales y los niños van con la madre, y Jerry se convirtió en Castor.
La razón por la cual nuestro amigo antropólogo, Stanley Diamond, había vivido entre los seneca durante varios meses fue porque era una época de gran agitación política para ellos. Empezando hacía muchos años, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos había propuesto lo que ellos llamaban un programa de prevención de inundaciones e impulsado la construcción de una presa, la Kinzua, en el río Allegany, aguas abajo de la tierra reservada para los indios y al norte de Pittsburg. Los indios objetaron y pelearon el proyecto en las cortes con el apoyo de mucho amigos blancos, pero perdieron el caso y en 1965 la población entera fue reubicada en dos zonas de reciente construcción con diez millas de distancia entre ellas. Ya que la reservación medía 26 millas de largo y una de ancho con el río Allegany en medio, las casas habían estado agrupadas frente al río como cuentas en un collar. Todos los que tenían una casa, recibieron una casa a cambio en los nuevos asentimientos, pero las casas estaban dispuestas alrededor de calles circulares. Donde antes daban al río, ahora daban a otra casa. Algunas de las nuevas casas eran mejores que las viejas, pero la gente las odiaba. Nadie, por ejemplo, construyó escalones para dar a sus puertas principales. Muchos murieron ese primer año. Los cementerios habían sido reubicados también, y mucha gente vio “luces azules” que interpretaban como las almas inquietas de sus difuntos, flotando en el aire.
Las comunidades se dividieron informalmente en “cristianos progresistas” y “tradicionales de la casa larga”. El nuevo edifico comunitario fue construido en la comunidad progresista en las afueras de Salamanca, y la nueva Casa Larga fue construida diez millas más hacia el oeste en la nueva comunidad tradicional. Esto suena más rígido de lo que era, pero la gente tendía a seguir a sus amigos cuando seleccionaba adonde vivir y, de todos modos, era suficientemente fácil conseguir un aventón a las ceremonias aun si uno no vivía ahí. Proporcionar transporte para la gente se convirtió en uno de nuestros servicios más reconocidos, y facilitó que oyéramos y asistiéramos a las ceremonias. Una familia de tradicionalistas prominentes, competidores de nuestras familias, objetaba con frecuencia que los blancos asistieran a las ceremonias, entonces me agradó en modo particular cuando la adversaria principal pidió que yo viniera y trajera a uno de los participantes necesarios.
De la manera tradicional, como participante-observador del trabajo de campo antropológico, yo contribuía en todo, mayormente ayudando con los quehaceres de la cocina porque cada ocasión tenía asociada la comida. Entonces, ayudé en los funerales, en las ceremonias y en algunos eventos grandes, como una reunión de las Seis Naciones, que tuvieron lugar en Allegany. Sólo una vez me permití “pasar” por india cuando un visitante me preguntó a qué familia pertenecía y le dije que Effie Johnson era mi madre, lo cual tenía algo de verdad. Cuando miraba alrededor de la Casa Larga durante las ceremonias me parecía que muchas personas se asemejaban a mis parientes.

Fotografía
Irving Penn / 2003

Hice mis estudios de doctorado en el Centro de Estudios de Posgrado de la Universidad de la Ciudad de Nueva York y los terminé en 1971, lista para empezar el trabajo de tesis. La antropología tiene una tradición de trabajo de campo en el que se basa la tesis, pero pensé que preferiría hacer un estudio de biblioteca y había persuadido a mi asesor de que eso estaba bien. Luego cambié de idea y decidí que tenía que hacer un trabajo de campo. Ya que teníamos relaciones tan íntimas con los Allegany seneca, parecía el lugar natural adonde ir y, a causa de su reciente y perturbadora reubicación, decidí enfocarme en esto. En julio de 1972 nos mudamos a Salamanca, rentamos una casa, inscribimos a nuestro hijo en la escuela, el primer día asistimos a la boda de la hija de mi hermana adoptiva y entramos de lleno en la vida de la comunidad.
Una de las cosas que la gente odiaba de las nuevas casas es que dijeron que la tierra era infértil y, aunque había espacio alrededor de cada casa, nadie tenía un jardín. Cuando empecé mi postgrado  se publicó un destacado libro sobre los seneca titulado La muerte y renacimiento de los seneca  escrito por Anthony F.C. Wallace en el que se afirmaba que, con la llegada de los misioneros cuáqueros y la fundación de la Religión de la Casa Larga bajo el liderazgo del profeta seneca Lago hermoso (Handsome Lake), “Ahora y de repente los seneca se convirtieron en una nación de granjeros”. Ésta fue la meta de los misioneros que no consideraban como verdadera agricultura la actividad de las mujeres, quienes “poseían” la tierra y desde siempre habían cultivado el maíz, el fríjol, la calabaza y los otros productos que formaban la base de la dieta. Lo que tenían en mente era una reestructuración social total en la cual los hombres trabajaban los campos y las mujeres atendían la casa y los quehaceres propios de la esposa. No tenía porqué dudar de que esto había pasado en 1799 hasta que me senté durante algunos meses a platicar con la gente, y  pregunté casualmente acerca de cuándo habían dejado de trabajar los campos. Mientras vivíamos ahí nadie trabajaba el campo, y pensaba que esto se debía, quizá, a la reubicación. Pero no. Mis amigos recordaban una comunidad en la cual las mujeres cuidaban los jardines, los niños y quizás hasta una vaca y los hombres salían a trabajar. Los hombres trabajaban en los ferrocarriles, en las fábricas o se desplazaban para trabajar en la construcción. Una vez que había agotado las memorias de la gente viva sobre el tema, empecé a explorar las historias locales y otros documentos hasta remontarme a 1799, cuando todavía no trabajaban los campos. Hasta ese entonces, los blancos seguían prediciendo que si recibían cierta ayuda o si se cambiaban ciertas estructuras, los seneca se convertirían en agricultores, pero de hecho, nunca sucedió así. Entonces, mientras yo estaba “en el campo” participando, cocinando, bailando, yendo a los eventos sociales, picnics, etc., me mantenía también ocupada en la investigación de biblioteca que había sido mi plan inicial. Me basé mucho en los propios registros de los cuáqueros, pero usé muchas otras fuentes y lo que concluí fue que los seneca eran un pueblo muy flexible que se basaba en una economía diversa que dependía de las mujeres para que apoyaran a las familias y a la aldea con sus varias actividades, dejando libres a los hombres para salir a ganar el dinero en efectivo igualmente esencial. Mientras los cuáqueros estaban dispuestos a dar lo que el dinero podía comprar –tela, herramientas, semillas, agujas, etc. – los seneca estaban dispuestos a intentar lo que les sugerían los cuáqueros. Pero los registros cuáqueros demuestran que se mostraban ambivalentes acerca de surtir tales cosas, temerosos de crear una “dependencia” y cuando pararon de hacerlo, los seneca ajustaron su comportamiento para satisfacer sus necesidades. Ésta era una tesis muy radical e inicialmente encontró una verdadera oposición, pero eventualmente el argumento y la documentación fueron convincentes.
Salimos renuentes de Salamanca en 1974, pero conscientes de que teníamos que seguir con nuestras vidas. Fue difícil dejar el lugar y la gente querida que había llegado a significar tanto para nosotros. En los primeros años hicimos muchas visitas, quedándonos siempre con mi madre, Effie Johnson y conectando con nuestros amigos. Manteníamos un intercambio activo en navidad, pero nuestra lista se redujo gradualmente al morir nuestros amigos y entonces ahora, cuando regresábamos a Salamanca, no había nadie que conociéramos, nadie para saludarnos, invitarnos o contarnos algo de sus vidas. Partimos con tristeza, pero también con gratitud por los dos maravillosos años que compartimos con los seneca.


    * Texto leído en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) el 24 de julio de 2010.

 

 

Ciclo Literario.